México: Chacahua, la horma de mi zapato

Chacahua, Domingo 3 de marzo 2013

Se ha culminado una etapa en Chacahua. Llegué hace 10 días, el miércoles 20 de febrero.

La llegada no podría haber sido más prometedora. Tras 6h de viaje en combi desde Oaxaca con Eden, un conductor de 28 años rompecorazones con cada mesera y tendera de la ruta, llegué a Puerto Escondido. En menos de 10 minutos, ya estaba en otra combi rumbo a Chacahua. No tenía muy claro como llegar a este lugar. En la guía no estaba especificado como hacerlo en transporte común y los viajeros que me habían hablado del lugar, tampoco fueron muy precisos. La broma podía costarme 1.000 pesos, alrededor de 60€. Tuve suerte. El conductor estuvo con su familia semanas atrás. Me dejó en Pueblo Nuevo y allí, tenía que coger la camioneta que me llevaría a Chacahua. Después, un bote me llevaría al lado de la playa, a la isla. Eran las 17h y el tiempo me apremiaba para llegar. No tenía alojamiento y en menos de 2h, la noche me comería. No me preocupé demasiado porque me dijeron que en 5 minutos saldríamos y en menos de 40 min, alcanzaríamos nuestro objetivo. Compré en la tienda de al lado algunas guarrerías básicas, muy útiles para estos casos. Esperé sentada al lado de una mujer bien negra. Al poco, llegaron 2 hombres con sombreros, negros, bigotazo y grandes machetes. Allí se quedaron hablando con el conductor mientras yo compartía cacahuates con mi comadre. No conseguía entender nada de lo que decían. Entre su color, sus rasgos y la manera de hablar, entendí que llegué a un México muy diferente al que me había topado hasta ahora. Esperamos más de 1h antes de que aquella mujer y yo nos montásemos en la camioneta. Los asientos eran de madera y estaban emplazados a ambos lados. Al poco, el camino se convirtió en pura arena y baches. Me clavaba los hierros en la espalda pero la experiencia, bien mereció la pena.

DSC05485

Al ratito, la señora sacó de sus grandes palancanas una torta de maíz tostada y un pequeño queso. Lo partió por la mitad con los dedos y me lo entregó sin mediar palabra. Mientras lo comía, me deleitaba con la puesta de sol de aquel solitario lugar. No me extrañaba que pocos turistas llegaran a este rincón mexicano. Atravesamos un pueblo con una pequeña escuela y algo de vida en sus calles. Cuando la oscuridad nos alcanzó, se subieron a la camioneta 2 chicos más, también negros. A uno de ellos le faltaba una pierna, llevaba muletas, melena rizada en una coleta, minifalda y unas larguísimas pestañas postizas. El otro, tan sólo tenía el pelo largo. Llevaba un pavo vivo en su regazo. Me explicaron con mucho jolgorio y gracia, que era para una fiesta que se celebraría al día siguiente, previa a una boda futura. Ellos iban a confeccionar el vestido de novia para el pavo. Estaba sin habla inmersa en una nueva realidad y algo preocupada por el transcurrir del tiempo.

Llegamos, pagué 20 pesos y un lanchero me cruzó al lado de la playa atravesando la laguna por 10 pesos más. Me intentaron convencer para ocupar una cabaña por 500 pesos. Rehusé la oferta indicándoles mi reducido presupuesto. Era completamente de noche y una mujer caminando sola, tenía que ser acompañada por dos caballerosos mexicanos hasta que encontrara la cabaña que se ajustase a mis posibilidades. Apenas había luces en la playa y una señora me ofreció una cabaña por 100 pesos con baño compartido. No era como me lo había imaginado y mi cabaña tampoco tenía suelo de arena, como me esperaba. El baño compartido estaba en un pasillo dejando a un lado la cocina. Era de noche y la impresión no fue del todo buena. La luz en mi habitación consistía en una bombilla que se quitaba y se ponía en un enchufe provisional. Las tablas, que constituían la pared de mi habitación, tenían huecos. El techo de palma era viejo y en algunas partes había agujeros. La cama doble estaba cubierta por una mosquitera en cuyo techo, había muchas pequeñas cosas. Tenía que cerrar la puerta con una cadena y un candado. Por más que lo intentara siempre se quedaba entreabierto un espacio. Había una puerta trasera que se cerraba a través de un trozo de hierro sujeto a la madera del marco. Seguridad cero. Era muy tarde y pensé que tampoco se podía pedir mucho más por el precio que pagaba. Por fin había encontrado mi lugar después de 12 horas de aventuras desde que había salido de Oaxaca. En una hamaca, comí los restos que tenía del supermercado y pronto me fui a dormir.

DSC05634 DSC05635 DSC05772

Al día siguiente me levanté pronto. Mes comí unos deliciosos huevos a la mexicana (huevos revueltos con cebolla, tomate y acompañados por frijoles y tortillas) y me dispuse a recorrer los 17 km de playa. Los restaurantes y cabañas ocupaban apenas el primero. En el resto, no había nada, ni tan siquiera árboles o palmeras. Me paraba cuando me apetecía, escuchaba música, leía, tomaba el sol, veía a los pelícanos en el agua consiguiendo su comida y bailando al vaivén de las grandes olas. Muchos cangrejos andaban por la orilla y corrían a esconderse a sus agujeros al escuchar mis pasos. Me crucé con una chica que estaba practicando nudismo y un kilómetro más allá, me animé con la experiencia. Sentir la arena en todo el cuerpo, la sal, el agua y la potencia del pacífico, fue una delicia que jamás olvidaré. Era la primera vez que me bañaba en sus aguas y sentía su fuerza. Partes de mi cuerpo quedaron marcadas durante días recordándome la experiencia.

