México: Playa del Carmen

Parada técnica en Mérida del bus Cancún – Campeche, 12:00 domingo 3 de febrero 2013

Acaba de bajarse Randi, un casi jubilado canadiense de Toronto con una casa en Belice. Debíamos ser los únicos turistas en el bus y casualmente, nos han dado el asiento juntos. Me ha hablado de Belice. Es muy bonito. Su casa está perdida en la naturaleza y familias enteras de tucanes, pájaros y monos, se divisan desde sus ventanas y balcones. A veces, los jaguares se acercan para dar caza a los monos. Me decía que era una pena que en los últimos años, este país se ha llenado de droga y mafia. Me hablaba con cierta nostalgia en sus ojos. Después del encuentro, se diluyeron parte de las ganas que tenía de visitar Belice.

Se ha acabado una etapa, la estancia en la playa y la compañía de mi madre. Ayer, fue su último día aquí y no pudo ser mejor. Llegamos a Cancún el viernes 1 de febrero sobre las 11. Nos alojamos de nuevo en el B&B Garden, donde iniciamos nuestro viaje. Allí nos esperaba Abigail, la dueña de este alojamiento tan convivial. Nos recibió con un abrazo y una reducción de 150 pesos por noche por la misma habitación. En esta ocasión, también disponíamos de televisión. Hacía mal tiempo y mientras arreglaban nuestros aposentos, nos fuimos al supermercado. Comimos en la habitación. Mi madre estaba como el tiempo, como diría ella, lacia. Descansó y durmió un poco. Rematamos la tarde paseando por el barrio. Sin querer, llegamos al parque de las palapas. Un sitio local, rodeado de puestos de comida que comparten una zona común de mesas y sillas. Cualquiera puede sentarse allí, lleve o no comida, venga del puesto que venga la comida que compró. No hay distinciones. Este concepto lo vi por primera vez en un centro comercial de Playa del Carmen y me encantó. Probamos, por gentileza de un comerciante, el plátano verde frito. Mi madre llevaba días queriéndolo comer pero aquel trozo de plátano con sabor a patata frita, no le terminó de convencer. Nos agenciamos, para mi madre, un plátano maduro frito con leche condensada y para mí, una especie de crêpe gigante y crujiente de nutela. La cena estaba hecha. Volvimos paseando y entre películas dobladas en mexicano, mi madre remató el día.

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Nos levantamos pronto, a las 7:30. Si hacía buen tiempo, nos iríamos a la playa. Al salir de la habitación, la mesa del desayuno estaba preparada con cereales, pan, zumo y mermelada. Inauguramos nosotras el espacio, seguidas de una pareja italiana a la que también se le acababa ese día la aventura. Una colombiana, un francés y un alemán, completaron en círculo.

Ha sido uno de los mejores desayunos que hemos tenido y sin duda, el más largo y en el que más nos hemos reído. Todo se lo debemos al alemán de ojos azules, 1.95m de altura y 103 Kg de peso. Desbordaba humor por cada poro de su piel. Aunque nadie lo hubiese dicho por la primera impresión. Nadie se creía que fuera alemán y le exigíamos que nos mostrara el pasaporte. Con un mal inglés, una gracia innata y un gestual increíble, nos describió como son y como se comportan las mujeres de los distintos países que ha visitado. Mi madre no podía para de reír  a pesar de que no entendía una palabra de inglés. Todavía más, cuando nos pusimos en orden de altura. Yo sólo ganaba a la colombiana, me seguía mi madre, el italiano, el francés y finalmente, el alemán.

El alemán se despidió con 6 o 7 besos a cada una, mientras que con sus enormes manos te rodeaba la cintura. Era muy gracioso verlo besar a mi madre, todo un playboy vamos!

Me encantó este alojamiento, buena onda. Siempre he encontrado viajeros independientes interesantes. Carley, la colombiana, me dio sus datos de contacto. Tiene una amiga en Bogotá que hace couchsurfing y que atravesó todo centro américa. Yahooo!

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Después, nos fuimos en bus a la playa de la perla. Allí, con un sol radiante y con el equipo de animación de un hotel de fondo, disfrutamos mucho de los últimos baños en el caribe juntas, las últimas enseñanzas y la última comida. Por fin, después de muchos días, mi madre pudo darle de comer a las gaviotas. Es impresionante como se acercan a ti un montón de ellas. Es abrumador e incluso un poco terrorífico. Esa si que era una manera de acabar unas vacaciones después de 2 días de mal tiempo.

