Myanmar: Shan una región cautivadora

Estación autobús Kalaw 18:30 Jueves 20 de septiembre 2012

Sentada en una silla de madera en la minúscula estación de Kalaw espero el autobús que me llevará a Yangon. Si todo va bien, a las 6:30 de la mañana estaré de nuevo en el punto donde empecé. Me he aprovisionado de guarrerías varias para el viaje y una bolsa de pipas. Aquí comen más pipas que en España, es como sentirse en casa…

Y sí, se podría decir que me siento cerca de la felicidad. Los últimos 6 días han sido un regalo paisajístico y humano. Un camino recorrido en el que he crecido personalmente y me he vuelto a encontrar. Me recorre a flor de piel la expectación e incredulidad de que dentro de un día y medio estaré en otro país, Malasia. Las sensaciones de coger en mis rodillas a una niña de 6 años esta misma mañana y jugar con sus tres hermanas mayores en el trasto tren, vuelven a dibujar mi futuro próximo, rodeada de niños sin saber aún la manera. Si esto no es felicidad, mucho se le parece.

Me podría quedar aquí mucho tiempo pero los momentos son los que son. Los vives si no permites que te traspasen. Si dejas que pasen y te afecten. Así que me conformo con el sentimiento de plenitud que me llevo después de estos días pasados en la maravillosa región de Shan.

Llegamos a Kalaw el sábado 5 de septiembre a las 2 de la madrugada. En la calle en plena noche, me esperaba mi pick up, un chico de 18 años que trabajaba en Lily guesthouse y que me haría de guía para llegar andando al sitio que me recomendaron Nuria y Kike el primer día que llegué a Myanmar. Rafael y David decidieron hospedarse en el mismo sitio, perezosos de buscar opciones a esas horas. Con pocas ganas y mucha necesidad lavé ropa para poder ponerme algo durante los días siguientes. Durante el trekking no podría hacerlo y no llevo conmigo tantos trapitos para permitirme tal capricho. A las 2:30 estaba durmiendo en una acogedora y fresca habitación doble de madera por 12$.

Me desperté a tiempo para desayunar y me alegró recibir mi ración de huevos en pan de la India. David se unió a mí, veinte minutos más tarde. Rafael aún tardó una hora más. Cuando le ofrecieron el desayuno se sorprendió. Bromeábamos diciendo que en Europa sería imposible que pasara algo así. Si llegas un minuto tarde al comedor, ya le puedes dar la bienvenida al agujero del estómago, porque ahí se va a quedar hasta que lo sacies pagando. Tras el desayuno, hicimos el check in y pedimos información acerca de la organización y el coste del trekking. 47.000 kyats por 3 días, incluyendo comida, alojamiento, guía y depositar nuestras grandes mochilas en un hotel de destino. A mi me cuadraba (mi presupuesto diario era de 15.000 kyats). Los chicos querían comparar el precio con otros, pero la falta de tiempo y querer salir al día siguiente temprano, hizo que se decantaran por Lily. Eran las 13h y teníamos todo el día por delante para holgazanear.

Rafael se fue a comer. David y yo nos fuimos al mercado. Él necesitaba botas para el trekking y un saco de arroz para transportar sus cosas a Innlay Lake y yo, siento pasión por estos lugares llenos de chismes y comida. Por fortuna nos encontramos con una boda que se celebraba en un salón. Curiosos nos acercamos un poco para averiguar el motivo de los vestidos de galas que veíamos. Cuando nos vieron sin pensarlo un minuto, nos invitaron a entrar. Al traspasar la puerta, nos dieron una muestra de champú a cada uno. Era el recuerdo de la boda, los novios no habían tenido tiempo de preparar algo mejor y eso al menos se podía utilizar! Era un poco embarazoso porque allí estaban todos con sus mejores galas y David y yo….en fin, de mochileros por la vida. Era un salón de boda en toda regla, mesas redondas, comida e invitados elegantes y mujeres desprendiendo alegría a través de sus coloridos vestidos. Intentamos excusarnos e irnos lo antes posible, pero nos dijeron que en su cultura cuantos más invitados, más suerte para los novios. Comimos helado y charlamos distendidamente con un chico de 38 años que había pasado 12 años en Estados Unidos consiguiendo la nacionalidad. “Si la cosa se pone fea, tengo un plan B para mi mujer y para mí”, nos comentaba con una sonrisa en la cara de alivio. “Si no coges el tren en Myanmar, te dejarás algo importante por descubrir” Nos decía. Segunda persona que me lo recomendaba.