Me animé a llegar hasta el final de la bahía, pero un quad pasó y me aconsejó que me regresara, continuar no era seguro. Algunas lanchas, procedentes de otros lugares, venían por mar y robaban a los turistas. Retrocedí mis pasos, posiblemente unos 7 kilómetros.

DSC05486 DSC05489 DSC05498

DSC05503 DSC05518

DSC05524 DSC05528 DSC05530

Sin descansar ni comer, me fui al lado de la laguna en busca de la puesta de sol. Era un fin perfecto para ese día al cobijo de un árbol y acompañada por estilizadas garzas blancas.

DSC05533

DSC05536 DSC05539 DSC05545 DSC05548

Allí sentada, un lugareño que se llamaba Enrique, me ofreció los servicios propios de este lugar. Ver el placton de noche, pesca, visita de los manglares y recorrido por las lagunas. Me excusé diciendo que viajaba sola y que todo aquello, se excedía de mi presupuesto. “No te preocupes, se lo comento a un alemán que vive conmigo”, me propuso. Perfecto! pensé. Al poco, apareció Jens. Un alemán de 46 años de pelo rapado al estilo Bruce Willis. No le interesaba el tour pero me invitó a que me uniera a él en 30 minutos para pescar en la laguna. Me explicó que los sonidos en la noche eran increíbles. Acepté encantada y muy agradecida. Tenía hambre pero pensé en comer algo a la vuelta. Mientras le esperaba, cientos de mosquitos se hicieron con el lugar y abrasaron mi cuerpo incluso más que el sol. Ese momento del día, quedaría bautizado oficialmente como “mosquito time”. Nos llevaba Luis, otro lugareño pescador de 40 y pocos años. Yo solo miraba como ellos pescaban al tiempo que Jens y yo empezábamos a contarnos nuestras historias en inglés. A veces, le pasaba las sardinas a Jens para que las utilizara como  carnada. Le costaba mucho hablar español y lo hacía con un pronunciado acento alemán, que me hacía mucha gracia. Algo que me dejó atónita fue cuando una manta se le pegó a Luis. Es muy complicado alzarla porque se pega al fondo y son muy pesadas. Cuando ya estaba en la superficie junto al bote, quedé maravillada ante el animal. Pero la sensación duró poco cuando Luis le clavó un gancho varias veces para matarla. Le pregunté si la carne de la manta no se podía comer y me contestó que llevaba mucho trabajo para el poco dinero que ganaba. Jens y yo nos mirábamos aterrados ante la matanza gratuita. También empecé a conocer el carácter de los hombres isleños. Siempre dispuestos a piropear a una mujer, delgada, gorda, guapa o fea. Independientemente de que estén casados y sean padres de numerosos niños, no pierden oportunidad de desplegar su seducción. Jens no hablaba casi español y apenas le traducía lo que insinuaba Luis, teníamos todavía poca confianza. También descubrí el poco nivel educativo que se tiene aquí cuando Luis me preguntó si desde España se podía llegar a México por tierra.  El cantar de los pájaros, el saltar de los peces en el agua y una estrella fugaz que Jens y yo  avistamos, completaron la velada que me llevó de vuelta a casa a las 11 de la noche muerta de hambre. Luis pescó 3 peces grandes y Jens, volvió con las manos vacias. Le compró uno de los peces a Luis para la comida del día siguiente. Me invitó al que sería mi primer plato de pescado Chacahueño. Fue un día perfecto. El primero de muchos, junto al alemán adicto a la pesca.

Por la mañana a las 11, volvimos a acompañar a Luis, esta vez para snorkelear. Cuando aparecí en bikini, Luis me recorrió de arriba abajo. Él tenía previsto coger ostiones (ostras). Nosotros decidimos abandonarlo, en sus quehaceres de pescador, para dar la vuelta al espigón en busca de peces de colores. No pudimos ver gran cosa, había bastante corriente y el agua estaba turbia. Al acabar, ya era hora de comer. Jens preparó el pescado asado en casa de Enrique y Reina. Habían llegado a una especie de acuerdo en el que él, podía comer allí e incluso cocinar. Le ayudé a preparar una ensalada de tomate, cebolla y aguacate aliñada tan solo con lima exprimida y sal. El pescado tenía una pinta deliciosa pero la degustación fue exquisita. Era un pargo y es uno de los mejores pescados que he comido nunca. Al acabar, apareció Luis con un montón de ostiones. En el momento, los abrió para nosotros. Yo ya los había probado y su textura no me hacia mucha gracia. A Jens no le gustaban mucho pero no quisimos despreciar la generosidad del pescador. Recién pescados y con un poco de lima, a mi me resultaron deliciosos. Nos los comimos de buena gana y agradecimos a Luis la botana (aperitivo).

