México: La buena onda de Chiapas

Hostal Luz de Luna Oaxaca 23:55 domingo 17 de febrero 2013

He pasado 7 días en Chiapas. Apenas he tenido momentos de soledad. He conocido un montón de gente. Yann, el bretón de 35 años que cambió su vida cuando le instalaron un marcapasos. Nicolas, el porteño argentino de 28 años, que viaja con 11 camisas en su mochila para salir a bailar cumbia con las niñas. Elena, la madrileña afincada en Barcelona amarga y exigente. Pablo el marsellés de 64 años, comunista de proa y zapatista hasta la medula. Philip, alemán de Munich de 34 años, padre apasionado de un bebé de 9 meses, en busca de un rincón latino americano donde instalarse con su familia. Fabian, mexicano de 34 años, nacido en San Cristóbal, socio de un alojamiento de buena onda, serio, con un bello corazón y una lengua de trapo. Nerea, una española que pasó 3 meses de voluntariado en Guatemala. La señora Coqui de Sancris, dueña de un restaurante local de comida corrida, dulce, con un gran sentimiento de soledad y poca simpatía hacia los indígenas. Jean Pierre de 72 años, 25 de vida en África, prisionero de guerra en aquellas tierras, alcohólico y pretendiente de Doña Coqui. Tomás, un mexicano de Mérida de 25 años, recién licenciado, encadenado a su propia empresa cuando le gustaría ser libre para recorrer el mundo con mochila a cuestas. Muchos otros han llenado los momentos que he pasado en este precioso estado de México. Locales y extranjeros, la combinación perfecta para ocupar el tiempo de la sobremesa, el café y de la buena vibra.

Llegué a Palenque a las 6 de la mañana después de pasar una noche en el bus. El inicio del viaje empezó con una charla de mi acompañante mexicano de 64 años. Me habló durante casi 2h, con pasión, de qué cosas visitar en su país mientras otros intentaban dormir. Me propuso vernos a la noche siguiente, ya en Palenque, para darme más consejos. Rehusé su invitación alegando que unos amigos esperaban mi llegada. La alerta sobre la seguridad se me encendió. En la parada de media noche, mi acompañante desapareció misteriosamente.

Me dirigí al hostal Yaxkin donde Jerome me había reservado una cama. Me instalé en la maravillosa terraza del jardín donde, junto con los pájaros y los rayos del sol, me desperté. Tenía por delante 6h con mi computador para actualizar el blog. Conseguí despedirme de Jerome que regresaba a casa. Más tarde, me reencontré con Yann. Pasamos todo el día con los ordenadores haciendo un alto en el camino, sólo para comer en un comedor por 40 pesos. Allí empezamos a conocernos y como no, a intercambiar vida y viajes. Paseé después un rato, me compré fruta, desayuno para los próximos días y un hinchador de globos. Ya tenía todo el equipo, nariz de clown, globos, videos para aprender a hacer figuritas con ellos y vestuario. Sentía que en poco tiempo, me animaría a echarme a un parque. Terminé la tarde yéndome a dormir a las 9 de la noche. Apenas había dormido la noche anterior en el bus. El dormitorio estaba vacío a esas horas y agradecí el momento de intimidad.

Me levanté pronto dispuesta a visitar las maravillosas ruinas de Palenque. En la entrada, pregunté por un guía y un chico, con un montón de estudiantes universitarios, me invitó a unirme con ellos. Compartimos 2h de explicaciones donde Tomás, meridense de 25 años, me explicó que él junto con dos chicos más, gestionaban grupos de intercambios de distintos países. Fue muy majo y me ofreció su ayuda invitándome a que los acompañara a las cataratas de Misol Ha, a las lagunas de Agua Dulce y a llevarme a San Cristóbal al día siguiente. Yo había previsto quedarme más días en Palenque pero el destino me plantó la oportunidad de viajar gratis a mi próximo objetivo. Acepté encantada. Me quedé 2h más, retomando de nuevo la soledad, escalando piedras, escondiéndome entre las hojas gigantes de las plantas y dejándome llenar  por la magia de Palenque. Con el calor, me escapé siguiendo el curso del río. Me mojé las zapatillas al saltar de piedra en piedra. No me importó, la aventurilla, el verdor allá donde mirara y sentir el agua fría en mis pies, me hizo sentir viva. Un sitio plagado de ruinas donde sólo el 5% está excavado y accesible al público. Allí aprendí que durante muchos años, las mujeres eran las que gobernaban en la sociedad maya hasta que en un momento dado, sin saber por qué, el poder pasó a manos de los hombres. Los mayas también tenían los primeros aseos con sistema de canalización para eliminar los residuos depositados, todo un avance!

