India: Breathe in, breathe out and relax

Reposando en Mahendranagar, 9 de la mañana jueves 29 de noviembre 2012

Estamos sentados los tres esperando nuestro desayuno, Raúl, Omar, un chico nepalí y yo. Hemos viajado toda la noche desde Rishikesh para cruzar la frontera de la India hasta Nepal por tierra. Por el camino, he perdido una chancla y un botón de la riñonera. Nunca me hubiese esperado cruzar una frontera así. Hemos pasado 10 horas en un bus que transitaba por una carretera en muy mal estado. El peor trayecto que he hecho hasta ahora en este medio. Me preguntaba que pasaba con los bebes, que viajaban en los brazos de sus madres, en los enormes saltos que dábamos. Las ventanillas se abrían de la vibración. Pasamos la noche pelados de frío a  pesar de ir con los abrigos puestos, el saco de dormir y las cabezas completamente tapadas. De vez en cuando, música hindi sonaba muy alto a mitad de la noche. Llegamos a las 5 de la mañana a Banbasa, en India. Nos bebimos un té, en una cocina de piedra y leña, en medio de la calle, mientras esperábamos la hora de que se abriera la barrera a las 6. Los dos estábamos asombrados ante el cuadro que pintaban nuestros ojos. Muchas personas tenían sus pertenencias en una especie de plataformas donde también descansaban sus posaderas. La tienda de teléfonos móviles parecía un espejismo en aquel curioso lugar. Nos esperaba una hora en auto para realizar el recorrido hasta la frontera nepalí. Nuestra sorpresa vino cuando Omar nos indicó que subiéramos a un carro tirado por un caballo. A Omar lo conocimos en el sitio de Rishikesh donde nos conectábamos a internet. De origen Nepalí viajaba para ver a su mujer y su hija. Nos ha acompañado y ayudado en todo. El escenario era rocambolesco. Éramos los únicos turistas entre decenas de hindis y nepalíes bajo un manto negro, coronado por una luna llena anaranjada preciosa. En el carro íbamos 11 personas, 1 niño de unos 2 años y el conductor. Las pertenencias de todos, las teníamos bajo nuestros pies. Yo me quedé encajada entre Raúl y Omar. Me clavaba una barra de hierro en las dorsales y el respaldo de madera del asiento, en el muslo izquierdo. Mis pies estaban subidos en el estrecho asiento obligando a mis rodillas a la flexión máxima. Agradecí una semana de intenso yoga en el ashram. Mis manos agarraban los fríos hierros del armazón de una capota desaparecida, para levantar mi peso ante los innumerables baches y piedras del camino. Los caballos despertaron mi alergia y el asma vino a darme los buenos días. El aire frío helaba mi cara. La luz de la luna estaba a mis espaldas y el sol, en el horizonte. Los pájaros volaban sobre el río, que naturalmente separa estos 2 países. Raúl y yo nos mirábamos y sonreíamos. Sin necesidad de palabras, nos intuíamos felices sintiéndonos como inmigrantes cruzando un camino clandestino. Intentábamos acordarnos de la letra de “y nos dieron las 10”, con la que habíamos cerrado nuestra actuación alrededor del fuego la última noche en el ashram. Mientras canturreábamos  disfrutábamos ante una nueva experiencia increíble. Numerosos carros hacían el mismo camino que nosotros. Decenas de personas lo recorrían a pie. En esos momentos entendía perfectamente porque había que hacer el trayecto así y no en auto a motor. La preocupación anterior que tenía por salir de India, se había esfumado. A punto estuvimos de coger un taxi desde Rishikesh por mis dudas. Dejar hacer a Raúl, nos condujo a vivir esta aventura muy especial. Conseguí mi visa en Nepal muy fácilmente. Pagué algo más de 20$ a un tipo que nos recibió en zapatillas de estar por casa y un te en la mano.

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A las 8:30 estábamos en Mahendranagar, tierra nepalí. Omar nos ha tratado fenomenal dándonos la bienvenida a su país con muy buen karma y compartiendo con nosotros todo lo que tenía. Desde Myanmar, el primer local que me encuentro tan generoso. Desayunamos 2 sándwich de tortilla. En las últimas 10h, nos hemos sometido a una sobredosis de huevos, 6 en total cada uno. El cuerpo nos lo pedía después de una semana en el ashram a vegetales. Ha gestionado con una pequeña guesthouse, que él suele frecuentar y en la que desayunamos, una habitación para los 3 donde dormir unas horas. A las 15h teníamos que estar en la estación para coger otro autobús, esta vez, destino Pokhara. Era un sitio sucio y muy modesto.

