Nepal: Rozando el cielo

Avión Kathmandú – Delhi 9 de la mañana sábado 8 de diciembre 2012 

Los medios de transporte y la soledad, son buenos consejeros para escribir. Estamos a punto de despegar. Con un poco de suerte, seré capaz de escribir todas las entradas pendientes en el viaje de vuelta a España. 19h para recorrer el trayecto Kathmandú  – Delhi – Milán – Madrid que me llevará a aterrizar en casa casi a las 10 de la noche de este mismo sábado. Allí, empezaré la siguiente etapa de este viaje. Así siento ahora que va a ser. No un break, no un kit-kat, no un viaje inacabado, tan sólo, una etapa más.

Al pasar la frontera, el viernes 30 de noviembre cogimos un autobús que nos llevaría a Pokhara. Allí conocimos a un ruso, Antón de 28 años, con una sonrisa que transmitía paz y buen rollo, melena desaliñada, ojos claros, alto, flaco y con pantalones de militar. Viajaba en una moto india, la Royal Enfield. Muchos viajeros alquilan o compran esta moto para recorrer India. Por problemas técnicos, tuvo que cargarla en el bus. No os podéis imaginar la maniobra de subida y bajada. Aunque para la segunda, podéis preguntar a Raúl que colaboró como un nepalí más para bajar aquel cacharro del techo del bus.

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Casualmente o no, Antón es instructor de parapente, residente en Pokhara. Regresaba de unos meses de tour por India con su moto recién comprada de segunda mano. Semanas antes, Raúl me comentó que en Kathmandú leyó en una revista, que Pokhara era un sitio excelente para tirarse en parapente por las vistas. Mientras me lo decía, recordaba las veces que había pensado tirarme en paracaídas. Le respondí, ¿por qué no? Cuando nos cruzamos con Antón, supimos que le echaríamos otra aventura más al cuerpo.

Cuando llegamos, Antón nos ayudó a conseguir un alojamiento cerca del lago por 350 Rs, el Peace Dove guesthouse con baño propio y wifi. Llevábamos 2 días con la misma ropa con la que salimos del ashram, sin ducharnos, durmiendo 2 noches en bus y estábamos completamente rotos. Al llegar a la habitación, no había electricidad. En Nepal como en India, era muy común practicar diversos cortes de luz que se podían prolongar durante horas. Así que sustituimos nuestra preciada y necesitada ducha, por llevar la ropa a la lavandería e ir a comer algo. Fuimos a un sitio recomendado por Antón. Comimos 2 hamburguesas de pollo con demasiado jengibre para mi gusto. Estábamos en una terraza, sentados en el suelo en colchones confortables, disfrutando del sol, del lago Phew y los vuelos y piruetas de decenas de parapentes. Era un espectáculo. Sin poderlo evitar, tumbados bajo el calor del sol y la tranquilidad del lugar, nos dormimos. Una siesta de 2h, que el dueño del lugar nos felicitó por bien llevada. Nos despertamos inconscientemente para la puesta de sol. Pokhara está rodeada de montañas y a las 16:30, el astro dorado desaparece dejando todavía claridad durante más de una hora.

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La primera impresión de Nepal era muy buena. La gente local es muy agradable y sonriente. En el bus y en Pokhara, vimos que la gente limpiaba y tiraba la basura a cubos destinado para este uso, no lo hacían al suelo como en la India. Raúl vio por primera vez un perro con correa paseado por su amo. La mayoría de las casas están construidas decentemente, ladrillo de piedra. Estábamos alojados en el lado del lago y el aire allí es completamente limpio. Tampoco hay mucho tráfico. Un remanso de paz lleno de extranjeros, pilotos e instructores de parapente de muchas nacionalidades y agencias de trekking. En Nepal se habla el mismo idioma que en la India. La moneda se llama igual, la rupia, pero es diferente a la India y el cambio, también es distinto. Menos mal que las cuentas se hacían fáciles, 1€=100Rs. Había una diferencia horaria de 15min con India, algo que no logro entender. Enriquecimos nuestro vocabulario con una palabra más, “uncha” que significa “de nada”.

