España: De cuerpo presente

Tren Madrid – Almansa 07:15 martes 11 de diciembre 2012 

Estoy en el tren camino a casa. Nadie, salvo mi cuñada Ana, mi querida cómplice, sabe que llego hoy a Almansa. Creo que lo que dirá mi madre cuando me vea será, “cariño, ¿ha pasado algo?”.

Desde que llegué a Madrid, el sábado 8 de diciembre 2012 a las 21:30, es como si mis emociones hubiesen estado dormidas o peor aún, muertas. Es como si las cosas no me llegaran a mí. Mi cuerpo está no así mi mente. No es que se haya quedado en Asia o esté pensando en Sudamérica. Es como estar en otra dimensión a la que se encuentra mi cuerpo. Según el Joan, es normal que me pase esto. Él tiene la misma sensación cuando desembarca. Me durará unos 10 ó 12 días, me dice. No tengo ningún impacto al volver a la civilización. No me parece todo más limpio. No me siento extraña. Es como si fuera espectadora de lo que está pasando en vez de participante. Un teatro, con intérpretes  y escenografía, en cuyo escenario pasan cosas. La Cibeles de noche, con esa luz horrenda roja, a mejorar en las próximas funciones. Otra sensación rara, es que me parece que mucha gente que veo es famosa, me resultan caras conocidas. Tal vez porque se parecen a mí, me parecen familiares.

El viaje de vuelta de 17 horas, con escala en Delhi y Milán, fue bien. No era consciente de que regresaba. No había miedos, ni nervios, ni penas. En las 3 horas que estuve en India, se volatilizó la duda de si me pondrían problemas para volver a entrar debido a que mi visa había vencido 15 días atrás. Ya me lo decía Raúl, estás de tránsito, no necesitas nada. Me lo confirmaron cuando cogí el vuelo en Kathmandú. En el aeropuerto de Delhi, haciendo tiempo durante mi escala, encontré una tienda Mango. Entré a buscar algo de ropa de abrigo. Me probé 2 vaqueros y me los llevé los 2! Qué alegría ver de nuevo mis piernas. Definitivamente, en la siguiente etapa, unos jeans me acompañarán. No pensé que me cansaría de vestir pantalones anchos todo el rato. En las 8h de vuelo hasta Milán, hice de todo, dormí, vi 2 pelis de bollywood, escribí y comí la última comida india, que a pesar de ser de avión mediocre, estaba servida con picante y chapati. Llegar a Milán fue como entrar en una pasarela de cristales, reflejos y pieles. Entre tanto glamour, cara estirada y colorete, estaba yo. Vestía los pantalones cagados que compré en Rishikesh hacía 20 días. Ya estaban medio rotos. Llevaba puesta, la misma ropa de abrigo que la última semana. Por allí, otros dos mochileros más, rebajaban la clase del avión. Las 2h de vuelo a Madrid, fueron incómodas y fatigadamente largas. Llegamos a barajas a la hora. Llamé a María para avisarle de mi inminente salida mientras esperaba el equipaje. Allí, la chica mochilera se acercó y me preguntó si no los reconocía. Puse cara de póquer porque sólo recordaba verlos en el trayecto de avión. Me explicó que nos habíamos visto en la cafetería Big Ben en Haridwar, India. No me lo podía creer, hasta el último momento, la magia del viaje hacia presencia. Hablamos un rato, compartimos y me despedí de ellos deseándole buena suerte y buen viaje al País Vasco!

Salí por la puerta grande y María ahogaba su alegría agitando los brazos. Su abrazo me supo a gloria. Nos acercamos donde estaban el Joan y Eva. Que monos estaban los dos sentados en el suelo, con un pañuelo en los ojos y hablando distendidamente, como si nada. María les había preparado la sorpresa de mi llegada. Ellos esperaban irse de viaje y se encontraron conmigo. Me acerqué a ellos mientras con voz temblorosa, les pedía unas moneditas. Les zarandeaba un poco mientras repetía la suplica. Reían pensando que era María. Les cogí las manos y María cerró el círculo. Allí estábamos de nuevo los cuatro, en Madrid. Podría haber sido cualquier otro sitio en Tailandia. Es como si el tiempo no hubiese pasado y la misma energía de entonces, se concentraba en nuestras manos cogidas. Se quitaron las vendas y nos abrazamos con la emoción de Eva colmando cada partícula del ambiente que nos envolvía. Muchísimas gracias María, por recibirme con ese calor, que sólo las amigas saben dar. Muchísimas gracias Eva, por la ilusión que manaba de tus ojos, tu boca y tus abrazos al verme. Muchísimas gracias Joan, por tus palabras, tu escucha y tus sabios consejos. 

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Volvimos en el bus a casa. Nuestro entusiasmo fue reprendido por otro pasajero pidiéndonos que hablásemos más flojo. Curiosamente, la risa del Joan no participa en el estruendo que habíamos montado las tres marías. Todo me parecía demasiado calmado, demasiado silencioso, demasiado solitario. ¿El puente de diciembre? No lo creo. No llegué al mismo apartamento del que me fui. María se había mudado 5 pisos más arriba. Aún así fue curioso entrar en la habitación donde dormiría esa noche. Vi la que fue mi cama, con sus sábanas, mi mesita del chino comprada en la última mudanza y el que fue mi despertador durante muchísimos años. A pesar de la calurosa bienvenida y las cosas que me habían pertenecido en el pasado, no me sentía regresar a casa. Cuando fui al baño, salí loca de contenta. Era tan bonito y con una bañera dentro! Allí nos quedamos los cuatro. Hablamos, hablamos y hablamos. Al final nos quedamos el Joan y yo hablando de la vida y de nuestras experiencias. Entendía mis sensaciones y me reconfortaba tenerlo a mi lado.

