Camboya: do you want a tuck tuck?

Phnom Penh 10 de la mañana del Miércoles 8 de Agosto de 2012

Paseo por las cafeterías occidentales de la calle 51, cerca de donde trabaja Kate mi host alemana de couchsurfing aquí. En cuanto abandono las calles principales, todo cambia. Los tuck tuck drivers dejan de preguntarte cada 30 segundos si necesitas que te lleven.

Diviso otro Phnom Penh. Me adentro en un sitio que llama mi atención. Viene una mujer, no entiende una palabra en inglés. Coffee, no paro de repetir. Al momento estoy rodeada por 6 personas que intentan entender que quiero. Me agobio un poco y echo de menos la sonrisa tailandesa. Parecen enfadados pero cuando al final una chica me comprende, sonríen todos y me lo preparan al instante. Segundo intento. Quiero pedir algo de comer. Toast le digo a la única chica que descifró mi “coffee”. Pero esta vez corro peor suerte y el agujero se queda en mi estómago. Mierda, pienso en ese momento, tuve que meterme en la mochila el diccionario visual de Lachesis. Creo que me va a ser más útil de lo que pensaba. En este sitio, soy una atracción. De vez en cuando, aparece alguien escondido en sus quehaceres para mirarme, sonreírme tímidamente y desaparecer al segundo.

Camino lento, el calor y la cantidad de estímulos me impiden acelerar la marcha. Me dirijo al mercado central. Me paro en una esquina y me quedo atónita al ver pasar un hombre en una moto casi aplastado por un saco gigante que transporta. De repente un chico aparece a mi lado y me dice con sus ojos, no te preocupes, yo te ayudo a cruzar la calle. Me lleva al otro lado mientras con su mano izquierda, para el tráfico lento. Se despide con una enorme sonrisa. Voy a tener que aprender pronto a decir gracias.

El mercado es como los mercados centrales de España pero los productos que venden o fabrican, son muy distintos. Lo más impresionante para mí, los mariscos que venden vivos, las bandejas de insectos fritos o como los artesanos trabajan y engarzan manualmente la joyería. En una esquina, veo un puesto pequeño que está friendo una especie de tortitas de camarones con una pinta espectacular. Sino hubiese sido por los 2 bollos recién comidos que me compré en un puesto en la calle, me hubiese comprado unas cuantas. Tal vez otro día. Me compro el desayuno para los próximos días, minúsculos plátanos y una especie de magdalena gigante. Consigo también reponer las tijeras expropiadas en Bangkok.

Andando me dirijo hacia el museo nacional. Cuando llego, me siento en el césped de enfrente, debajo de un árbol. Busco un poco de frescor. Hace un calor horrible.

A los pocos minutos, unas chicas se sientan a 3 metros. Me miran y se ríen. Se animan a decir hello. Por un momento, por mi mente pasa la idea que me quieren robar. En tan sólo un día he visto más necesidad y pobreza que en las tres semanas pasadas en Tailandia. Mucha gente tirada en el suelo, niños pidiendo y muchos de ellos solos en la calle cuando en el país vecino, siempre andaban en familia. Pero nada más lejos de la realidad. En la distancia me preguntan mi nombre. Les respondo e intentan reproducir. Les pido el suyo pero imposible casi ni acordarme de lo que acaban de decirme. Apenas hablan inglés pero la presentación las anima a sentarse a mi lado. En la libreta que me acompaña siempre, escribimos los nombres y las edades que tenemos. Les dibujo un mapa para explicarles de donde vengo. Nos hacemos fotos y se despiden con un thank you recién aprendido de una española agradecida mal pensada.

Tras la negativa en la venta de tickets del palacio real (aquí no admiten pañuelos para taparte los hombros o las rodillas, properly dressed te dicen cuando te ven aparecer) me aborda un tuck tuck driver, Than. No le gusta su piel oscura, me dice que quiere ser blanco como yo. Le pregunto por qué, I don’t know me responde. Hablamos un rato sentados en un árbol, me advierte de ciertos timadores filipinos y malayos. Me explica algo de la historia de su país e intenta ser mi conductor. Maybe tomorrow, now I want just walk. Os contaré si lo vuelvo a encontrar.