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Metida ya en el saco, por evitar contacto con el exterior, muerta de cansancio, Raúl me asustó diciendo:

– ¡Montse mira eso!

– ¿qué pasa?”, me revolví.

– Un ratón anda por la habitación, me dijo con los ojos bien abiertos.

-¿es muy grande?

– No, un ratoncín

– Qué descanses, casi susurré con el sueño adueñándose de mí

Raúl alucinaba conmigo…Esta parte de Nepal se parece a la India aunque han aparecido montones de paja apilados y mujeres con una cinta en la frente cargando enormes cestas de mimbre. Muchas caras pasadas, sensaciones y paisajes de otros países, salen a borbotones de mi interior con el primer contacto con Nepal, el último país antes de volver a Madrid el 8 de diciembre.

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Llegamos a Phool Chatti Ashram el jueves 22 de noviembre sobre las 11:30. Por el camino, compramos provisiones varias por si nos moríamos de hambre durante el encierro ante una dieta completamente vegetariana.  Nos alojaríamos en habitaciones separadas para que cada uno, pudiera disfrutar y vivir aquello que nos provocara el retiro espiritual. Según lo que nos explicaron, los ashram surgieron para dar cobijo a los peregrinos. Son comunidades religiosas, hinduistas, que te permiten asomarte a la vida espiritual y siempre, respetando sus normas y creencias.

Han sido 7 días marcados por la rutina de un programa intenso que nos ha confrontado a nosotros mismos. Hemos compartido aventura con un grupo de cinco estudiantes americanos de 18 años y sus dos monitores, dos australianas, una inglesa, un portugués, un brasileño, una mexicana, una belga y dos chicos más que no se ubicar. 4 de ellos abandonaron el camino, en algún punto, sin enterarnos muy bien por qué motivo.

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El programa era coordinado por un americano cincuentón y una india algo más joven. Randi era rancio, estricto y con un interior esperanzador, cuando lo atisbabas cuando sonreía. Lalita Ji tenía sentido del humor y un acento inglés que nos provocaba confusión y risas. Afortunadamente, ella llevaba el peso del programa. El ashram estaba compuesto por muchas habitaciones simples sin calefacción, baños compartidos, jardín, varias terrazas, 2 templos, el salón del fuego, la sala de yoga, la sala de música y cantos, un mirador meditativo con vistas al ganges y la montaña, un comedor, un fregadero, un equipo eficaz y alegre y 3 perros. Estábamos al lado del río, el sonido del agua nos acompañaba día y noche. Las montañas nos protegían. El sol de las 9 y las 13:30 nos reconfortaba llenándonos de energía y calor en una semana donde el frío se hacía presente. El entorno era maravilloso y transmitía mucha paz.

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Nos explicaron que todos los seres humanos tenemos una “monkey mind” (cabeza de mono) que va saltando de un pensamiento a otro continuamente, incapaz de quedarse tranquila. El yoga prepara al cuerpo y la meditación, a la mente. La meditación no se trata de parar la mente y evitar que vengan pensamientos a la misma. Es algo imposible para el ser humano. Meditación es el estado en el que la mente está calmada. Utilizas técnicas de concentración para focalizar la mente y evitar que ésta salte de un pensamiento a otro. Una vez que tenemos la mente en ese estado, tenemos que prestar atención a los pensamientos que nos vienen. Nos recomendaban etiquetarlos con una o dos palabras, las primeras que nos vinieran, sin pensarlo mucho. Después, podríamos analizar qué tipo de pensamientos y sensaciones nos venían en ese estado porque son las más puras. Podías ver si eran pensamientos del pasado, del futuro, del presente o incluso, si eran sensaciones de rabia, felicidad, etc. Identificarlas ayuda mucho a ver en qué punto estás. Si vives más en el pasado, en el presente o en el futuro y qué tipo de cosas te preocupan o son importantes para ti. También en este estado, puedes hacerte preguntas del tipo, ¿me gusta mi trabajo? ¿quiero tener hijos? O algunas más metafísicas como ¿soy feliz?. La respuesta que te salga naturalmente, será la adecuada. Una respuesta no condicionada ni por el entorno ni la situación. Si tomas una decisión con el corazón, no te equivocas. Sí lo puedes hacer, si la tomas con la cabeza que es la que salta de un pensamiento a otro.