Fueron muy amables con nosotros y David me propuso que comprásemos un regalo para los novios. Al salir descubrimos unas señoritas en una mesa que recogían los regalos para los novios. Perfecto, pensamos. Y allá que fuimos a la búsqueda de un regalo para alguien que no conocíamos, en un lugar desconocido y con límite de tiempo porque la jarana se acababa en 20 minutos. Compramos un reloj en una tiendecita por 1.500 kyats e dejamos una nota de los extranjeros invitados de última hora. Sólo pensar que estaremos en el álbum de fotos de esa pareja….me hace sentirme entrometida.

Tras la celebración, fuimos en busca de las botas para David. Son botas de militares chinos, las mejores para este terreno. Difícilmente encontró unas de su número, todas eran muy pequeñas por el tamaño de los pies comunes que las calzan. Pagó 3.000 kyats, apenas 4$. Nos costó más encontrar el saco de arroz y se tuvo que conformar con uno bastante sucio. Nos cruzamos con Rafael y siendo las 3 de la tarde, nos fuimos a comer. Y entre los exquisitos Shan’s nuddles, estornudos y mocos de Rafael y míos, empezó una relación muy especial con estos dos alemanes que viajan juntos durante dos meses y medio, residentes en Viena, charlatanes y tremendamente graciosos. Intercambiamos experiencias y viajes. Descubrí que chapurreaban alguna palabra en español. Casi me da un ataque con las carcajadas cuando me soltaron lo primero que habían aprendido. Un “buro amourouso” dicho con un acento y un salero que me pellizcó el corazón.

Descansamos por la tarde en nuestras respectivas habitaciones. Merendé una triste y espiscada magdalena de chocolate comprada en Bagan y la culminé con mi hoja de oro adquirida en Mandalay. No sabía a nada en particular pero ahora puedo decir que me he purificado también por dentro!

Nos encontramos de nuevo para ir a cenar a “7 sister”, un sitio recomendado por uno de los propietarios de Lily Guesthouse. Mi elección de pescado steamed (al vapor) en hoja de plátano fue muy acertada aunque me costaba acabarla por la cantidad de aceite. Ahí empecé a descubrir el apetito insaciable de Rafael apurando las sobras y una manera muy alemana de mostrar que algo le gustaba con un “aha” frío y solemne.

En Kalaw no estuvimos solos. Continuos rezos, en el dialecto local en directo o en cassette a través de altavoces, nos acompañaban a todas horas hasta bien entrada la noche.

Al día siguiente desayunamos con un montón de españoles que también hacían el trekking. Supusimos que iríamos con ellos pero alguien se está empeñando que aprenda inglés por las buenas o por las malas porque mi grupo lo formaban dos alemanes, una pareja belga y un ruso. El alemán, el inglés, el francés, el español y los distintos acentos se mezclaban mientras nuestros pies recorrían los primeros caminos repletos de barro. El trekking prometía. Poco a poco las vidas, viajes, experiencias, ideas, consejos y bromas se fueron compartiendo.

Se forjaba mi relación con los locos alemanes y empezaba a crear un lazo con Alex, el tímido chico de Moscú, de 22 años, el típico ruso, alto, de ojos claros, de movimientos angulares poco fluidos, un gracioso inglés pausado robótico pero con un corazón especial y una manera diferente de ver el mundo.  Ambos jugábamos a inventar y buscar oportunidades de vivir sin trabajar. Él tenía muy buenas ideas y bromeaba diciéndole que le contrataría para que pensara un plan B para mí para poder seguir viajando cuando se me acabara el paro. David y Rafael me enseñaron a jugar a “Ninja destruction”. Un juego de reflejos que habían aprendido en Vietnam y que consistía en tocar la mano del contrincante en un solo movimiento mientras éste se defiende con un solo movimiento también para evitar el contacto. Pablo cariño, recuérdame que cuando vuelva, te enseñe a jugar. Estoy convencida de que te encantaría. Me pregunto quien ganaría si tu padre, tu o yo….tenemos una partida pendiente!

