Myanmar: Se acabó la soledad

Banco de madera en una recóndita aldea 6:00 Lunes 17 de septiembre 2012

Apenas he dormido esta noche. Ayer comenzamos el trekking Kalaw – Innlay Lake. Hemos dormido en una de las casas de una aldea de 600 habitantes. Dos alemanes, un ruso, una pareja belga y una española. Varias familias acogen a turistas que se animan a descubrir esta zona. Tras pasar horas viendo las estrellas y pidiendo deseos a las fugaces, me fui a dormir. En cuanto me acosté empecé a sentir la alergia. El polvo del colchón o tal vez de las mantas, imaginé. David, uno de los alemanes de 25 años que me encontré en Mandalay, estaba a mi lado luchando como yo para respirar entre estornudos.

La vuelta a Mandalay no podría haber sido mejor salvo por la música de ambiente que pusieron en el bus. Hay algo peor que el ya inseparable karaoke en los medios de transporte en el sudeste asiático, un monje budista rezando en la tele repitiendo una y otra vez lo mismo mientras transcurren imágenes de pagodas y algún que otro pasajero se anima a unirse a la oración.

Empezaba a estar harta de templos, budas, monjes y monasterios. Estaba deseando llegar a Kalaw para disfrutar de la naturaleza y con suerte, de la compañía de otros turistas.

Pero la compañía vino mucho antes de lo que esperaba y lo agradecí enormemente. Llegué al mismo hotel de Mandalay que me hospedé la anterior vez, hotel garden y me instalé. Compré el billete para ir a Kalaw. El bus salía al día siguiente a las 18:30. Me quedaban por delante una tarde y una mañana completas. Alquilé una bici decidida a ver a Cheri para darle todas las cosas que no usaba de mi mochila y dos muestras de perfume Dior. Me pasé por el mercado para comprarle 2 kg de arroz de buena calidad. Pagué tan sólo 1.600 kyats. Y de nuevo el destino hizo que pasara un buen momento en un puesto de comida entre verduras del mercado. Servían nuddles. Me puse contenta al poder evitar el arroz y al ver que estos lucían diferentes a otros que había comido. Me senté en una minisilla en frente de una mesa del mismo tamaño. Usé mi estrategia cuando tengo hambre, señalar el plato de la mesa de al lado. Era un sitio muy pequeño, con una cocinera que hablaba un poco de inglés, una cobradora que regentaba el negocio, dos o tres ayudantes de cocina que preparaban sopa, cocían pollo, cortaban verdura o fregaban los cacharros y cuatro o cinco camareros. Los cubiertos y los palillos de plástico reutilizables estaban colocados en cacharros en cada mesa. La dueña me trató genial y junto con la cocinera, las tres nos reímos como niñas. Prometí volver al día siguiente para comer con ellas.

Recorrí el mismo camino que la vez pasada. Pasé casualmente por el colegio a la misma hora que la vez anterior. Allí estaba aquella chica que preparaba dulces para los niños. Me detuve. Se sorprendió y se alegró por igual al verme de nuevo. La pedí una de aquellas cosas, la que más me había gustado, servidas en hojas de plátano. No quería cobrarme nada y entre risas y amenazas le decía que me iría sino aceptaba el dinero. Le pagué los 200 kyats pero me regaló otro postre que no había probado. Con gestos me decía, “ven mañana. Todos los días aquí a las 15h”. Le contesté que no sería posible, me iba al día siguiente. Se despidió de mí montando en su bici con cierto aire de tristeza.

