Myanmar: adiós a mi vida rutinaria

Bus Nyaung U – Nonywa 7:45 martes 11 de septiembre 2012

Estoy en el minibús camino a Monywa (mounña), un cacharro destartalado, en un asiento estrecho, rodeada de unos cuantos birmanos. Es imposible escribir con los baches. Aprovecho las frecuentes, pero breves paradas, para hacerlo. Un hombre viaja de pie agarrado a la puerta izquierda. Está abierta. Su función es ayudar al conductor, que conduce por la derecha, donde está colocado su volante. Algo loco aquí en Myanmar. Si conducen por la derecha, ¿por qué no tienen el volante en el lado izquierdo? No os imagináis lo difícil que es adelantar en estas condiciones. Misterio por resolver.

 

Atrás quedó el impresionante río Ayeyarwady, navegado por barcos y pasajeros cargados con el preciado y caro arroz procedente del sur. Aquel río, que en la estación seca, difícilmente puedes creer que apenas mida unos metros de ancho. Atrás quedaron los estudiantes en sus bicicletas, uniformados con camisa blanca, pantalón, longgi o falda verde y sus caras pintadas con tanaka. Aquellos que me hicieron ver, que el bolso que me había comprado en Mandalay, no era más que una cartera de cole. Atrás quedaron los pequeños templos y sus recovecos a los que escalar para disfrutar de un atardecer en soledad. Atrás quedaron los grandes templos como Ananda y su desconocido y solitario hermano Okke Kyaung, una joya en pinturas. Atrás quedaron los campos entre puntas marrones trabajados con vacas con el apero de labranza. Atrás quedaron los campos de cacahuetes y los agricultores de gorros de bambú. Atrás quedaron el mercado y sus mujeres con pesadas cargas en la cabeza. Atrás quedaron las camionetas repletas de gente recogida de los pueblos, para llevarlas a su puesto de trabajo en el vasto campo. Atrás quedó Bagan – Nyanung U road, la carretera que tantas veces recorrí en bicicleta para perderme en los caminos, templos y aldeas. Atrás quedaron las horas de pedaleo, la lluvia sobre mi chubasquero lila y las libélulas sobrevolando el cielo. Atrás quedaron el zumo artificial de naranja, la sandía, el mango, el plátano, el té, las tostadas y la tortilla que desayuné durante 6 días en el Inwa Guesthouse, mi casa, llena de caras conocidas que me recibían cada vez que llegaba al hogar. Atrás quedó mi tea shop, sus fabulosos shan’s style nuddles y sus grasientos bollos fritos con coco o judías rojas en el interior. Sus camareros gritando frente al bullicio en las horas del te chino o cantando en las horas de más relajo. Éstos, que nada más verme sentada en la mesa de siempre, me servían mi comida sin mediar palabra. Atrás quedaron numerosos auto rickshaw, el esfuerzo y el sudor de sus conductores. Atrás quedaron los estudiantes de Mandalay que trabajan durante sus vacaciones para pagar los 35.000-50.000 kyats que les cuesta la universidad al mes (35$-50$). Atrás quedaron los testimonios de jóvenes que prefieren salir con mujeres más mayores e independientes que las de su edad. Estas últimas que les suelen pedir implícitamente dinero a cambio de la relación. Atrás quedaron los atardeceres que tintaban y transformaban las paredes y campanas de los templos. Atrás quedó un vendedor de 40 años, Moe-Moe, con un corazón noble que me introdujo a la meditación, me dio conversación y me enseñó un templo con pinturas de la ocupación Mongola, custodiado por una octogenaria demasiado flaca. Atrás quedaron las 2 estudiantes que vivían cerca de Mt Popa, que entre risas cuchicheaban y consensuaban como decirme cosas en inglés. Atrás quedó un chico de 24 años que se había desprendido mentalmente y materialmente de las cosas innecesarias parar vivir en un monasterio de madera que cuidaba. Conocedor de muchas lenguas, coleccionista de billetes del todo el mundo y curioso por la geografía. Cuando terminara de ayudar a su familia, posiblemente se convertiría en monje rememorando aquel momento que con tan sólo12, se quedó 4 años bajo el amparo de un monasterio. Atrás quedó el pintor que dibujaba sin copiar, su amigo, las cervezas que bebimos en los templos, los momentos compartidos y el sonido de la guitarra acompañada de sus voces la noche antes de mi partida. Atrás quedaron la pareja tan agradable que me alquilaba la bici en un puesto del mercado, 500 kyats más barata que el hotel. Atrás quedó un chico de 21 años que quería hablar de sexo descarado y asustado a la vez por las consecuencias si lo denunciaba a las autoridades. Atrás quedaron los escasos turistas con los que no crucé ni tan siquiera una palabra.

Conmigo llevo el continuo constipado que me acompaña desde el segundo día en Myanmar y un pedacito menos de mi corazón, que se quedó en esa maravillosa tierra donde se respira paz y espiritualidad. Si vais a Bagán, podéis encontrarlos porque todos ellos, se grabaron en mi alma y en mi escritura. Hablaréis, os contarán cosas de sus países, reiréis, os preguntarán por el vuestro y por supuesto, intentarán hacer negocios con vosotros para poder seguir viviendo en este país, donde más del 30% de la población, aunque no lo parezca, es pobre.