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Recorrí completamente sola la senda de bajada hacia la salida. Me encontré con árboles centenarios de raíces enmarañadas como si entresijos fueran. Eché la vista atrás para despedirme de aquel lugar. Divisé, sin esperarlo, el lugar donde podría haber esperado para siempre a mi príncipe azul. Coloqué mi cámara colgada a una rama de un árbol, para que en 10 segundos, pudiera tener la foto de mi bella durmiente.  Me tumbé y la tierra mojada humedeció mi ropa. Se escuchaba el sonido del agua correr por el río y una cascada alborotada. El frescor del lugar, entre la penumbra de la arboleda, penetraba por mis fosas nasales. El olor a pachamama me envolvió. Me hubiese quedado allí toda la eternidad, al contacto de la naturaleza, aunque el beso de mi amado no hubiese llegado jamás. Quería una simple foto y me encontré con unas  preciosas sensaciones.

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Volví a la ciudad. Comí unos tacos y me fui al hotel a preparar mi mochila. No esperaba que mi estancia allí fuera tan corta. Me encontré con Yann y Elena.. A los dos los conocí en el hostal en Campeche e hice las presentaciones oportunas. Conocí a Nicolás, un argentino ligón y sin querer, empezó a unírsenos gente. Como unas 10 personas nos fuimos a cenar a un sitio llamado tropitacos. Yann nos guiaba. La comida era una mezcla de lenguas y malos entendidos muy graciosa. Al salir nos proveímos de cerveza. Las bebimos en el jardín del hostal al ritmo de cumbia y mezcal. La fiesta se fue animando y salimos a buscar más cerveza y algún garito mexicano. Después de pasear calle arriba y calle abajo, con dificultad por seguir la trayectoria, no encontramos más que uno de tecno que cubrió nuestras necesidades de fiesta hasta las 4.

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A las 8 de la mañana del día siguiente, ponía rumbo al hotel de universitarios. Me topé con un árbol enorme totalmente colonizado por un cactus que le trepaba por el tronco hasta llegar a las ramas de su copa. Jamás había visto algo así. Esperé media hora a los chicos medio dormida y resacosa.

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Pasé con ellos un día espectacular en los que la fiesta, la música, el tequila, las cervezas, las curvas de la carretera y los mareos, no daban tregua. Las cataratas eran bonitas. El paseo por debajo de ellas, caló nuestros cuerpos y despertó los sentidos. El musgo de las paredes y la vegetación colgante impregnaban el ambiente. Los chicos no paraban de hacerse fotos y más fotos. Todas ellas recuerdos de su gran periplo en México.

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En las lagunas de agua azul nos bañamos y jugamos sin parar. Ellos se fueron a comer y yo seguí explorando el lugar adentrándome en las lagunas, contactando con la naturaleza, los colores imposibles del agua y los cientos de puestos de comida, ropa y complementos.

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5h de trayecto de curvas y cuerpos somnolientos, nos llevaron a San Cristóbal a las 8 de la tarde. Tomás me invitó a unirme a ellos en las excursiones de los días siguientes. Le dije entre risas, que una persona mayor como yo, no podía seguir su ritmo. Necesitaba descansar. Me despedí agradeciéndole todo lo que había hecho por mi. Intercambiamos contactos y teléfonos para seguir hablando los próximos días por si cambiaba de opinión.

