India: Cambio de rumbo

Llegamos al hotel Immax de Delhi el sábado 17 de noviembre por la tarde. Nos instalamos en la habitación y salimos a buscar la mejor manera de dirigirnos a Haridwar. Pasaríamos un par de días en esa ciudad sagrada, junto al ganges, antes de ir a Rishikesh, donde nos esperaba una semana de retiro espiritual. Raúl había decidido alargar sus vacaciones, le quedaba pendiente anular su vuelo para volver a Kathmandú el 24 de noviembre. Mientras preguntábamos en la recepción del hotel la mejor manera de llegar, conocimos a Mick y su chica. Una pareja de 57 años, ingleses, él divorciado y ella viuda, que acababan de emprender su aventura de 3 meses por la India. Ellos también querían ir a Haridwar y desde el hotel, nos volvieron a vender el servicio de coche con conductor. Éramos 4 y aunque nos salía más caro que viajar en tren, no nos importó pagar la comodidad y las clases particulares de inglés.

Una vez fijada la cita para el día siguiente, nos fuimos a dar una vuelta por el barrio con la intención de ir al cine. Encontramos el que nos habían indicado en el hotel y sacamos entradas para la sesión de las 17:30 de Jab Tak Hai Jaan, una película de bollywood estrenada el 1 de noviembre. Existían entradas de distintos precios y elegimos las mejores por el módico precio de 2€. Fuimos en busca de un te para hacer tiempo y descubrimos una calle repleta de puestos callejeros que ofrecían pollo frito y pinchitos de kebab. Pasaríamos una típica tarde de sábado madrileña con cine y cena en casa mingo! Nos dirigimos al cine surtiéndonos de palomitas callejeras que escondimos al entrar. Raul se quedó con la cara blanca cuando vio que revisaban las mochilas, nos las van a requisar, me decía. Los chicos entraban por una puerta y las chicas, por otra. Ellos pasaban por el arco detector de metales y a nosotras, nos inspeccionaban detrás de una cortinilla verde de hospital. Nos instalamos en los confortables asientos, sacamos nuestras palomitas y el espectáculo comenzó. La película era en hindi, sin subtítulos, llena de canciones, bailes y escenas de amor. No nos costó nada improvisar el diálogo en español! Disfrutamos mucho del ambiente, la peli, el descanso, las risas y nuestra capacidad adivinatoria. Por momentos, nos parecía increíble que estuviésemos en la India, en Delhi entre 13 millones de habitantes. Al salir, nos comimos unos pinchos en un portal que compartimos con dos perros callejeros que hacían ascos al chapati. Compramos pollo, take away, de dos formas diferentes. De camino, Delhi estaba llena de luces luminosas bajo la oscuridad ocultando, la vida que a la luz del día, pobla sus calles. Compramos el desayuno para el día siguiente y volvimos a casa a rematar el sábado.

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Desayunamos en la habitación yogurt y frutas preparado en nuestro plato de Udaipur. A las 9 esperábamos ver a nuestro querido Ashok, pero otro conductor reemplazó a este hombre de ojos saltones.

El viaje fue divertido, hablamos mucho con la pareja inglesa. A Raúl y a mí, nos costaba la vida entenderles. Les enseñamos trucos y les dimos consejos sobre la India. Alucinaban porque no habíamos reservado hotel en Haridwar. Al llegar, el taxista nos llevó a uno que recomendaba a lonely planet. Las mujeres fuimos a revisarlo, mientras los chicos cuidaban del equipaje. A mi compañera se le cambiaba la cara por momentos conforme veía las instalaciones del hotel. Era caro, sucio, sin ducha ni agua caliente. Salimos en busca de otros y después de revisar varios, nos quedamos en Narayani guesthouse, un establecimiento en pleno proceso de renovación por 300 Rs llena de gente local. Raúl se volvía a encontrar mal y descansó en la habitación mientras los británicos preparaban su transporte para el día siguiente. Un viejecito que pululaba por el hotel, que también regentaba la tienda de al lado, se puso muy pesado para que hiciésemos las fotocopias de nuestros pasaportes. Era un hombre muy flaco que tenía que entrar a la tienda agachándose por el mostrador. Nos flipó ver los pelos que le salían por las orejas! Así que al final de la tarde salimos todos a fotocopiar, pasear y cenar. Mientras lo hacíamos, hablamos mucho con esta pareja. Los llevamos a tomar algo a un dhabá. Ella se mostraba reticente al lugar y la comida pero Mick, era de los nuestros y estaba encantado de haber encontrado aliados. Al terminar nos tomamos un te en una cafetería occidental, el Big Ben, y nos despedimos de esta curiosa pareja con la que compartimos unas agradables horas.

