Colombia: Volando voy, volando vengo

Otavalo, Ecuador  19:15 Sábado 20 de julio 2013

Si señor, ya estoy en otro país. Estoy en el restaurante Quino de Otavalo donde mi couchsurfing trabaja en el negocio familiar. Estoy aquí como refuerzo por si necesitan ayuda para servir. Cuando ayer sellé el pasaporte en Rumicacha para salir de Colombia, me di cuenta que tan sólo había pasado 13 días en este país. María, Eva, menos mal que rechazasteis mi propuesta de vernos en Colombia porque es carísimo.

El autobús de Medellín me dejó en Armenia a las 4 de la tarde del viernes 12 de julio. Allí, en 30 minutos más, una buseta que transportaba 11-12 pasajeros máximo, me llevó por las curvas de una montaña verde al pueblo de Salento. Fui directamente a “the house plantation”, un lugar muy bien valorado en el que había reservado una cama en el dormitorio común. Cuando llegué, intenté negociar un descuento en el precio a cambio de publicidad, artesanía o trabajo. Tenían directrices claras y aunque el chico era muy buena onda, no pudo hacer nada. Lo que si podían hacer por mí era dejarme exponer mi artesanía en el hostel para vender. Además, si me quedaba 4 noches, el tour para visitar una finca de café era gratuito. Tenía también la posibilidad de trabajar una mañana en la finca a cambio de comida. El lugar tenía wifi y una cocina comunitaria bastante agradable, todo por 19.000 pesos la noche, poco más de 8€. Decidí quedarme allí durante los próximos 4 días. 

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Empezaba a caer la tarde y hacía un frío espantoso. En menos de 24h había pasado de 30º en Capurganá a 10º en Salento. Estaba algo cansada, así que descarté el turisteo nocturno. Salí a comprar comida para los próximos días. Cuando vi los ajetes me alegré mucho recordando a mi padre y me llevé un manojo bajo el brazo. Me agencié una silla y allí coloqué toda mi artesanía. Bien abrigada, comencé a tejer en la zona común fuera de las habitaciones. Al rato, unas chicas israelíes empezaron a preguntarme sobre las pulseras. Era un grupo, de las temidas israelíes, el que se estaba interesando por mi trabajo! Los chicos me compraron 2 pulseras de 3.000 pesos y me encargaron otra. Consiguieron llevarse las 3 por 7.000. A una chica, le gustaba mucho una pulsera de retales de 10.000 y un brazalete de 17.000. Consiguió las 2 por 20.000. A pesar de los descuentos, estaba realmente contenta porque ya había sacado el precio de la estancia de esa noche. Me fui a la cocina a prepararme un arroz con verduras y allí estaba toda la pandilla judía acaparando todo en medio del  escándalo de voces. Cociné comida de sobra para el día siguiente y me quedé al abrigo del techo a tejer. Hice un collar precioso con una de las piedras fósiles de la isla ometepe, Nicaragua. La chica que me había comprado las 2 pulseras, se llevó la tercera que también le había gustado. Bono de 10.000 pesos!

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Me fui a dormir agotada por el viaje desde Capurganá y sin intención alguna de madrugar. Me tomaría el día para lavar la ropa, el blog y si tenía ánimos, hacer el tour del café por la tarde. Pero el frío se me había metido en el cuerpo y a pesar del saco de dormir y las mantas, estaba congelada. No paraba de estornudar y moquear. Había momentos en medio de la noche donde me despertaba porque una catarata de moquillo descendía por mi nariz. No me lo podía creer, estaba enferma.

Me levanté de la cama a las 9:30, desayuné cereales con leche y me dispuse a lavar casi toda la ropa de la mochila. Con el paseo en el mar Panamá – Colombia y la lluvia en Capurganá, toda mi mochila había cogido olor a humedad. Estuve dándole que te pego durante más de una hora hasta que conseguí lavar a mano toda la ropa. Mientras lo hacía, un hombre medio ido se llevaba en sacos toda la basura reciclada del hostel.

Pasé el resto de la mañana, hasta la hora de la comida, con internet, el blog y organizando los próximos pasos de la ruta. Descarté de forma definitiva llegar a Perú en barco por el amazonas, a pesar de que era algo que realmente quería hacer. Para ello, necesitaba más tiempo del que disponía. Empecé a valorar las alternativas. Atravesar Ecuador y tal vez ir a ver a mi amigo Oscar, que conocí en Chacahua, al norte de Perú. Allí tiene un hospedaje. Me permitiría disfrutar de unos días de tregua haciendo surf y tomando el sol antes de recibir a las niñas en perfectas condiciones para nuestras vacaciones juntas. Salí a la tienda a comprar nata, pan para un bocadillo para el día siguiente, huevos y una sopa con mazorca para la cena. Decidí no hacer el tour del café para ver sin con el descanso, la culdina y la sopa, el constipado iba en retirada o al menos, se detenía. Mejoré el arroz de la noche anterior, que no estaba genial, con un poco de nata y pasé el resto de la tarde con la computadora y reponiendo el material artesanal que vender.

