México: Naturaleza en estado puro

Chacahua, lunes 25 de marzo 2013

Chacahua es un sitio perfecto para que las cosas fluyan y ocurran. Después de pasar unos días disfrutando de Jens y la pesca, estuve tentada de abandonar este lugar. Pero al final, el surf, la meditación activa y Moro, me han retenido por más tiempo. Moro es uno de los primeros surfistas de esta costa pacífica y con sus 56 años, todavía da mucho que hablar. No es su condición de surfista lo que hizo que me quedara aquí. Antes de irse Jens, tuve la oportunidad de hablar un par de ocasiones con él y me transmitió muchas cosas pese a la diferencia de edad y cultura. Antes de que se convirtiera en mi profesor de surf, platicamos y platicamos de la vida. Moro la ha vivido casi sin límites. Se ha metido en un montón de líos, ha estado en la cárcel por vándalo, ha vivido con todos los excesos posibles, residió en estados unidos legalmente y cuando lo regresaron, por un lío en el que se metió, volvió a la tierra prometida nadando sobre una tabla de surf. Durante muchos años ha sido socorrista, trabajó para la marina y ha chambeado en todo lo que se pueda imaginar. Hijo único de una familia modesta, su padre lo abandonó cuando apenas era un niño. Se crió en las calles de Acapulco, entre pobreza, drogas y delincuencia. Desde muy chico, el surf lo acompañó. Primero utilizando su cuerpo y después, con una tabla partida que encontró. Desde los 15 años está pidiendo a Dios morirse, “sentía que ya había vivido lo suficiente” me dice con una profundidad en sus ojos que manifiesta su intensa y experimentada vida. Pero aquí está dando guerra y si su genética responde, vivirá más de 100 años como su abuelita. Siempre ha estado rodeado de chicas hasta que se casó con una güera (persona con la piel clara). No le atraen las chicas con su mismo color de piel. Tuvo dos niños, uno güero como su mamá y otro bien negro como él. Tuvieron una convivencia complicada. Después de muchos abandonos por parte de la mamá, decidió afrontar la vida solo haciéndose cargo de los chamacos. Dios lo ha acompañado tanto como el surf. Es un conocedor de la palabra y durante un tiempo, estuvo predicando por la región. Para mi, su capacidad y su don, está en la forma de interpretarla. Una manera tan terapéutica, mística y comprehensiva, que sientes ganas de leerla para que te ilumine de la misma manera. Pero no se trata de la escritura, se trata de él. Le digo que si hubiese nacido en India, sería un gurú o tal vez, si hubiese sido África la elegida, un chamán en alguna tribu.  DSC06221 Hace unos años se encontró a un hombre en Chacahua, conocedor de los ancianos mayas, que le enseñó a conectarse con el sol y la naturaleza. Él, hizo conmigo lo mismo. Me acompañó durante muchas mañanas para mostrarme como recibir la energía y la luz del astro rey. Toda una ceremonia que seguíamos día tras día. Colocarse un pañuelo en la cabeza, entregar una ofrenda a la tierra, abrir los chacras, respirar profundo y dejar que la energía entrara por los puntos energéticos de las palmas de las manos. Mientras estaba allí sentada, Moro me hablaba de las sensaciones y las señales. Sin dejar de enfocar a la esfera roja, tenía que estar pendiente de las cosas que ocurrían. Cuantos pájaros sobrevolaban, el cambio en el color del sol, las personas que se interponían, las nubes con las que se encontraba el sol en su camino, los perros o insectos que venían a sacarte de tu estado de meditación. Todo absolutamente todo, tiene un significado. Me hablaba de la numerología, de las fases solares en el calendario maya, de los colores, de la naturaleza. Con su plática y su guía espiritual, podía sentir como mis palmas palpitaban y como la energía entraba en mi cuerpo. En un momento dado, cuando tus ojos luchan por seguir mirando la esfera, que