Myanmar: Conexiones

Templo Dhamma-ya-za-ka Zedi Bagán 17:15 Viernes 7 de septiembre 2012

No se me ocurre mejor lugar para escribir que la cima del templo Dhamma-ya-za-ka Zedi en Bagán. Estoy mirando al oeste, hacia el gran astro solar. En el horizonte, cientos de templos proyectan sus sombras. De vez en cuando viene el tintineo de alguna campanilla. Las palomas vuelan y llenan de gorgoteos este lugar. Los acompañan los grillos. Las numerosas ardillas escalan y se esconden en el interior de las pagodas con una agilidad temeraria.

Estoy sola, sin locales y sin turistas. En Myanmar es muy común estarlo. Cuando paseas por sus calles, entras en sus pagodas o te pierdes por las estrechas calles de los mercados.

Llegué a Bagán el miércoles 5 de septiembre, por la noche a las 8, después de 15h de trayecto. Esta vez estaba cansada y apenas me relacioné con un barco repleto hasta los topes de birmanos y apenas 15 turistas. Todos nosotros estábamos arrinconados en clase vip con una silla de plástico. El resto, se extendía en el suelo de madera sobre mantas o esterillas. Navegábamos muy lentos por el río Ayeyarwady. Es inmenso. Nos acercábamos a las orillas y los locales iban vaciando el barco de voces y alimentos. Allí, esperaba toda la aldea para descargar y repartir. El barco pasa sólo 2 veces por semana, los miércoles y los domingos.

Mi escritura se interrumpe. Acaban de subir al templo una docena de hombres a saludar desde lo alto a Buda, el sol. Curiosos, me miran a mí y lo que escribo. Un osado, me ha pedido una foto. Tras breves minutos, desaparecen y recupero la soledad que me permite seguir mi relato.

En el embarcadero de Nyaung U alguien esperaba con mi nombre. Pedí al sitio donde iba a hospedarme, Inwa GuestHouse, si podían ir a recogerme. Una recomendación de Olivier, el francés que conocí la primera noche en Yangón. Una niña preciosa me dio la mano para evitar que mis pies pisaran el lodazal que se ocultaba bajo la noche ya cerrada. Me quedé trastornada  cuando vi que tenía que subir en un auto-rickshaw. Era mi primera vez en Myanmar, a pesar de que toda la gente lo utiliza aquí como un medio de transporte común. Pero a mi, se me hiela la sangre ver cómo los conductores tienen que pedalear para llevar la pesada carga a destino. Nos perseguía la preciosa adolescente, hija de Didi. Empezamos a subir una cuesta. Se me cortaba la respiración pero eso no aligeraba la carga. Le propuse a Didi bajarme. No me dejó. Aún le quedaba aliento para indicarme donde estaba el Tea Shop y el mercado. Llegamos y por primera vez, le di a alguien una propina, 200 kyats. Allí me dieron una habitación doble, con baño y aire acondicionado por 12$. Sin mucha luz pero sin escaleras. Después de los 5 pisos del Hotel Garden a Mandalay, me pareció genial.

El día siguiente fue lo más parecido a un día de trabajo. Me levanté y desayuné a las 9, de nuevo la ración de huevos y fruta diaria. Regresé a la habitación, puse dos lavadoras y trabajé con el ordenador. Me picaba un poco el cuerpo y descubrí que no dormía sola. Recordé la historia de pulgas que me contó Geri, la viajera inglesa que encontré en Bangkok. Con alegría descubrí que unas cuantas hormigas habían establecido su hogar en mi colchón.

