India: El exceso de confianza o la confianza del exceso

Estoy sentada en el avión de iberia. Son las 19h hora local y las 23:15 hora corporal y nepalí. Parece increíble como todo ha cambiado tanto. En el aeropuerto de Milán todo es lujo. Desentonaba entre tantas caras estiradas de sesenteañeras y abrigos de piel. Interesante esta nueva etapa que comienzo….

Me cuesta tanto hacer memoria de aquello que pasó hace justamente un mes… El viernes 9 de noviembre, por la mañana temprano, pusimos rumbo desde Jaisalmer a la preciosa ciudad de Udaipur. Hicimos un par de paradas en el camino. La primera de ellas, en un templo al aire libre donde había un montón de devotos que veneraban, entre otras cosas, a la moto de un maharajá. Es impresionante ver y sentir estas muestras religiosas de la población hindú. Sin darte cuenta, poco a poco te van calando hondo.

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A falta de dos horas para llegar a nuestro destino, nos paramos en Ranakpur donde hay un templo Jainista precioso. Si nos gustaron los de Jaisalmer, éste nos dejó maravillados. No se podía entrar con agua, ni sustancias venenosas como tabaco o maría. Tampoco podían entrar las mujeres con la regla, así que no tuve más remedio que pecar. Un monje nos explicó cosas del templo a cambio de una donación que dimos encantados por la grandiosidad del templo. Entre todas las columnas, existe una que está torcida para remarcar que la perfección no existe. Antes de salir, debajo de un lugar sagrado tal y como nos indicó nuestro guía, Raúl y yo pedimos un deseo. Al salir, nos encontramos con una pareja vasca, de unos cincuenta años, que habían hecho la escapada al templo desde Udaipur. Hacían el tour en sentido contrario al nuestro. Intercambiamos impresiones, sensaciones y muy buenos consejos.

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Llegamos al centro de la ciudad y Ashok no podía entrar con el coche, la zona era semipeatonal. No nos insinuó ni insistió ningún sitio para dormir, dejó el coche y nos dijo que nos esperaba allí hasta que encontrásemos un alojamiento. Tras revisar varios sitios, nos decantamos por el hotel donde estaban alojados la pareja vasca y negociamos un buen precio entre risas con los dueños del Lake View Paying Guesthouse. El sitio no estaba mal y tenía wifi. Fuimos a recoger las mochilas, llevamos la ropa a una laundry local y cogimos un autorickshaw que nos llevó a la parte musulmana de la ciudad al otro lado del puente. Charlamos con el conductor y  perdidos entre las calles, nos encontramos con una boda. Los vascos nos avisaron que en esa zona se celebraban muchas y te invitaban a comer si te veían por allí. No tuvimos esa suerte. El novio iba subido en burro, la música sonaba sin parar y decenas de personas rodeaban la comitiva. Volvimos andando haciendo un alto en el camino al borde del lago artificial donde pudimos deleitarnos con la iluminación nocturna. Esta ciudad tenía un encanto especial, no parecía que estuviésemos en India. Nos acercamos al mercado tibetano. Allí Raúl se compró un par de camisas entre probatinas y risas. También compramos otra para Ashok, sería su regalo de Diwali, como la tradición indica. Nos encantó perdernos por los puestos de cacharros de cocina encontrando la utilidad de algunos y buscando otros, que pudiésemos llevar a España, soñando hacer dinero para seguir con nuestras aventuras para siempre. Cenamos en una terraza, también recomendada por nuestros compatriotas, con unas vistas espectaculares.

Al levantamos al día siguiente, Raúl me dijo, “a ver que se cuece por aquí…” y seguidamente, abrió la ventana de nuestra habitación de par en par. Justo por la calle estaba pasando un hombre montado en un elefante. Nos quedamos asombrados ante la coincidencia y la grandisiodad del bicho. Desayunamos y decidimos alquilar unas bicis por 50Rs al día. La guía trotamundos recomendaba una ruta que bordeaba el lago. Las bicis estaban muy viejas y conducir por el centro era un infierno. Disfrutamos de perdernos por las calles para buscar nuestro camino. Llegamos a un pueblo artificial que mostraba la cultura artesanal de india de una manera bastante mediocre. Desde allí, completamos el circuito con una rueda pinchada en la bici de Raul. Por el camino nos topamos con una competición de remo muy animada y comimos super bien, en un sitio muy barato alejado de la zona turística.