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Llegamos a Playa del Carmen el sábado 20 de enero y nos fuimos el viernes 1 de febrero. Aún recuerdo cuando llegamos al hotel Karma. Conseguimos rebajar el precio de la habitación de 750 pesos a 500. La condición era quedarnos al menos 5 noches, pagar todo en efectivo y por adelantado. Mis pintas de mochilera y decirle que el precio se salía de nuestro presupuesto, no eran cartas de presentación para un buen recibimiento. El trato fue mejorando después de extender 2 veces la estancia. Al transcurrir los 13 días, nos trataban como reinas. Lo que hace el dinero….El resto del personal era majo y con mi madre, tenían muy buena relación. Todos los días, nos hacían muñequitos con las toallas. Nuestra habitación tenía 2 camas grandes, un baño decente, aire acondicionado, ventilador, agua caliente, caja fuerte y una jarra de agua diaria. En el porche, una hamaca propia nos balanceaba. Fuera y dentro, los mosquitos nos arrasaban, tanto que pensamos que lo de mi madre era una intoxicación. Una noche, la pobre durmió cubierta con la sábana hasta arriba. Un zumbido constante la amenazaba. El antimosquitos, el afterbite y matarlos a palmada limpia, redujo su devastador efecto. Las habitaciones daban sobre un agradable y cuidado jardín coronado por una mini piscina con al agua algo turbia. Por las noches, luces decoraban plantas, palmeras y coloreaban el agua de la alberca.

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En la habitación pasábamos mucho tiempo. Desayunábamos y cenábamos allí. Normalmente, a partir de las 8 de la noche, ya no salíamos. Algunos días nos soltamos la melena y nos acostamos más tarde gracias a wall-e y diarios de una motocicleta. Dos películas que nos dejaron fascinadas. La habitación era como nuestra casa. Todos los días lavábamos la ropa interior y la colgábamos en el tendedero que improvisábamos. Mi madre, también de agudo ingenio, creo topes con pequeñas bolsas de plástico para que la ropa no se desplazara por la cuerda inclinada. El resto de la ropa, la llevábamos a la lavandería. Nos cobraban 12 pesos el kilo, menos de 1€. De nuevo, cosas que nos parecen super baratas respecto a otras. Un día de lluvia, nos entretuvimos haciendo probatinas con el pareo tal y como nos habían enseñado en una tienda de un centro comercial. Allí compré la pieza de coco, con dos agujeros, que tanto había visto y que no sabía para que servía. Es el complemento ideal para el pareo. Si no lo hubiese visto, no habría imaginado las posibilidades! En otro par de ratos, mi madre me cosió varias cosas. Entre ellas, la mochila que compré en Nepal, el tejido ya se estaba abriendo!

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En Playa del Carmen ya habíamos montado nuestra rutina. Playa o excursión si el tiempo lo permitía, comprar en el super para el desayuno y cenas ligeras, largos paseos y observar todo lo que ocurría a nuestro alrededor. Los vecinos de la playa, el parasail, las motos acuáticas, los aviones, el pasar de las nubes y el aparecer del sol mientras mi madre le entonaba una canción que aprendió de su nieta  Naiara. “Solecito, solecito, sal un poquito. De hoy para mañana, para toda la semana….”

En Playa, como así conocen los mexicanos a esta ciudad de 100.000 habitantes, hemos adquirido un nuevo matiz del español. Hay un montón de palabras distintas que no entendemos. En las entradas de las puertas, utilizan jalar en vez de estirar. En un día de temporal, cuando el mar está bravo oirás decir que la mar está picada. Cuando te dan una dirección, te indicarán pasar o girar por cuadras en vez de por bocacalles o manzanas. No te comerás un buen bocadillo si no sabes que se llaman tortas. Para buscar una ducha, sea del tipo que sea, tendrás que preguntar por las regaderas. Si tienes un buen hotel, tal vez tenga piscina. El nuestro, como hotelito que era, sólo tenía una alberca pequeñita. Puedes comprar cosas varias en los abarrotes, nuestras tiendas de toda la vida. Nunca encenderás la luz, la prenderás. Si tienes que hablar con alguien, le platicarás. Si quieres alquilar hamacas en la playa, tendrás que pedir camastros. Los alimentos siguen el mismo patrón. El elote es el maíz. Si quieres un filete de ternera, tendrás que pedir res. Nuestro amado cerdo es el puerco y gracias a Dios, el pollo es pollo acá y allá. Si queréis más ejemplos de lo difícil que resulta el español, echadle un vistazo al siguiente video….