A las 8 de la mañana de mi reloj nepalí, las 3:30 en España, me fui a dormir. Al día siguiente había quedado con Erwan. Me desperté a las 9,  después de menos de 5h de sueño y muerta de hambre. Desayunamos entre más y mas charla. Me hubiese gustado darme un largo baño pero sólo tenía tiempo para una ducha ligera. Me dirigí a la gran vía, repleta de vida. Un día intenso de emociones, paseos y muy buena comida. Pincho de tortilla para desayunar y filetón con patatas para comer. Esta vez sí que vi a un famoso de verdad, Ramoncín.

Al final de la tarde fui a un mercadillo muy especial. A uno que me conectaba con el mío meses atrás. A un vaciar de armarios, a un adiós del pasado, a un desprendimiento de emociones, a una entrada del aterrador vacío. Un vacío que deja hueco en el armario para colocar todo lo que uno quiera dentro. Ari, estabas preciosa. Me encantó poder estar ahí por ti y por mí. Enhorabuena valiente. Disfruta de cada paso del camino. Y como en todo mercadillo, uno tiene que salir llevándose algo. Gracias Ari por la caja de preservativos y la moneda de la suerte. Volví a casa andando en compañía de mi recién conocido vecino, Rafa.

El lunes por la mañana fui al INEM. Tenía que asistir a una charla sobre el portal de empleo. Ese fue el motivo por el que volví del viaje, una simple charla. Al menos no era para una entrevista de trabajo. Tenía miedo a que tuviera que aceptar uno, mediocre seguro, que truncara mis sueños viajeros. De camino, por el barrio de Legazpi, pasé por una peluquería y me recordó a las barberías de la India. Miré dentro para ilusionarme y comparar. Allí sentado, estaba Pablo Carbonell, un hombre que me gusta mucho. Una sonrisa nacía en mi interior obligando a mis labios a arquearse. En la charla, dieron alguna información útil. Para aquellos interesados, se puede acceder a cursos de formación impartidos en otros países de Europa a través de la red EURES. Aquello duró una hora. Tuve que rellenar una hoja con datos personales y qué tipo de servicios requería de ellos. No hubo ningún control. No me pidieron el DNI y muchos de los asistentes, se fueron a los 5 minutos de llegar sin ningún motivo justificado. La próxima vez, tal vez me piense más volver….En las mismas oficinas del INEM me encontré con otra famosilla. Una profesora de alguna edición de Fama. O tal vez era una rubia  que se parecía, ¿quien sabe?

Al acabar, fui al banco a pedir la visa que me habían bloqueado en el primer uso en Tailandia. En frente visualicé el letrero de un restaurante Indio – Nepalí. No pude resistirme y crucé para mirar la carta. Sentí nostalgia al leer que ofrecían “palak paneer”, mi plato favorito. Me dirigí al metro de Bilbao a una óptica para ajustar mis gafas viajeras y a proveerme de lentillas. Las gafas estaban torcidas, se habían ensanchado y tenía que dejarlas a punto para la siguiente etapa. Tranquilicé, a mi buena amiga Bea, con una llamada para decirle que había llegado bien a España. Ya no estoy acostumbrada a hacer estas cosas. A estar pendiente de llamadas, ni de horarios ni de contactos.

A las 14h, en el metro de tribunal, esperaba a mi excompañera de trabajo y mi buena amiga Laura. Pasamos dos horas hablando de CAM, de Sabadell y de mis aventuras entre arroz meloso y ragú de ternera. Era como si el tiempo no hubiese pasado. Como si las dos estuviésemos sentadas en la oficina junto a nuestra querida Marylin. Cuando se fue, hice tiempo hasta la hora de la peluquería. Fui a un sitio que solía frecuentar cuando vivía en Malasaña. Casualmente tenían te chai. En el mismo día, 3 conexiones con India. Todos los té me saben ahora a agua. El café, que siempre bebía solo, ya no me entra ni con leche. Decidí que en Almansa compraría los ingredientes necesarios para preparar un buen chai con especias y masala. Escuchar la voz al teléfono de mi amiga Elena, a la que vería 3 horas más tarde después de tantos meses, fue una sensación especial, reconfortante.

Me encantó ponerme guapa en la pelu. Me encantó que Jake me alisara el pelo entre cotilleos. El bienestar de un buen tratamiento de belleza. Al salir, tenía una hora y media por delante. Pasé por una tienda de ropa que frecuentaba en Madrid, made in Nepal. Me probé un par de cosas. Qué curioso  porque al haber menos cosas que en las innumerables tiendas de Kathmandú, mis ojos se quedaban pegados a muchas prendas. Lo que allí costaba casi 40€, en Nepal lo podría haber comprado por 15€. Afortunadamente no me gustó nada. Sobrevivo gracias a los vaqueros from Delhi y a una sudadera que me ha prestado María.

Tip nº 70: bolsa de ropa para la vuelta 

Si lo hubiese pensado, hubiese dejado una bolsa con algo de ropa de emergencia de invierno en Madrid para poder sobrevivir en condiciones cuando regresara.

Un chocolate caliente y una agradable conversación por teléfono, con un recién aterrizado Raúl, me colocó en el momento de ver a mis chicas, Magali, Elena y Rosaura. Casi 4h de ponernos al día, de opinar, de intercambiar y de interrogar. Una de las cosas más maravillosas de este viaje, es ver y valorar el cariño que te dan las personas que tienes a tu alrededor. El día a día nos hace creer que recibirlo es algo normal. Disfrutadlo cada día. No olvidéis de lo afortunados que somos por compartir y sentirnos arropados por gente especial. No olvidéis que estamos solos, que somos uno, todo lo demás, es un presente.

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