Myanmar: lo que mal empieza….

Puerta hotel Shwe Taurn Tain, Monywa 7:40 jueves 13 de septiembre 2012

Las primeras impresiones son muy importantes y mucho tenían que cambiar los próximos acontecimientos para borrar la sensación que tuve al llegar a esta ciudad.

El minibús llegó el martes 11 de septiembre a las 12h procedente de Bagan. Mi compañera de viaje veló por mi todo el tiempo.

Nada más bajar, empezó la agresión. “Where do you go?” No lo se, respondía. Era totalmente cierto. Un taxista cogió mi mochila al tiempo que decía, “hay 5 hoteles aquí, eso es todo”. Ok, busco uno de bajo presupuesto, respondí. Me miró y dijo, “lo supongo. Te llevo a uno por 10$ y sino te gusta, te llevo a otro. Todo por 1.000 kyats”. Ok le contesté sin fuerzas para luchar. Me llevó al Shwe Taurn Tain hotel, un sitio recomendado por la Lonely Planet, sencillo pero acogedor. La calle para acceder al hotel estaba cortada y un montón de policía armada estaba apalancada en el edificio de enfrente. El conductor empezó a preguntarme que haría al día siguiente, quería ofrecerme los servicios de un motodriver. Era un pesado y a pesar de que le decía que no sabía, me dio la tarjeta de su amigo. Estaría esperando mi llamada. Se la cogí por no ser maleducada. Con muy mala onda entré en el hotel y me confirmaron el precio, desayuno incluido. Me enseñaron la habitación y casi me caigo de culo. Otra vez sin fuerzas para luchar, me la quedé. Estaba en un tercero sin ascensor, la habitación estaba sucia, las cortinas roídas, las paredes con manchas, el baño oxidado, las sábanas con rodales y la manta viejísima. Una asquerosa moqueta negra y granate con pelusas terminaba de dar empaque a la habitáculo.

Me desmoralicé tanto que pensé en coger un autobús ese mismo día para Mandalay. Pero si lo hacía, una vez allí, tampoco tendría tiempo de visitar otros sitios como Hsipaw. Estaba jodida. Enterarme de que no podía ir a Mrauk U, estando ya en Bagan, me había hecho perder unos días preciosos. Ahora estaba en esa habitación horrible tremendamente cansada. Gracias Buda por este maravilloso destino. No podría pensar con claridad. Decidí dormir unas horas para ver si al levantarme conseguía ver las cosas de otra manera.

Me levanté a las cinco de la tarde, sin mucha sorpresa me duché con agua fría. Pasaría el resto de la tarde y el día siguiente en Monywa, no me apetecía buscar plan B y elegí la opción fácil pese al mal karma. Me fui a pasear a la orilla del río. La guía decía que el atardecer allí era precioso. La verdad, no sabía si fiarme. Paseé y por fin pude disfrutar algo. Había parejas cogidas de la mano, muchos barcos estaban atrancados y los hombres se bañaban en el río tras la jornada laboral. Todo el mundo me miraba y una buena señora intentó emparejarme, con el que supongo que sería su hijo. Todos nos moríamos de risa.

Como no podía ser menos para ese día desperfecto, tuve otra experiencia desagradable. Un hombre en una moto no paraba de seguirme, pararse y preguntarme malamente, where do you go? Solo hablaba unas pocas palabras en inglés. No me gustaba como me miraba ni su aspecto. Conseguí quitármelo de encima y callejeé para volver al centro. Varios niños con sus familias me regalaron saludos y sonrisas. Ya me sentía un poco mejor. A la vuelta, pasé por la pagoda principal de la ciudad. Iluminada, era muy bonita.

Tip nº43: toallita para el sudor

En Tailandia y Camboya pasé calor, pero nada comparado con lo que estaba pasando en Myanmar. Es conveniente llevar siempre contigo una mini toalla o pañuelo absorbente para secarte el sudor. Además, esto evita que cuando entras en un sitio con aire acondicionado, completamente chorreando, te enfríes. Me compré una en un puesto callejero que me acompaña siempre en mi mochila, junto a la navaja y mi cuchara tailandesa.

Cerca de mi hotel había divisado un sitio para cenar. Tenía pinta de tea shop. Entré, pero allí tampoco hablaban inglés. Me llevaron a la cocina para ver que quería. Sólo preparaban el típico arroz blanco al que vas añadiendo verduras de distintas clases y el plato principal que tu elijas. Me decidí por un pescado en salsa. Aquello estaba riquísimo. De postre me dieron frutos secos, una especie de verdura y aquel turrón de coco que comí por primera vez en Yangón con Tun. Todo aquel despliegue me costó 2.400 kyats, 2.5€. Satisfecha, volví al hotel a las 9 de la noche.