A las 5:30 sonaba la campana tocada por un voluntario. Raúl desempeñó la función el último día de retiro, yo me abstuve de participar. Hacía mucho frío. Las habitaciones no tenían calefacción. Yo dormía metida en el saco y por encima ponía la manta que me habían dado al llegar. Cada mañana me ataviaba con todo el abrigo que tenía en la mochila, un total de 3 tristes prendas. A las 6 teníamos que estar en el yoga hall para la primera media hora de meditación en silencio. Nos han enseñado distintas posturas y técnicas tales como usar el mala (collar de cuentas) o cantar un mantra. Al terminar sin movernos, cantábamos el mismo mantra durante 15 minutos más. El yoga cleansing, durante otros 15, limpiaba nuestras narices y las vías respiratorias en el jardín a través de una solución de agua templada con sal que preparaban. Poníamos el cacharro con el agua en un orificio y salía por el otro. Después, a través de aspavientos de brazos y rebuznos, quitábamos el agua que había quedado en los conductos. Un poco de aceite de mostaza, ponía fin al protocolo. Nos llevó un par de días adquirir la técnica, pero todos notábamos los beneficios de hacerlo. En otros 15 minutos más, habíamos expulsado toda el agua que había quedado dentro y las impurezas, usando montones de papel higiénico. Le seguía hora y media de ata yoga donde hacíamos mucho pranayama (control de la respiración), estiramientos y algún asana (distintas posturas en yoga). Las capas de abrigo iban desapareciendo con el estiramiento de músculos. A las 9, salíamos todos escopetados a nuestra habitación a por nuestro plato, cuchara y vaso. Todos de acero, como la mayoría de la vajilla en la India. Nos los dieron al llegar, en nuestra primera comida. Usaríamos los mismos toda la semana. Al acabar, teníamos que limpiarlos y dejarlos en nuestra habitación listos para el siguiente uso. Nada de tenedores ni cuchillos. El desayuno era nuestra primera comida del día, servida en la terraza del ashram, después de 14h desde la cena anterior. Era mi comida favorita. Siempre había chai, macedonia de fruta natural pelada y cortada, porridge (avena cocida con leche) al que le añadíamos azúcar o miel y cada día, una sorpresa salada (algo de pasta, arroz o sándwich). A las 9:30, estaba estirada en la silla tomando el sol como los lagartos, sintiendo el calor y la energía del astro rey. Con diferencia, el mejor momento del día y el primer momento donde podíamos hablar. Curiosamente para mí, ese era el momento especial del día para sentir y callar. Desde que te despertabas hasta entonces, se debía practicar un teórico silencio que no siempre conseguíamos mantener. A las 10, se debía a instalar de nuevo el silencio, hasta después de la comida. De 10 a 10:30, era el momento del karma yoga, es decir, limpiábamos el ashram. Randi repartía el trabajo y ataviados con guantes, estropajos, jabón verde y escobas de aquí, limpiábamos todas las zonas comunes. Los dos primeros días me tocó los fregaderos, sin lugar a dudas una de las zonas más sucias y costosas de limpiar. Menos mal que un chico muy simpático que trabajaba allí, nos enseñó como hacerlo a manguerazo limpio. Lo peor era limpiar la zona donde había un cubo en el que se depositaban todos los restos orgánicos de la comida para las vacas, no comment! Raúl y yo, hemos incluido en nuestra vida la nomenclatura de karma yoga para ver si así, la limpieza de casa no se nos resiste tanto! De 10:30 a 12:30 teníamos la caminata meditativa. Querían enseñarnos a meditar en un mundo lleno de estímulos, como en el que vivimos. Randi nos comentaba que meditar en una habitación a oscuras, solos y en silencio era fácil pero más complicado lo era, hacerlo en la vida real. Concentrarte en los pies o en la respiración mientras andas, son técnicas básicas para principiantes. Visitamos un río, una cascada en la montaña, hicimos el ritual del baño del ganges, que todo devoto hindú realiza una vez en la vida y fuimos a coger leña para la fogata del fin de fiesta. Era el único  momento que pasábamos a solas con Randi.