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Eran las 16h y nos planteábamos si nos daría tiempo a ver la puesta de sol desde una barca en el lago. Dejamos las bicis y casi corriendo, nos fuimos al fuerte desde donde nos dijeron que podíamos coger una barca real por el módico precio de 750Rs (10€) cada uno. Llegamos diez minutos tarde. Nos fuimos a la terraza de la noche anterior y solos, en una zona chill out con una cerveza en la mano, vimos la puesta de sol. Desde allí divisamos otro embarcadero. Era menos glamouroso que el real pero podías hacer una vuelta de 45’ por 300Rs. Otra vez el destino nos permitió disfrutar de la tranquilidad y nos ayudó a elegir la mejor opción, en este caso, la más barata!

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Rematamos el día hablando con nuestras familias y amigos desde la terraza del hotel.

Al día siguiente visitamos el palacio y nos dimos el lujo de un guía español. Conocía un montón de cosas y además, nos costó menos que alquilar dos audio guías. Un sitio muy bonito y más aún, rodeado de historias y anécdotas. Raúl conversaba con él mientras yo, hacía de japonesa tirando fotos a todo lo que me rodeaba.

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Comimos en un pequeño restaurante local desde donde divisábamos la plaza decorada para el festival de Diwali y las azoteas que desvelan la forma de vivir de esta gente.

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Teníamos un poco de tiempo antes de nuestra cita con la puesta de sol. Nos dirigimos al mercado situado cerca de la torre del reloj. Era domingo 11 de noviembre, el día según Diwali, en el que hay que comprar regalos para la familia, pareja, amigos y hogar. Si los comerciantes venden, tienen fortuna durante todo el año. Es un buen día para comprar ya que las tiendas ponen precios especiales para intentar asegurarse fortuna futura. Era un hervidero de gente. Me compré un velo rojo con un borde dorado, que cosieron al momento, para el sari y unos zapatos nuevos. Nos dirigimos después al embarcadero y allí pudimos disfrutar de una puesta de sol preciosa y un anochecer, aún más si cabe.

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Acabamos dándonos un gran paseo para despedirnos de este sitio, que como decía Raúl, no parecía India. Cruzamos el puente a pie, fuimos al barbero y nos compramos un maravilloso plato, para nuestros picnic mochileros, en el que grabamos nuestros nombres, Mangi & Raúl, 11/11/2012. No conseguimos que pusieran bien mi nombre, ni en español ni en hindi, el que llevaba utilizando 10 días desde que me rebautizó mi compañero de viaje, Mongi. Muchas velas moteaban las calles dando la bienvenida al festival. Recargamos la sim para que al día siguiente pudiese llamar a la oficina del INEM y mientras estábamos allí, Raúl entró en una tienda en la que había una cámara fotográfica antigua enorme. No había nadie dentro y mientras yo recargaba, Raúl miraba fotos en blanco y negro preciosas. Apareció el dueño y nos explicó que la cámara pertenecía a su abuelo. Era un artista local. Lo acompañamos a su estudio, Raúl se deleitó con su trabajo, le compró una obra y compartieron contactos para una futura visita del artista a Madrid.

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Al llegar al hotel, un te primero y salchichón ibérico español, en una de las terrazas del hotel, nos produjo unos efectos difíciles de olvidar. Tal vez, por el exceso de confianza, la confianza del exceso o los ingredientes de nuestra gula…Las siguientes horas para mí fueron muy malas. Raúl sucumbió el día siguiente. Mareos, vómitos e hipo obligaban a Ashok a parar cada dos por tres hasta que llegamos a Pushkar. Menos mal que se trataba de un trayecto corto pero el mal cuerpo no se depuró hasta bien entrada la noche. Antes de llegar a destino, hicimos una parada para divisar la vista. El fresco viento nos despejó. Parecía que la civilización había llegado a los alrededores, los conductores llevaban cascos!

