India: Honey moon in Rajasthan

Yogi Guesthouse 20:20 jueves 8 de noviembre 2012

Vuelvo a escribir mientras Raúl está hablando con su mami después de un mes sin oírse. Estamos en el hall de nuestra guesthouse en Jodhpur. Un sitio precioso colorado de azul en una burbuja norteña de sonrisas y buenas caras locales.

Estoy cansada y desanimada. Estábamos comiendo a las 17h de la tarde después de visitar el fuerte de esta preciosa ciudad, cuando recibí un mensaje en el móvil. La oficina del INEM reclamaba mi presencia y la de mi cv el 19 de noviembre en Madrid. Claramente se truncaron los planes. Sabía que podía pasar, pero uno nunca está preparado del todo cuando llega la noticia. Tendré que volver, pasar las navidades en casa y con un poco de suerte, si no me dan el trabajo, iniciaré la otra etapa del viaje en Sudamérica el año que viene. Tuve ataque de bicho por un momento, “¿lo ves? No lo vas a conseguir. No darás la vuelta al mundo”. Menos mal que ya tengo herramientas para identificar cuando mi neura me enseña los dientes. Antes de que me caliente el coco, le pongo la mordaza  y el bozal. Mañana llamaré para retrasar la cita. Hasta el 24 de noviembre teníamos previsto que Raúl y yo estuviésemos juntos. Desde Delhi el se irá para Kathmandú y yo, para la tierra patria. Por un momento, se me subieron las lágrimas a los ojos pero casualmente una pareja de vascos llegaron a la mesa de al lado. Habían huido de España ante la mala situación y la falta de trabajo. Andaban en busca de la oportunidad de establecerse en India. Él estaba nervioso, disgustado, infeliz, negativo y pesimista. Tal vez mirar ese espejo, hizo que me posicionara desde otro sitio. Me dije, si tengo que volver será por algo. Es curioso, porque cuando salí del bar, no miré las cosas con los mismos ojos sabiendo que pronto se acabaría el viaje.

Después de la parada técnica de Bikaner, el lunes 5 de noviembre, nos fuimos a Jaisalmer, la ciudad dorada del Rajasthan. Nos esperaban unas cuantas horas de ruta pero la verdad es que Raúl y yo no habíamos dormido casi nada y lo hicimos casi durante todo el trayecto mientras la música de Ashok, algún clásico hindi, nos mecía. Cuando abríamos los ojos, las dunas no daban muestras de presencia. Hombres de blanco y turbantes, burros, pitos de coche de choque y mujeres con sari y la cara tapada con un velo colorido semitransparente, moteaban el decorado.

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Sólo hicimos una parada técnica en un lago bastante feo con algún templo en el que nos abordaron un montón de niños para pedirnos dinero. Una niña no paró de seguirnos repitiendo una y otra vez que le diésemos algo. Ambos estábamos de acuerdo en no dar dinero a niños pero fue difícil ignorarla durante todo el trayecto.

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A las 16h llegamos a esta ciudad al borde del desierto. Ashok nos llevó a uno de sus hoteles con comisión, el hotel Palace Height. No nos pareció mal ni el precio ni la habitación. Tras una ducha rápida, nos fuimos a ver el sunset al lugar destinado para ello en la ciudad desde donde se veía el fuerte a lo lejos. Esta es la gran ventaja de viajar con coche y conductor. En India el sol es grande, redondo y rojo en los atardeceres. Las enredosas nubes de Myanmar aquí no hacen presencia. Sentados en un muro, con las piernas colgando vimos como el sol no se ocultaba tras el horizonte. Se difuminaba en el cielo hasta desaparecer.

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Después nos fuimos a tomar una cerveza y Raúl puso firme a un indio que se acercó a nosotros presentándose sin ninguna intención comercial. Qué hartura que te den lecciones de cómo vivir y comportarte para ser un buen hombre como cuando todos, quería vendernos sus servicios de guía local y su derecho a comisión en una tienda que ayuda a los pobres de la zona. Raúl no perdió la calma en ningún momento hablando con él. Mantuvieron una charla filosófica que acabó con triunfo español y disculpas hindis. Me encantó! Paseamos después, ya de noche, por los muros del fuerte. Como está habitado por unas miles de personas, la entrada es gratuita. Muchas personas nos decían que no comprásemos cosas dentro, ni que comiésemos ni que nos alojásemos allí porque sino, nunca podrían echarlas para poder mantener en condiciones el lugar. Mi experiencia me decía que detrás del desahucio, había más intereses económicos que culturales al poder cobrar una entrada para acceder al fuerte. Es un sitio precioso, divisamos varias bakery alemanas con croasanes y pan para desayunar al día siguiente.