   DSC05550 DSC05551 DSC05552

DSC05554

DSC05555

DSC05556

Estuvimos hablando un rato y Luis seguía con sus insinuaciones. La verdad es que me incomodaba un poco. Tumbados en hamacas, Jens y yo estuvimos profundizando un poco más en nuestras vidas y en qué fue, lo que nos había deparado llegar a este lugar. Me contó que había estado aquí 2 años atrás tras un desengaño amoroso. Quedó tan prendido que decidió volver. Esta vez, durante un mes entero. Rentaba una cabaña con baño compartido por 100 pesos. Con Enrique había llegado al siguiente acuerdo. Todos los días le llevaba a pescar durante un par de horas. Para ello, pagaba 250 pesos por el alquiler de la lancha y 100 pesos más por los 10 litros de gasolina. La ganancia de Enrique, consistía en el pescado que sacaba Jens. Lo consumía, vendía o intercambiaba por otros productos. Si había un mal día de pesca, no ganaba nada. Si pescaba mucho, lo vendía después en el restaurante y Reina cocinaba gratis pescado para el alemán. Jens venía equipado con varias cañas de pescar y aparejos varios de pesca.

Por la tarde, me invitó a unirme para la sesión de pesca de las 7 de la mañana. Le dije que nunca había pescado y le pregunté cuanto dinero costaba. Me dijo que era gratis porque, de todas maneras, él iba a salir. Aún así, tenía dudas porque pensaba que sería Luis quien nos acompañaría. Se lo expliqué y sonriendo me dijo que ya había conseguido mi primer novio chacahueño. Me tranquilizó diciéndome que cambiábamos de capitán. Acepté encantada. Cuando volví a mi cabaña, la palapa Dario, me encontré a Dario tomando cervezas con un camarada. Me invitaron a una y al poco tiempo, el camarada que vivía al otro lado de Chacahua, empezó con propuestas de irme a vivir con él. Chacahua está dividido en dos partes. Una de ellas, es la que está unida por tierra. Tiene un lado lindante a la laguna y se accede a ella por carretera. La otra parte, la isla, es la que está bordeada por agua por todas partes. De un lado la laguna, del otro, el gran océano pacífico. En las dos partes y en la zona colindante como el azufre, la población es negra. Durante la conquista española un barco lleno de esclavos naufragó en esta costa y tomaron la zona. Debido a lo difícil que era el acceso a la misma, este pueblo se consolidó aquí guardando parte de su cultura y quedando intacto casi a todos los sucesos que acontecían en México. Hablan español, con muchas palabras mexicanas que poco o nada tienen que ver con nosotros. Además, tienen un acento cerrado originario de su raza negra. El sujeto me prometía que no tendría que ocuparme de nada, tan solo de comer y ser feliz. Se jactaba de ser buen hombre. Él haría todo para mí, pescar, cocinar, etc. Me costaba entenderlo entre su tartamudeo y su acento cerrado. Ya podía sumar un segundo novio a la lista. Me parecía increíble la manera que tenían los hombres de relacionarse con las mujeres.

Al día siguiente, estaba como un clavo a las 7 esperando la aventura de la pesca y una prometedora salida del sol. Jens llevaba una caña para mi. Montamos en la lancha, fuimos a buscar gasolina (15 pesos el litro, casi 1€) y los colores del amanecer inundaron mis ojos. Era precioso ver la laguna así, con los reflejos rojizos del sol. Salimos hacia el mar abierto. Apenas había oleaje. Jens me explicó como pescar. Lo hacíamos sin carnada (cebo) usando una rapala (un pez de plástico o metal con anzuelos) y con la lancha en movimiento. Los peces creen que se trata de un pez más pequeño y lo muerden para comérselo. En ese momento, con caña en mano, sientes un fuerte tirón. El capitán, para la embarcación y ahí empieza la lucha para subir el pesado animal a la barca sin que se te escape. Aún puedo escuchar a Jens diciéndome, “Montse, keep visual contact all time”. Para más dificultad, mi caña llevaba el carrete en la mano izquierda y apenas podía hacer fuerza. Las 2 primeras veces, fue Jens quien realizó el trabajo sucio con mi caña y después de ver la técnica, ya pude hacerlo sola. Hay que hacer un montón de fuerza pero el resultado, bien merece la pena. Cuando el pescado está en el bote, se le suele atizar con un palo para que no aletee todo el rato y muera rápido. A veces incluso, utilizan un gancho para evitar perder el pescado en la maniobra de captura. Agarramos 9 barriletes, familia del atún. No es un pescado muy consumido aquí por eso tan sólo se vende a 20 pesos la pieza.