Llegué al rincón de los camellos. Yann me había reservado una cama en el dormitorio común por 100 pesos. Allí estaba Nicolás y al poco, ya formábamos un trío! Sin buscarlo, nos salió un plan para el día siguiente, un paseo por el monte por comunidades indígenas con el maravilloso gabacho Pablo. Nicolás se rajó. Yo, después de preguntar la dificultad de la caminata, me animé. Aunque la sombra de Raúl y Panchase sobrevolaban mi cabeza. Veríamos si se cumplían las amenazas de los dueños del hostal. Pablo se había perdido en un par de ocasiones por el monte y había regresado en plena oscuridad. Aunque estaba muy cansada, el aliciente de los indígenas acabó de decidirme. Cenamos los 3 muertos de frío por el cambio de temperatura. Sancris, como todo el mundo llama a San Cristóbal, está a 2.500 metros de altitud y parecía increíble que hubiese pasado el día en bañador y ahora llevase 3 mangas puestas!

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Philip, un alemán que dormía junto a mi cama en el dormitorio, Yann y yo éramos los invitados de la caminata del domingo de esta semana. Pablo y Jean Pierre, eran foráneos integrados en la vida del pueblo y la señora Coqui, la única mexicana local. Por el camino, atravesamos el mercado y me quedé asombrada al ver a las mujeres vestidas con una falda negra de pelo, larga, gruesa, amarrada con un cinturón por encima de la blusa tradicional. Tenían el cabello largo negro recogido en una trenza y en algunos casos, liado con cintas de colores. La señora Coqui preparó comida para todos. Antes de subir al monte, compramos cervezas a las que Jean Pierre se amarró como a un biberón desde primeras horas de la mañana. Una iglesia evangelista retumbaba a cientos de metros con sus cantos y sus bailes al más estilo gospel. Las conversaciones transcurrían normalmente en español. Philip apenas lo entendía pero nos resultaba inevitable hacerlo. A veces, se escuchaba a Yann hablando en francés con Jean Pierre o Pablo. Otras, Jean Pierre hablaba en alemán con Philip mientras yo acompañaba a la señora Coqui con su paraguas para protegerse del sol. Los paisajes cambiaban, las sendas desconocidas nos brindaban a explorar nuevos caminos y la sequedad del lugar, nos recordaba la fragilidad de la naturaleza ante la mala intención de un pirómano. Llegamos al lugar perfecto donde picnicar, tan sólo eran las 11 de la mañana. Nos sentamos en el suelo y como una gran mamá, la señora Coqui preparaba tacos de queso, sopa de pasta y carne para todos. Entre amigos, nos contaban las anécdotas de las caminatas. Las veces que se habían perdido, las reacciones de los turistas que se animaban a acompañarles y el robo que les ocurrió semanas atrás. En algunas ocasiones, surgen problemas para traspasar las comunidades indígenas. Alegan que son sus territorios y no los puedes atravesar sin más, sin proceder a un pago. Por ese motivo, Pablo nos aconsejó que no nos lleváramos cosas de valor al paseo y sólo cogiésemos 50 pesos. Algunos malandros abusan y roban a las gentes que pasean libremente.  Mientras estábamos allí, varios coches pasaron. Uno de ellos se detuvo a la altura donde estábamos, dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Las alarmas saltaron. Pensamos que regresaría con los amigos para asaltarnos. Pero allí nos quedamos, terminando nuestra comida, charlando con cierta inquietud. Al poco, Philip escuchó que se acercaba un coche. Cerca de nosotros hizo una maniobra rara y decidimos ponernos en camino. El coche nos alcanzó por la espalda y todos sonreímos aliviados al visualizar a un chamaco que estaba aprendiendo a conducir. Sonreímos a nuestra suerte y seguimos caminando bajo un sol abrasador. Atravesamos una comunidad de gente dedicada a lo suyo. Allí, la señora Coqui me explicó que las faldas de pelo son faldas de lana de borrego. Nunca lo hubiese imaginado sino hubiese visto a una chica cuya falda era del mismo pelo que el borrego que acarreaba con una cuerda. Descubrí también una escuela en la que rezaba el título de “telesecundaria”. Cuando pregunté a Pablo, me explicó que se trata de una escuela sin profesor. Los chavales reciben clases a través de videos. Me quedé sin palabras. Sin alborotar mucho, seguimos con nuestro camino. A veces, tomábamos sendas desconocidas, motivados por el espíritu explorador de doña Coqui. Quería ver donde nos llevaban. Pablo la regañaba cariñosamente mientras la acompañaba cogiéndole la mano para ayudarla en los tramos más difíciles. Pablo y Yann nos abrían camino gracias a su sentido de la orientación. Cuando el cansancio se hacía sobre nuestros cuerpos, nos sentábamos o tumbábamos sintiendo la energía del lugar. Si no hablábamos, era increíble el silencio que se percibía. No pájaros. No insectos. Ni siquiera el aire removía las hojas de los árboles. El sol torraba nuestros cuellos y la tez de la cara.