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Perdiéndonos por las calles acabamos descansando en una terraza. A nuestro lado, unos argentinos ocupaban asiento. Compartimos un ratito con ellos y con el mate. Cenamos una especie de burrito y el cansancio hacía mella en mí. No podía mantener los ojos abiertos. Raúl se apiadó de mí y emprendimos el camino de regreso. Con las prisas del sunset, no teníamos la tarjeta del hotel ni nos sabíamos el nombre. Tampoco teníamos muy clara cual era su ubicación en el mapa. Intentamos orientarnos como pudimos con un mapa poco preciso en la guía pero nos habíamos perdimos por las callejas y estábamos completamente desorientados. Bueno, yo más que él. Preguntamos como dirigirnos a la zona donde pensábamos que estaba nuestro hotel. Anduvimos por la oscuridad y la solitud. El arrastrar de mis pies evitaba que mis ojos se cerraran. Pensaba, en el peor de los casos, nos buscamos otro hotel para dormir esta noche. Creo que estuvimos 2h sin parar de buscar, de acá para allá. Sin nervios ni tensión. De repente Raúl me dijo, “Montse! La llave de la habitación! Mírala a ver si aparece el nombre del hotel!” Saqué el monedero aliviada ante aquella iluminación, pero un trozo de madera desgastado no daba ninguna pista. Seguimos y al girar una esquina, Raúl reconoció el bar donde por la tarde nos habíamos tomado la cerveza. Desde allí supo llegar al hotel con las indicaciones que me había dado Ashok unas horas antes. Eran las 2 de la mañana cuando llegábamos rendidos. Nos costó levantarnos al día siguiente y sin darnos cuenta, hicimos el check out una hora más tarde de lo permitido.

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Eran las 10 de la mañana y necesitábamos nuestro croasan. Fuimos de nuevo al fuerte y en la backery, nos tomamos un pastel de manzana y una caracola con canela. 2 chai masala remataban el desayuno. Compramos 2 panes take away para prepararnos unos bocatas de jamón para comer. En la mesa de al lado una pandilla de catalanes, que también viajaban en coche, reponían su necesidad de chocolate. Tras echarnos la charrá, nos fuimos a visitar los templos jainistas famosos en Jalsaimer.

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Llegamos por los pelos, 300Rs de entrada nos dio acceso a 20 minutos para ver los 4 disponibles. Mereció la pena. Son preciosos. Con grabados en piedra y unas cúpulas espectaculares. Tuvimos suerte porque nos dejaron pasar al último a pesar de que ya era la hora de cierre. Lo vimos completamente solos, maravillados ante la arquitectura del mismo. Nos dimos un sustito al salir porque la puerta por donde habíamos entrado estaba cerrada. Golpeamos, pero no nos oían. El lujo de ver el templo en solitario se había convertido en un mal aliado. Al momento, un hombre abrió la puerta a nuestras espaldas. De nuevo, estábamos completamente desorientados tratando de salir por la puerta errónea.

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Seguimos recorriendo las calles estrechas deleitándonos con los ojos claros de las niñas, los bebés jugando en la calle con zapatitos sonoros y las mujeres en sus quehaceres diarios.

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De vuelta al hotel, retomamos fuerzas con un lassi y pasamos por el mercado a aprovisionarnos de tomates para los bocatas, manzanas y plátanos. Llegamos al hotel y enfrente, encontramos un portal limpito para preparar y comer el manjar español. Mientras que Raúl estaba en ello, una familia se congregó a unos cuantos metros observando que hacíamos. Otros locales también se acercaban rechazando el ofrecimiento de Raúl de probar nuestro jamoncito. Cuando fuimos a coger el pan, descubrimos que eran bocadillos. Con razón pesaban tanto. Los adaptamos para dar cabida al jamón y sentados en aquel portal, rememoramos la tierra. Sólo nos faltaba un par de copas de vino tinto para rematar el manjar. Al acabar entramos en la casa de la familia observadora y pudimos ver un pequeño momento de vida en el que dos madres con sus niños tejían una manta vieja.