http://www.youtube.com/watch?v=Xyp7xt-ygy0

Los mexicanos son gente bien linda. Simpáticos, respetuosos e intentan ayudarte en lo que pueden. En toda la estancia en Playa, no hemos oído ni un leve claxon. Cuanto tienen que aprender mis amigos de la India….En la compañía de bus más utilizada aquí, ADO, en la parte de atrás rezan frases como “por favor no toquen el claxon. Gente dejándose llevar” o “por favor no toquen el claxon, las personas dentro están relajadas”. Si quieres cruzar la calle, los coches paran aunque no haya un paso de cebra. Hay bandas y reductores de velocidad por todos sitios. El peatón es lo más importante, rezan las señales. La única confusión, surgía en los grandes cruces con semáforos. No conseguimos localizar el de peatones y nos lanzábamos cuando veíamos que los vehículos estaban parados. Jamás nos dieron bocinazos. Esperando en los cajeros para sacar dinero, una mexicana nos indicó donde sacar sin comisión así como qué bancos cobran menos. Otros muchos mexicanos nos ayudaban a tomar el colectivo a los distintos lugares, nos daban consejos de qué sitios visitar o nos recomendaban restaurantes para comer.

Tip nº 76: Comisiones por cajero

El cambio que me está aplicando el cajero (evobanco), es mucho mejor que el que recibo por cambiar euros a pesos a pesar de que me cobran unos 2€ cada vez que lo utilizo. HSBC es el banco que menos cobra. De hecho alguien me dijo una vez, que si abres una cuenta ahí, no te cobran comisiones en el extranjero. A verificar la próxima vez. En México, en determinados supermercados como Chedraui y Wallmart te pueden dar dinero de tu tarjeta sin aplicar ningún cargo por comisión. Lo único que tienes que hacer es comprar y cuando pasas por caja, solicitas el servicio.

También son salerosos para los piropos. Paseando, el chico que nos informó de que playas visitar, nos preguntó “¿Quién es la madre y quien la hija?”. Yendo al baño en la playa, un camarero del sitio que frecuentábamos me dijo al entrar, “¿tu mamá nunca te quita el ojo de encima?”. Al salir remató la jugada, “¿cómo es que tu novio te deja venir solita?”. Otro nos galanteó con la pregunta “¿sois amigas?”. Si nos quedamos más tiempo, volvemos cada una con un mexicanito bajo el brazo.

Los innumerables paseos por Playa consistían en perderse por sus calles. Sin mapa era muy fácil orientarse. Como en ciudades estadounidenses, las calles funcionan con números y tienen una lógica consecutiva. Por ejemplo, nuestro hotel estaba situado en la avenida 15 entre la calle 12 y 14. Las aceras son irregulares y con la llegada de la noche, la falta de iluminación suponía un verdadero peligro para sortear agujeros y bordillos altísimos. A veces andábamos por sitios solitarios y mi madre me pedía que fuésemos a sitios más animados. A mi madre le llamaban la atención los enormes coches que tienen. Y alucinábamos con todos los contadores de la luz en la calle.

Un día, llegamos a un pequeño parque repleto de puestos de ropa, libros y artesanía. Pequeños carritos de comida abarrotaban la entrada y la salida. Con churros, de receta española, nos deleitamos una tarde. Estábamos sentadas en la fuente central y abrumadas por el piar y el cantar de cientos de pájaros.