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A las 5, llegábamos al pueblo. Aún nos quedo ánimo para dar una gran vuelta. Pasamos por un puente antiguo de madera por encima de un río raquítico. Fuimos conscientes de lo presente que está el alcohol en la sociedad mexicana. Era domingo y nos topamos con muchos hombres tirados, literalmente en la calle, completamente borrachos. Tampoco es de extrañar, decía Pablo, en un país donde comprar una cerveza es más barato que comprar agua. Puedes conseguir una botella de ron blanco por 36 pesos, a penas 2€. Nos despedimos de nuestros acompañantes y los turistas, nos fuimos a descansar al hostel. Estábamos rotos.

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Nicolás había recogido sus cosas. Si iba a la costa pacífica a seguir poniéndose camisas y bailar cumbia. En mí, empezaba a aparecer un mal constipado. La noche anterior pasé demasiado frío cenando. Philip y Yann irían al cañón del sumidero. Yo me encontraba demasiado mal, no quería empeorar y con todo el dolor de mi corazón, renuncié a la excursión. Esperaba descansar y estar bien en un par de días. Me quedé en el hostal cuidándome, reflexionando y moqueando. Fui a buscar una sopa casera para calentarme y ya por la noche, sentí que mi barriga se descompuso. Lo que me faltaba. Estuve así un par de días más. El resto de los días, hasta que dejé Sancris el viernes 15 de febrero, han quedado confusos en mi cabeza. Comida corrida (menú del día mexicano) en el mercado, paseos, tacos y quesadillas para cenar junto al hostal, buenas conversaciones, viajeros que entran y salen, paseos, visita a iglesias, planes futuros de viaje y una amistad que se forjó con Yann y Philip.

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Tip nº 78: dificultad de viajar por tierra

Los billetes de avión entre países de América latina son muy caros. No existe una low cost, como air asia. El ahorro de coste pasaba por realizar todo mi viaje por tierra. El problema de eso, es que la improvisación de rutas y cambios de planes, cuestan caros tanto a nivel de kilómetros como a nivel de coste. Todavía estoy en México y no tengo la guía de Guatemala, sin embargo necesito saber por donde voy a entrar y que recorrido aproximado quiero hacer para hacerme un itinerario que me ahorre cansancio y pesos. Incluso no es lo mismo, si después de Guatemala  voy a Honduras o El Salvador. Ya he rehecho dos veces la ruta y todavía no veo claro por donde voy a pasar a Guatemala.

Quedan más nítidos en mi, momentos que me han marcado. Fuimos dos veces al mercado de comida. Por los ojos absorbimos muchos colores de frutas y verduras, formando graciosos montoncillos para exponer el género. Probé por primera vez en mi vida las granadillas, la guayabera y los deliciosos plátanos rojos. Muchos niños y mujeres, acarrean a bebes y pequeñas criaturas, con mantas roídas que portan amarradas a sus cuerpos.  Pequeñas telas sucias extendidas, muestran una triste colección de la cosecha del día. Si no se vende, posiblemente la familia no coma.