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Terminamos de comer y tan sólo una hora nos separó de Khuri. Según la trotamundos era el mejor sitio, incluso más que Jaisalmer, para pasar una noche en el desierto. Ashok ya lo tenía todo preparado con Krishna Desert Resort, alojamiento, excursión en camello y espectáculo de danza por 1.500Rs cada uno. Nos costó mucho convencerles para ir a ver la puesta de sol andando en vez de en camello. Estaban a tan sólo 20 minutos de donde estábamos. También decidimos dormir al aire libre. Por la noche, un carro tirado por un camello nos llevaría bajo el manto estrellado y el colchón de arena.

Nos fuimos a ver la puesta de sol y descubrimos que lo que llamaban desierto, era una cadena de dunas solitarias en medio de un terreno plano y que la excursión en camello, la podías conseguir por 50 Rs a pie de dunas. Aún así, algún hombre encargado de los camellos y el sol, no nos defraudaron. Los turistas fueron desapareciendo pero Raúl y yo nos quedamos tomando cerveza, hábilmente transportada en mochila, mientras dábamos la bienvenida a las primeras estrellas. Yo no podía parar de ver fugaces, tantas que Raúl pensaba que me lo inventaba. Los escarabajos dejaban rutas infinitas de pequeñas huellas. Era hipnotizante verlos. Un par de chicos se nos acercaron y cada uno en su idioma, doblamos e interpretamos risas y complicidades.

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A las 19:30 bajamos de las dunas con ayuda del frontal. Ya abajo una moto se nos acercó. El conductor decía que venía de nuestro hotel. Estaban buscándonos, pensaban que estábamos perdidos. Yo no me fiaba mucho pero animada por Raúl, tuve mi primera experiencia de montar 3 en una moto en Asia. La verdad es que era cómodo. Tal vez no tanto para Raúl que estaba emparedado entre los dos. Al llegar nos esperaba un aperitivo en una solitaria mesa de plástico y dos sillas en medio de una plaza de cemento rodeado de cabañas ausentes de vida. Éramos los únicos en el hotel. Miles de mosquitos se peleaban por el espacio luminoso y otras tantas hormigas, habían tomado el aseo y el lavabo. En diez minutos estábamos de nuevo en moto. Nos llevaron a un local donde hacían danzas típicas. Raúl aguantó, con el culo pegado al banco, las diferentes embestidas de las bailarinas y yo, sucumbí a la segunda intentona. Tras esa pequeña inmersión ridícula en la danza, nos alejamos mentalmente de aquel lugar y seguimos hablando profundamente. Nuestro acompañante entendió que no nos interesaba el mediocre espectáculo y nos llevó de vuelta al hotel. Cenamos bastante mal pero no se nos quitaron las ganas para lo que nos esperaba.

Cogimos ropa de abrigo, los sacos, el frontal y montamos en el carro de un señor mayor sonriente y flaco, que guiando a su camello, nos llevó de nuevo a los grandes montículos arenosos. Estaba como una niña subida al carro, completamente de noche, sin luz por el camino. Raúl y yo nos mirábamos diciéndonos con nuestros ojos, que todo aquello, sí que era toda una experiencia. Llegamos a las diez de la noche después de treinta minutos de algunos obstáculos superados. Aquel viejo hombre nos preparó los colchones y las mantas tiradas en la arena. Colocó el suyo, dio de comer a su camello y nos metimos en los sacos. El cielo era precioso, una brisa enfriaba nuestras caras y las estelas de las estrellas, empezaron a mostrarse a Raúl. Pude pedir decenas de deseos pero tan sólo disfruté de aquel momento tan especial, mi primer vivak. Con Raúl a mi vera, un cuidador local respetuoso y un camello tumbado rumiando de su bolsa de comida. La luna apareció tarde por detrás de las dunas. Mirona curiosa por las novedades que acontecían en aquel lugar. Con el transcurrir del tiempo, el cielo recorría su camino y nosotros, el nuestro.

