España: Volver a ninguna parte

Tren Almansa – Madrid sábado 15 de diciembre 2012

Llegué a Almansa el martes 11 de diciembre a las 9:30. En el andén, me esperaba mi cuñada Ana. Un abrazo aparatoso nos unió después de casi 6 meses sin vernos. Nos fuimos a su casa, teníamos que hacer tiempo hasta que mi madre saliera de natación. Al hacerlo, se pasaría a recoger a casa de Ana un supuesto paquete de la India. Hablamos durante casi 2h cuando sonó el timbre. Me escondí en la habitación de mi sobrino. Ana indicó a mi madre que el paquete estaba esperando allí. Cuando abrió la puerta, no se lo podía creer. Me abrazó y lo primero que le dije fue, mamá, no te preocupes, no pasa nada. Me respondió ¿seguro? ¿por qué has venido? ¿te vas a volver a ir? Demasiadas preguntas. No estaba emocionada. Yo tampoco. Ella no era consciente de que yo estaba allí y yo, seguía en otra dimensión. Nos despedimos de Ana y fuimos a por el siguiente objetivo, mi hermana Susana. Tocamos en su casa pero no nos abrió nadie. Mi madre la llamó por teléfono y había salido un momento. Ya estaba de vuelta. Salimos a su encuentro paseando por la calle. Bajamos tranquilamente andando cuando la vimos volver la esquina. Ni me miró. Se dirigió hablando directamente a mi madre y cuando se dio cuenta que alguien más la acompañaba, me miró y me abrazó loca de contenta. Se le saltaron unas lagrimillas. No me había reconocido. Llevaba el pelo liso y no esperaba encontrarme al pasar la esquina. Íbamos con el tiempo justo para ir al cole a recoger a mis sobrinas. Nai, de casi 4 años, se mostró tímida ante la extraña que acababa de aparecer. No se despegaba de las faldas de la abuela. La mayor de 10, me dio un beso y siguió jugando con su amiga. Así son las cosas cuando llegas de repente, la vida no se para por nada. Volvimos a casa y comimos. Todavía nos quedaban por delante, dos sorpresas más. Mi madre llamó a mi hermano Francis, el mayor, con la excusa de pasarse por su casa a felicitar a mi sobrino Pablo. Ese día, cumplía 11 años. Menuda sorpresa se iba a llevar. Al final acudieron a casa de mi madre casi a las 8 de la tarde. Tocaron el timbre y salí yo a abrir la puerta. Casi se caen del susto. Obviamente, no esperaban encontrarme a mí. Pasamos a penas 40 minutos juntos, teníamos que acudir a nuestra próxima cita, mi hermano Marco. Ana había estado mordiéndose la lengua para no decir nada. Me reencontré primero con mi sobrino Guillermo, ávido siempre de ganas de jugar. Cuando llegó de trabajar mi hermano, me encontró a mí en la salita. Se quedó perplejo. Cenamos juntos y volvimos a casa tras una agotadora jornada de encuentros. Me falto ver a mi querida y preciosa hermana pequeña Estefanía. Estaba en Alicante y a ella, me la traería papa noel de regalo.

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Todo el mundo lo sabe ya. Mi familia, mis amigos, mis conocidos, las amigas de mi madre, mi abuela, otros viajeros compañeros…. Ha pasado una semana desde que llegué a España y se está haciendo duro. El sentimiento de espectadora de los primeros días, ha dado lugar a sentimientos de soledad, tristeza, pérdida, desubicación y completa desorientación. Hablando con mi hermana Estefanía, entendí que he vuelto a ninguna parte. No tengo casa, ni tan siquiera una habitación mía. Un rincón donde reencontrarme, un espacio de confort en el que todo está permitido. Mis cosas están en cajas, aquí y allá. Me he conformado con las que tenía a mano. No son las que me apetecía usar pero no me veía revolviendo el pasado empaquetado. Es difícil encajar en el día a día de otras personas. Tras unos minutos de reencuentro, el reloj no se para y la vida continua. Una vida a la que siento que no pertenezco. Tengo una congoja constante en la garganta. Un nudo que cuando se aprieta, hace saltar mis lágrimas al exterior. ¿Qué me está pasando? Pensaba que iba a ser duro. Me convencí de que tan sólo era una etapa más en el viaje, pero no lo es. Es un parón. Una toma de contacto con la realidad. Una hostia. No estoy acostumbrada a hablar con tantas personas cercanas. No estoy acostumbrada a mantener el contacto diario. No estoy acostumbrada a las cosas cotidianas de aquí. Le he quemado un cazo a mi madre calentándome un chai. Reproducir el sabor del té de la India o lavarme la ropa interior a mano, me mantiene unida a la cordura. No estoy acostumbrada a los olores de aquí. Cuando entré en la escalera de casa de mi madre, el olor a lejía y limpieza me perforó la garganta, me dolía respirar, me pareció una agresión. El olor a suavizante de la ropa perfectamente colgada en los armarios me embriaga. Me desgasta y me hastía pensar en regalos de navidad, celebraciones, comidas extraordinarias, planificar lo que voy a comer o cenar. No tengo ganas de nada, ni ilusiones, ni se que haré en nochevieja, ni me apetece pensarlo. Me gustaría tan solo desaparecer. Desaparecer de aquí mientras lloro en el tren y me limpio las lágrimas porque tan solo quedan 10 minutos para llegar. Quiero explotar y no puedo. No me lo permito, ¿qué voy a hacer? Esta noche he quedado con mi gente para verlos, abrazarlos, beber y bailar. No se quien va y lo peor es que no me importa quien sea. Sólo quiero meterme en la cama, taparme hasta la cabeza, llorar y llorar.

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