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Volvíamos, con un poco de suerte, antes de la hora de la comida y a las 12:30, tras el sonido de la campana, entrábamos en el comedor descalzos. Un lugar oscuro, muy frío y sin ventanas. En el suelo, había tiradas unas esterillas estrechas sobre las que nos sentábamos en línea sin poder hablar. 2 chicos llenaban los 4 compartimentos que tenía nuestro plato con comida ecológica. Estaba cocinada  pero era exquisita. Arroz blanco, verduras, ensalada de tomate, pepino y nabo, sopa y chapati. Siempre lo mismo para comer con pequeñas variaciones. La verdura estaba deliciosa y al final, me cansé del arroz. Pasaban una y otra vez, con cubos de comida. Se agachaban y te rellenaban los compartimentos salvo que con un gesto, indicaras que no querías repetir. A las 13h habíamos acabado y tras lavar nuestros platos, todos acudíamos a la terraza donde nos esperaba el enorme termo de te. Hasta las 15h, venía el momento de la charla permitida, donde podías intimar y compartir con las personas con las que convivíamos espiritualmente. Momento donde algunos aprovechaban para descansar, dormir o ducharse. En las comidas nos encontrábamos con un español que llevaba 2 meses de retiro silencioso. Sólo comunicaba con sonrisas y si estaba de buen humor, con un guiño de ojo. A veces lo veías riendo sólo con su collar de cuentas en la mano, que nunca soltaba. A veces daba la impresión que había perdido la cabeza.

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A las 15h muy perezosos, entrábamos en la charla donde Randi y Lalita Ji nos preguntaban como llevábamos el retiro. Intercambiamos experiencias y nos daban nociones básicas de meditación y el yoga como práctica más allá de un conjunto de asanas (visión occidental). A las 16h, empezábamos con el Ashtanga yoga donde los asanas eran los reyes de la clase. Cada día, el nivel de dificultad crecía y nuestro cuerpo respondía de manera increíble. En algún momento, incluso pudimos jugar a ninja destruction, el juego que me enseñaron los alemanes en el treking de Myanmar. Uno de los compis tenía aerofagia y también creó una situación graciosa en la sala. Acabábamos a las 17:45 y en 5 minutos más, estábamos frente al templo lleno de luces de colores como un árbol de navidad, para asistir a la puja (ofrenda). 4 ó 5 personas del ashram, hacían la ceremonia y alguno de nosotros se acunaba tocando las campanillas del exterior. Al final, uno de los gurus salía con un plato en el que había una pequeña torre de velas. Teníamos, si queríamos, que acercar el humo de las llamas a nosotros con las manos para dejar entrar la luz y dejar salir la oscuridad de nosotros. No era obligatorio participar, pero teníamos que asistir como si estuviésemos visitando un museo, nos decía Randi. Lo mismo, cuando asistíamos justo después, a los cantos sagrados Kirtan. Entrábamos en una sala, cogíamos una especie de pandereta de una caja de madera, unas hojas impresas y ya, sentados en el suelo, durante 1h cantábamos y agitábamos nuestro instrumento. Algunas veces nos acompañaban algunos peregrinos que hacían escala. María siempre estaba con nosotros en este momento. Es una alemana, profesora de yoga en canarias que llevaba 2 meses viviendo en el ashram. Acabábamos a las 7 y hasta y media, hacíamos tiempo. A veces en silencio, a veces a solas, a veces acompañados, a veces sentados alrededor del fuego, a veces paseando en las afueras del ashram a la luz de la luna hasta que empezara la cena. A las 8 habíamos acabado de cenar y hasta las 8:30, bebíamos te en el porche del comedor con el frío entrando en nuestros cuerpos. Un poco de tiempo para mezclarnos con los otros, antes de la sesión  de meditación de la noche. Cada noche, practicábamos un tipo distinto de meditación, con mantras, cantando, tumbados, escuchando música….El objetivo era que cada uno encontrara aquella técnica que mejor le iba. A las 21h, todos nos dirigíamos en silencio a nuestras frías habitaciones para dormir. La mía tenía una ventana al río. Me acostaba con el sonido del agua y el resplandor de la luna a mi espalda.