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A las 5 de la mañana, una voz despertaba a Raúl, “it’s five o’clock, it’s time to wake up”. Todavía era noche cerrada. Dormitamos y una hora más tarde, con cansancio pero mucha ilusión, nos levantamos a ver el amanecer. El primero en este gran viaje. La claridad se hacía aparente goteando turistas y camellos en la distancia. Las 6:45 y la esfera dorada no tenía intención de aparecer. Hicimos el saludo al sol rememorando recuerdos Tailandeses y como aquella vez, la plegaria funcionó. A los pocos minutos, el cielo se teñía de colores cerrando una velada perfecta.

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Volvimos al hotel y nos despedimos de nuestro querido guardián con una propina de 300Rs que se metió en el bolsillo, con una sonrisa, sin necesidad de tener que mirar. Desayunamos y en 20 minutos más nos cambiamos, medio aseamos y montamos en el coche. Próxima parada, Jodhpur. Nos esperaban 7-8 horas de trayecto. Empezamos a observar el ritual de Ashok al montar al coche. Se besaba las manos y seguidamente, tocaba las estampas hindúes que tenía en el espejo, las dos imágenes colocadas en el salpicadero del coche y la ofrenda que colgaba del retrovisor. No puedo diferenciar bien los trayectos de coche porque casi todos se han mezclado en mi cabeza. Paisaje rural, el atravesar de pequeñas aldeas, animales por la carretera, comidas en dhabás, partidos de críquet, risas, siestas, momentos emotivos, lectura de guías, selección de alojamiento, rechazo de los servicios ofrecidos por Ashok, calor, aire en la cara, ventanillas bajadas, casetes de música hindi de toda la vida, mujeres y hombres al borde del camino, toilletes stop…

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Llegamos, el miércoles 7 de noviembre, a las cinco de la tarde a Jodhpur y tras rechazar los sitios del conductor, la trotamundos nos llevó a un alojamiento maravilloso,  Yogi Guesthouse. Una preciosa casa azul decorada con mucho gusto hippie, wifi, con instrumentos de música y una terraza con vistas al fuerte y vida en las azoteas, espectaculares. Tomé el tiempo de ducharme y Raúl se deleitó con la primera puesta de sol en la ciudad azul. En el centro, muchas casas son azules, evitan el temible calor en verano y espantan a los mosquitos. En medio de ese revoltijo, la torre del reloj.  No nos movimos del lugar. Cenamos allí y nos fuimos a dormir pronto completamente agotados.

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Por la mañana visitamos el fuerte con audioguía. Una nueva maravilla. Aquí la gente es más cordial y simpática. Nos saludaban por la calle.

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Comimos, más bien cenamos, un thalí en un sitio al que habíamos prometido volver cuando pasamos por allí. En la puerta, jugamos con un montón de niños y nos divertimos como ellos. El servicio era lento y la comida mediocre. Allí recibí el terrible mensaje del INEM.

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Eran las 7 cuando volvimos al hotel andando. Yo aportaba el desánimo, Raúl la muleta. Menos mal que estaba a mi lado. Pasamos 2 ó 3 horas conectados en el hall de la guesthouse. Intenté averiguar algo sobre el motivo de mi convocatoria atropellada pero las oficinas estaban cerradas y el día siguiente, 9 de noviembre, era festivo en Madrid. Tendría que pasar un fin de semana sin noticias y a ser posible, sin paranoias. A las 22:30 salimos a comprar algo de pan. Abriríamos el primer queso del alijo español. Todo estaba cerrado. No dábamos crédito. Conseguimos de milagro unas galletas saladas que hicieron más sabroso, aún si cabe, la cuña de queso. Lo rematamos al día siguiente con el desayuno. Llegamos una hora tarde a nuestra cita con Ashok. Todos nuestros relojes se habían retrasado 1h. Por eso a las 5 de la mañana, en el desierto, era de noche y por eso anoche a las 23:30  no pudimos encontrar ninguna tienda abierta que nos dispensara comida. Misterio por resolver.

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