cambia de color con su ascenso, un golpe de brisa te avisa que es el momento para atrapar el sol. Tienes que cerrar los ojos y durante unos segundos, algo coloreado se dibuja nítidamente en la oscuridad del parpado cerrado. Hay también un mensaje implícito, la forma del dibujo y el color que aparece. Tras breves segundos, abres los ojos para seguir mirando la potencia del sol hasta que ves que emite fogonazos o su línea periférica, gira alrededor de la pantalla que te permite mirarlo cara a cara. La voz de Moro me acompañaba. Todo aquello que me decía me guiaba hasta un estado meditativo. Al acabar, escarbábamos en la arena para ver que nos entregaba la tierra. Lo que encontraba, una pequeña piedra, una conchita, una rama….me servía como ofrenda para el día siguiente. Uno de los días, olvidamos el colibrí que Marco, el gurú maya, regaló a Moro. Es un colibrí chiquito tejido a mano con esparto. Al día siguiente, volví yo sola a recibir el sol y allí estaba, velando por mi. Ahora forma parte de mi mochila, de mi equipaje, de mi vida. Me tenía que levantar a las 6:20 para poder recibir el día. Salía de mi tienda de campaña, tan sólo me lavaba la cara y con la ropa de dormir, mi largo vestido de malasia, caminaba 15 minutos por la orilla de la playa hasta llegar al tortugario. Allí estaba Moro esperando el amanecer. Uno de esos días, hicimos la ceremonia para enraizarme. Realicé todo el proceso bajo la voz pausada y tutelada de Miguel, el Moro. Nací como semilla, crecí y me convertí en árbol con unas raíces que me sostenían a la tierra. El sol penetraba por mis ramas y se diluía por todo mi cuerpo alcanzando cada poro de mi piel vegetal. La brisa marina me balanceaba pero la ceremonia para enraizarme, me mantenía bien sujeta a la vida. Fue maravilloso. Cuando acabábamos, volvíamos andando pausadamente hablando de todas las sensaciones que habíamos tenido. Viendo siempre la salida del sol en el mismo punto, observas como el sol cada vez sale por un sitio diferente. Cuando llegué a Chacahua, salía del mar y al poco tiempo, se levantaba tras el cerro. Todo se trataba de moverse en el mismo sentido que lo hace la naturaleza, de observarla, de apreciarla, de sentirse parte de ella. Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-58 Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-61 Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-62 Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-63 DSC06133 Y con estas pláticas, fuimos conociéndonos más y más. Veía el brillo en mis ojos y lo bien que me sentía al contactar con la naturaleza. Sin dudarlo un momento, me invitó a fundirme con el mar a través del surf. Pedimos prestadas dos tablas en la palapa de Cirilo, el lugar de surfers y donde Moro, trabaja dando clases. En la arena, me explicó la maniobra para levantarse sobre la tabla. Aprendí que soy una surfer de izquierdas. Como en Chacahua la ola es de derechas, yo siempre la agarraría de espaldas. El punto positivo es que no me daría tanto miedo porque no la vería. Estoy cada vez convencida que yo soy una zurda convertida a diestra. En España, cuando iba al gimnasio, a step o aerobic, todas las vueltas las daba al revés. Lo mismo cuando aprendí a bailar salsa. En India, volvía loco a Raúl poniendo los candados al revés y ahora soy surfer de izquierdas. Practiqué varias veces y nos metimos muy cerca de la orilla de la playa. Allí, con la fuerza de Moro y su experiencia acuática, me empujaba cada vez que llegaba una olita para agarrarla e intentar levantarme. Estaríamos alrededor de una hora y casi ya al final, consiguió que me parara. Fue increíble estar sobre la tabla y desplazarse sobre el mar aunque sólo fuera por un segundo. El segundo día, pagué la renta de la tabla para que Moro no tuviese ningún problema. Cuando acabamos, Moro