Raúl se afeitó en una barbería. En la pared de aquel pequeño lugar, había colgado unas palabras preciosas del Dalai Lama. Volvimos a la habitación y Raúl no se encontraba demasiado bien. Mientras yo tomaba el tiempo para ducharme con todos los cuidados extra de mi mochila, piedra pómez, cortaúñas y cremita, Raúl descansaba en la cama. De repente empezó a hablarme y con el ruido de la ducha, no lograba enterarme de lo que me decía. Cuando tocó en la puerta del baño, era demasiado tarde. Su estómago dio la vuelta como un calcetín antes de tiempo y se montó un numerito en la habitación y en el baño que la dueña de la guesthouse nos recriminó durante los días siguientes. Un buen descanso de Raúl, en el que yo aprovechaba para escribir, y una noche completa de sueño, hizo que amaneciésemos al día siguiente como rosas.

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Nos tomamos el tiempo de darnos un buen desayuno. Fuimos a la agencia de Antón para cerrar la contratación del vuelo por 5.000 Rs cada uno (50€). Mi única exigencia era volar con él. Me transmitía paz y buen rollo. Nos recomendó además un sitio cercano donde pasar una noche y disfrutar de una de las mejores vistas del Himalaya de la zona visualizando picos como el Dhaulagiri de 8.000 metros, el Annapurna sur y el  Machapuchare (cola de pez). Con todos los planes que teníamos, decidimos alargar un día más nuestra estancia en aquel maravilloso lugar que tan buen feeling nos daba. Eso nos dejaba tan sólo dos días y medio en Kathmandú, el 6 y el 7 de diciembre.

Eran las 12:30 cuando, también por recomendación de nuestro amigo ruso, nos dispusimos, con mochila al hombro y provisiones españolas, a subir al punto desde donde se tiraban los parapentes. Es maravilloso ir acompañada de un guía de montaña. Sólo tenía que preocuparme de seguir la intuición de Raúl por campos de arroz y casas solitarias para llegar a buen puerto. Eso sí, las casi 2 horas de subida me dejaron sin respiración. Eran las 15:00 cuando llegamos a una explanada donde una familia entera de nepalíes acababa de finalizar su picnic. Uno de ellos se acercó y nos ofreció vino local en una botella de coca cola. Lo degustamos a cambio de un pedacito de jamón. No nos daría tiempo a llegar al punto desde donde se tiraban los parapentes. Decidimos quedarnos allí. Nos preparamos unos bocadillos de pan casero con jamón, aceite y tomate, que quitaban el hipo. Delante de nosotros, cola de pez  y adyacentes nos acompañaban con su enorme presencia. Precioso. Pululando por allí, un chico y una chica de unos 12 ó 13 años jugaban con la cámara de Raúl haciendo fotos mil mientras posaban. Compartimos con ellos el postre, un struddle de manzana y les dimos el pan que nos sobró, una manzana y un tomate. Se lo comieron todo en el momento. El chico nos pidió dinero al despedirnos de ellos y la chica, nos devolvió una sonrisa a modo de gratitud.

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Eran las 16:45 cuando emprendíamos el camino de vuelta contrario al que los chicos nos habían indicado. Aquel camino nos hacía pasar por los pueblos. Era aparentemente más largo pero bajaba claramente hacia el lago. Teníamos aproximadamente una hora y media antes de que se nos hiciera de noche. Por el camino, preguntábamos si íbamos en dirección al lago y todo el mundo nos respondía con una sonrisa. Me paré a hacer una foto a unas cañas de bambú enormes que tenían una especie de cáscara que llamó mi atención, cuando una voz nos dijo con un mal inglés “where do you go?” “to the lake” respondimos. Al levantar la vista hacia la voz, un hombre estaba agachado, trabajando en el campo y nos decía como un padre malhumorado. “fast, fast, no time, night”. Seguimos bajando riéndonos con la voz de fondo, “fast, fast”. Tras un vueltón increíble y 30 minutos de caminata, nos situamos en la misma altura desde la que partimos. Tuvimos que hacer una maniobra para recuperar el buen camino que los chicos nos habían indicado al principio. El equivoco bien mereció la pena. A nuestras espaldas, el himalaya presentaba sus puntas nevadas, con un dorado que en pocos minutos se convirtió en rojizo. La primera vez que veía la montaña así. Como Raúl me decía, Mongi, estás ante las montañas más grandes que has visto nunca.