Los paisajes cambiaban por momentos, cañas de bambú, plantaciones de arroz, frutas y verduras. Aldeas pequeñas con mucho grado visible de consanguinidad. Vimos gente trabajando en cuestas imposibles, jugamos con los niños y el guía nos contaba cosas sobre el país, su historia, cultura y situación. David me decía, “children love you!”. Siempre conseguía interactuar con ellos de una u otra manera. “Serás una buena madre” seguía. Le pregunté, ¿sabes por qué me quieren? Porque juego con ellos, le respondí ante su mirada expectante. Soy una buena tía pero no tengo tan claro que seré una buena madre!!

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Nuestros cuerpos fatigados agradecían el reposo de la comida o la cena. La ducha por la noche era de lo mejor. Dos barreños de agua fría, no demasiado clara y habitada por algún con otro bichejo, nos esperaban. Agradecí ducharme la primera noche en la oscuridad para disfrutar de la ignorancia y el agua refrescante.

Al segundo día casi todos teníamos secuelas en los pies. Unos más que otros, Alexandra apenas podía andar sin sentir las ampollas. Caminábamos 7-8 horas diarias y algunas zonas eran verdaderos rompepiernas. Un cocinero y su ayudante hacían la misma ruta que nosotros, nos preparaban y servían la comida allí donde íbamos. Ayudé a David a repasar cosas básicas en español, es un loco de los idiomas. Yo no me mostré tan receptiva con el alemán, mi cabeza no podía absorber más palabras extranjeras. Hablé de música con Rafael. Con Alex compartí momentos en Myanmar y nuestra visión de la gente.

Tuvimos suerte porque no llovió mientras caminábamos. Tampoco hacía demasiado calor aunque el sol hacía mella en nuestros cuerpos.

Las cervezas daban un poco de animación a las veladas tranquilas y solitarias en medio de la nada. La segunda noche, llegamos a un monasterio en el que sólo vivían novicios.

Esa noche también tuvimos suerte porque había un cielo estrellado precioso. El ruso, siguiendo las reglas, se fue pronto a dormir. La pareja le siguió buscando cierta privacidad. Y de nuevo el trío nos reímos y bebimos hasta emborracharnos en la oscura explanada al pie del templo. Confesiones y momentos mágicos. Nos fuimos a dormir. Los 6 juntos estábamos en un cubículo dentro del monasterio, ocupábamos la misma disposición que la noche anterior, con colchones tirados en el suelo y mantas polvorientas.

Tip nº45: saco sábana

No se por qué narices metí en mi mochila un saco sábana ultraligero que me costó casi 40€, si cuando voy a estos lugares, no caigo en cogerlo. Todos mis compañeros tenían uno y allí estaba yo, cuerpo a cuerpo con toda la miseria dejada por a saber cuantos turistas y monjes.

A las 4 de la mañana me desperté. Necesitaba ir al baño pero estaba en la quinta puñeta en medio del bosque y completamente a oscuras. Entre dudas, me levanté, cogí mi frontal y atravesé la habitación contigua llena de otros turistas. Llegué a la puerta. Mierda, estaba cerrada a cal y canto. Corrí los pestillos intentando no hacer demasiado ruido con la sensación de un niño travieso que está haciendo algo malo. No me alejé demasiado, volví a la cama pero no me pude volver a dormir. A las 5 de la mañana empezaron a rezar los monjes, tan sólo a unos pasos de donde estábamos. Todo el mundo se revolvía en desacuerdo a los cantos. Dormir en un monasterio, sí, toda una experiencia pero yo estaba echa polvo, sin apenas dormir en 2 noches, con 3 ampollas en los pies que me dificultaban caminar bien y con 6 horas por delante en nuestro tercer día de trekking. Mientras esperaba a mis compañeros, divisé una gran cosa colgada de un árbol. Rafael me dijo que era la fruta de Jack, la más grande del mundo.

