México: Encuentros y desencuentros

Van desde Oaxaca a Puerto Escondido 8:15 miércoles 20 de febrero 2013

Estoy en Oaxaca esperando la van que me llevará a Puerto Escondido y desde allí, intentaré llegar al pueblo de Chacahua. Mamá, uno de esos sitios que me gustan, chiquitito, sin turistas y con 20 km de playa salvaje en medio de un parque natural de lagunas. Estaré sin internet unos días, sola en mi cabaña con suelo de arena. Después de más de un mes acompañada, me sentará bien algo de soledad.

Me acabo de separar de Yann, el francés que me encontré en Campeche el 7 de febrero. Hemos seguido el mismo camino desde entonces y a parte de su maravillosa compañía, no hemos parado de encontrarnos viajeros en los dormitorios donde nos hemos hospedado. Cuando se fue mi madre, cambié las bonitas habitaciones de hotel por los dormitorios comunes en los que, hasta 8 personas, duermen juntas en el mismo cuarto. Normalmente, las camas están dispuestas en literas y suelen tener taquillas, donde con tu propio candado, guardas tus pertenencias más preciadas. Este tipo de alojamiento, es el más barato puesto que pagas por una cama. También suelen tener espacios comunes como televisión, zona internet e incluso cocina. Lo bueno de estos lugares es que te tropiezas con un montón de viajeros de aquí y de allá. Compartes información y pasas buenos momentos juntos.

Yann y yo llegamos a Oaxaca (“Oajaca”, las x en méxico se pronuncian como j) el sábado bien prontito en la mañana. Fuimos al hostel luz de luna que nos recomendó el rincón de los camellos de Sancris. Lo que nos encontramos en el dorm, distaba mucho del buen rollo de los camellos. Hoy me dijo el chico de la recepción, que es normal encontrarse en temporada baja con mucho loco que anda descalzo todo el rato, semidesnudo, abstraídos y solitarios. Me alegré de dejar aquel sitio deseándole, al chico que me despidió, que guardara amarra de su cordura.

Apenas habíamos dormido en las 10h de bus de noche que salió de Sancris y el día pasó tranquilo entre paseos, internet y una comida espectacular en el mercado 20 de Noviembre. Nos habían dicho que Oaxaca era un lugar más turístico que Sancris y llegamos un tanto decepcionados pero al contrario, durante el paseo, pudimos descubrir una ciudad bonita, colonial, cuidada y con mucho ambiente. Casualmente, ese día se celebraba la entrada al año chino y nos encontramos con un pasacalles que coloreaba aún más, esta bonita y tranquila ciudad., El mercado ha sido el sitio que nos ha alimentado día tras día. Es un mercado dividido en dos partes, el de los alimentos y el de los comedores. Pequeños establecimientos de comida, con sillas y mesas corridas, que te dan comida con una carta riquísima de moles de todas las clases, caldos y tlayudas. Todo ello regado por agua de horchata de arroz. Por 50 pesos (3€), comes como un señor. Mientras estás allí, decenas de personas pasan ofreciéndote sus cosas para vender. Peines y separadores de libros de madera, mezcal casero, cuencos y los famosos chapulines (grillos) de distintos tamaños. Nunca me animé a probarlos aunque los podías degustar gratis nada más entrar en el mercado, quizás la próxima vez. El mercado con los comedores, lo completa numerosos puestos de mole (es una pasta con varios ingredientes, rica y picante que se usa en muchas comidas), pan dulce y chocolate. Este último es muy famoso en Oaxaca. Hay tiendas en las que muelen el cacao al momento. Yo me animé a comprarlo junto con varios bollos de pan dulce. Aunque muy dulce, podías masticar el azúcar que llevaba, nos sirvió en distintos momentos para quitarnos el hambre acumulada. El mole negro, entre otras cosas, se compone por esta dulce semilla.