DSC05564 DSC05567 DSC05573 DSC05574 DSC05576 DSC05579

Realizamos 3 salidas pesqueras. En otra de ellas, pescamos como 15 piezas, 3 barriletes, 3 bonitas, 8 sierras y 1 jurel. Enrique estaba muy contento porque la sierra se vendía a 80 pesos en kilo. Casi todos eran pescado blanco y eran deliciosos. Comimos sierra frita preparada por Reina. Jens y yo no entendíamos por qué cocinan el pescado tanto, está casi quemado. Un sacrilegio! Jens preparó un ceviche con las bonitas (carne blanca también) al que le añadió piña y mango. Estuvo más de 4 horas preparándolo todo. Yo sólo me encargué de exprimir los limones pero lo mejor para mí, fue la manera de conseguirlos. Me dirigí al supermercado (mini tienda que cubre las necesidades básicas) de siempre y no tenían. Me fui a la otra tienda y allí me dijeron que los comprara en la casa de enfrente. Me acerqué y allí estaba la familia, por supuesto completamente negra, comiendo. Les pedí limones y un chaval con vara en mano, zarandeó unas ramas hasta que un montón de lima cayó al suelo. Allí compré mis 20 limones por 10 pesos. Cada día me sorprendía más como funcionaban las cosas en esta isla. Hay que ver también, en qué condiciones se limpia y se cocina en estas cabañas. No hay agua corriente y todo va por cubetas y pilas de agua. Siempre se utiliza la misma mesa para arreglar el pescado, así que os podéis imaginar qué color tiene. Aún así, el producto fresco no tiene comparación igual. Cuando acabó de arreglar todo el pescado, ofreció a los pájaros los desperdicios. Una maravilla ver cómo en Chacahua, todo es una cadena natural. El ceviche lo disfrutamos Jens y yo a orillas de la laguna viendo la puesta de sol. Un momento perfecto si Jens no hubiese estado en envuelto en un halo de melancolía,  pena y culpa por si situación personal. Cenamos casi en silencio. Sentí la necesidad que tenía de estar solo. Lo dejé allí meditando mientras yo me tumbé bajo el cielo estrellado en la arena de la playa contagiada por su estado de ánimo. Otra de las veces, no pescamos más que un pargo por accidente. Era el último día de pesca de Jens y se quedó con cierto sabor agridulce. En todas las salidas el contacto con la naturaleza era vital. El sol tiñendo el cielo y el agua, la bonita vista de la enorme bahía, los pájaros en las piedras salientes en medio del mar, la marea chocando contra ellas generando borbotones de espuma blanca, las numerosas tortugas marinas nadando a nuestro alrededor, delfines saltando, puntos azules luminosos en el fondo, pequeñas medusas siguiendo el camino que abría la lancha, manchas de pescado saltando, pájaros disparándose contra la superficie marina para atrapar con sus picos a los atrapados peces pequeños. Un día incluso, se avistó una ballena a la que no tuve suerte de ver.

DSC05642 DSC05650 DSC05659 DSC05662 DSC05664 DSC05665 DSC05667 DSC05672 DSC05678 DSC05685 DSC05688 DSC05692 DSC06062 DSC06063 DSC06068 SN850508

DSC05743

DSC05636 

En todos estos paseos, Jens me seguía enseñando cosas de pesca, nos hablábamos de nuestra vida y aventuras y Enrique, de vez en cuando, filosofaba sobre la vida bajo una alta devoción cristiana. Yo hacía de traductor entre los dos al tiempo que ayudaba a Jens con su hosco español. Todos los días comíamos pescado, o bien traído por nosotros mismos o bien, servido en alguno de los numerosos restaurantes que hay. En estos casos, casi siempre pedíamos róbalo y no dudábamos en pedirlo poco hecho para evitar que saliera carbonizado. Jens sucumbía a veces a los camarones (gambas) empanizados (empanados). La vez que me animé a acompañarlo, nos sirvieron la masa sin nada dentro. Tenían algo de sabor pero por más que lo intentábamos entre risas, en medio de aquel trozo de pan no había nada de nada.

Aunque pudiera parecerlo, no sólo nos dedicamos a la pesca. Un día, con mis gafas y mi tubo, me fui en busca de los peces de colores de la laguna. A pesar de que no hay coral, podías verlos cerca de las rocas. Me pasé un par de horas tras ellos y no paré de nadar recorriendo cada rincón de la laguna en el que había piedras. El pez que más me gustó era uno grande, color violeta y con lunares azul claro. La laguna está plagada de ellos. Descansé en una playa desierta mientras me hacía el ánimo para cruzar la laguna a nado. No hay mucha distancia pero si la corriente está de salida, te arrastra hacia el mar. Si está de entrada, te lleva en dirección a los manglares. Así que con el esfuerzo, se me cayó mi tubo de snorkelear. Cuando tomé aire para bajar a buscarlo, la corriente se lo había llevado. Caminé mucho por la isla en busca del sol en todas sus formas. Me sorprendía mucho como vivía la gente aquí en pequeñas cabañas de madera. No tienen agua corriente y lavan los trastes en piletas de piedras y palanganas. Tienen la suerte de tener pozos de donde sacan el agua para lavar y cocinar. El agua es una bendición en esta isla en todas sus formas. Por los alrededores de las casas, hay jaulas de gallos. Es una zona donde se organizan muchas peleas y por eso, por la mañana es imposible no despertarse al sonido de su canto mañanero. Los perros andan sueltos en cada ramada y las pulgas de la arena los asaltan produciéndoles terribles picores. Paseando, descubrí el lugar desde donde se emitían mensajes por altavoces para la ciudadanía, un pequeño supermercado. Se anuncian reuniones de colegio, en el centro médico, pagos de electricidad e incluso ofertas por comida. Por la tarde, partidos de fútbol y volleyball dan cabida a todo aquel que quiera hacer deporte. La playa está llena de surfistas por todos los sitios, paseando con sus cuerpos marcados y la tabla a cuestas. Un bonito espectáculos para los simples bañistas como yo. Y para completar el cuadro, de vez en cuando, un hombre mayor atraviesa la playa vestido con camisa blanca, pantalón largo, un gran machete y sombrero mexicano.