El trayecto hasta llegar a Innlay Lake se nos hizo pesado, largo y casi no disfrutamos del paisaje. Estábaamos agotados, queríamos llegar pero el recorrido en bote hasta llegar a Nyaungshwe, fue una recompensa que bien mereció la pena. Con un sol radiante tostando nuestras espaldas a las 3 de la tarde, disfrutamos de una hora de paisaje y agua refrescante salpicándonos cuando metíamos nuestras manos en el lago.

Caminamos 20 minutos más para llegar a nuestro hotel, se hicieron eternos pero descubrir que mi habitación doble por 12$ en el Hotel Nandawunn tenía bañera, me revitalizó. Estaba cansada pero no dormí. Mi cuerpo necesitaba una cura y gasté las 3h que tenía antes de la cita de las 19h en asearme y cuidarme. Me quité el esmalte de mis pies, me preparé el agua de la bañera intentando hacer la mayor espuma que podía con los escasos recursos que tenía, me sumergí y me relajé. La miseria y el cansancio de tres días se fueron por el desagüe. Me curé las héridas, me limé los pies, me pinté las uñas, me puse ropa limpia, las lentillas, eau de toilette chloe, abalorios varios y salí a buscar a mis compis. Wow, dijo Rafael al verme. Iba vestida como un día normal en Madrid, así que no me puedo ni imaginar mis pintas en el trekking. Todos juntos negociamos con una agencia el alquiler de dos botes para descubrir el lago al día siguiente.

Con tristeza me separaba de Alex, Rafael y David. Al día siguiente se iban y su recorrido era más corto que el que haría mi bote. Pero de esto se trata el mundo de los viajes, de encuentros y despedidas.

La salida del trío dio paso a unas hermanas argentinas de 22 y 25 años, Flor y Maru, con las que compartí junto con la pareja belga, un día estupendo, experiencias de mujeres viajeras y por supuesto, nuestros datos. Han vivido y viajado por Nueva Zelanda durante 8 meses. Llevan 2 meses viajando por asia, el primero en compañía de su hermano que ahora sigue la aventura solo. En dos más, se encontrarían en Camboya con su hermana, a la que no ven desde hace un año. Una locura verdadera. Vuelven a Buenos Aires el 20 de diciembre y me ofrecieron su casa y su ayuda cuando vaya a Argentina. “Mi madre estará encantada de recibirte” me decían que una enorme sonrisa. Aún recuerdo la cara y el acento de Maru cuando se enteró que tenía 35 años, “me estás jodiendo, no?”, me dijo volviéndose hacia a mí con los ojos muy abiertos y un acento porteño precioso. Nos reíamos cuando decidimos comunicarle al guía que no queríamos visitar el templo. Después de casi 3 semanas en Myanmar, estábamos todos hartos. El guía intentaba convencernos, pero fuimos capaces de resistir la embestida a pesar de que a las 3 nos cuesta decir que no. Nos contamos situaciones raras que habíamos tenido en nuestros viajes. Fliparon con la mía del monje. Bromeábamos con la paranoia que tenemos de perder o que nos roben el pasaporte y la inseguridad que sentimos las mujeres al viajar ante un posible abuso. Les decía sarcásticamente…“viólame pero por favor….no te lleves el pasaporte…” y ellas lanzaban sonoras carcajadas entendiendo perfectamente lo que quería decir.

