México: Madre no hay más que una

Bus Cancún – Campeche, 8:00 domingo 3 de febrero 2013

Recuerdo algo que me decía un amigo italiano, cada vez que te vas, te llevas el sol contigo. Debe ser algo hereditario. Esta mañana llovía a mares. Mi madre aterrizaba en Madrid.

Hemos pasado 24 días juntas en esta parte del mundo, a la que mi madre, no volverá. Está muy largo, dice cuando le preguntan. Ahora bien, si voy contigo o con alguno de mis hijos, voy hasta el fin del mundo. Puedo asegurar que lo hará.

Es una mujer valiente que ha cruzado el charco para acompañar a la locuela de su hija a pesar de que tuviese que hacer la larga vuelta en solitario. A penas ha viajado y creo que es su segundo viaje fuera de España. Ya sabía que era una mujer abierta, tolerante, flexible y agradecida pero durante estos días, me lo ha mostrado a cada segundo. Me ha gustado que descubra otra cultura, otra comida y otra forma de vivir. Como a todos, hay cosas que le gustan más y otras menos. Pero siempre me decía, si tú lo haces, yo también. Es el segundo viaje que hacemos juntas y empiezo a aprender con qué cosas disfruta. Ha sido un placer ver como superaba su miedo ante el no inicial y se bañaba en los preciosos cenotes o degustaba comida típica. Su cara y sus ojos gritaban de emoción pero siempre desde la calma y la experiencia que sólo las madres tienen. Me gustaba como le cambiaba la expresión al probar una comida nueva y que por sorpresa, estaba picante.

Admiro su forma de relacionarse desde la sinceridad y naturalidad de lo que es. Sin miedos, ni tapujos, ni pensamientos retorcidos. Me encantaba acostarme y despertarme con un abrazo y un beso de ella.

Hemos disfrutado mucho de las pequeñas cosas. Comprar en el supermercado, ir a la playa, ir de compritas, comer un helado o ver pasar a la gente mientras comentábamos.

Los desayunos y las cenas en la habitación han sido momentos de entendimiento, convivencia y mucha complicidad. Han reforzado aún más si cabe, la relación tan especial que tenemos. Madre, hija, confidentes, compañeras y amigas.

He rescatado sus carcajadas que resonaron en mi cabeza y mi corazón en momentos de tristeza y soledad. Me han llenado como llenaron los momentos en los que nos reíamos. La situación pintoresca del hotel de Valladolid o escuchando al alemán, del B&B Garden de Cancún, hablando en inglés de todas las mujeres del mundo.

Me gustó que conociera el mundo de su hija, sus aventuras y su forma de vivir a través de otros locos como yo que nos encontramos.

Ha habido de todo en estos 24 días, como en la vida misma. Auténtica conexión, cotilleo, tensión, cansancio, conversación, silencios, lágrimas, risas, paseos, ritmos acompasados, abrazos y mucho amor.

He visto de donde salgo porque me he reconocido en cómo es ella. Igual que me he reconocido en cosas de mi padre mientras hablábamos de él. Es como si las piezas encajaran y entendieras porque eres así.

En la despedida, en el aeropuerto, no hubo lágrimas ni tristeza. Sólo un abrazo y dos personas que volvían a coger las riendas de su vida.

Espero que sigamos viajando juntas como en estos dos últimos años. Dedicarnos una escapada, un ratito de vida. Donde lo más importante, no es lo que ves, comes o visitas. Sólo ella, yo y el amor incondicional de una madre por su hija, haga lo que haga.

Gracias mami.

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