Esa misma tarde, se incorporó al dormitorio una argentina llamada Catixa. Ella también quería visitar el valle de Cócora, una de las cosas a no perderse si estás en Salento. Decidimos hacer el trekking de 5h juntas al día siguiente. Era fácil y no necesitábamos guía. La chica israelí, fan número 1 de mi trabajo, me aconsejó que me fuera al centro del pueblo a vender. Le hice caso, recogí mis bártulos y bien abrigada, me dirigí al centro. En el ordenador del hostal, un chico con rastas me indicó donde podía hacerlo y me aconsejó que tuviera cuidado porque no estaba permitido que los turistas vendiésemos. Le agradecí su buena onda y me fui al centro.

Que bonito es Salento. Un pueblo pequeño de cuestas con casas típicas de colores y rodeado de montañas verdes por todos los sitios. Me dirigí a la calle real repleta de tiendas caras de artesanía. Me topé con numerosas droguerías en las que se publicitaba el uso y consumo de drogas. Afortunadamente no se trataba más que de farmacias al uso.

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No vi a ningún artesano callejero. Me puse en un banco pero empezó a chispear y recogí deprisa. Me fui a la plaza y alrededor habían puesto de artesanía local. Viendo la posibilidad de trabajar con alguno de ellos, una señora me preguntó que buscaba. Se llamaba Gladis y tenía 50 años. Artesana desde hacía 20, se había criado en una familia bien, hasta que decidió abandonarlo todo y viajar sin dinero. Aprendió mucho de la vida y me ofreció un hueco en su mesa para el día siguiente. Le dije que nos veríamos después de mi visita al valle. Me invitó a un café, me presentó a su hija, a su marido y fuimos al local que regentaba su padre y sus hermanos. Quiso invitarme a cenar pero rehusé. Había diluviado mientras hablábamos y empezaba a encontrarme de nuevo mal.

Volví al hostel, me preparé mi crema con mazorca, café gratis cortesía del hostel y me fui a dormir. La pesadilla se volvió a repetir. Más de lo mismo. Me tuve que levantar a media noche y me daba pena por mis compañeros de cuarto. En ese momento, en la desesperación del sueño y el cansancio, me dí cuenta que mis síntomas se multiplicaban por 10 por la noche cuando me metía a la habitación. Una luz verde se me encendió, alergia a los ácaros. Lo raro es que no me había dado asma y eso me había despistado. Volví a la habitación y me tomé un antiestáminico. Mano de santo hasta que a las 6:30 sonó el despertador. Estaba un poco asustada porque mis manos estaban adormiladas y me preguntaba qué me estaba pasando. Me levanté, desayuné, preparé el bocadillo y nos fuimos a la plaza del pueblo a agarrar el jeep para ir a Cócora a 2.100 m.

El viaje nos costó 3.200 pesos y mientras esperábamos, intenté ponerme las lentillas. Como apenas había dormido las dos noches anteriores, mis ojos se resistieron a la intromisión. Qué le íbamos a hacer, haría el tour de uno de los sitios más bonitos de Colombia con visión miope. Al llegar, buscamos un mapa de la zona pero el centro de interpretación llevaba cerrado años. Un chico amablemente nos dio las indicaciones. Desde el primer momento, me entendí con Catixa. Aunque llegamos 3 jeeps repletos de turistas, estábamos solas recorriendo el espectacular camino. Vimos las primeras palmas de cera, unas palmeras que llegan a medir 80 metros. Las más altas del mundo. Seguíamos la ruta inmersas en un valle de múltiples colores verdes.

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Allí empezamos a contarnos. Catixa es argentina pero lleva viviendo 12 años en EEUU desde que se fue a trabajar. Estudio relaciones internacionales y trabajando en ello, empezó a interesarse por temas sociales, sobre todo, los centrados en la mujer y la salud. Finalmente estudió en estados unidos enfermería médica de forma que recibe pacientes  como si un doctor fuera. Conversamos mucho sobre la medicina tradicional y las terapias alternativas para sanar como el reiki. Las 2 pensábamos que todo tiene que ir unido teniendo en cuenta la psicología del paciente. Sería ideal que todos pudiesen trabajar en conjunto para el bienestar de las personas enfermas. Gran discusión. Concluimos que, al igual que el estado debe estar separado de la religión, las agencias de rating lo deberían estar de los bancos y la investigación médica, estarlo de las empresas farmacéuticas.