Una vez allí, pregunté por la misma ruta que me había ofrecido el taxista por la mañana. Era lo único interesante a hacer en Monya y a pesar del precio, 20.000 kyats, decidí aceptar con resignación lo que me esperaba llevada por las circunstancias.

Al entrar en la habitación, escribí algo, escuché música e intenté leer. El sueño vino a por mi. Me agarré a la única cosa preciosa que tengo, mi corazón de lana, para que sus colores me reconfortaran y alejaran del sitio donde me encontraba en ese momento.

Me levanté pronto al día siguiente. A las 8 ya estaba montada en la moto. Agradecí que mi conductor no hablara apenas inglés, era como estar sola pero al abrigo de la compañía.

La primera parada eran las cuevas de Hpo Win Daung. Un guía local me enseñó las más importantes de las 900 existentes. Muchas de ellas están destrozadas por la lluvia y la porquería que esparcen por todos sitios los monos que habitan el lugar. Aún así, algunas eran preciosas. Datan del siglo XIV y todas las esculturas están hechas de una sola pieza excavadas en la roca. Las pinturas eran del siglo XVI, XVII y XVIII. Los colores verdes y amarillos aparecían en las más recientes. Ana, hice algunas fotos pensando en que te gustaría estar aquí admirando un arte que tanto te gusta.

Lo mejor de la visita fue el camino para llegar. El paisaje y la vida rural. Vi campos de cultivo cubiertos por hojas de palmera, escuelas, niños uniformados descalzos, cabañas, gente trabajando y un sin fin de palmeras. Algún paraje me transportó a Camboya y arrancaba de mi memoria aquella excursión que hicimos en moto Laura y yo en Kampot.

Llegué al hotel, lavé un par de camisetas y bragas rezando para que con el aire acondicionado se secaran. La cisterna del wc seguía sin funcionar. Bajé a comer. Esta vez en un sitio muy pequeño de nuddles repleto de gente local. Me hicieron amablemente un hueco en una de las mesas y pedí lo mismo que tenía la mesa del al lado. Eran muy parecidos a los Shan’s nuddles y me supieron riquísimos. Tan sólo pagué 500 kyats. Hacía demasiada calor para dar vueltas y volví a la habitación a descansar. A las 14:30 estábamos otra vez en marcha. Atravesamos 2 ríos, uno con mucho cauce y otro con casi nada. Pude ver la arena del fondo manchada en ciertas zonas por charcos de agua y los reflejos del sol en ellos.

Llegamos a Thanboddhay Paya pagoda. Que sitio tan bonito y diferente a lo que había visto hasta ahora. Parecía una mezcla entre una casa de muñecas y pasteles gigantescos. Un sitio para niños y para los que no somos tanto, pero seguimos viendo a veces con los mismos ojos de entonces. Los budas también eran diferentes, sonreían!

Eran las 15:30 y rápidamente nos fuimos a Bodhi Tataung porque a las 17h cerraban. Llegamos y me impresioné con dos budas gigantes. Para mi, el tumbado era claramente una mujer. Subimos y subimos escaleras, sudaba a chorros. Todo el esfuerzo para ver unas pinturas actuales horribles sobre ogros que matan y comen humanos. Supongo que intentaban representar de esa forma el infierno.

El conductor esperó pacientemente a la puesta de sol. La vista arriba de la colina era espectacular. Podías ver el río, los campos, las palmeras y las ya tan familiares puntas de las pagodas.

A las 17:45 decidimos volver, las nubes volvían a hacer de las suyas. De camino el conductor mi gritó excitado, look the sunset! Y los dos subidos en la moto pudimos disfrutar de nuevo de los últimos minutos de sol. Me preguntó a qué hora se ponía el sol en España. Le contesté sin tenerlo muy claro. Me quedé pensando cuando había sido la última vez que había visto un amanecer o un atardecer en España. Me quedé pensando en el poco tiempo que me concedía en Madrid para disfrutar de esas pequeñas cosas que te dan tanto placer y apaciguan tu alma.

Llegando a Monywa le pedí al conductor que no me llevara al hotel. Me dejó en la torre del reloj donde había un montón de puestos callejeros de comida y ropa. Genial, un mercado nocturno pensé.

Me compré comida para llevar y volví a mi triste habitación. Me duché y me organicé el chiringuito para comer. La situación llamó a los recuerdos y volvieron a mí las sensaciones de una nochevieja que pasé en Oporto hace algunos años.

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