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A pesar del espectáculo, tuvimos que acelerar el paso todo lo que pudimos. No nos quedaba más de 45 minutos de sol y teníamos que bajar todo lo que habíamos subido. Raúl no paraba de darme ánimo, Mongi, paquetorra! A pesar de que no estaba nada preocupada, lo agradecí.  Con ayuda de los locales y un inmejorable guía montañero, llegamos a la carretera principal justo a tiempo antes del anochecer. Los últimos 15 minutos fueron en penumbra, No teníamos los frontales pero el trabajo estaba hecho y con nota!

Pasamos a recoger nuestra ropa en la lavandería, compramos unas cervezas frías y nos fuimos al borde del lago a celebrar una victoria más. El cielo estaba estrellado y los dos rememorábamos la noche en el desierto plagado de estrellas fugaces. De repente, los dos avistamos una más surcando el cielo. Nos quedamos impactados una vez más por el fluir de la vida. Yo estaba físicamente cansada y me daba un poco de miedo que mi cuerpo no aguantara el trekking que queríamos hacer. Cenamos en un sitio local, recomendado por Antón y nos fuimos pronto a dormir. Al día siguiente, a las 9:30 teníamos que estar en la empresa de Antón para volar. Por la mañana, Raúl estaba de subidón y yo, me metí dos valerianas en el cuerpo para relajar los nervios. Pídele loopings a Antón, me decía con brillo en los ojos. Rellenamos un formulario, pagamos y todo estaba listo para rematar la jugada. Montamos en un 4×4, junto con otros pilotos locuelos y un japonés novato como nosotros. Al llegar, nos pusieron un casco y una especie de mochila, que era el asiento. Desplegaron el parapente en el suelo en una explanada que no dejaba ver la caída. Nos atamos a él con las cuerdas. Con el estrés del momento, yo pensaba si Antón sabría lo que se hacía y si no se olvidaría de ponerme algún anclaje de seguridad. Apenas tenía nada puesto salvo una mochila gigante que me daba en las corvas. Vimos como se tiraban otros y tras una breve explicación procedimos a la maniobra. Yo me tiraba antes que Raúl. Recuerdo a Antón diciéndome tú siempre tienes que estar delante de mí, dándome la espalda. Empezaremos a andar, me explicaba y en un momento dado, te diré, run. Te avisaré cuando tienes que levantar los pies. Nos saltes, me decía. Joder, antes de que me diera cuenta, ya estábamos volando. Fue todo tan rápido que no podía creerlo. Me sujetaba a las cuerdas como los niños a un columpio y Antón, a mis espaldas, me susurraba, suéltate, ponte cómoda y disfruta. Aquello era increíble. Nos movíamos suavemente subiendo y bajando según las corrientes de aire junto a otros parapentes y entre las águilas. Era impresionante ver el lago, los campos de arroz sin cosecha, las casas, las montañas y la sensación de que aquel aparato, se paraba pero no caía. Antón estaba muy pendiente de mí por si aparecía algún síntoma de mareo. Me explicaba todo lo que quedaba ante nuestros ojos. Entendía perfectamente por qué llevaba 10 años volando. Tenía una cámara con la que grababa y hacía fotos colocada en el extremo de un palo largo que de vez en cuando tenía que sujetar yo. Estuvimos unos 25 minutos bailando en las alturas y en los últimos 15, procedimos al descenso. Ahí no pude evitar cerrar los ojos al hacer alguna ligera pirueta. Al llegar, abracé a Antón loca de contenta por la proeza. , Raúl ya estaba allí. También nos abrazamos llenos de subidón. A mi me temblaban un poco las piernas y tenía el estómago algo revuelto de la bajada. Él estaba emocionado explicándome todos los loopings que le había hecho su piloto. Cuando vimos los videos y las fotos por la noche con Antón, nos moríamos de risa. Raúl gritando todo el rato, disfrutando y sonriendo al tiempo que decía “I wanted to do that!” Yo parecía que estaba en el sofá de mi casa después de fumarme unos cuantos porros. Sin lugar a dudas, una experiencia maravillosa. A Raúl le la devuelto las ganas de hacer el curso para realizar ese milagro él solo. A mi me probó, que ahora sí puedo volar.