DSC06173 DSC06175 SN850455 DSC05589 DSC05599 DSC05606 DSC05609 DSC05616 DSC05617 DSC05622 DSC05623 DSC05630 DSC05675 DSC05676 DSC05693 DSC05724 DSC05725 DSC05729 DSC05734 DSC05739 DSC05751 DSC05759 DSC05769

Otro día, animada por Jens y siguiendo sus consejos, alquilamos unas tablas de boggie. Se trata de unas tablas de corcho que sirven para desplazarse con las olas. La intención no es levantarse en la tabla, como en el surf, tan sólo apoyar tu cuerpo en ellas y agarrar las olas. Para ello, tienes que llevar aletas para poder impulsarte cuando una ola llega. Si te están grandes, es mejor que pongas calcetines para no perderlas por el camino. Como mi pie es muy chiquito, solo pude conseguir una de ellas que ponía con un calcetín verde bien grueso. A parte de las pintillas que tenía, impulsarme con una sola me dificultaba el trabajo. Pero como muchas veces pasa, la suerte del principiante hizo que agarrara una ola grande que me llevo casi hasta la orilla. La sensación fue increíble. Parecía que volaba y sentía que estaba en la cresta. Adicción pura. Fue también impresionante ver como se formaba el arco iris cuando venía una ola potente salteando espuma con el contacto del sol radiante. Verdadera magia. Aprovechando que teníamos las tablas, atravesamos la laguna para hacer boggieboard en unas playas desiertas. Al llegar al otro lado, nos ofrecieron comer pero no llevábamos dinero. Nos dijeron que no había problema, que podíamos pagarles otro día. Decidimos responder a su amabilidad a la vuelta del boggie. En Chacahua la gente es increíble. Al final en todos los lados, acaban debiéndote dinero por falta de cambio o a la inversa. Nunca saldas tu deuda con dinero sino volviendo a consumir en el sitio. Una vez del otro lado, para poder alcanzar las playas, teníamos que seguir un caminito lleno de vegetación, cruzar el pequeño cerro en el que se encontraba el faro y quemarnos los pies en la arena caliente para alcanzar las playas a mar abierto con poderosas olas. Jens quiso meterse primero para comprobar que era seguro para una principiante como yo. Al verle la cara al salir, entendí que pasaríamos el resto del día disfrutando de la soledad y la buena conversación. Aún así, sin tablas, nos metimos al agua para jugar con las olas. Yo estaba impresionada porque no estoy acostumbrada a bañarme en una fuerza marina semejante. Mamá, al igual que yo te daba la mano en el caribe, Jens sostenía la mía para ayudarme y enseñarme a traspasarlas. Pero en una de ellas, nuestras manos se separaron y la ola me removió como si una lavadora fuera. Efectivamente, como ya me habían dicho, cuando una ola te agarra, no sabes donde está la arena ni donde la superficie. Ni tampoco si tu cabeza está apuntando al suelo. Esto hace que no sepas hacia donde tienes que nadar para salir. En ese remover, me golpeé el pie contra el suelo y salí del agua, asustada y medio cojeando. Por ese día, tenía suficiente agua. Nos quedamos el resto de la jornada, en la arena tomando el sol. Afortunadamente, tras aplicarme un poco de hielo, al día siguiente apenas cojeaba.

DSC05584 DSC05587

En Chacahua no hay internet y apenas llega la señal telefónica. Es el lugar perfecto para desconectarse y conectarse con la naturaleza pero había pasado una semana y no había dado noticias en casa. No pensaba quedarme tanto tiempo aquí. Estaba cayendo en las redes de este mágico lugar y quería avisar que todo andaba bien. Me decidí a separarme de Jens e ir a Rio Grande, el pueblo más cercano con internet. Para llegar allí, tienes que agarrar la camioneta en el supermercado, pagar 20 pesos y en unos 40 minutos, te lleva a la otra punta de la isla. El camino que recorre, pasa por el pueblo y se percibe otra realidad que la de la orilla del mar. El trayecto es por un camino de tierra con baches que te hace saltar de la banqueta de madera. Los viajeros se suben en varios puntos portando carga como pescado para vender, grandes palos, canastas llenas de comida, bidones para recargar gasolina por encargo…Agarré la camioneta a las 8 de la mañana prestando mucha atención de llevar mis chanclas. Después de una semana descalza, pierdes en reflejo de calzarte. Al poco, estaba rodeada de chicas locales. La conversación versaba alrededor de los hombres. Una de ellas, muy coqueta, bien vestida, maquillada y enjoyada, iba a llevar la comida a su marido. Él estaba trabajando a mitad del camino y entre carcajadas, las chicas hablaban de cómo conquistar a un hombre. Arbustos grandes, cactus, palmeras componían la vegetación a ambos lados del camino. Nos cruzamos con unas vacas flacas pastando libremente, caballos y algún que otro burro trotando. De nuevo, la realidad de Chacahua me sorprendía. Todo aquí es tan diferente…Llegamos a un pequeño embarcadero y por 20 pesos más, una lancha en 10 minutos te lleva a la conexión con la tierra, Zapotalito. Allí taxis colectivos, te llevan a Rio Grande por 20 pesos más en 20 minutos. En total una hora y cuarto para poder acceder al internet más cercano. Rio Grande es un pueblo pequeño, con calles de arena y algunas pavimentadas. Un mercado raquítico y chiquito y un ambiente tranquilo. No encontré un lugar con wifi así que la carga de mi computadora no sirvió de mucho. Me conformé con  pasarme la mañana conectada y regresé a las 3 de la tarde recorriendo el camino inverso. En la camioneta de vuelta, se cambiaron las tornas y andaba rodeada de hombres. La conversaciones eran completamente distintas a las que había vivido en la mañana, negocios y anécdotas de pendejadas llenaron mis sentidos y mi hicieron ser más consciente de la sociedad en la que estaba viviendo.