El domingo 9 de septiembre, al terminar de comer en el tea shop, fue a ver a Moe-Moe. Pasé con él 2h. Me enseñó un par de templos escondidos con pinturas. Uno de ellos de la invasión Mongola. Charlamos y al final, le dije que estaba interesada en comprar una campana de las que están en las estupas de los templos. Me enseñó la que tenía. Me explicó con brillo en los ojos de donde venía su forma, la posición del buda en meditación. Me enseñó como utilizarla. Tienes que ponerla en la cabecera de la cama y hacerla sonar 3 veces antes de dormir. Después de asearte cuando te despiertes por la mañana, también. Me regaló un collar de 108 cuentas de tanaka para meditar repitiendo Buda – Dama – Sanka. Me dio su dirección y yo, la de mi madre. Me pidió mi correo electrónico, pero como era de esperar, él carece de ella. Me recomendó que fuera a Monywa y que empezara a meditar. En ese instante, sentada en un banco de madera, cambié los planes que tenía para encontrarme con lo que Buda tenía preparado para mí.


Eran las 4 de la tarde cuando ponía rumbo a old Bagan, apenas tenía tiempo para una visita rápida. A las 5 había quedado con mis amigos para el clásico puesta de sol, cerveza y conversación.

Llegué a Ananda y perdida en los pasillos, me empezaron a seguir 2 chicas adolescentes de 14 años. Me puse a hablar con ellas sabiendo que mi tiempo como turista tocaba a su fin. Me explicaron cosas del templo. Entre ellas, como un buda cambiaba la expresión de su cara conforme de ibas acercando a él. De sonriente a totalmente serio, era increíble. Les expliqué que viajaba sola y se asombraban diciéndome si no echaba de menos a mi familia, mucho, les contesté. Me preguntaron muchas cosas entre risas y un mal inglés. Incapaces de mostrarme donde vivían en el mapa, les mostré donde estaba España. Pasó una chica del norte de europa y tímidamente, una de ellas, asombrada por su melena rubia y sus centelleantes ojos azules, le dijo “you are beautiful”. Ni siquiera se giró. Me salió espontáneamente. “Excuse me, has oído lo que te han dicho?” Se paró en seco. No, me respondió. Se acercó y recibió el halago con bastante indiferencia y una sonrisa forzada. Suficiente para que aquella chica embelesada por la belleza de la turista, me lo agradeciera. Me pidieron mi mail, aunque de nuevo, el intercambio era unidireccional. No teníamos papel. Sus palmas se llevaron escrito un cachito de turista. Se despidieron de mi rogándome que no las olvidara. Os tengo en mi cámara, respondí con una enorme sonrisa. Desaparecieron para regresar al minuto. Me presentaron a su madre y me entregaron la tarjeta de su padre en birmano.  No entendía nada pero estaba segura que era la manera de abrirme las puertas de su casa.

Por la noche acabamos con el ritual refugiados de la constante e intensa lluvia en un templo.

El lunes era mi último día. Tenía que visitar Old Bagán. Si quería hacerlo, tenía que obligarme a hacer de turista por primera vez, trazarme una ruta para ver lo más interesantes, por las vistas o su historia. Huía de los encuentros con gente local, pero era muy difícil.

Me dejé llevar sólo cuando encontré a un joven de 24 años en un solitario monasterio de madera perdido en la aldea Leva. Me enseñó escrituras originales en hojas de palmera y cañas. Hablamos, me contó su historia y yo la mía. Me enseñó su colección de 65 billetes. Se sabía de corazón el orden y la procedencia. Me regaló uno birmano, antiguo a los actuales, donde aparece el padre de Aung San Suu Kyi. Me contó que en Myanmar, salvo en Yangón, no hay bares para bailar y divertirte como en España. Sólo ha visitado una vez Mandalay y no quiere volver. En Bagan, se puede alcanzar la pureza de corazón que necesito para ir al cielo, me decía. Admiraba que viajara sola y me felicitaba por ello. Como contraste, junto con un chico que fue a visitarle, me enseñaron unos videos musicales de Jennifer López en el móvil de última generación. Me preguntaban si podíamos bailar así y me moría de risa.

Subí al templo mítico para los amaneceres y atardeceres, Shwe San Daw Pagoda. Antes se podía subir a la mayoría de ellos pero ahora, tan sólo a unos pocos. El estado ha puesto unas torres, en las que tienes que pagar, desde donde puedes ver las vistas. Como no era uno de esos momentos, me encontré en lo alto, sola, admirando el paisaje. Visité el imponente Dhammayaungyi. Me fui al borde del río para ver las vistas en Makahodi Pagoda. Me deleité con el impresionantemente bello Okke Kyaung repleto de pinturas. Mil gracias Nuria y Kike por explicarme como encontrarlo. Cuando lo vi por fuera, pensé, no puede ser éste. Pero me abrieron el candado y de nuevo sola, descubrí esta joya. Terminé mi visita de Bagán en el maravilloso templo Ananda, esta vez sin compañía y dándome el tiempo de descubrir sus detalles.

Eran las 16h. Estaba muerta de calor y hambre. Decidí volver a Nyaung U para comer unos nuddles y darme una ducha. Sería la última velada entre amigos. A las 17:30 me recogían en mi hotel. Los turistas en Bagan no podemos subir en moto, ni podemos alquilar una con o sin conductor y por supuesto, no nos puede llevar un local en la suya. Recién duchada no me apetecía pedalear de nuevo para ir a ver la última puesta de sol. No os vayáis a imaginar bicis nuevas con marchas, como en Ámsterdam, para adaptarte a las pendientes. Son simples, a veces viejas, otras, los frenos no funcionan y con un poco de suerte, tienen ring-ring. Todo el mundo nos miraba porque el pintor en su moto empujaba con el pie mi bici por la carretera. Es una maravilla visitar Bagan sin esfuerzo y con gente que lo conoce. Fuimos a un templo chiquito al que se podía subir trepando y allí nos quedamos, una vez más contemplando el cielo. Ya en el interior, siguieron cervezas y una velada en la que 2 birmanos cantaron versiones y música tradicional, acompañados con una guitarra. 4 velas pegadas en las paredes iluminaban nuestros rostros.

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