Siguiendo los consejos de la trotamundos y resistiéndonos a Ashok, que volvió a la carga comercial, llagamos a una guesthouse zen pintada de azul gestionada por un par de hermanos tranquilos y con muy buen karma, Rajguru Guesthouse. Las habitaciones estaban alrededor de un patio agradable. La nuestra era muy sencilla pero sin lugar a dudas, la más limpia que habíamos tenido hasta el momento. Encima de la puerta de entrada había una placa que decía, “please smile. The world looks better this way”. 

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Nos fuimos a ver el atardecer al lago y volvimos a encontrarnos con la devoción de este pueblo asistiendo a rezos, cantos, baños y encendido de velas.

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Por recomendación de uno de los hermanos y con el estómago vacío, nos fuimos a cenar a un restaurante tibetano en el que nos deleitamos con unos momos, una especie de empanadillas al vapor, deliciosos. Estábamos solos en una terraza al aire libre con velas y luces de colores.

Pushkar es una ciudad pequeña en la que los turistas no tienen permitida la entrada a los templos excepto en uno, el único en la India dedicado al dios Vrama. Se respira en cada rincón de la ciudad un ambiente espiritual contagioso. Muchos hippies acuden a este emplazamiento que está lleno de tiendecitas de ropa y pequeños rincones donde descansar. Vacas y motos repartiendo leche llenan las calles. Raúl y yo estábamos ya totalmente mimetizados con el medio. Pasábamos al lado de las vacas como si nada e incluso les tocábamos para que se apartaran del camino. Conocíamos las calles y paseábamos sin parar. Volvimos a casa a descansar y el desayuno del día siguiente, fue un regalo en la terraza de la guesthouse. Unas tostadas preparadas por uno de los hermanos, a las que añadimos tomate natural y aceitito de la tierra. Piña natural de postre y todo ello acompañado con chai, que gracias a la amabilidad de los camareros del restaurante tibetano, ya sabemos preparar.

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Tip nº 67: preparación del chai 

Se utiliza té negro, una cucharada por cada taza y la misma cantidad de agua que la de leche. Cocer el té con el agua durante varios minutos. Colarlo. Añadirle la leche y mezclar. Añadir canela, jengibre. Ellos los utilizan naturales pero con especias también sale muy rico. Azúcar al gusto y cocer durante varios minutos y servir.

No había mucho que hacer allí salvo contemplar como en aquel pequeño pueblo se celebraba Diwali. Paseamos por las calles y fuimos a visitar el templo de Vrama, muy venerado por los locales situado lejos de la zona más turística. Por el camino algunos monos nos enseñaron la mala leche que se gastan. Hablamos con varias personas de allí y en un dhabá, nos tomamos un thalí en condiciones y a voluntad.

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Nos buscamos una terraza maravillosa al aire libre, donde conectarnos. Teníamos que decidir y buscar en qué centro, de India o Nepal, haríamos el retiro espiritual. Mandamos mails a los contactos que teníamos para pedir recomendaciones y yo compré mi billete de vuelta a España, desde Katmandú, para el 8 de diciembre. Era martes 13 de noviembre, me quedaban 24 días de disfrute. Siguiendo con las tradiciones del festival, compramos una caja de dulces caseros en un puesto callejero. Aquello era para verlo. Tenían un montón de pasteles de muchos colores diferentes. Pero entre los montones de pasteles, un par de hombres descalzos se paseaban para servir a los clientes. Había que ver su destreza para no caerse agarrándose de las cuerdas que habían instalado hábilmente para ese menester. Ver la planta de los pies de aquellos hombres, aún era sin duda, más asombroso. Era ya de noche cuando decidimos asomarnos al lago y mereció la pena ver tantas velas encendidas alrededor. Por el camino vimos como la gente coloreaba dibujos en las puertas de sus casas. Padres e hijos tiraban petardos.