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Una noche en los camellos, sin quererlo, una cerveza siguió a la siguiente. Y cuando ya no teníamos más, las reservas de ron de Pablo, se hicieron presentes. Fabián, el dueño mexicano, parecía otra persona. Estaba parlanchín. Pablo nunca lo vio así en los 25 años que llevaba visitando el lugar. Nos explicó muchas cosas de Chiapas, del movimiento zapatista y de la vida en México. Yann y él se peleaban por poner música con sus móviles hasta que Fabián, me invitó a bailar una salsa en la cocina del lugar. Allí estábamos sentados 8 ó 10 personas, bebiendo, compartiendo y sonriendo. A las 4 de la mañana nos fuimos a dormir a pesar de que Fabian quería seguir la fiesta en su casa. La juerga nocturna, mosqueó a una familia rusa que montó un numerito a Fabián y como un hechizo, el chico responsable y serio de todos los días, volvió a darnos los buenos días por la mañana.

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Durante mi estancia en Sancris, se puso en contacto por mail un exjefe mexicano mío. Con él trabajé 3 años en Alicante. Es como si hubiese sentido que estaba cerquita de él. Me dijo que era el CEO de un banco pequeñito en México y que quería hacerme una propuesta. Me pagaban el viaje y el alojamiento a Monterrey para entrevistarme con él. Yo estaba en el sur del país y con la fama de delincuencia del norte, quedé en llamarle por teléfono para que me explicara algo más antes de desplazarme hasta allí. Cuando uno menos se lo espera, la oportunidad, llama a tu puerta.

En un garito alternativo, hippie y lleno de extranjeros, me encontré con Siscu, un amigo de Silvia, la amiga de María. Mary una pena que los proyectos que manejaba de voluntariado no me encajaran. Me explicó que Sancris es un sitio complicado donde realizar dicha actividad y que necesitaba cierto tiempo para poder hacerme un hueco. Charlamos con un mezcal en la mano y una coca cola para mi, para terminar de sanar mi barriga danzante. Este lugar también nos albergó en la despedida de esta ciudad y de Pablo. Fuimos a ver una obra de teatro en la que participaba una española. Me trajo muy  buenos recuerdos de lo que es subirse a escena y la magia que se vive como espectador.

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Entramos más en contacto con la desesperación del pueblo mexicano ante sus políticos corruptos. El antiguo gobernador de Chiapas robó tanto dinero, que se ha comprado una isla en Brasil. Por supuesto, como el resto de los chorizos españoles, ha salido impune de su mala gestión. Debajo de un cocotero, estará disfrutando de la pobreza y la penuria de este gran pueblo mexicano mientras las fuerzas armadas de la droga, se hacen con el tesoro de este país, la juventud. Un barbero nos explicaba amargamente la esperanza que se les fue con los zapatistas. El movimiento que supuso una revolución, ha caído en una pantomima para gran parte de los mexicanos. Nada se puede hacer ante la situación que tenemos, dicen agachando la cabeza mientras sus ojos ruegan a Dios. Una persona puede ganar 60 pesos diarios (3.6€)  y la comida corrida vale 30. En Sancris, los niños descalzos, sucios y sin adultos que los cuiden, inundan las calles en busca de dinero y comida.

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El viernes a las 23:45 Yann y yo, cogíamos un bus para Oaxaca, el siguiente punto de nuestra aventura. Nos quedaban pocos días por delante antes de separarnos. El se dirigiría a una reunión de amigos en Sian Ka’an. Yo pondría rumbo a Chacahua, un pueblo de pescadores solitario, que espero me cobije en su playa de 20Km por unos cuantos días buscando paz, tranquilidad y soledad.

2 comentarios en “México: La buena onda de Chiapas

  1. Hola denuevo noticias tuyas que montón de aventuras y que gente más interesante junto a tí. Estas estupenda, tan sonriente, morenita. Un besazo enorme espero tú próxima entrega

  2. Viajar con tus palabras se está convirtiendo en una bella costumbre. En mayo voy a verte donde estés si no supone una interrupción ! Achuchones donostiarras

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