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El segundo día nos levantamos ya descansados. Yann tenía que organizar su encuentro con amigos en Sian Ka’an. Es una historia increíble. Unas cuantas personas, entre ellas Yann, habían sido invitadas a pasar 15 días en unas cabañas en esta preciosa reserva natural. Yann conoció al anfitrión hace un par de años surfeando su sofá en Estados Unidos a través de couchsurfing. Coincidieron más tarde unos días en México. El tercer contacto fue cuando le contó a Yann que tenía un cáncer avanzado y quería disfrutar con amigos la vida que le quedaba. En aquel lugar coincidirán personas muy variopintas traídas de todo el mundo para celebrar la vida. Mientras él gestionaba sus cosas, yo me tumbé en la hamaca del patio sintiendo los rayos del sol. Me sentía afortunada de estar ahí pensando en mis cosas y disfrutando de las sensaciones que me llegaban.  Cuando acabó, fuimos a pasear por la ciudad visitando plazas e iglesias. Decidimos también visitar el museo de cultura Oaxaqueño. El museo estaba emplazado en un edificio antiguo precioso. Empezamos visitando la planta de abajo. Cuando llevábamos 1h, emprendimos la subida a la planta primera. Al pedirnos la entrada, nos dimos cuenta que sólo habíamos estado visitando exposiciones temporales. Nos quedaba por delante 13 salas y ya eran la 1 de la tarde. Subimos por las escaleras que descubrían unas bonitas pinturas en el techo y comenzamos con la visita oficial. Trataba toda la historia del estado oaxaqueño, desde los pueblos antiguos hasta el conflicto con las actuales comunidades indígenas pasando por el periodo de conquista español. La historia de México es muy complicada y tanto Yann como yo, nos quedamos con las ganas de investigar más para clarificar todo aquello que veíamos. Entre sala y sala, por los enormes ventanales de los pasillos, te deleitabas con las vistas al jardín botánico, la montaña o la arquitectura del edificio. Disfrutamos mucho de la visita y al salir, nos encontramos con la concurrida catedral, junto a la animada plaza de soportales, llena de personas sentadas en los bancos, algarabía infantil y globos de distintos tamaños que servían de distracción a niños y adultos. Allí nos quedamos observando las risas y movimientos de estos pequeños que llenaban de vida aquel lugar. El mismo lugar, que da cobijo a espectáculos improvisados de payasos y parejas románticas que se acurrucan al abrigo de la multitud.

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El tercer día, nos decidimos a visitar un sitio llamado hierve el agua, unas cascadas petrificadas de agua con sulfuro natural que sale de las rocas. Allí nos encontramos, por primera vez en latino América, con los frecuentados tuck-tuck asiáticos y con Nacho, un argentino de 25 años que lleva fuera de casa 1 año y 2 meses. El primer argentino que conozco que no es de la plata. Nos encontramos por la mañana esperando que llegara gente para llenar la camioneta. Nacho vivió hasta los 8 años en Getafe pero su precioso acento argentino, borró las trazas de España. Ha trabajado durante un año en Canadá y desde hace dos meses, está viajando casi sin recursos. Como María diría, es el típico perro flauta. Hace rai (auto stop) y trabaja cuando puede para ganar algo de dinero. Un chico con muy buena onda y mucho más joven de lo que aparenta. Quiere hacer el mismo recorrido que yo, cruzando centro América y recorrer parte de Sudamérica. Se conforma con llegar a casa en noviembre, para los cumpleaños de sus padres. Una vez allí, terminará la carrera de físico que empezó. Después de 2h de espera y la desesperación de Yann, nos fuimos los 3 pagando casi, la parte de los 4 asientos vacíos. Nacho y Yann tenían mucho en común. A las pocas horas de estar juntos ya se habían desvelado que ambos usaban marcapasos. Nunca había conocido a nadie con uno y aquel día, 2 jovenzuelos me acompañaban asegurándome que en el futuro, todos llevaremos uno para evitar problemas graves con los infartos de corazón. Al poco, también descubrí que los 2, son apasionados de la fotografía y mientras ellos se pasaban minutos preparando el cuadro, yo les hacia fotos a ellos, trotaba y disfrutaba de aquel paisaje tan extraño. Mientras subíamos la montaña, disfrutábamos de las vistas. Al llegar, el conductor esperaría 3h para llevarnos de vuelta al punto desde donde salimos. Visitamos las primeras fuentes de agua con un sol abrasador. Para mi gusto, no podría decir que era bonito más bien, extraño. Allí empezó la primera sesión fotográfica. Yo quería bañarme pero los chicos me convencieron hacerlo a la vuelta de la caminata hacia las otras cataratas desprovistas de agua corriente. Y allá que nos fuimos los 3 después de tomarnos como aperitivo el pan y chocolate que había comprado en el mercado. Yann tenía dificultades para bajar por el camino angosto porque llevaba chanclas pero con paciencia pudo recorrerlo. Me llamaba mucho la atención los cactus que se encontraban por todos los sitios, con el calor, todo me recordaba a las típicas pelis mexicanas. Los chicos me explicaron que el mezcal salía del cactus, en particular del maguey. También, el gusano que algunas botellas tienen se cría en el tronco. Cuando llegamos al punto más bajo, teníamos dos opciones, regresar por donde habíamos venido subiendo la cuesta o continuar por la senda. No sabíamos si nos llevaría de vuelta, pero Nacho nos avivó y le seguimos con paso poco firme. A Yann se le escurrían los pies con las chanclas y las suelas de mis teva, de imitación nepalí, estaban despegándose. Con sentido del humor y explorando el paisaje, llegamos al punto desde donde partimos. El conductor esperaba enfurecido, habían pasado 4h. Nacho compró algo de fruta en un puesto y yo, me quedé sin el anhelado baño.

