Camboya: El tiempo detenido en Angkor

Martes 21 de agosto de 2012

Son casi las 12 de la mañana. Subimos arriba del templo Angkor. La multitud subiendo la escalera se diluye por los pasillos. Encuentro un sitio con apenas gente. Me siento en sus rocas centenarias. Empiezan a sobrevolar bandadas de pájaros. Puedo escuchar el revolotear de sus alas. Alguna mariposa confusa dibuja lunares en el cielo. El viento empieza a soplar y la calma entra por mis poros colmándome de paz interior. Laura me divisa y se sienta a mi lado acompañada de su guía electrónica. Adora leer lo acontecido aquí. Mientras me lo explica, adopto una postura de meditación con las piernas cruzadas y mis dedos índice y pulgar, tocándose. Al poco tiempo, siento que mis dos dedos se unen formando una única unidad por la que circula la energía. Sigue soplando el viento y apenas oigo lo que me está contando Laura. Pero ahí está, a mi lado, con sus ojos iluminados ávida de más historia pasada. Ambas sentimos y compartimos lo especial del aquí y el ahora.

Descansamos comiendo, a las faldas del templo, la fruta que hemos comprado a la entrada. Acabamos el pan y el queso que compramos antesdeayer. Recogemos las bicis y nos dirigimos a Phnom Bakneng, el templo que frustró el atardecer días atrás.

Al llegar no hay nadie. Los músicos víctima de las minas antipersona, también han desaparecido. Comenzamos a subir el camino de tierra. Descubro las miles de telarañas en la arboleda del camino. Están pobladas, me quedo atónita buscando a sus ocupantes. El crujir de nuestros pasos, el cricri de los grillos y un posible cu-cu acompañan nuestra travesía. No se oye nada más.

El momento mágico se rompe cuando llegamos al templo. Docenas de camboyanos trabajan en su reconstrucción. Hoy los turistas han desaparecido. Subimos a la cima. Las vistas son decepcionantes. A cambio, avistamos una tormenta. Un trueno encoge nuestro corazón y nos recuerda que tenemos las bicis abajo.

Pensamos en refugiarnos en Angkor Thom, allí podemos protegernos en el gran Bayon. Descendemos en silencio y aprisa. Los árboles protestan agitando sus ramas. La penumbra cubre el camino. Los truenos nos avisan que la lluvia viene. Huele a tierra mojada aunque todavía no ha caído ni una gota de agua.

Atravesamos la puerta de Angkor Thom y dejamos el río bajo nuestros pies. El cielo ruge de nuevo.

Dejamos las bicis y paseamos. Nos encontramos con una joya, Baphuon. Un templo vestido de palacio. Puedes culminar la cima entrando por la pasarela. Subo las escaleras que me acercan a la tormenta. Mis piernas empiezan a flaquear. Cuando llego, diviso abajo a Laura leyendo. El cantar de los pájaros me advierta de la proximidad de su habita. El cielo cubierto nos está dando tregua. Ya no truena. Laura trepa a las alturas y un trueno vuelve celebrando nuestro reencuentro. Bajamos juntas. Me conduce a un buda de 16 metros en plena reconstrucción. Sentadas delante, Laura piensa en voz alta, la religión es absurda, ¿cuántos hombres se necesitan para hacer esto? No es la religión, sino los hombres que la profesan, le respondo. Los hombres crearon la religión afirma. But…..antes de acabar mi frase dice, no creo en Dios. Es judía.

Comemos lo único que tenemos, deliciosa fruta de aquí. Descansamos apenas diez minutos tumbadas en el césped frente al estanque.

Recuperamos las bicis, Laura se despide de Angkor con la certeza que no volverá. Nos quedan 10 kilómetros por delante.

De vuelta, huelo a setas frescas. Me transporto a la casa del Ángel, el lugar donde de pequeña las cogía con mis padres y hermanos.

Salimos de Angkor. Son las 17:30 y el hechizo se rompe convirtiéndonos en dos mujeres agotadas y preocupadas por organizar el viaje, que al día siguiente, les hará llegar por tierra al país vecino.

 

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