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El lunes nos levantamos con hambre, decididos a tomar un buen desayuno con huevos pero después de preguntar en varios sitios, nos informaron que Haridwar era un lugar sagrado y no los encontraríamos. Eran véganos y sólo podíamos comer verduras. No nos amilanamos y compramos un bollo de magdalena en una tienda, que mojamos ricamente en un par de tes sentados en un pequeño local. Fuimos a la estación a enterarnos de los horarios de bus para ir a Rishikesh. Salían buses frecuentemente, para recorrer en una hora, los 26 Km que separaban ambas ciudades. Más complicada fue la tarea de averiguar como llegar desde allí, a la frontera con Nepal. Entre señas y un mal inglés, entendimos que sólo había un bus diario a las 17h y que tardaba 10h en llegar a Banbasa. El retiro espiritual acababa el 28 de noviembre a las 13h y mi visa vencía el 30 de noviembre. Si todo cuadraba, llegaríamos a la frontera el día 29 a las 3 de la mañana. Suponíamos que a esas horas, el paso estaría cerrado. Fuimos a la oficina de turismo para ver si podíamos sacar más información en claro, pero en aquel chiringuito mal atendido, nos mandaron a la estación de autobuses de nuevo. Queríamos dejar las cosas atadas para evitar problemas, pero estaba claro que no podríamos cerrar nada con la escasa información de la que disponíamos. Solicitamos, por tener un plan B de huída, el coste de ir en taxi, entre 6.000 – 7.500 Rs (100€). Yo estaba dispuesta a asumir el coste si no conseguíamos pillar el autobús a tiempo. Pospusimos la toma de decisión para el mismo día 28 de noviembre. Entre tantas idas y vueltas, encontramos un puesto de verduras muy bien montado, limpito y aparente, realmente digno de fotografía. En otros puestos callejeros vendían una especie de caramelo marrón que no nos atrevimos a probar.

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Ahora tocaba disfrutar de esta ciudad sagrada. Paseamos por la tarde, acudimos a los ghats donde se celebraba, a la caída del sol, la ceremonia diaria del fuego. De nuevo, nos quedamos impresionados con la devoción de los hindúes. Cientos de personas se arremolinaban realizando ofrendas el en río, bañándose o rapando el pelo a los bebés. En muchos sitios, se podían adquirir botellas de plástico vacías para llenarlas con agua sagrada del río para llevarlas de regreso a casa. A las 6 en punto, en la torre del reloj y sentados entre la multitud, presenciamos la ceremonia. Fue tan espectacular como las de Varanasi. Allí escuchamos una canción que nos recordó a un villancico navideño. Poco tiempo me separaba ya de oírlos de verdad.

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Volvimos andando, nos cruzamos con una gran boda en la calle y mientras Raúl intentaba anular su vuelo, yo me compré un pantalón para hacer yoga y compré dos tes para calentarnos. Aunque no hacía tanto frío como esperábamos en esta región del norte de India, por las noches hacía bastante fresco y necesitaba algún pantalón de abrigo. Seleccioné e imprimí las fotos a mandar a Hamsath, la chica de los ojos grandes de Alleppey. Cenamos, no muy bien, en el Big Ben pero una conversación larga y profunda llena de verdades e incertidumbres la hizo memorable.

