Camboya: pasado genocida

Minivan trayecto Poipet (camboya) – Bangkok (Tailandia) 15:15 del Miércoles 22 de agosto

Si chicos, leéis bien, vuelvo a Tailandia. Ha habido un cambio de planes. Adiós a Vietnam y damos la bienvenida a Myanmar! Necesito una parada técnica para conseguir mi visa. Después me iré unos días a la playa. Aprovecharé para descansar, actualizaros el blog y organizar un poco mi siguiente etapa. En Myanmar el acceso a internet es muy limitado y estaré prácticamente desconectada desde el 30 de agosto hasta el 22 de septiembre.

Antes de seguir contándoos mis aventuras camboyanas, os relataré algo sobre este país que me congeló el alma y llenó mis ojillos de lágrimas.

El segundo día en Phnom Penh, cogí de nuevo el tuck-tuck por la mañana con Kate. Mi parada fue el museo Tuol Sleng. Una antigua escuela que las fuerzas de Pol Pot convirtieron en cárcel. Allí descubrí, vi y leí la historia de un genocidio reciente que me ha ayudado a entender mejor los días que he pasado aquí. Durante los años 1975-1979, el partido que llegó al poder, comúnmente conocido como los jemeres rojos, cometió una atrocidad que acabó con un tercio de la población camboyana, más de dos millones de personas. La religión, el comercio y la educación fueron prohibidas. Los núcleos importantes de población como Phenom Penh, fueron desalojados. Expropiaron las bicicletas y todos los objetos personales, también era delito tenerlos. Hombres, mujeres y niños fueron separados y llevados con lo puesto, a zonas rurales previamente asignadas. Empezaron a arrestar a la gente por cualquier motivo. Los torturaban en las cárceles que habían habilitado en las escuelas y monasterios de las grandes ciudades abandonadas, hasta que confesaban ser espías. Los llevaban a campos de exterminio engañados con llevarlos a casa. Los mataban dejando sus cuerpos en agujeros cavados en la tierra. Cientos de fotos de hombres, mujeres y niños están expuestas y a cada paso que das, sus ojos parecen que te preguntan, ¿por qué?. Vi las celdas donde malvivían, los métodos de tortura, las confesiones firmadas. Leí la buena educación que habían recibido en escuelas refinadas francesas, los criminales que estaban en el poder. Me encontré con el único superviviente, de los 7 que encontraron vivos en esa prisión tras la liberación, firmando libros. No entiendo como podía sonreír, firmar dedicatorias o hacerse amablemente fotos con los turistas.

Toda mi energía se quedó en ese museo prisión y conmigo me llevé una pincelada del sufrimiento de los camboyanos. Ahora que sabía que había pasado, no podía cerrar los ojos y fui a buscar a Than para que me llevara al campo de exterminio situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad.

Con una audioguía en español, pude escuchar la estremecedora historia y los testimonios de víctimas y verdugos. Estos últimos, no tenían elección, o mataban o morían, cuestión de supervivencia. Me marcó escuchar a una de las víctimas que hoy en día vive en sociedad como una persona más. Perdió a toda su familia tras ser separado de sus padres cuando era niño. Tuvo que cambiar varias veces de pueblo y casa. Vio como violaban y mataban a su hermana. No se por qué estúpido motivo, lo arrestaron y  acabó en prisión. Cuando liberaron Phnom Penh, se fue a estados unidos con algún dólar que alguien tuvo la bondad de darle. Su madre quería que fuera feliz y pensó que allí podría conseguirlo. Trabajó duro, estudió y se licenció. Volvió a su país e intento ayudar a su pueblo. Pero ni la rabia que sentía por dentro ni lo que hacía por los demás, mitigaba su dolor. Su testimonio acababa contando que cuando estás roto lo único que puedes hacer es buscar durante meses, años o incluso toda una vida, los trozos rotos e intentar recomponerte.

Tres personas al día son víctimas de minas antipersona. En los campos de exterminio la tierra, en época de lluvia, sigue vomitando la ropa que llevaban los prisioneros y removiendo huesos, que todavía no han alcanzado la paz.

Cuando paseas por las calles, no ves gente mayor, simplemente desaparecieron dejando huérfano a este país de una valiosa generación. Un pueblo que esta hundido en un terrible pasado. Un pueblo con ojos profundos. Un pueblo pobre. Un pueblo que lucha porque los responsables de esta atrocidad, sean juzgados y penados. Un pueblo que a pesar de todo, no deja de sonreír.

Fue un día duro en el que no pude evitar llorar y sentirme compungida ante fotos y huesos de personas que como yo, no habían hecho nada.

 

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