DSC05782 DSC05785 DSC05786 DSC06085 SN850445 DSC05777 DSC05779 DSC05780

Al llegar, comí una hamburguesa y aunque no lo esperaba, vi a Jens. Había previsto irse a pescar al Azufre con Klaas, un holandés también loco por la pesca. Pero allí estaba y volvimos a pasar la tarde juntos. Esta vez, nos animamos a alquilar un kayak de 2 personas para recorrer los manglares. Como era temporada baja, conseguimos uno en casa de Pablo por 50 pesos para toda la tarde. Pablo es un lugareño que vive y renta cabañas al borde de la laguna. El sitio donde vive es precioso, lleno de plantas y elementos decorativos marinos. También tiene un baño ecológico, una compostadora y árboles frutales. Llegamos en el momento adecuado porque la marea estaba entrando en la laguna lo que nos ayudaba a remar a favor de donde queríamos dirigirnos. En un par de horas cambiaría y la propia corriente, nos sacaría de los manglares fácilmente. Siguiendo las indicaciones de Pablo nos adentramos en los manglares y nos dejamos perder por los pequeños canales llenos de vegetación. Cangrejos y conchas poblaban las raíces de estas plantas acuáticas tan bonitas. A veces, apenas podíamos meter el remo en el agua por la estrechez del canal y ambos estábamos con la boca abierta ante tal espectáculo. Por el camino, Jens me comentó que se le había ocurrido una cosa. Él es arquitecto paisajístico y quería hacer una composición en la laguna con semillas. Ya había visto varias y entre los manglares, empezamos a recolectar candelillas. Nos perdimos por los pasillos angostos, nos desorientábamos, avistamos aves en su habita, remábamos como gondoleros italianos, conquistamos una isla envuelta bajo un ruido ensordecedor marino y reíamos pensando que pasaríamos la noche entre los manglares incapaces de encontrar el camino de vuelta. Intentábamos orientarnos mirando el sol y siguiendo canales donde corriera el agua. Me parece maravilloso entender como funciona la naturaleza para poder vivir en comunión con ella y no en plena lucha. Las corrientes, las mareas, los astros, el movimiento de la vida salvaje sin intervención humana. Si observas como todo se mueve, puedes unirte al movimiento y sentirte fluir. ¿cómo puedes fusionarte con el movimiento de una gran ciudad llena de coches, grandes edificios y personas que se mueven por la inercia de la vida?

DSC05828 DSC05830 DSC05834 DSC05835 DSC05837 DSC05839 DSC05845 DSC05852 DSC05795 DSC05796 DSC05797 DSC05801 DSC05805 DSC05811 DSC05815 DSC05816 DSC05822 DSC05826 DSC05827

Al igual que entramos en aquel laberinto paisajístico, salimos encontrándonos en el gran canal presidido por el faro. Dejamos el kayak en casa de Pablo. Allí, había una pequeña fiesta montada con instrumentos y canciones pero nos fuimos convencidos a cumplir una misión, obtener la materia prima para nuestro gran proyecto. Oficialmente había sido nombrada asistente y realizar un reportaje fotográfico, se había convertido en una de mis tareas principales. Casi ya sin luz y envueltos de mosquitos, recolectamos almendras, guanábanas, tamarindo, flor de jamaica, parota, jicaco y palo de jicara. Pedimos prestada una canasta en el supermercado y nos pasamos la cena, hablando de cómo llevar a cabo la hazaña. Utilizaríamos hilo que yo tenía para colgar las semillas de una estructura de palos que fijaríamos en la laguna cuando hubiese marea baja. Conseguí el puesto de ayudante creativa tras enseñarle a Jens una foto de las alas que me construí el año pasado. Nos esperaba una nueva aventura completamente diferente.

DSC05859 DSC05861 DSC05868 DSC05855

Nos levantamos pronto, buscamos los palos, agarramos unos pequeños hierros para amarrarlos entre ellos, la canasta completa de semillas, tijeras, hilo y toda la creatividad en nuestra cabeza. Pedimos prestada la panga de madera a Enrique y nos dirigimos al punto que Jens había elegido el día anterior. La marea estaba baja y en medio de la laguna se había formado una especie de isla. Cuando bajé de la barquita, Jens me enseñó miles de cangrejos minúsculos. Era casi imposible intentar no pisarlos mientras salían corriendo a sus escondites con mi caminar. Tenían una pinza super desarrollada y otra muy pequeña, me recordaban al superhéroe hellboy. Pero lo que más me sorprendió, fue el ruido que se generaba con el desplazamiento de tanto bichito, un susurro que jamás antes había escuchado. Huellas de pájaros serpenteaban entre las moradas agujereadas de la arena. Amarramos los palos y allí empezamos a engarzar las semillas a los hilos al tiempo que Jens empezaba la composición. Muy cerca, en otra isla de arena, docenas de pájaros nos observaban y nos regalaban su sobrevuelo dejándonos sin habla por la conexión natural que estábamos creando. El día avanzaba, la composición también, nuestro cuerpo se bronceaba bajo el intenso calor del día, la marea subía y nos hacía desplazar nuestra superficie de trabajo arenosa, las lanchas pasaban y miraban curiosos a los turistas trabajar. Me escapé a nado a casa de Pablo para comprarle un par de frutos enormes de sus árboles que bailaran al son de las semillas que ya formaban parte de la composición. Eran las 4 de la tarde cuando dimos por finalizada nuestra obra de arte.

