Myanmar: la magia de dejar el tiempo transcurrir

Habitación Hotel Garden 21:00 lunes 3 septiembre 2012

Las pagodas en Myanmar, son como los bares en España, hay una en cada esquina. En una buena pagoda no pueden faltar 5 cosas. Por supuesto, no un buda ni dos, sino decenas. Después, cuantos más cristalitos relucientes haya, más bonita es. Seguimos por el dorado, sino reluce, malo. Le siguen las luces detrás del buda en forma de diana. Son un mal necesario. Para acabar, 2 vasijas de agua de barro y un par de vasos, dan de beber al sediento. Si hay pagodas, no os podéis imaginar cuantos monjes se entretejen en la vida birmana. Alguna que otra monja, da un toque de color rosa al naranja o burdeos de los hombres.

Tip nº38: Comparte e intercambia con el pueblo birmano

Mucha gente y vendedores quieren que intercambies cosas con ellos. Ellas te preguntan por perfume, maquillaje, máscara de ojos, cremas, gel o champú. Si vienes surtido con distintas muestras de estos productos, puedes intercambiarlas por pequeñas artesanías y hacer feliz a esta gente. Ellos, te preguntan por cosas tecnológicas, por ejemplo, lo han intentado varias veces con mi reloj. Uno cutre de decatlon de 10€, pero aún así dicen que es mejor que los de aquí que es cuanto llueve, se estropean. Hay personas que hablan en inglés pero la gran mayoría no lo hace, en estos casos yo he echado de menos llevar conmigo fotos o un libro para enseñarles como son las cosas donde yo vivo, las casas, las carreteras, la gente, la cocina, los monumentos, las iglesias, etc. Se les ponen los ojos como platos cuando ven cosas diferentes a las que ellos tienen. Yo estoy utilizando el diccionario de Lachesis, que de nuevo, me es de mucha utilidad!

Cogí el autobús de las 19h en Yangón para llegar a Mandalay el domingo 2 de septiembre. Dormí fatal pese a que no había gente. Era la única turista entre no más de 10 pasajeros. Llegamos antes de lo previsto, a las 5:30 de la mañana. Alguien me despertó para decirme que ya habíamos llegado. Medio dormida, me dejé olvidada la almohada hinchable en el bus. Al salir, despistada y todavía de noche, me pareció muy agresivo que un montón de hombres se me acercaran para saber donde iba y si necesitaba taxi. Uno más avispado, viéndome la cara que tenía, cogió mi mochila y me dijo, tal vez un té te ayude a decidir donde ir. Me tomé dos y tras hablar con él, me llevaría en moto al hotel Garden, donde trabajaba, por 10$ tendría habitación con ventilador y baño compartido. Sino me gustaba, se comprometía a llevarme de hotel en hotel por el mismo precio, hasta que encontrara uno. Estaba dispuesta a pagar los 2.500 kyats por el servicio a pesar de que había un pick up, como aquí lo llaman, que me llevaba al centro por mucho menos. El camino en moto, me despejó y me descubrió una ciudad que a simple vista, me gustaba. Me llevó al hotel y pese a que mi habitación estaba en una quinta planta sin ascensor, me la quedé. Al menos tenía mi propia habitación aunque tuviera que compartir el baño. Eran las 6:30 y ya estaba instalada. Dormí unas cuantas horas, lavé la ropa y a las 11 estaba preparada para que mis pies recorrieran la ciudad de Mandalay.  Nuria, mi querida barcelonesa, en especial para ti, una foto para que veas como monto el chiringuito de tender!

Lo hice durante 8 horas y el paseo, me regaló momentos maravillosos. Visité mercados y me sorprendió que las mujeres transportasen cosas en la cabeza. También me sorprendió el caos. En una tienda compré pasta de dientes. En otra un revuelto de frutos secos y una verdura cocinada por recomendación de la vendedora. Más tarde me enteré que las dos se comen juntas después de la comida, como una especie de postre. En un puesto, me compré un sujetador negro. Qué risa porque no sabía si era de mi talla y las chicas me propusieron que me lo probara encima de la camiseta. Me sentía ridícula pero ellas no paraban de reírse.