El recorrido en barca fue simplemente espectacular. Vimos aldeas flotantes y como transcurría la vida por las mismas. Visitamos tiendas con todo tipo de trabajos artesanales, tabaco, herreros y telas tejidas usando máquinas con las manos y pulsando distintas cañas de bambú con los pies. Nos quedamos mudos al ver como manejan las barcas remando con una pierna. Parece tan natural y fácil que sólo el intento de Thomas nos mostró que era algo más complicado de lo que pensábamos. Trabajadores retirando las algas acumuladas en el interior de las aguas. Las plantas acuáticas danzando en la superficie con las olas provocadas por las embarcaciones. Muchos pescadores y barcas transportando mercancías y personas surcan el lago y sus rincones. Increíble que en ese medio acuático consigan plantar huertos llenos de hortalizas. Niños y adultos bañándose y aseándose. Hoteles acuáticos emplazados en un entorno maravilloso. Todo eso, viendo las montañas como escenario de fondo. Una zona realmente preciosa en la que perderse durante días. Junto con la sensación del sol y la brisa en nuestras caras nos situaba al borde del orgasmo.

Thomas y yo celebramos el final de la excursión con un baño en el lago. Yo no tenía el bañador así que después de sondear lo que tenía en la mochila, decidí tirarme con la ropa puesta. La sensación de la cantidad de algas enredándose y atrapándote todo el cuerpo era rarísima. Volvimos al hotel en barca entre una lluvia torrencial que los paraguas en el bote intentaban frenar.

Preparé mis cosas, usé internet y después me fui a comer una maravillosa pizza a la leña. Al día siguiente cogía mi tren desde Shwenyaung a Kalaw a las 9:30. 3h previstas que se convirtieron en 5h, deliciosas. “Ordinary class”, pedí mi billete de 1$. “¿Seguro?”, me decían en ventanilla. “First class is better, más limpio. La clase ordinaria es muy sucia, viajan con hortalizas y tal vez algún animal”. No será mal entrenamiento para la India, pensé. Seríamos 4 ó 5 turistas en el tren y yo, la única con la gente común.

El revisor espantó a unas niñas para que yo ocupara su lugar. No me sentí bien pero decidí sentarme donde el revisor me había indicado. Al poco, una de ellas apareció con otra más chica. La mayor tenía el pelo corto y no era capaz de distinguir si era un chico o una chica. Su ropa no me daba pistas pero al poco descubrí ciertos complementos que me hicieron pensar que era una niña. No quitaba ojo al lugar donde estaba su madre y por algún motivo, sentía que no estaba contenta con ella. Ambas estaban excitadas por sentarse junto a la ventana para ver el paisaje y jugar tocando las hojas de los árboles. Las imité y me llevé unas cuantas espinas de una planta. Viajaban de espaldas así que les avisaba cuando podían asomarse y cuando no. El tren pasaba por algunos lugares estrechos y la vegetación rozaba las ventanillas en algunos lugares. La niña mayor me regaló un anillo que llevaba puesto. La pequeña se mostraba recelosa conmigo. Hicimos una parada y animada por otros viajeros, compré cosas para comer que compartí con las niñas.

La mayor no paraba de observar con recelo a su madre, parecía que le ocultaba la comida que comían y a veces le decía algo desde lo lejos de muy mala manera. Al poco, vino la hermana mayor y me ofrecieron pintarme los labios. Imité lo que hicieron ellas con un pintalabios gastando en el que tenía que meter el dedo para poder sacar algo de carmín. Otras personas en el vagón miraban como me relacionada con las niñas y se mostraron muy amigables conmigo ofreciéndome fruta y enseñándome videos musicales desde el móvil. El extasis llegó cuando decidí sacar el diccionario visual de Lachesis. Estaba lleno de dibujos y pensé que les podría gustar. Se nos unió la cuarta hermana y la pequeña se puso como loca al ver todas las imágines. No paraba de señalar con su pequeño dedo al tiempo que en su idioma, supongo que decía las cosas que reconocía. Se paso más de 20 minutos jugando con el libro. Se subió a mi regazo y disfruté con todas ellas haciéndonos fotos y enseñándoles como hacerlas. Fueron unas horas maravillosas. Llegando a destino la niña que primero se acercó a mi, la que parecía que controlaba toda la situación, con aspecto serio y mostrándose más mayor de lo que realmente era, me pidió dinero. Las otras, simplemente estaban distraídas. En aquel momento y mirándola a los ojos para negarme, pude sentir lo difícil que tenía que ser la vida de aquella gente.

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