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Las campanas de las innumerables iglesias, los cantos al estilo cospel y las misas concurridas amenizaban el andar. No sabría decir si hay más iglesias o casas de empeño. El camarero nos dijo que Playa tiene más de 350 establecimientos. Unos verdaderos usureros pero la gente suele ir cuando pierden sus empleos. En el estado mexicano, no existe la prestación que recibimos en España. Un día inspeccionamos Playacar. La zona de los complejos hoteleros. Quería enseñarle a mi madre otro tipo de turismo muy utilizado en esta zona de México. El todo incluido. Pero andamos y andamos por la solitaria y cuidada avenida sin encontrar gran cosa salvo una aviario bastante grande. Al bordearlo nos permitió ver pájaros de colores imposibles e iguanas por los árboles. Era un día nublado y preguntamos el precio de la entrada. 300 pesos cada una, casi 20€. ¿Se habían vuelto locos? Debe ser que la gente del complejo son capaces de pagar lo que les pidan. Nos encantaba comernos un buen helado cena mientras sentíamos la brisa fresca de la noche sobre nuestros cuerpos acalorados.

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El penúltimo día, nos levantamos a las 5:30 para ver amanecer. Por la orientación del mar, veríamos levantarse el sol por encima del agua. Prometía ser precioso. Pero no tuvimos suerte. En el horizonte se habían instalado unas nubes grises enmarañadas que no dejaron ver más que un leve reflejo rojo. Hacía frío y paseamos por la orilla para entrar en calor. Fue una caminata preciosa. Descubrir otro mar, otra playa, otros momentos de vida, otros ocupantes. Los barrenderos trabajaban arduamente con pies y manos para eliminar parte de la gran cantidad de algas acumuladas. Con esa salida, el resfriado de mi madre, que llevaba arrastrando días, reapareció.

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Tip nº 77: tarifa preestablecida de taxi por servicio hotel 

Varios días cogimos un taxi para desplazarnos. Yo estaba harta que nos cobraran cada vez una cosa por el mismo trayecto. Al final, un taxista, tuvo la amabilidad de explicarnos qué pasaba. Los taxis de muchos sitios tienen tarifas preestablecidas. Por ejemplo, en cuanto el taxista oye la palabra hotel, si éste estaba en el casco urbano, eran 50 pesos aunque te llevara dos cuadras más para allá. Te cobraban menos, según la distancia recorrida, si le pedías que te llevaran a una dirección determinada. No siempre ese truco funciona, nos decía. Si el taxista ve que llevas una pulserita de todo incluido del hotel, te cobrará 50 pesos vayas o no al hotel. Yo a eso, lo llamo caradura. Afortunadamente, mi madre y yo éramos viajeras independientes y no teníamos ninguna pulsera identificativa del hotel que nos abría las puertas al cielo.

En cuanto te alejabas de la zona turística aparecían las casas propias de aquí. Todas bajitas y de colores pasteles descascarillados. No hay edificios de plantas. Numerosas lavanderías pueblan cada esquina. Mi madre y yo nos preguntábamos si había gente que no tenía lavadora en casa para lavar a máquina. El precio de la comida también se reducía pasando de comer por 10€-15€ cada una, a un máximo de 10€ las dos. La carne la probamos el día nublado del amanecer. Fue en un asador local. La vendían al peso. Me madre disfrutó mucho con sus costillas y yo me atreví con la arrachera, carne de res de la parte del cuello. Una delicia pero el local, la verdad, dejaba que desear. También nos chupamos los dedos con unos tacos de camarones en una terraza al borde del mar. Los huevos revueltos con verdura que comimos a nuestra llegada, quitaban el hipo. Después de elegirlo de una bandeja de ejemplares, un pescado hecho a la brasa en una palapa típica de México nos llegó al alma. La palala, es la techumbre hecha de hojas de palmera de muchas edificaciones. Un pollo asado, comprado en el super, nos dejó la boca abierta. Nunca habíamos comido un pollo tan natural, jugoso y tierno.

