Camboya: A orillas del río

Bungalow en Kampot 23:00 viernes 10 de agosto

Tras despedirme de Kate y su novio nigeriano a las 8 de la mañana, me dirijo a la estación de autobuses con destino Kampot. El trayecto en bus, lo compartí con Guillaume, un chico francés amanerado. El conductor del autobús no paraba de mirarlo cuando hablaba. Como siempre, el tema de viajes es el primero que sale y ambos compartimos nuestras experiencias y proyectos. Me dio buenos consejos de India y es la primera persona, que me felicita por mi acento en inglés. La verdad, no se si tomármelo como un cumplido porque ambos bromeamos sobre la fama que tienen españoles y franceses con este lenguaje internacional.

Tip nº26: ¿Quieres que tu conductor te lleve a destino final?

Guillaume me comentó que en India tuvo un montón de experiencias donde los conductores le llevaban al sitio equivocado. Después de varios malos entendidos y dinero perdido, cada vez que coge un transporte le pregunta al conductor. ¿seguro que sabes donde está? Siempre contestan que sí pero el truco está en advertirle con lo siguiente, “no te pagaré hasta que no me lleves al sitio adecuado y no lo haré, por más dinero aunque te equivoques de ruta”.

A los camboyanos, y en general en Asia, les encanta el karaoke y lo tienen todo el día puesto allá donde vayas. Videos super chic, historias de amor, escenarios pintorescos y letras imposibles. Seria soportable de no ser por las voces ultra agudas de ellas.

Llevamos 3 horas de recorrido. Diviso un cartel, Kampot 78Km. Según lo previsto deberíamos estar llegando, pero todavía estamos a mitad de camino…Me temo que lo del retraso es una práctica habitual de estos países, así que hay que echarle paciencia y cruzar los dedos para que no pongan el karaoke tan alto, que interfiriera la música propia que estés escuchando. Me asomo para ver a qué velocidad vamos. El cuenta kilómetros no funciona, como nuestras motos en Chiang Mai o Koh Tao.

Hacemos parada técnica para comer algo. Mary, tienes que probar a cocinarte las panochas hervidas. Me acabo de comer una y está deliciosa.

El pito que el autobusero toca todo el tiempo, no me deja coger el sueño, pero sigo intentándolo. El bus se para, noto agitación a mi alrededor, abro los ojos y diviso un hombre subido en un elefante enorme viniendo por el carril contrario. El bus está detenido al principio del puente para dejar pasar al animal. Impresionante.

Termino el día escribiendo. Estoy en un bungalow en lo alto, que cuesta 5$ la noche con baño para mí sola. Tengo una cama doble cubierta por una mosquitera gigante. El final perfecto, para un día lleno de encuentros.

 

Al salir del autobús en Kampot, vencí mi tontería y me acerqué a unas chicas que estaban negociando con un tuck-tuck. Pregunté, ¿hacía donde vais? Casualmente y afortunadamente, a la misma zona que yo. Cristine de Alemania y Laura de Sudáfrica. Solo Laura había reservado y tras 3 intentos fallidos, abandoné a mis compis en busca de donde alojarme. No quería irme a la ciudad. Tras Phnom Penh, prefería estar más en contacto con la naturaleza al borde del río. De Laura aprendí cosas en muy poco tiempo como negociar precio y destino del desplazamiento. El tuck – tuck driver me llevó a un cuarto lugar, Kampot River Bungalow, y en ese, sí tenían sitio para mí. Tras comer un coconut curry de arroz y gambas a las 5 de la tarde, me di el primer baño en el río. Eva, no me extraña que en Tailandia intentaras reencontrarte de nuevo con estos sabores! El agua del río es marrón en temporada de lluvia, pero está fría y las vistas a la montaña mientras nadas son muy bonitas.

Por la noche me volví a reencontrar con las chicas en el Budhi Villa, un sitio que me había recomendado Kate, lleno hasta los topes y donde todos los viernes, hay música en directo. Allí conocí a una brasileña que lleva 16 meses viajando. Me emocioné al oír su historia porque parecía que contaba la mía. Ahora está radiante y feliz. De regalo, me dio el nombre de un sitio en India donde hacer un curso de meditación.

Fue la primera vez desde que salí de España, que pude mirar al cielo y disfrutar de las miles de estrellas que había. Me parecía que estaban más cerca que de costumbre y a pesar de la oscuridad del camino de vuelta a casa, no me sentía sola.

Muchas emociones vividas en el primer día, que por fin, estaba y viajaba sola. Estando ya en la cama, una inquietud me impulsó a levantarme y coger algo de la mochila. Bea cariño, primer día que duermo con el corazón en la mano.

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