Tip nº39: Más sujetadores y menos bragas!

Cuando me estaba preparando la mochila metí 5 ó 6 pares de bragas y 2 sujetadores, uno de ellos blanco. Error. Aquí te pasas el día sudando, ya estés visitando una ciudad, haciendo un trekking o simplemente paseando. Así que prácticamente tienes que lavar el sujetador a diario. Si tuviera que hacerme la maleta ahora, metería menos bragas y 3 sujetadores. Por supuesto, todos oscuros.

Como siempre, las palabras en el idioma ayudan al contacto con la gente local. Utilizaba las 2 que había aprendido hasta el momento, gracias (tessubei) y hola (mingalaba). Repuse mi almohada hinflable. En este lugar me enseñaron a decir adiós (taaataa).

Lo que os decía del cambio de moneda, llevo dos días haciendo el cambio 1$ – 365 kyats en vez de a 865. Con razón me parecía todo tan caro!

Seguí caminando y siguiendo el itinerario recomendado por la Lonely Planet encontré una pagoda. Entré y después de dar una vuelta, me decidí a sentarme y comer donde había visto a otras mujeres hacerlo. Y allí, empezó la aventura. Una mujer mayor que no hablaba nada de inglés, empezó a interactuar conmigo. No entendía nada pero no paraba de mirarme y sonreírme. Me ofreció de su comida, creo que era piel de pescado frita aunque podría haber sido de serpiente! Y yo le di de lo que tenía. También a la chica que vendía las supuestas pieles de pescado. En poco tiempo, cada vez se acercaban más y más mujeres. Y allí les enseñé las cosas que tenía en mi mochila y las fotos de la cámara. Alucinaban con cada cosa y fueron muy amables conmigo. Se sorprendieron al saber que viajaba sola. Creo que sintieron algo de pena por mí.

Al salir, una pareja sentada en su porche me saludó. Les devolví el saludo rápidamente y retrocedí sobre mis pasos, para hacerlo correctamente. Me invitaron a sentarme. Me dieron 2 botellas de agua gratis y pan. Él hablaba inglés. Tiene 3 hijos que viven lejos de Mandalay. Los 3 trabajan para el gobierno, como él antes de retirarse. Tengo que ir con cuidado, me dije. Pero la mujer, que no hablaba inglés, me cubría de atenciones. Incluso me enseñaron como preparan el maquillaje que utilizan ellas. Cuando me hice una foto para ver el resultado, pensé que hubiese sido mejor que me lo untara ella porque en mi cara, nada tenía que ver con lo que lucen ellas. Estuve un rato con ellos y seguí mi camino. Vuelve cuando quieras, se despidieron de mi.

La visita continuó en otra pagoda y ya de vuelta al hotel, bordeando de nuevo el palacio real, me compré un bolso típico de aquí. Los dueños de la tienda también fueron muy amables y viendo el calor que tenía, me regalaron un abanico. A lo largo de todo el recorrido había descubierto zonas en la calle donde la gente se baña y se asea. Me parecía increíble verlo en una ciudad de casi 1 millón de habitantes. Ya por la noche, los lavaderos se llenan de gente que acaba su jornada de trabajo. También puedes encontrar en cada rincón hombres jugando a juegos de mesa, el ajedrez es el único que fui capaz de identificar, pero tienen muchos distintos, uno con piezas que se deslizan y golpean, otro con piedras en un campo dibujado en la acera…

Mis planes en el día, eran llegar al palacio real, bordearlo para subir al Mandalay Hill y allí ver la puesta de sol. Pero no hice nada de eso, tan solo pasee y me sentí viva al compartir cosas con esta gente. Parece que si te tomas el tiempo de que pasen cosas, pasan.