SN850580 DSC05874 DSC05890 DSC05897 DSC05898 DSC05901 DSC05912 DSC05916 DSC05922 DSC05933 DSC05959 DSC05973 DSC05974 DSC05981

Hambrientos y fatigados, nos fuimos remando a un pequeño restaurante para comer. Allí nos encontramos con Eva, una chilanga del DF que gestionaba el lugar. Nos enseñó una cabaña preciosa con vistas a la laguna. Daban ganas de quedarse allí para siempre. Nos comimos unos tacos riquísimos con jugo de sandia. Con el proceso creativo, afloraron cosas en nuestro interior y acompañamos la comida de confesiones y miedos. Descubrimos que Jens y yo nos parecíamos mucho en nuestra manera de relacionarnos con las personas del sexo opuesto. Yo le decía, medio compungida, si pensaba que necesitábamos ayuda y él me respondió que llevaba un par de años visitando un psicólogo para poder arreglar su vida. Me sentí menos sola y menos rara al encontrar a alguien que se encontraba en el mismo punto que yo. Con esa energía de haber compartido y vaciado, la puesta de sol nos regaló la luz perfecta para poder guardar nuestra composición para siempre. La marea había subido y allí estaban todos aquellos frutos girando con el roce de la brisa acompañados del vuelo de los pájaros y el ruido de las lanchas.

SN850617 SN850621 SN850624 SN850627 SN850658 DSC05996 DSC06001 DSC06011 DSC06041 DSC06054 DSC06055 DSC06061 SN850612

Llegaba el momento de la despedida, Jens tenía que regresar a Berlin. Allí le esperaba su hija y todos sus proyectos. Se resistía a partir y un halo de tristeza por afrontar la realidad le acompañó durante todo el día. Atardeciendo nos dimos cuenta que ese día  ni la luna ni el sol colgaban del cielo. Era la primera vez que lo veíamos. En los días anteriores siempre habíamos visto uno de ellos e incluso, los dos. Bromeábamos con una fiesta de despedida “no moon no sun”. El sábado 2 de marzo compartimos su último amanecer y un buen  desayuno. No voy a olvidar a este alemán nunca. Su ser fue mi espejo y aprendí mucho de él. Me hizo enfrentarme a mis miedos. Jens es una persona alegre y positiva. María te encantaría porque es tan payaso como nosotras. Nos reímos mucho con nuestros equívocos idiomáticos y con la cantidad de novios chacahueños que se iban añadiendo a la lista de pretendientes.  Me dio buenos consejos para afrontar sola la realidad social de aquí y me abrió las puertas de su casa para todo aquello que necesitara, “sea gud Jens”. Sin lugar a dudas, nos encontraremos en algún lugar y posiblemente, será Chacahua quien nos acogerá de nuevo bajo su hechizo.

Personas especiales, locales y extranjeros, pueblan esta islita. Un día, buscando a Jens en casa de Enrique, me encontré con una señora mayor de melena plateada cantando sevillanas al ritmo de castañuelas. En seguida me di cuenta que aquella voz del sur, sólo podía provenir de España. Me senté a su lado y toqué las castañuelas al igual que lo hacía cuando era una niña bailando manchegas. Empezamos a hablar y empecé a descubrir a una mujer mística, con mucha experiencia, que te regala consejos en forma de astrología y fenómenos espirituales. Me hizo una prueba para saber como yo era. Egoísta, no cuido a los amigos, con miedo a afrontar los problemas y creyente del amor eterno. Allí mismo, me contó muchas historias de su lectura de cartas. Me propuso enseñarme a cambio de un regalo. Entre risas le dije que me lo pensaría. Enrique y Reina son una pareja joven, de 40 y pocos años con 3 ó 4 niños. Son evangelistas y en la isla se le conoce como los hermanos. Tienen un restaurantito mal gestionado que lucha por sacar algo de dinero. Moro es un surfista de Acapulco de 56 años que duerme en una hamaca y chambea (trabaja) arreglando tablas de surf en el lugar de Enrique y Reina. Lleva surfeando desde los 14 y en su tiempo era de los mejores. Es un hombre como todos los de aquí, negro, transmite paz, de hablar pausado y apasionado, de mirada profunda y con un cuerpo que quita el sentido. Cuando se une a los surfistas, se manifiesta su lado más canalla en el verbo que utiliza y su actitud. Cirilo, un hombre de unos 40 y muchos, hermano de Enrique y dueño de una de las palapas más famosas por el surf. Tiene el pelo chino (rizado) al más estilo Jackson five. Con sus propuestas de llevarme a ver el placton, a pesar de estar casado, entendí sus intenciones que graciosamente supe esquivar. Klaas y Graciela son una pareja holandesa muy agradable. Él es pescador en su país y es la tercera vez que viene. Esta vez, convenció a su novia para que lo acompañara durante la mitad de su estancia. Se pasan el día pescando. Viven en unas cabañas en las que se puede cocinar con leña. Gracias a ellos conocí a Oscar, el general. Es un hombre de casi 70 años, buzo profesional, dueño de muchos terrenos en Chacahua y con muy buena onda. Tiene mil historias que contarte y es un gran conocedor de la naturaleza de esta región. Francesco es un italiano que acampa donde Enrique. Tiene la pinta de científico loco, rubio y unos ojos azules que hace que todo el mundo lo confunda con un americano, muy buena onda también. Dario, Luisa y Abraham son las personas que viven en la palapa Dario, donde me alojo. Son personas agradables y aunque al principio pensaba mudarme a otro lugar, me hacen sentirme bien y me quedaré aquí hasta que decida marcharme de este lugar. Pedro es un chico de Rio Grande de 30 años, casado con una chacahueña, pescador y capturador de cocos.