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Comimos y vimos la puesta de sol, en nuestra terraza favorita. El resto de la tarde la pasamos explorando el lado de Pokhara donde estábamos con innumerables tiendas. Compramos un mapa para el trekking de panchase y provisiones de comida para dos días completos. Conseguimos información, de los locales y los extranjeros, de cuál era la mejor manera de llegar y subir a panchase desde Pokhara. De nuevo los locales nos ayudaron mucho. Descartamos la opción de ir en moto y nos decantamos por el bus. Vimos la puesta de sol en el restaurante de siempre. Cuando nos encontramos con Antón, en el restaurante local de siempre, el chico de la mesa de al lado acababa de regresar de pasar una semana allí. Nos terminó de rematar, indicándonos donde dormir. Cenando, decidimos en qué sentido haríamos la ruta. Según decía Raúl, la más interesante montañísticamente hablando! Una ruta distinta de ida y de vuelta. La dificultad radicaba en el trayecto de ida. 1h en bus más 5 ó 6 horas de subida, 1.000 de desnivel hasta llegar a panchase pueblo a 2.065 metros de altitud donde pararíamos a dormir. Nos tendríamos que levantar pronto para cubrir los 500 metros más de altitud, en una hora y media de subida, para llegar al mirador donde ver el amanecer. La vuelta era más larga, tal vez 7-8 horas andando pero salvo en algunos puntos, lo haríamos bajando o en plano.

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El lunes 4 de diciembre empezaba el trekking a las 8 tras pasar una noche bajo una bombilla roja de puteferio que teníamos en la habitación. Con ayuda de los nepalíes cogimos el bus a Ghatichhina en una parada improvisada cerca al hotel. Eran las 9:15. El trayecto de baches nos confirmó que había sido una buena idea no alquilar una moto justo además, en nuestros últimos días de vacaciones. Todo lo que bebían mis ojos, por las cascadas ventanillas, me gustaba. Pueblecitos llenos de vida escolar y rural. Si tuviese tiempo, me bajaría en cada pueblo para quedarme unos días en cada uno de ellos y sentir como vive esta gente. Los jóvenes no son tan tradicionales como en la India. Visten vaqueros. Se ven mujeres por todos los sitios, trabajando en el campo, en los hoteles, en las tiendas…Los niños tienen una sonrisa y unos ojos ávidos de curiosidad que te invitan a descubrir con ellos.

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El autobusero anunció “last stop”. Al bajar, un hombre de unos 65 años cargado con un gran cesto, nos preguntó con signos donde íbamos. Panchase, respondimos. Seguidme, nos indicó. Nada más salir de aquel pueblo situado en el valle, empezamos a subir escaleras, como nos indicó el chico la noche anterior. Todo el camino, se dibujaba así.

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Nos paramos pronto para quitarnos capas de abrigo. Estábamos a los pies de una escuela con no más de 20 estudiantes. 2 profesoras se ocupaban de aquellos niños. Cerca de nosotros, los más pequeños, de unos 3 ó 4 años, no paraban de mirarnos y flipaban con la nariz de payaso de Raúl. Uno de ellos, no paraba de llorar pensando que éramos policías. Nos alejamos con el sonido de la repetición del abecedario en inglés de aquellos niños, que al aire libre, sentados sobre unas esterillas y al abrigo de las montañas, aprendían.

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Al poco, alcanzamos al señor mayor que iba acompañado de un chaval de unos 15 años desprovisto de carga alguna. Los 4 juntos subíamos y subíamos escaleras haciendo paradas en sitios especiales para posar la carga unos minutos, tomar aire y recuperar fuerzas. Aquel hombre alto y su joven acompañante, dejaban liderar el ritmo a Raúl, Le seguía yo, concentrada en el ritmo de la respiración intentando hacerlo siempre por la nariz, inspirando y expirando. Concentrarme, me ayudaba a no mirar las escaleras que tenía por delante y a sobrellevar el esfuerzo. Fijándome en como estaba mi respiración, me sorprendí dándome cuenta que la tenía abdominal. Me seguía el hombre que portaba la cesta con la cabeza al estilo nepalí poniendo la cuerda en la frente. Bufaba y tosía de vez en cuando. Cerraba la expedición el joven. El que más disfrutaba del paseo y las vistas. Aunque parásemos, aquel hombre espigado siempre proponía la misma formación. Si nos deteníamos a hacer una foto, él se paraba y por ende, el joven. Si acelerábamos, él también lo hacía. De cuando en cuando, el experto en aquellos caminos indicaba a Raúl la dirección correcta cuando varias posibilidades se abrían a nuestros ojos.