Mientras hablábamos, nuestro trekking iba avanzando escuchando siempre el río a nuestra vera y sumergiéndonos en la profunda selva. Los olores, los colores y el agua del río enmudecía al resto de la naturaleza. Tuvimos que atravesar distintas veces el río cruzando frágiles puentes de madera muy vulnerables donde sólo estaba permitido el paso de una persona.

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Llegó el momento en el que divisamos un panel con indicaciones. No teníamos ni idea de cual seguir para completar el trekking circular de 5h. Decidimos seguir acaime. El paisaje empezó a cambiar con el cruce del último puente. El camino subía, era escarpado pero siempre frondoso y verde. Llegamos al lugar que creíamos que era el mirador. Desde allí, no se veía nada. Al menos, por los 4.000 pesos que pagamos, nos dieron una rica agua de panela (azúcar antes de tratar) caliente y queso. Allí, con ayuda de un mapa, nos ayudaran a trazar la ruta de nuestro trekking circular. Llevábamos 3h y estábamos a 2.820m de altitud. El mirador se situaba a tan sólo 1 Km de allí pero algunos chicos nos dijeron que parecían 3, por lo escarpado del camino. Mi cuerpo empezaba a flojear de no haber apenas descansado en dos noches pero no podía rendirme. Catixa me tranquilizó diciéndome que, si mis manos se dormían, tal vez se debiese al mal de altura porque había pasado de estar del nivel del mar en Capurganá a 2.000m en Salento. Catixa no me perdía de vista en mi paso hormiguita en el ascenso. En tan sólo 30 minutos llegamos al decepcionante mirador a pesar de sus 3.000 metros. Por las copas de los árboles y la vegetación, apenas se veía nada. Descansamos un poco y pusimos punto de retorno para continuar con el trekking.

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Descendimos al curso del río y después de cruzar el primer puente, agarramos la indicación a la finca la montaña. 1km de subida más. Esperara que mi cuerpo aguantara. Con paciencia y mucha calma, subimos arriba. Unos bancos al sol en la finca y una preciosa vista estaban esperándonos. Aquello si que era bonito. El esfuerzo había merecido la pena.

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Nos quedaban unos 5Km de bajada. Retomamos fuerzas, yo con mi bocadillo de huevos revueltos con tomate y Catixa, con sus frutos secos. Ella es alérgica a la harina y está acostumbrada a nutrirse así en las salidas montañeras. Si imponíamos un buen ritmo, podríamos agarrar la pick up de las 3 de la tarde de vuelta a Salento. Comenzamos el descenso por una pista ancha. El paisaje de nuevo cambió. Pinos por todos los sitios embriagando el entorno. Apenas 10 minutos más tarde llegamos a un punto con una vista al valle magnífica. Al fondo, cientos de palmas de cera. Unos chicos estaban viendo el espectáculo en un banco en primera fila. Nos quedamos con la boca abierta ante el verde intenso, la montaña a la espalda y el valle en la profundidad. Seguimos descendiendo y aproximándonos a las magníficas palmeras. Pensaba que era uno de los trekking más bonitos, cambiantes y densos que había hecho. Todo en tan sólo 7h! Atravesamos una finca saltando una valla y llegamos a Cócora donde decenas de turistas estaban preparados para iniciar su paseo a caballo.

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Descubrimos porque habíamos hecho el trekking casi en solitario. La mayoría de la gente lo recorría en sentido inverso con un nivel de dificultad más bajo. No nos importó sufrir más a cambio de soledad y conexión con la naturaleza. Rendidas, volvimos a Salento. Me acerqué a ver a Gladis y me enteré que sólo los fines de semana estaba permitido vender. Era domingo, estaba agotada y necesitaba descansar. Me fui hasta el hostel mientras Catixa iba a buscar un sitio para comer. Me duché y me conecté a internet para pedir couch en Popayán. Había decidido irme en un par de días ante la imposibilidad de poder vender artesanía en la calle. Se me hicieron las 18:30 cuando expuse en el hostel la artesanía, adiós a la siesta. Catixa me compró una pulsera para su chico por 12.000 pesos. Era más cabezota que yo y no admitió rebajas.