A las 15h decidí salir a ver los alrededores. Alquilé una bici por 1000 kyats y visité los templos más cercanos. Allí compré tanaka a 2 mujeres que se pusieron muy pesadas para que les comprara algo. Me encontré con un hombre de una familia pobre con el que hablé y hablé. Había aprendido inglés con un diccionario y hablando con los turistas, verdaderamente admirable. Quieren que pongan cajeros automáticos en el país válidos para extranjeros para que vengan más personas. Vende cosas en un puesto situado en uno de los pasillos de una pagoda, como tantos otros. Durante 6 meses consigue comerciar pero el resto del año no. Sobrevive como puede y el inglés le ayuda. Otros muchos son perezosos, me decía, y no quieren aprender. Su filosofía es clara, si hago el bien, sólo el bien puedo esperar. Si hoy no vendo nada, quizás mañana, lo consiga. No perdía en ningún momento la sonrisa y esperaba con anhelo que los años venideros fueran mejor para su pueblo. Mañana o pasado, volveré a verle.

Salí a la carretera principal en búsqueda de la salida a una aldea. Pregunté y me perdí por los caminos de tierra llenos de baches y agua. Allí, al borde del río se repartían las casas llenas de vida. Me cruzaba con escolares que practicaban conmigo su saludo en inglés, con personas mayores que me miraban incrédulas y con niños que reaccionaban tímidamente al verme. Fue mi primer contacto con un sitio pequeño, para mi, demasiado breve.

Volví a Nyaung U, paseé por el mercado y me senté en el tea shop que me había dicho Didi. Después de seleccionar 4 cosas “no posible” de la carta, me sirvieron unos nuddles picantes con pollo con una especie de salsa densa para chuparse los dedos. Justo enfrente unos hombres entrados en años, que no en carne, jugaban increíblemente bien con una pelota de bambú. En el sudeste asiático este deporte es muy popular, el voleibol de puntapié (Sepak takraw). Pablo cariño, a ti que te gusta tanto el fútbol, te encantaría jugar a esto! Puedes ver como juegan en la calle en el siguiente video http://www.youtube.com/watch?v=x3-1kbI46P4.

Volví al hotel y encendí el ordenador para organizar como ir a Mrauk U. En un foro descubrí que los turistas no podíamos ir más allí, desde el 30 de agosto, el día que llegué yo a Myanmar. De haberlo sabido antes, hubiese ido a Hsipaw, al este de Mandalay pero ahora, era un poco tarde. Pensé que no pasaba nada, regresaría a Mandalay a ver a Cheri.

Hoy me levanté pronto recordando que Nuria y Quique me dijeron que en la fuerza del medio día, el sol calienta tanto que es imposible ver templos. A las 7 estaba desayunando y de nuevo, con la bici, el mapa y la guía, me aventuré a descubrir Bagán.

Había decidido empezar por la zona más alejada de Old Bagán, la mayor atracción de esta zona, con la intención de visitar también alguna aldea. He pedaleado completamente sola por los caminos de tierra, visitado templos en penumbra sin compañía, recibido explicaciones sobre las pinturas de los templos de un simpático guarda, comprado souvenires y comido en un sitio local, al que prometí volver cuando pasé de largo por primera vez con la bici.

Primer contacto con chavales, en general estudiantes, que intentan venderte pinturas o cualquier producto hecho artesanalmente. Siempre lo hacen de la misma manera. Se presentan, te hablan del templo que estás visitando e incluso te acompañan para que al final, te digan sorry, soy pobre y vendo cosas para pagar mis estudios o ayudar a mi familia.

Tip nº42: es imposible poder ayudar a todo el mundo

Hay que tener clara una cosa cuando vienes aquí, es imposible poder ayudar a todo el mundo. Muchos grupos de turistas no compran cosas a los pequeños vendedores sino en tiendas más grandes bajo negociación de comisión para el guía que los acompaña. La insistencia con los viajeros independientes, es más intensa y a veces abrumadora. Chequear el precio es importante porque están enormemente inflados. Compra lo que necesites o lo que realmente te guste. Si quieres realmente ayudar, compra en puestos diferentes, siempre a locales y no en grandes tiendas. Intenta no comprar en el primer o último sitio que vayas, sino algo en cada lugar.

Comí unos fried nuddles aceptables. Eran las 13:30. estaba agotada y completamente sudada. Hacía un calor abrasador. Después de comer, una jovencita me enseñó la aldea en el que viven 600 personas en 100 casas. Los baños tienen una estética particular.