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A las 13h, decidimos parar a comer en un lugar muy bonito dejando escapar al guía local, al que echamos de menos, en algún momento posterior. No entendía por qué parábamos y nos indicaba el camino para que le siguiéramos. Le explicamos que necesitábamos descansar y comer. No le ofrecimos comida. La sagrada cecina, estaba destinada a ser el companaje de nuestros últimos bocadillos con delicias españolas. No nos atrevimos a ofrecérsela. Yo aproveché para estirar un poco. La subida de escaleras resentía mis piernas. En una hora estábamos confrontados ante la soledad y distintos posibles caminos. Mierda, nos pierde la gula, ni siquiera habíamos mirado  por donde había desaparecido nuestro viejo amigo y guardaespaldas. Dimos un poco de vuelta entre casas solitarias hasta que encontramos una señora que nos indicó la ruta. El paisaje era bonito pero no teníamos mucho tiempo para disfrutarlo, las escaleras al cielo nos esperaban. Nos cruzamos con unas búfalas que no querían dejarnos pasar. Después de varias intentonas, Raúl consiguió despejar el camino con unas piedras mientras nos miraban con cara de pocos amigos. Anduvimos y anduvimos pero no parecíamos llegar nunca.

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Raúl me animaba diciendo, Montse, seguro que el pueblo está encima de ese collado, ¿no ves la claridad de la luz? Mis piernas empezaban a flaquear, sentía hinchadas las manos y el pico de panchase, se veía todavía muy lejos. Llevábamos 6h subiendo escaleras sin parar y tenía realmente ganas de llegar. La última media hora fue dura y Raúl también empezaba a sentir la acumulación de escaleras. Menos mal que llegamos en diez minutos más a un conjunto de casas. La mayoría ofrecían alojamiento. El pueblo estaba desierto y nos alojamos por 200 Rs en Happy Heart, un sitio regentado por 3 hermanas. No había ducha, ni luz, ni enchufe, ni baño y menos aún, calefacción en la habitación. Hacía bastante frío y fuimos a ponernos todas las prendas de abrigo que teníamos. Mientras nos preparaban un té para entrar en calor, estiramos un poco. Eran las 16:30 y estábamos a punto de deleitarnos con la puesta de sol. Allí nos enteramos que en tan sólo 20 ó 30 minutos más, un autobús, que salió a las 14:00 desde Pokhara, llegaría allí. Si lo hubiésemos cogido, nos habríamos evitado todas aquellas horas de subida. La noticia no afectó nuestro humor y nos fuimos a ver como el sol, se acostaba una vez más. El sol y las montañas estaban enfrentados. Estábamos completamente abrigados, sentados en el suelo, en una explanada donde había una tienda de campaña y un aire que cortaba. Con la llegada del bus, 4 franceses se unieron al espectáculo. No sabías donde mirar, montañas o caída del sol hasta que ya sólo quedaba una opción. Allí en su parte más alta, el sol era visible sólo para ellas. Ya no lo era más para los ojos simples y diminutos de los humanos.

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Regresamos al refugio con una barrita energética en la mano y té en la mesa. Un comedor pequeño todo de madera, plagado de cacharros de cocina, fotos de montañas, retratos de las propietarias del lugar así como de Gary, un extranjero que parece que se ha quedado atrapado en aquel lugar. Al poco, nos sirvieron los nuddles que habíamos pedido. Qué ricos, dios mío. Los comensales franceses se pusieron hasta arriba de arroz. Por el corte de luz de la noche anterior, mi móvil se había quedado sin batería y aunque pedimos que nos lo cargaran un poco, aquel cacharro chino no se encendía. Los franceses se apuntaron al plan de ver amanecer y les pedimos que nos despertaran a las 4:30 de la mañana. Ya tomando un té, se nos unió un extranjero que empezó a hablar filosóficamente. Había vivido años en Varanasi, India. Parecía estar en el camino espiritual. Los franceses, entre el alcohol y la guitarra, se mofaban de él y Raúl y yo, intentábamos entenderlo. A las 22:30 decidimos irnos a dormir no sin antes, pasar un ratito observando como las estrellas nos guiñaban los ojos. Pedimos también a una de las hermanas un despertador. No nos fiábamos de la juerga de los franceses y tras programarle el móvil a una de ellas, tendría la gentileza de llamarnos a la hora. Nos despertamos varias veces y a la hora establecida, una mano tocó nuestra puerta. No había rastro de franceses y a las 5 de la mañana, comenzamos de nuevo con la subida. No hacía frío y el cielo estaba completamente despejado. No se oían ni los pájaros. Era completamente de noche y estábamos al abrigo de las estrellas y una semiluna que suplía el gasto de pilas de mi frontal. Raúl iba por delante e implantó un buen ritmo. A los diez minutos, la memoria del cuerpo y la mente, revivieron la tarde anterior y me desmoralicé. Le pedí que fuera más despacio pero, aunque me concentraba en la respiración, mi cabeza me decía una y otra vez, que no podría aguantar 8h más de trekking. Subimos y subimos. Cuando parecía que quedaba poco, pensaba en la experiencia pasada y me desmoralizaba. En 1h llegamos arriba pero nos costó encontrar el mirador. Cuando lo hicimos, se nos cayó la baba. Estábamos solos sentados encima de una torre. La claridad en el horizonte era aparente. Teníamos las impresionantes montañas a la izquierda, los valles en frente, el mar de nubes atrapadas en ellos y el sol despertando a nuestros ojos. Uno de los amaneceres más bonitos que he visto en mi vida. Hacía mucho frío. Me puse todo lo que tenía encima. Hasta los calcetines por fuera cogiéndome los pantalones. Un merecido té bien caliente en el refugio que había, nos posó las emociones de este nuevo despertar.