Ya cerca de casa, me refresqué con un helado de chocolate. Los de la heladería me dijeron que enfrente podría encontrar un sitio que preparaba comida para llevar. Entré y allí me encontré con un mejicano de 51 años. Volvimos a compartir experiencias y viajes. Me presentó a gente local que acababa de conocer y entre risas e historias, empezó a galantearme. Tras las calabazas oportunas, con mucho estilo y delicadeza, volví al hotel a por una ducha fría y un merecido descanso.

Tip nº40: Viva la piedra pomez

En Myanmar andas mucho tiempo descalzo, cada vez que entras en una pagoda o un monasterio. A veces, andas por sitios no demasiado limpios y no os podéis imaginar la pinta que van cogiendo las plantas de tus pies conforme pasa el día. Gracias mami, por criarme viéndote utilizar esta maravillosa piedra. Para mí, era un elemento imprescindible en mi mochila pero ahora que se cómo es esto, no podría vivir sin ella.

Me levanté el lunes, 3 de septiembre, a las 8 de la mañana. Desayuné mi ración de huevos y hablé con el conductor de moto que me recogió en el bus. Me había ofrecido una excursión de un día completo por 12.000 kyats por 3 antiguas capitales cerca de Mandalay, Amarapura, Inwa y Sagaing. A las 9 estábamos saliendo y regresábamos a las 19h. La primera parada fue una pagoda a las afueras de la ciudad, Maha Kyat Muni. Allí hablé con un monje de 32 años que perdió a su padre hace unos años como yo. Apenas visité el sitio porque allí estuvimos sentados en el suelo sin parar de hablar. Me decía que parecía mucho más joven, tal vez 27. Era muy gracioso y hasta me hizo pasar por china delante de un colega suyo, también monje de origen chino. Estaba aprendiendo español, me pidió mi mail y al despedirme le pedí que me escribiera.

Al salir del templo, descubrí con cierta ingenuosidad, numerosos negocios que se dedican a tallar y construir budas para los numerosos templos que poblan Myanmar. Y pensé, ¿no se van a crear por arte de magia no?

Nos dirigimos a la siguiente parada, Amarapura para ver cientos de monjes recibiendo su comida. Legamos a las 10:15 y a los ojos de unos pocos turistas se crearon dos formaciones de monjes que esperaban en fila que le entregaran la comida. Algunas túnicas rosas suavizaban el intenso naranja. Todos ellos descalzos, con la cabeza rapada y con una vasija en la mano con la que salen a pedir a diario donaciones a la población birmana. Cada día el mismo ritual, haya o no curiosos que les observan. Tras recibir la comida, entraban en unos pabellones de madera. Algunos salieron en seguida, tal vez no comían o tal vez no tenían hambre. Otros charlaban amistosamente sentados en el suelo. La verdad es que fue una sensación extraña estar allí. Sentí que me entrometía en su entorno, en su vida, como una observadora que no aporta nada y que además, intenta capturarlos con su cámara. Me quedé apenas 15 minutos allí cuando mi conductor vino a buscarme.

Cruzamos un enorme puente. Desde allí podías divisar varias colinas todas ellas repletas de pagodas. Era impresionante ver todas las puntas doradas sobresalir del manto verde. Era una zona que concentraba monjes y pagodas. Llegamos a  Sagaing.

Estábamos en una de las colinas y para llegar a la pagoda tuve que subir muchas escaleras. Allí me di cuenta, que las distintas pagodas estaban conectadas entre sí por senderos de escaleras, era como un laberinto. Me senté a descansar.