Este viaje va a curtirme, estoy segura. Aquí te abordan cada minuto para ofrecerte algo. Todavía no he visto una tourism information pero la guía gratuita que me dio Than, me servirá de momento. La gente apenas habla inglés.

María tiene que haber alguna explicación. Aquí también llevan gorros de lana, aunque los perros han desaparecido y se vuelve a conducir por la derecha, qué lío!

Como en una hamburguesería local por 3,5$. Me voy a volver loca con los dólares y los rieles. Pagas en $ y la vuelta es en $ para billetes de 1$ o más. Como no tienen centavos (monedas), el resto va en rieles. 1$ son 4.000 rieles y 1€, 1,20$ según el cambio que me está dando el cajero, comisiones incluidas. Así es imposible controlar el presupuesto.

Tip nº24: Moneda Camboyana, cambio de $ a rieles

No cambiéis $ a rieles en el aeropuerto. Los billetes más pequeños en rieles son de 100 y como 1$ son 4.000 rieles, de repente te encuentras con un fajo gigantesco de billetes que no caben en la cartera. El cambio que te hacen en todos los sitios aquí es de 1$ por 4.000 rieles, ya seas turista o local. El dólar forma parte de la economía camboyana.

Después de comer, paseando por la calle a 40º a las 4 de la tarde, un hombre me pregunta si soy de España y le respondo mecánicamente, no thank you. Un segundo más tarde, reacciono y le digo que si. Me responde, ¿Madrid?, vuelvo a responder afirmativamente. Me cuenta que es filipino y que su hermana va a trabajar en un hospital de Madrid el próximo mes. Nos sentamos en la acera y me invita a una botella de agua a pesar de mi negativa. Me recomienda algunos sitios de su país de procedencia mientras suelta alguna que otra palabra en español. Me da el teléfono de su hermana, hablo con ella y finalmente quedamos para vernos al día siguiente a la misma hora en el mismo lugar. Me fío de él pero al mismo tiempo, su historia suena igual que la que me ha contado Than de los timadores filipinos. Mañana os cuento pero Franci, hazme saber si por tu hospital de repente aparece una filipina, nunca se sabe!

Tip nº25: Leer un mapa en Phnom Penh

Aquí las calles no tienen nombre, sino número. Además, dentro de una calle, los números que identifican las casas o los establecimientos, no son consecutivos. La mejor manera de ubicarse, a parte del sol por supuesto Eva, es utilizando los cruces de calle. Por ejemplo, cita con Kate en la esquina de la calle 51 con la 174.

Voy camino del templo Phenom Wat bordeando el río Mekong. Es enorme. Ando por el paseo al borde del río. La gente intenta pescar y sigo viendo niños solos. No se como se llama esta calle pero parece un gimnasio al aire libre. Gente jugando al volley, fútbol con una pelota de bambú, gente corriendo o andando al tiempo que abren y cierran las manos. También hay aparatos, remo, bicicleta y otros más sofisticados. Todos llenos.

Por fin llego al templo, el primero que visito en Camboya y el más representativo de su capital.

Son las 18:30. El tiempo me apremia, he quedado con Kate a las 19:30 y todavía tengo que pasar por la estación de autobuses para comprarme un billete para pasado mañana, destino Kampot. Una ciudad al sur al borde de un río que respira buen rollo. Recomendación de Kate y la lonely planet.

El chico que me vendió el ticket de bus, me enseñó a decir gracias, Aoookunnn. A veces no puedo evitar que se me escape algún Kapunka al más estilo thai. Soy la primera en comprar billete para el viernes. 2 días es mucha anticipación, elijo la primera plaza en el lado opuesto al conductor como María me recomendó para tener mejores vistas.

Estoy agotada. Llevo casi 10 horas pateándome esta ciudad pero acabo la tarde consiguiendo algo que anhelaba hacía varios días, una ensalada de pollo. La pido take away. Son las 20:00. Ex compañeros de viaje, se me ha hecho de noche. Lo que os dije que no haría cuando me quedara sola, pero es lo que tiene dejarse llevar! Y sentada de nuevo en una acera, en frente de un café occidental de la calle 51, estoy esperando que Kate termine su clase de yoga para volver juntas a casa en tuck tuck y poder deleitarme con esta maravillosa cena.

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