Seguí mi camino, traspasé el mercado de barrio sucio y caótico de la última vez y llegué a Sanda Muni Pagoda donde esperaba encontrar a Cheri. Miré al interior del templo al tiempo que dejaba mi bici. No estaba. Me asaltó el miedo de si le habría pasado algo. Pero una voz grave me dijo, “put here the bicycle, it’s more sure”. No me había reconocido pero esa voz dispersó mis malos pensamientos. Cuando llegué a su lado, sus ojos se iluminaron, no podía creerse que hubiese vuelto por ella y con todos esos regalos. Bromeé diciendo que tenía que hacerlo para decirle que no había nacido en miércoles sino en jueves. “Eres una rata, me espetó. La comida te pierde!”. Me moría de risa. Me invitó a un café frío, charlamos y me dijo que su pierna iba infinitamente mejor. Estaba haciendo rehabilitación. Con una gran sonrisa la animé proponiéndole  volver dentro de una semana para echarnos una carrera. Cheri, que está en todo, divisó a un chico joven saliendo de la pagoda y le dijo, “don’t be shy my friend y únete a nosotras”. Allí conocimos a Pierre, parisino de 22 años físico estadístico. Desde entonces no he estado más sola. Cheri le hizo la radiografía de su personalidad y ambas posamos para que pudiera mandarle una foto a mi madre por petición suya. Se despidió de nosotros no sin antes, pedirle una donación a su recién nuevo amigo.

Juntos nos fuimos a Mandalay Hill y allí intercambiamos tantas cosas, que las apenas 30h que hemos pasado juntos, nos supo a poco. Casualmente se hospedaba en el hotel contiguo al mío. Volvimos a las 20h de la pagoda y quince minutos más tarde estábamos de nuevo juntos y bien limpitos, preparados para ir a cenar. Bebimos mucha cerveza y filosofamos sobre nuestras vidas. En el sudeste asiático las cervezas no son tercios ni quintos sino botellas de casi un litro. No hace falta tomar muchas rondas para alcanzar el delicioso preestado de embriaguez. El día siguiente lo pasábamos por separado, cada uno tenía sus planes. Con un poco de suerte cogeríamos el mismo bus, él para Innlay Lake y yo para Kalaw, permitiendo alargar nuestro encuentro.

Me día fue muy tranquilo, nada de alquilar bicis y sudar. Hablé con mi madre por skype por primera vez en condiciones desde que estaba en Myanmar, actualicé el blog y me fui a comer de nuevo al mercado, apenas 10 minutos andando desde donde me encontraba. Se alegraron de verme. Seguimos bromeando y la dueña, con fajos de billetes en la mano, me decía, “ahorraré para ir a verte”. Me invitó a comer, a beber y me preparó una bolsa de fruta y caramelos para el viaje. Se lo agradecí con un abrazo, ese que tanto necesitaba me vino de una persona totalmente desconocida pero tremendamente generosa hacia una extraña. Ma, la dueña del puesto, me dio la tarjeta del negocio y una foto suya tamaño carnet, que al paso que va guardada en mi monedero, creo que se va a convertir en el siguiente amuleto de la suerte. Me despedí de Ma y de la cocinera con cierta emoción por sus atenciones. Espero que algún día vengan a Madrid y les pueda devolver un poco de lo que me han dado.

Tip nº44: recuerdos capturados en foto

Muchas de las cosas que pasan por mis manos, tarjetas, entradas, datos de contacto, tickets, etc me gustaría quedármelas porque cuando las veo, evocan momentos vividos importantes. En mi caso, dada la duración del viaje y el miedo a perderlas, las fotografío. Si sois de los que acumuláis mucho, es útil hacerlo para que las tengáis pero en otro formato. Yo lo utilizo para todo lo anterior y para guardar los datos de contacto de la gente que me voy encontrando de su puño y letra.

A las 16:40 Pierre vino a mi hotel. Ambos teníamos el pick up a la misma hora y nuestros ojos brillaban por la expectación de pasar unas cuantas horas más juntos. 40 minutos más tarde, lo cogía. Allí estaba Pierre sonriéndome y acompañado de dos alemanes de 25 y 27 años de los que no me he separado desde entonces. Nos llevó una hora llegar a la ruidosa y caótica estación. En cada parada, subía y subía más gente en la furgoneta. El aire casi no se podía respirar por la acumulación de vida y la polución de esta ciudad horrible según muchos turistas pero que a mí, me ha marcado mi viaje.

2 comentarios en “Myanmar: Se acabó la soledad

  1. Hola Montse! Cuando no te quepan mas recuerdos en la cartera, mételos en un sobre, le pones un sello, los envías aquí, y te los guardamos. Un beso guapa!! Adelante!

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