me recomendó que me comprara una tabla de segunda mano si pensaba quedarme un tiempo en Chacahua. Mi cabeza empezó a trajinar. Todavía estaba en la cabaña que me costaba 100 pesos diarios pero Moro tenía una tienda de campaña que no utilizaba. Si quería, me la podía prestar. Hablé con Luisa. Le expliqué que me quería quedar un tiempo y si le parecía bien que me mudase a una casita, como ella la llama. Con una sonrisa, me dijo que no había ningún problema. Para entonces, ya éramos amigas. Días atrás, había sido testigo de una situación familiar complicada, en la que había actuado como mediador. Hice cuentas. Con la casita, cada día me ahorraría 100 pesos de la cabaña. Si compraba la tabla, me ahorraría los 100 pesos de rentarla. En 15 días más, estábamos hablando de 3.000 pesos. Encima, las clases de surf, que cuestan 150 pesos la hora, me salían gratis. Mi idea era, cuando me fuera de Chacahua, pagar con la tabla la dedicación y enseñanzas de Moro. Le comenté la jugada. Me propuso que nos fuésemos a Puerto Escondido, él conocía gente allí de sus tiempos mozos. Moro tenía una feria (un dinero ahorrado) y llevaba tiempo pensando comprar su propia tabla para ser independiente y dar las clases de surf por su cuenta. Así que allá que nos fuimos para cumplir nuestros objetivos. Moro estaba muy animado y quería que nos trajésemos varias tablas para poder rentarlas en la semana santa y tener al menos dos, para surfear juntos. En la orilla, él no necesitaba tabla pero conforme avanzase, ambos nos tendríamos que meter más profundo para poder seguir aprendiendo más cosas. Estábamos totalmente excitados por la nueva aventura, íbamos a convertirnos en socios! Creo que han sido los dos días en los que más he caminado. Estuvimos sin parar, de arriba a abajo. Al final, añoraba volver a Chacahua para caminar de nuevo descalza. Me molestaban las chanclas y los pies me dolían. Buscamos a sus colegas por toda la ciudad para ver si ellos le podían hacer un paro (favor). Buscábamos tablas económicas. Nos servían hasta las que estaban quebradas por la mitad porque Moro las podía reparar. Había que conseguir un long board, la mejor para dar clases. Yo pensaba, ingenua de mi, que las tablas chiquitas eran las que servían para principiantes. Pero es al contrario. Una tabla grande tiene más flotación y más equilibrio en el agua con lo que es más fácil pararse. Sus antiguos colegas habían prosperado bastante y todos tenían negocios. Todos parecían mucho más mayores que Moro. No me podía creer, que él, fuera el veterano. Hasta a uno de ellos, el éxito se le había subido a la cabeza y nos mareó bastante para no ayudarnos en nada. Después de mucho batallar, teníamos en nuestras manos una tabla quebrada para rentar que nos costó 500 pesos y un long board que valía 3.000. Toda la feria de Moro se había esfumado, 3.500 pesos. Yo no me quería gastar tanto pero la única tabla que se ajustaba al presupuesto estaba destrozada y no quisimos comprarla. Aún recuerdo la sensación, comiendo en el mercado a las 6 de la tarde, de abatimiento y fracaso. No habíamos conseguido una tabla con la que yo pudiera surfear y que Moro también pudiese utilizar para él. Yo tendría que seguir rentando la tabla en Chacahua y Moro, pidiendo favores que tenía que devolver, si quería surfear como el maestro que es. Así que allí sentada, cansada y muerta de calor por la sopa de pollo que me estaba comiendo, decidí invertir 4.500 pesos (275€). Era mi presupuesto de 10 días. Compraría una tabla de segunda mano que habíamos visto en Oddy. La tabla tan sólo tenía un mes. Aún recuerdo el brillo en los ojos de Moro cuando se lo comenté y a la vez, el afligimiento que sintió al tener que gastarme tanto dinero. Llamamos a Oddy y fuimos a por la tabla que se ha convertido en mi inestimable compañera