DSC06159

DSC05666

SN850505

DSC06168

DSC06655

SN850490

SN850526

DSC06469

DSC06083

Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-45

DSC06084

Ayer asistí a una boda en el Azufre, Luisa me invitó. Estaba preocupada por el vestuario y le enseñé a Luisa el vestido mejor que tenía en mi mochila. Se rió diciendo, “es perfecto! Vas a triunfar entre tanto moreno, son más calientes que los Chacahueños!” Eso no era exactamente lo que esperaba  pero aún así, estaba dispuesta a aprovechar esta oportunidad de asistir a un casamiento local. A las 4 de la tarde, yo estaba preparada pero hasta las 18:30 no salimos. Nadie estaba demasiado preocupado ni estresado por la hora o por la vestimenta. Cruzamos la laguna en la lancha de la familia y en 30 minutos en taxi, llegamos al lugar. Llegamos y los novios todavía estaban bailando el valls. Lo hicieron durante casi 3h porque tienen que bailar con todos los padrinos y la familia cercana. Mientras terminaban, fuimos a comer. Allí, en la parte de atrás de la cabaña habían unas mujeres cocinando en grandes ollas sirviendo la comida, barbacoa de res y arroz, en bandejas de corcho. Acompañamos la cena con agua de jamaica. Nos desplazamos a la pista de baile donde todos los invitados estaban alrededor en sillas sentados. Unos novios jovencísimos, perfectamente ataviados con sus vestidos y joyas, ejecutaban el protocolo de unos bailes típicos. Allí, vi y saludé a gente que me había cruzado en la isla, un hombre mayor con el que había coincidido en mi viaje de vuelta de Rio, el chico travesti de mi llegada a Chacahua con pierna ortopédica incluida y una minifalda con medias de colores que resaltaba su estilizada figura. Apenas llevábamos 2h allí cuando nos fuimos. Empezaron a montarse revuelos y peleas, que yo no alcancé a percibir. Parece ser que estas fiestas siempre acaban igual. Aquí les gusta mucho tomar y la animosidad da lugar a los malos entendidos y puñetazos. Para rematar la noche, Onoria, una señora de Chacahua se desmayó y no conseguía despertar. Nos fuimos todos montados en la camioneta. Cuando llegamos al centro de salud, la señora estaba tirada en una carretilla mientras esperábamos que la doctora apareciera. Aquello era un cuadro. El problema parecía grave, una subida de tensión parecía haber provocado un paro cardiovascular y allí estaba la pobre señora, incapaz de reaccionar esperando que el tiempo le diera una oportunidad.

DSC06080 DSC06081 DSC06070

Para cerrar esta etapa, estoy incorporando a mi vocabulario palabras mexicanas que me gustan mucho como órale, chido o tantito. Sigo luchando por no mentar cada 2 por 3 el verbo coger ya que aquí en México, tiene el significado de follar. Espero que entiendan que tan sólo soy una pobre española intentando adaptarme a este entorno Chacahueño con mi mejor voluntad. ¿lo conseguiré? Quien sabe.

7 comentarios en “México: Chacahua, la horma de mi zapato

  1. Montse, me has hecho la noche. Como ya te dije antes, me parece increible lo que estas haciendo, y aun mejor que lo ested documentando. Historias como la tuya siempre inspiran a viajeros frustrados como yo.
    Vive fuerte, y escribe mucho, que lectores no faltaran.
    Agradezco haber podido participar, aunque sea “tantito” en tu aventura de vida.
    Vivirás cosaa que la la estadistica jamas comprenderá.
    Un saludo desde alemania. Y que viva mexico cabrones!!!

  2. Pequeña Moontse, eres adorable! No me extraña q los chacaueños quieran hacer locuras x ti. Y eso q no ven lo bien q escribes! Gracias x llevarnos contigo a visitar esos maravillosos parajes y compartir tus sensaciones. Un beso y sigue disfrutando y comiéndote el mundo! (Y… me encantó la obra d arte!!)

  3. Gracias por compartir tu encuentro con Chacahua, espero que nade falle y mi familia y yo andaremos por esos rumbos para Mayo, tu platica me hizo emocionarme más!!

  4. me has emocinado y ahora quiero ir aun mas !! Yo escuche de este lugar ded boca en boca y creeme a traves de lo que relata me he quedado enganchado espero poder ir a finales de mayo y conocerlo yo mismo

    ( Se busca acompañante de viaje )

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s