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Repetimos cena en el restaurante tibetano. Mientras cenábamos, los primeros fuegos artificiales iluminaban el cielo. Al acabar, todos los alrededores eran pólvora, luz y ruido constante. Nos tomamos un chai en una plaza y allí descubrimos el origen de tanto alboroto. Era el día grande del festival de Diwali y todo el mundo se divertía tirando fuegos artificiales, no había organización ni un lugar específico donde hacerlo. Se compraban por cajas en las tiendas. Las mujeres indias habían desaparecido del lugar. Al principio lo hacían de forma bastante civilizada y disfrutábamos sentados con nuestro té en la mano. Pero al poco, empezaron a batallar con los petardos. Había un montón de locales y algunos extranjeros divirtiéndose a lo grande. Al poco, cajas enteras explotaban dibujando estrellas de colores en el cielo. Fue realmente espectacular poder estar en India en un momento tan especial. Nos cruzamos con unos franceses alojados en un complejo hotelero a las afueras de Pushkar, paseamos un ratito con ellos mientras hablamos. Lidiamos al cruzar la plaza para poder llegar a nuestra guesthouse. Ya en la soledad de las calles, Raúl tiró el último fuego artificial de la noche.

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No se si fue la fiesta o el alboroto, pero Raúl se levantó con mucha fiebre. Le llegó casi a 40º. Tras una friega con bálsamo del tigre, enterrado en mantas y embutido en el saco, durmió horas. Se levantó completamente mojado y haciendo un esfuerzo importante, se duchó y nos fuimos a dar un paseo. Nos quedamos asombrados cuando en una plaza, vimos a una niña haciendo equilibrismo. Nos volvimos a conectar en la misma terraza del día anterior. Pensamos que podríamos hacer al finalizar esta etapa. Dibujamos como una buena opción, Khajuraho, Bodhgaya, Darjeeling y cruzar desde allí a Nepal. Compramos los billetes de tren para Khajuraho el mismo día que llegábamos a Delhi. Cenamos en un sitio que tardó horas en servirnos y volvimos a descansar. Raúl todavía no se encontraba en plena forma. Al día siguiente, poníamos rumbo a Jaipur pero me podría haber quedado en aquel rincón una temporada, tal vez la próxima vez. El desayuno en esta bonita guesthouse nos dio la oportunidad de conocer a un chico catalán muy zen. Hablando de nuestros viajes, nos comentó que acababa de hacer un retiro espiritual en Pool Chati Ashram en Rishikesh. Nos regaló el programa y sentimos que aquel era nuestro lugar. Nos despedimos de él con un abrazo y agradeciéndole el gesto. En tan solo unas horas, los planes realizados el día anterior cambiaron. El destino nos tenía preparada otra ruta.

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Era 16 de noviembre, nuestro tour por el Rajasthan tocaba a su fin. El 18 de noviembre teníamos que llegar a New Delhi. Nos esperaban un par de días en Jaipur, una ciudad que Raúl ya conocía. Llegamos y él seguía sintiéndose enfermo. Estaba claro quien era el flojo de la pareja…Así que nos quedamos sin salir de nuestro super hotel pagado por la agencia que nos había alquilado el coche. Hice una salida rápida para comprar cosas en el super y descansamos hasta el día siguiente. Visitamos el fuerte de Ajmer por la mañana. Era bonito pero estaba saturado de turistas y estábamos hartos de tanto fuerte. Apenas disfrutamos de la visita pero de nuevo, unas risas y el buen entendimiento, nos llevó a pasar una mañana agradable.

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Tras varias intentonas fallidas, encontramos un hotel alejado del centro, el Ridhi Sidhi Guesthouse. No podíamos permitirnos pagar una noche en el hotel anterior. Comimos de nuevo al más estilo español en el jardín del lugar. Por la tarde, utilizamos el wifi del alojamiento y cenamos muy bien en el restaurante del hotel de al lado. Por primera vez en nuestra estancia en India, cordero. Al llegar, Raúl se fue a descansar y yo disfruté de unos momentos de soledad en el porche del hotel. Al día siguiente, Ashok vino a poner fin a nuestra aventura en aquella región. Era momento de regresar desde donde partimos. Por el camino devatimos sobre darle o no propina a Ashok. Pensaba que no le daríamos nada y al llegar a Delhi, se puso loco de contento cuando recibió el dinero, unas 1.500Rs.

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15 días más tarde, estábamos de nuevo en el lugar donde Raul y yo nos habíamos encontrado. Pero algo había cambiado, la certitud de que hiciésemos lo que hiciésemos, todo iría bien.

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