Myanmar: Caminante no hay camino se hace camino al andar

Hotel Nandawunn Innlay Lake 23:00 Miércoles 19 de septiembre 2012

Andaba caminando sola. Los demás estaban sumidos en conversaciones de primeros encuentros. El inglés, francés, alemán y español fluían en la lejanía.

Me acordé de mis amigos y de nuestra aventura selvática tailandesa. Cada vez que descubría algún nuevo elemento natural que llenaba mis ojos, miraba a mi alrededor para compartirlo. Pero allí no estaba Joan, para ilusionarse conmigo como si fuésemos niños cuando el uno al otro le mostraba el nuevo descubrimiento. Las palabras de Eva resonaban en mi cabeza. Miraba a mis compañeros de viaje. Una pareja Belga, Thomas y Alexandra, dos alemanes, Rafael y David y un ruso, Alex se convertirían en mi familia en las próximas horas. Me vi junto a María, transformadas en unas flores que a mí me encantan y que a ella, le transportar a  su niñez.

Y unos recuerdos llamaron a otros. Viajé en el tiempo a una noche especial por tierras malagueñas. Caminaba con otros como yo bajo el manto negro. A ciegas por la venda que tapaba los ojos. Siguiendo el camino entre precipicios y maleza. A veces sola, a veces acompañada. Recordé a Guillermo. La sensación de seguridad y confianza que tenía andando con él cogidos de la mano, era la misma que sentía ahora andando en soledad con paso firme. Decidido. Siguiendo mi camino a miles de kilómetros del que recorrí aquella noche especial del 6 de julio 2012.

Y seguí caminando y unas hojas secas solitarias en un paraje de campos de cultivo y gorros de bambú, me recordaron que tengo alas para volar. El trabajo de un año se acumulaba en mis sentidos reproduciéndose el resultado en ese mismo instante. Reflexioné y comprendí que todo aquello me ponía de nuevo en mi lugar. El sitio que por unos días había dejado huérfano ocupándome de buscar respuestas a una situación que no puedo anticipar. Una situación que me ocupa la mente, el alma y encoge mi ser. Y de nuevo fui yo. Mi viaje recuperó el sentido que había perdido. Un viaje personal, una puesta en cuestión, un aprendizaje, una vuelta de tuerca más, un trecho de escalera a subir, un quererse más a sí mismo, un espejo que también refleja las cosas que no gustan, un compartir, un sentir, un cambiar.

Por la noche, me quedé tumbada sobre la mesa de madera de una casa, en una aldea birmana perdida en el medio de la montaña. Mis compañeros intentaban conciliar el sueño mientras yo intentaba cobijarme bajo el manto estrellado. Había miles de luces diminutas que suplían la luz de una luna inexistente. Buscaba las fugaces para pedir el mismo deseo una y otra vez. De repente, divisé tres que se sucedieron. Estaba muy contenta y seguía buscando estrellas en movimiento para volver a lanzar la misma petición. Pero al poco, la desesperanza penetró en mí como el fino aire que me estaba enfriando. ¿qué clase de deseo era el que estaba pidiendo? Y si se realizara ¿con qué condiciones? Claramente vi lo equivocada que estaba y entendí que lo único que tenía que hacer, era pensar el mí. Deseé sentirme bien conmigo misma. Un astro lo celebró dejando su estela brillar durante un minúsculo tiempo, el suficiente, para que yo lo viera.

Y de nuevo caminando, las raíces de un árbol que asomaban por la tierra deslizada, captaron mi atención. Mis ojos veían la misma imagen que mi celebro proyectaba de aquel fin de semana de julio. Aquel fin de semana donde la raíz me eligió para recordarme que me puedo arraigar fuerte a la tierra para no caerme.

Escuchando mis pasos sobre la tierra, una y otra vez, numerosas mariposas revoloteaban a mi alrededor. Pequeñas completamente amarillas, moteadas marrones de mayor tamaño y alguna negra con pupilas albinas. Pensé, yo también puedo volar, tengo alas. Volvieron a venir. Un batallón de amarillas juguetonas me envolvieron. Las observaba, extendía mis brazos para poder tocarlas. Y allí, mirándolas de tu a tu, me transporté a la ninfa que fui en febrero por unas horas. Lo entendí entonces. Claro que podía volar. Lo había estado haciendo desde hacía dos meses, el inicio de algo importante, un gran viaje personal.

 

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