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Las compras de souvenires y ropa, también ha ocupado parte en nuestra agenda. Comenzamos por la 5ª avenida, una calle peatonal, cara, muy turística, llena de restaurantes y grandes tiendas. Allí reencontré muchos objetos y juguetes de mi niñez. Después lo hicimos en grandes superficies, como supermecados y centro comerciales. Acabamos en la 6ª avenida, como la llamaba mi madre, con las tiendas normales para la gente mexicana. Eso si que es un espectáculo. Cada comercio tenía su propia música que sonaba a todo volumen. En una de ellas descubrí al grupo aroma con la canción solterita y sin apuros. La buscamos en youtube y todas las canciones tienen letras imposibles. Muchos altavoces saturados, daban la bienvenida al comprador. Allí, en la 6ª avenida nos compramos ropita mona y en la 5ª, nos cruzamos con las francesas que habíamos visto en el embarcadero de isla mujeres. Recordé entonces la magia de los reencuentros con otros viajeros. Todos los mercados de artesanías hablaban mal de los chinos. Te dicen que su producto es bueno y manual. En contraste, los únicos restaurantes o chiringuitos locales de comida foránea que hemos visto, son chinos. ¿Raro no? Por nostalgia, un día compré un te chai frío que me transportó a sorbitos a la India. Me he encontrado con muchas imágenes de Buda y de dioses hindúes. Nuestro hotel se llama Karma, ¿qué pasa en este pequeño rincón mexicano?

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Los días que podíamos, íbamos a la playa. Allí nos pasábamos las horas hablando, en silencio, riendo, llorando y cotilleando a nuestros vecinos. Uno de esos días, me regalé un masaje de 70 minutos relajantes al borde del mar. Hubiese sido maravilloso si no hubiese tenido la espalda quemada. Al acabar, una chica se me acercó. Era española y trabajaba de ilegal como masajista allí. Había llegado hacía 2 meses. Me dijo algo que me encantó. “Mientras te daba mi compañera el masaje, una arco iris se formó y salía desde la cama en la que tu estabas”. Wow. Hablamos durante una hora. Mucho feeling y aunque me propuso quedar por la tarde, la pereza pasó palabra.

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Hicimos varias excursiones, como no, no organizadas. Cogíamos el colectivo. Con bocadillos y agua en la mochila, salíamos a explorar los alrededores. En los numerosos controles policiales de la carretera, nos llamaba la atención e impresionaba las metralletas que llevaban los oficiales. Con especial cariño recuerdo xcacel (escaselito para los locales). Una playa virgen protegida y reservada para el desove de tortugas. Cuando llegamos, el agua estaba bien picada pero a lo largo del día, se fue calmando y disfrutamos de la naturaleza desde otro lugar. Playa solitaria, llena de fragmentos de coral y vegetación espesa en la que refugiarte a la sombra de los poderosos rayos del sol. Me recordaba a una de esas islas del reality show. Yo no paraba de decirme, si estuviera en el programa, este sería el sitio donde construiría una cabaña. La falta de sombrilla hizo estragos en nuestra piel. Yo me atreví a nadar hasta el arrecife de coral y disfrutar de la visión de los peces de colores. El coral estaba regenerándose de los efectos devastadores del huracán que asoló la zona el año anterior. A pesar de que compramos equipo de snorkel y lo acarreamos con nosotras todos los días, mi madre sólo pudo probarse las gafas y el tubo un día en el que la mar estaba en condiciones. Me reí mucho porque se le quedaban las orejas vueltas al ponerse las enormes gafotas e intentando contener el ataque de las carcajadas, le explicaba como utilizarlas y usar el tubo.

Numerosas gaviotas pidonas de comida, pelícanos volando a 1m de ti, conchas, coral y pájaros pequeños pueblan las playas.

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Las ruinas mayas de Tulum, con las iguanas y el sol implacable, nos hizo disfrutar aún más de playa paraíso. Que preciosidad de sitio. Allí me cayó un piropo que luego pensé que no lo era tanto…. Vino de un chico que me ayudó a buscar mis chanclas perdidas. Pensé que tendría que volver descalza por la carretera pero las había dejado abandonadas en otro lugar al que estábamos. Cuando le agradecí la ayuda, me preguntó, “¿Cuántos años tienes?” 35 le contesté. Me dijo en un perfecto inglés, “mi mujer y yo pensamos que estás muy bien y más sabiendo que tienes más de 30”. Se lo conté a mi madre y nos reímos mucho. Ella y yo hemos practicado el mismo deporte nacional. El cotilleo de los habitantes de la playa!

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El mar estaba igualmente picado pero allí estábamos madre e hija, cogidas de la mano, aguantando con fuerza y optimismo las embestidas de las olas. Una cuidando de la otra, sosteniéndonos cuando perdíamos el equilibrio. Como en la vida misma. Sin dejar que viento o marea nos venza.

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