Si conseguía dormir esa noche, en mi último día en Salento, trabajaría por la mañana en la finca de café y por la tarde, haría el tour del café. Me levanté bien y con ganas de tener una experiencia cafetera. Una inglesa se unió a mí y ambas, descendimos a pie a la finca con un trabajador. El camino era lindo, pasando por casas con caballos, perros, vacas y con el valle de cócora a nuestro alrededor. Colombia está entre 3 cordilleras y desde Salento, se pueden divisar dos de estas enormes formaciones. La finca era de 7 hectáreas, 4 de cultivo y 3 de bosques. Nos pasamos toda la mañana separando granos negros de café de los granos blancos de calidad que estaban secándose. Hablamos, reímos y al acabar, nos comimos una sabrosa banana que el administrador de la finca, el chico de rastas que había visto 2 días atrás, nos dio. Nos contó muchas cosas. Comimos con los trabajadores y nos citamos a las 3 para el tour del café.

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Tip nº 105: Panela vs Azúcar 

En muchos países de centro América y de sudamérica, se consume la panela para endulzar en vez del azúcar. La panela tiene su origen en el mismo procedimiento que el azúcar pero es más natural. Yo no conocía la existencia de este producto pero estoy segura de que en España, se puede encontrar ayudando a nuestro organismo al no ingerir tantos productos químicos.

 

Dormí la siesta y me dio pereza bajar al tour de café. Me duché, arreglé los hilos, la mochila, tejí y fui a hacer la cena. De nuevo, compartí espacio con los israelíes. Enseñé a una de ellas a tejer un modelo que le gustaba regalándole los hilos para que terminara su pulsera. Otra de ellas, me encargó una manilla, como aquí llaman a las pulseras, de 10.000 pesos para regalársela a una amiga. Me fui a descansar al cuarto. De un día a otro, la habitación pasó de ser de chicas a ser de chicos. Conocí a 3 suizos con los que conversé antes de irme a dormir. Me levanté a las 8 para coger el bus lo antes posible, me separaban 8h de mi próximo destino, Popayán. El chico de la recepción me dijo que podía hacer el tour del café a las 9. Elena, la dueña del hostel, quería hablar conmigo para ver mi trabajo. Tenía unos cuarzos que quería intercambiar por mi material. Me indicó que hiciera tranquilamente el tour y que después hablaríamos de negocios. Me dejé llevar por el destino y acompañé a una pareja israelí a conocer la finca, casualmente, la chica era la que había recibido mi pulsera de regalo. Andrés, el administrador de la finca, conocía muchísimo de todo el proceso. De familia cafetera, con estudios en agrocultivo, llevaba 7 años encargándose de la finca que recuperó de la nada. Él construyó los caminos sobre la ladera, cultivó plátanos, caña, un bosque de bambú, naranjos, aguacates, café, limones…para conseguir una finca tradicional. Era una finca ecológica que no utilizaba productos químicos y que mantenía el ecosistema de plantas a 3 niveles. Todo el proceso de plantación, recogida y procesado del café era manual. En 2 horas y media recorrimos toda la finca y nos contó los procedimientos que utilizaban para el mantenimiento.

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Nos mostró el proceso para hacer café. Era muy gracioso verlo con sus rastas y su camisa hawaiana mientras explicaba y yo le ayudaba con la traducción en inglés para los chicos. El café es originario de Etiopia y se descubrió en el año 600. Llegó a Colombia hace tan sólo 150 años cuando todas las fincas cultivaban cacao. La planta del cacao tarda 7 años en crecer, la del café 3. Debido a eso y a que, la demanda mundial de café era mucha más grande que la del cacao, todas las fincas se convirtieron a la producción del café. En Colombia la semilla del café se recolecta madura. A través de máquinas, le separan la primera cáscara. En la finca, sumergiendo el resultado en agua, separan la segunda cáscara. Además, en este paso, ven la calidad de la plantación según el % de semillas que flotan. Esas son malas porque contienen alguna larva. Esas semillas también se utilizan para producir café pero de peor calidad. Nos contaba que uno de los secretos de la fama mundial del café colombiano es por la calidad del agua que tiene el país. Otros países, sin agua de calidad, se saltan este paso y pasan directamente al secado de la semilla. El secado se realiza bajo el sol natural a bajo unas lonas de plástico transparente. Con otra máquina, se separa la tercera cáscara del café y en el tostado, la última. Las fincas separan las 2 primeras cáscaras quitando casi un 60% de la humedad del grano. Las otras dos, las productoras de café. Algunas de ellas no separan las cáscaras y tuestan mucho el café lo que hace que sea más amargo y negro. El café de Colombia, decía Andrés, debe ser color café, no negro. Nos preparó allí mismo un café natural recién secado. En el mejor de los casos, el café procedente de Colombia que consumimos en España, tiene 7 meses como mínimo. Estaba realmente delicioso.