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A las 8:15, iniciamos el descenso. Un camino empedrado precioso lleno de vegetación con escaleras plagadas de hojas secas. Qué feliz me sentí al ver la bajada y al escuchar el despertar de los pájaros. Sólo se oían nuestros pasos y el crujir de las hojas que pisábamos. Con los primeros rayos del sol filtrándose entre los árboles, paramos a pelarnos la primera capa de abrigo. Y allí, de repente, un montón de sonidos inundaron el silencio que nuestros estruendosos pasos ahogaban con el roce otoñal. Un pájaro carpintero trabajaba arduamente, el cantar de sus compadres posados en las ramas, el baile de las hojas con el roce del viento, el desprender de las secas caducas enganchándose entre sus agonizantes compañeras. Me hubiese quedado allí horas. Seguimos bajando y bajando.  Con otro perfil, nos embobaba como cambiaban los detalles de las montañas. Las rocas, los salientes, las sombras…En una nueva parada, me saqué los calcetines del pantalón y recordé cuando de joven los enroscaba al borde de los tobillos. La alegría me inundó. Traer cosas del pasado al presente. Cosas que no creía que estaban ahí. Fue como viajar en el tiempo y sentir lo mismo que sentía años atrás. Aquella bajada de 500m me trajo muchas sensaciones y recuerdos.

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Llegamos a una zona de camping solitaria y desde allí, seguimos la indicación hasta el próximo pueblo. Llegamos a las 10:30 a una granja y junto con los propietarios, nos tomamos un refrigerio mientras veíamos el paso de la gente y compartíamos un momento de vida con aquellas personas de vida simple. Nos indicaron que tan sólo nos quedaban 2h de camino. Había sido más fácil de lo que pensaba. Recorrimos la parte final de subida, la mayoría de veces por pistas poco apetecibles. El encuentro de algún pueblo daba color al camino.

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A las 14:00 paramos a comer en una explanada repleta de jóvenes, posiblemente una excursión escolar. Entre canciones y animación en directo, nos comimos un bocata de atún y queso mientras liberábamos las plantas de nuestros pies del encierro. Allí se quedó el salero que robamos en el hotel de Jodhpur y que tanto nos había aportado en el viaje. Llegábamos a Kande a las 15:30 y en diez minutos, pasaba el autobús que nos llevaría de vuelta a Pokhara. En una hora y media, llegamos al hotel en que el que habíamos dejado nuestra habitación llena de cosas. Estábamos cansados pero muy contentos de nuestra escapada. Pasamos la tarde conectados en la agradable terraza del primer restaurante. Cenamos en Kebad house y nos fuimos a preparar nuestras cosas. Al día siguiente el bus hacia Kathmandú salía a las 7:30. Pokhara es un sitio que nos ha cautivado y el primero que he encontrado en el que podría quedarme unos meses viviendo rodeada de la magia de la gente local, las montañas, el lago y la diversidad de lenguas.

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Un comentario en “Nepal: Rozando el cielo

  1. Impresionante es una de las historias que más me ha gustado y transmitido . Muy bonito Montse menuda experiencia volar y sentirse libre,caminar y ser espectador dl mundo. Felicidades.Un besazo

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