 

Los 2 primeros días, fueron más duros. Los madrugones, la rutina, el frío y mi cuerpo se resentía después de  meses sin hacer ejercicio intenso. Pero al mismo tiempo, sentía que lo necesitaba como sabia. Mi cuerpo lo agradeció.

Ha sido una semana con momentos maravillosos.

El sol de después del desayuno en la terraza llenándome de vida.

Una sesión nocturna de meditación en la que cantábamos sin parar un mantra. Me pareció que partes de mi cuerpo desaparecían, que mi cabeza flotaba y mis piernas me sujetaban a la tierra como si formaran parte de ella.

Las voces de veinte personas y las campanillas de los instrumentos, acoplándose a mi voz en los cantos sagrados. Me inspiraban total conexión.

La ceremonia del ganges. Por el camino, recolectamos unas flores. Al llegar, cada uno eligió un lugar sobre las grandes piedras lisas. Con los ojos cerrados, cantábamos el mantra “ganga mai” para pedir permiso para bañarnos en él. Cuando lo sintieses, tenías que ofrecer las flores al río y después bañarte 3 veces en sus aguas para purificarte. Con las flores entre mis palmas y la voz del canto entrecortada, recuerdo las lágrimas cayendo por mis ojos. Sentía la dificultad del camino que estaba recorriendo. El camino del crecimiento personal. Cuando sentí que llegaba el momento,  liberé las dos flores que tenía en mis manos y me adentré entre las piedras mojadas del río. Metí mi cuerpo y mi cabeza 3 veces bajo el agua mientras mi vestido se inflaba. Salí empapada. El vestido naranja, que compré en Kuala Lumpur,  estaba pegado a mi piel desde el pecho hasta los pies. Me quedé en la orilla. Miré el curso del agua. Justo atrás, había unos grandes remolinos, donde la gente bajaba haciendo rafting y sentí que era mi pasado revuelto y difícil. Enfrente de mí, estaba mi presente, con algunas piedras en mi camino. Pensé que siempre las habrá y sólo tenía que fluir como lo hacía aquel río para seguir avanzando. Miraba más allá y veía el río potente, fluyendo, siguiendo su camino. Veía mi futuro. Completamente mojada, caminé por la arena de una de las maravillosas playas que tiene este río. Sentía la presión de la arena en mis pies. Me dirigí a una roca. En lo alto, con los ojos cerrados, me senté a secar mi cuerpo. A secar la tela que lo cubría, con los potentes rayos del sol. Me senté en paz y feliz de estar allí.

Otro día de caminata, me dirigí a otro río y volví a verme en él, con todas sus ramificaciones uniéndose en un único canal. Así estoy yo, pensaba. Ramificada probando cosas muy distintas sin saber aún en qué punto me uniré y me reencontraré. Sin saber aún, cual es mi camino.

Me llevo los paseitos nocturnos con Raúl fuera del ashram, nuestras charlas y encuentros.

Me llevo las imágenes de él saltándose, sin querer, las reglas de la comida. La probó un par de veces antes de que la oración de Lalita Ji diera permiso al comienzo.

Me llevo en mi corazón a Carlos, un nokia portugués de 40 años. Me tocó su historia y me vi tanto en el camino que acababa de empezar que la conexión se tejió rápidamente. Las bromas y el pique fronterizo, el compartir cuchara y el abrazo de despedida.

Me llevo la paz que me transmitió Marcelo, un brasileño de 40 años. Su buen rollo, su mirada profunda, su voz dulce cuando hablaba y su increíble potencia cuando cantaba. Conexión que espero pueda mantener cuando vaya a visitarle a Brasil.

Me llevo en la mochila, el dvd de Lalita Ji con dos sesiones completas de yoga y su inglés particular.

La sesión de yoga por la mañana, en la que Lalita Ji nos sorprendió con ejercicios de risas. Los minutos que nos tiramos tirados en el suelo sin poder para de hacerlo,  contagiándonos unos a otros.

Me llevo conmigo, la certeza de que tengo que seguir con este viaje que siento inacabado. España será como una etapa más. Me quedo con la certitud de que este camino me está enseñando mucho sobre mí. Con la convicción de que soy una mujer fuerte a la que le esperan cosas maravillosas que vivir.

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