Cuidan vacas que utilizan para transportar cosas en el carro, tejen a mano, hilan algodón natural, trituran comida para los animales, hacen cigarros y machacan cacahuete para obtener aceite para cocinar. Los residuos del proceso, sirven también de alimento para los animales. En esta región, no plantan arroz porque es una zona seca. Lo tienen que traer del Yangón por barco, por ese motivo es tan caro. Sin embargo, tienen plantaciones de cacahuetes por todos los sitios. Me enseño una casa, lo que más me impresiona son las cocinas. Después me enseñó bolsos, pañuelos, camisas…pero no compré nada.

Me dijo que estaba triste, que no era un buen día para ella. Un chaval más joven se burlaba de ella. Ya a solas, me explicó todo. Estuvimos una hora hablando. Es una chica de 23 años increíble. Estaba triste porque acababa de separarse de su chico de 17. Se había ido a otro pueblo a construir una escuela. Estaría un mes fuera, demasiado para mí, me decía con lágrimas en los ojos. Nunca ha salido de la aldea y no quiere hacerlo. Nos reímos, nos hicimos bromas y confesiones. Hubo un momento mágico en el que nuestras manos chocaron generando un sonido seco mientras me estaba contando una de las peleas cariñosas con su chico. Nos miramos asombradas de la casualidad y lo celebramos con sonoras carcajadas. Me explicó como perdió a su madre hacía 4 años, con tal solo 42, un golpe de calor. Conforme me contaba lo que pasó, las dos sentadas en el porche del bar en hamacas de bambú, me emocionaba. No podía evitar que las lágrimas cayeran, entendía como se sentía. Pasamos unos minutos con los ojos empañados y nuestras manos unidas. Dos personas tan distintas, de edades diferentes, de mundos opuestos y vidas divergentes, se unían por el dolor. Trabaja 12 horas en el bar. Cobra 200 kyats al día, 6.000 al mes (7$) y le dan comida a menudo para llevar a casa. Su padre y su hermana trabajan en el campo, pero no está siendo una buena temporada, sin lluvia las plantas no crecen. Compartí con ella y un chiquillo de 14 años, las patatas chiken curry y la magdalena de chocolate que había comprado. Me fui con emoción y los ojos cristalinos, dándole 1000 kyats a esta mujer fuerte, tremendamente enamorada, capaz de hablar perfectamente inglés y chapurrear español, italiano, japonés, francés, alemán y no se cuantas lenguas más.

Sólo llevo 8 días aquí y ahora entiendo porque tenía que venir. Ana, Bagán es precioso, te encantaría. Guillermo se lo pasaría en grande montando en bicicleta y escalando templos. Vosotros, emocionados como yo, al encuentro de esta maravillosa gente.

De nuevo, en el templo miro la hora. Son casi las 6. El sol ha traspasado las nubes y vuelve a iluminarme, esta vez, sin cegarme pudiéndolo mirar cara a cara.

5 comentarios en “Myanmar: Conexiones

  1. Hola guapa las fotos me han parecido una pasada, la gente, los templos esa zona me parece preciosa. Historias intensas que te llenan y que transmites con tanto cariño. Me gusta. Un besazo Paz

    • Montse, somos Nuria y Kike nos metemos en tu mochila y seguimos tu viaje como si todavia estuvieramos alli.Ya lo sabes eres una maquina y tienes una fuerza tremenda.Nos encantan las fotos y el blog.Sigue asi

  2. Montse, aunque nunca escriba voy leyendo lo que pones (soy Mónica, de teatro… :)).

    Me parece una pasada el viaje que estás haciendo y te admiro un montón por ello, yo creo que no sería capaz de viajar sola durante tanto tiempo y sin todo ya pensado y mis “hotelitos” esperándome…

    Disfruta mucho de esta experiencia, seguro que no la olvidas nunca!

    Besos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s