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Nos regresamos visitando el Tule, un pequeño pueblo en el que se encuentra, junto la iglesia, un árbol de 2.000 años que ha sobrevivido a guerras, conquistas y latifundistas. Yann y yo entramos al recinto para verlo de más cerca, mientras Nacho se quedaba afuera ahorrando 5 pesos. Fue una pena que el árbol estuviera rodeado por una valla que impedía cobijarte en la sombra de sus ramas milenarias. Su tronco era inmenso y aunque desde cerca no parecía tan grande, su tamaño se magnificaba cuando te alejabas de la plaza en la que ha vivido durante tantos años. A las 17h, cansados y muertos de hambre, regresamos a Oaxaca en el bus local con la intención de comer juntos en el mercado. Una tlayuda enorme, una cerveza fresquita y la buena compañía en reposo, me quitaron las penas. Después de una buena ducha, Yann y yo aún hicimos ánimos para tomar un mezcal, sería la celebración de nuestro encuentro. El día siguiente, cada uno continuaba con su rumbo y teníamos que festejar. Queríamos una de esas tabernas típicas mexicanas pero anduvimos y anduvimos y sólo encontrábamos karaokes y locales vacíos. Un pequeño bar algo chic nos proporcionó lo que buscábamos, mezcal añejo para Yann y mezcal pechuga para mi. Nos lo sirvieron con lima, sal y un polvo rojo a base de gusano molido y picante. Ya que no pudimos visitar ninguna destilería, no podíamos irnos de Oaxaca sin probarlo. Después de dos rondas, la cabeza ya nos daba vueltas.

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Pero eso no nos quitó el ánimo para disfrutar del último día, destino, ruinas de Montalban. Nos habían hablado bien de ellas pero ambos empezábamos a estar hartos de tanta roca. Nacho nos convenció hablándonos de las vistas que desde allí se alcanzaban. Hicimos tiempo en la plaza hasta la salida del autobús comiéndome mi primera paleta mexicana, un helado casero. Se podía elegir de agua o de crema. Lo pedí de agua de coco dejándome aconsejar por la tendera. Fueron 5 min deliciosos saboreando verdaderos trozos de esta fruta que tanto me gusta. Ha sido uno de los mejores helados que me he comido nunca. Llegamos a las ruinas a las 14:30 con un calor horrible y las pocas expectativas nos dejaron con la boca abierta. Parece increíble que los mayas pudiesen vivir en un terreno tan árido. Los edificios cambiaban con la perspectiva del movimiento y la altura. El valle a nuestros pies, repleto de casas, contrastaba con las montañas cuarteadas. Estuvimos 5h y casi nos faltó tiempo!

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Llegamos con el tiempo justo para robarle a Yann películas y un montón de música, que sigue enriqueciendo mi viaje. Al igual que lo hizo este francés de 1,90m, con un corazón que funciona al 2% pero albergando unos sentimientos que llenan cada célula de su gran cuerpo y su privilegiada mente. Durante el tiempo que hemos compartido juntos, he podido practicar mi francés y corregido mi inglés. A cambio, yo era su profe de español. Ha tenido la generosidad de compartir conmigo su pasado, su historia, su vida en Irlanda, su familia, sus valores, sus inquietudes, sus miedos, su incertidumbre, sus males, su energía y sus pasiones como la música, el cine, la fotografía, los viajes y los documentales. Algo grande aprendí de ti, querido Yann, el carnaval está en tu cabeza y ambos desfilamos juntos sin importarnos la edad ni las reglas sociales que nuestros países de origen nos han inculcado. Quien sabe si nuestros caminos se encontrarán otra vez en Guatemala pero pase lo que pase, su huella, ya quedó en mí.

2 comentarios en “México: Encuentros y desencuentros

  1. Montse, soy Rosana (la amiga de Tere). Eres una valiente. Me hablo Tere de tu blog y lo he querido ver y está genial y las fotos están super bien.Hala, sigue disfrutando, contándonos y dándonos envidia.

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