Allí me emocioné y lloré por primera vez en este país. Fue algo mucho más de lo que me podía imaginar. A mi lado, una familia estaba comiendo en el suelo. En Myanmar es muy frecuente que las familias se reúnan dentro de los templos para hacerlo. Con gestos, me ofrecieron arroz. Me senté a su lado. Ahora se que tienes que dejar tiempo para que surja la magia. Conocí a una madre y sus 16 hijas. Se asombraron que viaje sola. Se hicieron fotos conmigo. Una por una posaba a mi lado para fijar el momento en sus vidas. En la última, una chica me cogió la mano. No se por qué, me emocioné y comencé a llorar. Fui la primera sorprendida pero no quería reprimir las lágrimas. No me vieron, al momento habían desaparecido todos.

Me quedé allí permitiéndome el llanto. Me di cuenta que echaba de menos a mi familia. Sentir una mano amiga hizo que el canal de la emoción se destapara. Me di cuenta de lo importante que es para esta gente estar juntos. Cuando consigo conectar con ellos y me miran sus ojos profundos, los siento tremendamente puros. Me ofrecen lo que tienen. Eso es más valioso que nada. Las 2h que tenía para visitar los templos y los caminos, las gasté en volver a sentir lo importante de unos valores, que hace mucho que había olvidado. Sin quererlo, agradezco estar sola en esta etapa del viaje.

Al bajar, otro monje intentó hablar conmigo. Me pidió una donación. Le di 1.000 kyats. Con un mal inglés me preguntó si quería ver la escuela. Por supuesto contesté que sí. Mientras andábamos por el camino de tierra no paraba de repetir su nombre y su edad. No entendía cuando le preguntaba otra cosa en inglés. Me llevó a una especie de cueva al lado del camino, en el que habían 4 ó 5 cachorros de perro, un altar, una cama y una silla. Sin lugar a dudas, su morada. Me ofreció agua fresca y con señas me dio a entender que estaba enfermo. Le dolía mucho la espalda y tenía que tomar pastillas. Aquello me empezó a parecer raro. Pero más todavía, cuando empezó a darme un masaje en la espalda y brazos. Algo me decía que me fuera pero al mismo tiempo pensaba que era un monje budista y tan sólo quería pagarme de esa manera la donación. Seguía masajeándome y noté que le gustaba tocarme. Aquello no duró más de sesenta segundos pero en cinco más, estaba fuera de la cueva de vuelta a donde se encontraba mi conductor. Fue algo desagradable aunque en ningún momento me sentí en peligro. Entre vosotros y yo, el monje tenía media bofetada. Recordé después algo que leí en un foro antes de iniciar el viaje. Confía en tu intuición, si hay algo que sientes que no va bien, es que no va bien. Mientras estaba con el monje, era la cabeza la que intentaba de convencerme todo el rato, no te preocupes, es un hombre sagrado! Lección aprendida.

Con cierto sabor agridulce, el conductor me llevó a comer. Allí coincidí con una pareja de madrileños, Virginia y Roberto. Hicimos el siguiente trayecto juntos, en Inwa. Esta vez, en bote y en un coche tirado por un burro. Hablamos, compartimos, reímos y vimos templos. La primera vez que veía uno de ellos de madera. Era precioso y tenía tallas en todos los sitios. Pero al poco tiempo de entrar allí, me empecé a asfixiar. El polvo acumulado por todos sitios, me estaba provocando asma. Respirar el aire fresco del campo, descongestionó mis pulmones y la mala experiencia anterior.

Ya cada uno en su moto, nos fuimos a ver la puesta de sol sobre el antiguo puente de Amarapura. Allí conocí a un taxista que estaba esperando a unos turistas. Cuando les di las gracias por hacer compartido un tiempo juntos, me enseñó otra palabra mucho mejor para estos casos, muchísimas gracias (tidutemari). La anoté en la lista de palabras. A partir de ese momento, intentaría utilizarla para las ocasiones especiales. Más adelante, me compré dos tortitas de camarones que estaban muy ricas. Y allí, en el puesto de la vendedora, me eché unas risas con su pandilla de adolescentes medio revolucionados y locos.

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