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Haridwar es un sitio con turismo local debido a que los peregrinos tienen que ir al menos una vez al ganges en su vida. Nuestro alojamiento estaba repleto de gente de la India. En cada habitación se metía un montón de gente. Las puertas estaban siempre abiertas y los zapatos, en el pasillo. El martes 20 de noviembre por la mañana poníamos rumbo a Rishikesh. En Haridwar dejé marchar el gorro amarillo y negro que me compré en Tailandia, abandonándolo en una silla de la habitación de la guesthouse.

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No fue complicado encontrar el bus que nos llevaba. Una hora más tarde cogíamos un autorickshaw que nos llevaría a Lakshman Jhula, el puente que nos llevaba a la parte de Rishikesk más espiritual. El conductor, como siempre, intentó abusar de nosotros. Tampoco quería llevarnos al hotel que le habíamos pedido, alegando que la zona era peatonal. Una llamada al hotel Nigah Tourist Resort y  pasarle el teléfono, solucionó el problema no sin que viésemos como su agresividad y mal humor, iban en aumento. Conseguimos instalarnos en una habitación con vistas al río negociando un buen precio. El dueño era una persona amable y allí nos quedaríamos las siguientes tres noches. Dejamos las cosas y nos fuimos a pasear con la intención de comer en un sitio recomendado en la trotamundos. Amrita, un mix japonés – hindú. Cruzamos por primera vez el famoso puente de Lakshman Jhula. Impresionante. Era estrecho pero por él, no paraban de pasar mareas de personas y motos sin cesar. Los gritos y travesuras de los monos, acompañaba el cruzar una y otra vez, de un puente un tanto peligroso. Nos enteramos del periplo al día siguiente por la madre de Raúl. Por el camino, conseguí comprar el aceite del masaje de ayurveda que recibí en Kerala. Del restaurante, no había huella. Volvíamos por el borde del río, ya desfallecidos, a la búsqueda de cualquier sitio abierto que nos diera de comer. Era más de las 5 de la tarde. De repente, Raúl divisó el cartel Amrita. No había ningún cliente. Era un sitio con muy pocas mesas y un cocinero muy dispuesto nos cocinó unos espaguetis y una sopa deliciosos. Abría el restaurante cuando no le quedaba dinero para vivir. Trabajaba mucho y después, lo cerraba para poder disfrutar de la vida y la familia. Mientras esperábamos nuestra comida, nos quedamos afuera en unas sillas deleitándonos de la vida espiritual, la puesta de sol y dos lassis riquísimos.

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Rishikesh es un sitio muy especial lleno de guesthouse y lugares para hacer yoga y meditación. A lo largo del río, se celebran actos religiosos y las voces de los fieles envuelven el aire. Playas de arena blanca natural, descansan en el agua cristalina del ganges. Personas haciendo yoga en grupo o en solitario. Baños ceremoniosos,  conversaciones filosóficas y numerosas embarcaciones llenas de turistas hacen rafting  en este entorno mágico. Hay muchas tiendas con ropa hippie y la gente es hospitalaria, servicial y espiritual.

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Junto a nuestro hotel, encontramos un restaurante gestionado por unos nepalíes muy majos, con comida muy rica y con conexión wifi. Allí nos dieron más información de cómo llegar a la frontera. No nos teníamos que preocupar, cada hora salía un bus desde Haridwar. Los paseos, nuestro cobijo nepalí y enviar las fotos por correo a la niña de Kerala, fueron nuestras ocupaciones en este lugar.

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El jueves 22 de noviembre poníamos rumbo a Phool Chatti Ashram. Antes, Raúl pudo anular finalmente su billete de avión gracias a la amabilidad de una agencia de aventura. Compramos un arsenal de comida para nuestros ratos de libertad en el retiro espiritual. Empezaba una nueva aventura en solitario en la que esperábamos reencontrarnos con nosotros mismos y en la que afloraría, todo aquello que tuviese que florecer.

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