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Como me alegré de hacer el tour. Nos quedamos después un tiempo conversando. Me contó mucho  de su vida. Pese a tener mi misma edad, había vivido tanto y tantas cosas diferentes que costaba creerlo. Su familia tuvo dinero pero lo perdió a causa de un primo abusivo y una herencia mal gestionada. Tuvo una juventud de desfase en la que habitó con colegas en la casa abandonada de la abuela. Fiestas, consumo y venta de drogas y problemas policiales. Durante una época, fumaba 40 porros al día. Tuvo la oportunidad de estudiar gracias a sus tíos. No la desaprovechó y cuando acabó, trabajó en una finca 4 años y después, en la finca actual propiedad de su prima. Su sueño era tener su propia finca en la que criar a su hijo Pedro, su Peter Pan, de 3 años. Me contó que todo el mundo en Colombia tenía un familiar o un amigo implicado directamente en el narcotráfico. Con él aprendí nuevas palabras del extenso español. En Colombia se vuelve a utilizar el verbo coger con el mismo sentido que en España. Llevaba casi 7 meses quitándome su uso de mi vocvabulario y ahora me sonaba muy raro escucharlo de nuevo. Un parsero es un amigo, salir a rumbear es salir a pasarlo bien. Utilizan marica como coletilla en muchas frases. Andrés tenía muy buena onda, era muy interesante, cool, relajado y convencido de que la vida sólo se vive una vez. No paraba de decirme “relaja  y disfruta”. Decidí regalarme una noche más en aquel maravilloso lugar pero en este caso, en la finca, al abrigo y compañía de las montañas, las constelaciones, la luna y los ladridos de los perros.

Al volver del tour, hablé con Elena. Me enseñó los cuarzos que tenía pero sólo me transmitió energía uno de ellos. Ella estaba interesada en una pulsera con un jasper aguatierra, el que tejí bajo el manto de la costuraterapia en Capurganá. Le valoré la piedra y los 30.000 restantes, me los pagó en cash. Claramente todo se había alineado para que me quedara un día más en ese lugar en el que me pasaron cosas maravillosas. Me quise regalar una buena comida en el pueblo y me fui a un sitio de menú típico que me aconsejó Elena. De primero, sopa con plátano macho. De segundo, una trucha que quitaba el sentido. Regresé al hostel, estuve trabajando en el blog y a última hora de la tarde, con cervezas en la mano, acompañada de Andrés y Pedrito, me bajé al cuarto de la finca a dormir. Fue una noche larga, placentera que me dejó muy buen sabor de boca de Salento.

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Para llegar a Popayán, tuve que hacer escala en Cali. Las mujeres colombianas son muy guapas. Visten ajustadas, se maquillan bastante y saben sacar bastante partido a sus recursos. En la pequeña van, conocí a Alicia, una mujer colombiana que iba a reencontrarse con su marido. Me preguntó muchas cosas de mi viaje y quiso darme 2.000 pesos. Era su contribución a mi gran aventura. No me lo podía creer porque seguramente, yo disponía de más dinero que ella. Insistió tanto que tuve que aceptarlo. Saqué mi expositorio de pulseras y sin importarme el precio ni cual eligiera, le pedí que se quedara con una de ellas. Le ajusté la escogida, la única que tenía con una conchita de Nicaragua. Con una gran sonrisa y agradecida no paraba de repetirme que su marido no iba a creer lo que le había pasado. De nuevo, la vida seguía dándome sorpresas y ponía en mi camino gente muy generosa.

Popayán ha sido una escala rápida de 2 noches en las que descansé, disfruté de la comida local y de un pueblo típico blanco bonito. Me alojé en el Hosteltrail por 20.000 pesos. Era un edificio que simulaba una casa de distintas plantas con espacios comunes muy agradables. Comí las conocidas empanadas de pipián (patata) de un puesto muy reconocido en el que viejecitas se afanaban en prepararlas y freírlas. Parte de los edificios monumentales eran administraciones públicas que pude visitar sin coste alguno. En cada esquina, como en muchas otras ciudades colombianas, se podía encontrar una panadería. Cené tamal de pipial y comí un menú en un comedor típico local. Subí al mirador, me conecté con el ordenador y organicé mis próximos pasos que me llevarían a Otavalo, Ecuador, en el que conseguí un couch de último minuto. Ponía fin a Colombia dejándome muchas cosas sin conocer, como la conocida ciudad de la salsa, Cali.

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