de surf. Mi inversión total en el viaje fue de 5.500 pesos (335€). En todas esas caminatas y en el tiempo de reposo, teníamos tiempo para soñar como recuperaríamos la inversión en la temporada de semana santa en la que Chacahua, se llena de chilangos (mexicanos del DF) y extranjeros. También seguíamos con las confesiones hablando de nuestra vida pasada y nuestra situación actual. Incluso tuve tiempo de experimentar cosas nuevas. Probé las micheladas, un combinado de cerveza, jugo de tomate y picante. Estaban buenas, pero me fue imposible acabar el medio litro que me sirvieron. Nos despedimos de la doña que nos había alojado, mamá de un viejo amigo surfista de Moro. Nos proporcionó mucha amabilidad, me regaló unos pantalones cortos y una falda y nos dio una sábana vieja para proteger las tablas. Nos esperaban 2h de trayecto hasta llegar a Chacahua. Primero, teníamos que agarrar una van para llegar a Rio Grande en menos de una hora. Después un taxi colectivo hasta llegar a Zapotalito en 15 minutos. Al llegar al embarcadero, una lancha que en otros 15 nos llevaba a la isla y finalmente, la camioneta que en 40 minutos más, nos depositaría en la punta civilizada de Chacahua. Teníamos que idear una manera de transportar las tablas sin que se dañaran. El domingo por la mañana temprano, Moro y yo fuimos en busca de cartones. Tuvimos suerte y el camión de la basura estaba recogiendo los residuos de una gran superficie. Nos fuimos allí y seleccionamos las cajas más grandes. Agradecimos la ayuda de los basureros con una propina. Llegamos al alojamiento y me quedé alucinada de cómo Moro, sin casi recursos, ató y protegió las tablas con una sabana, cartones y mecates (cuerdas). Yo que nunca había surfeado me encontraba cargando tablas, metida de lleno en el asunto y emocionada con el proyecto. DSC06164 DSC06169 DSC06171 Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-47 Chacahua,_Mexico,_Oaxaca-48   Y entre surf y surf, tuve tiempo de seguir mi vida en Chacahua relacionándome más estrechamente con las personas de este lugar. Un día, noté a Luisa triste y le pregunté si se encontraba bien. En voz baja me confesó que tenía un sarpullido en el cuerpo que le estaba produciendo mucha comezón (picor). Le presté una pomada que Jens me dejó cuando se fue. En el momento de dársela me dijo, ¿sabes lo que me pasa? Le respondí que no, negando con la cabeza. “Mi cuerpo está rechazando algo que ha pasado. No lo quiere aceptar. Mi hija Viri, se ha quedado embarazada”. Su hija tiene 17 años y está estudiando en Rio Grande el último año de la prepa (nuestro bachillerato). Quería ser abogado, pero todos los planes de la niña y la mamá, se veían truncados. El padre de la criatura era de Chacahua. En secreto y ante la desesperación, había querido abortar. Al ser una menor, necesitaba la firma de algún padre y no pudo llevar a cabo su plan. Luisa no sabía nada. Viri le había dicho que se estaba haciendo unos exámenes porque no se encontraba bien. Pero ese sexto sentido que tienen las madres, le hizo pensar que algo pasaba. Fue a hablar con el doctor y allí, la noticia se reveló. Durante el día estuve hablando con ella para intentar calmarla y me pidió que la acompañara a Río Grande al encuentro que tendrían las dos familias para ver como afrontar el problema. Pensé ir con ellos y aprovechar el viaje para conectarme a internet. Lo que no me esperaba, es que fuera a presenciarlo todo. A la camioneta nos subimos Darío, Luisa, Doña Tere la hermana de Darío, Coral (la abuela por parte del papá), Julio (el responsable de la paternidad) y yo. Entre ellos no hablaban. En zapotalito, cada familia tomaron taxis distintos y al llegar a Río Grande, Luisa me pidió que fuera a la casa de los padrinos de Viri, donde también estaría la futura mamá. Viri estaba sentada en una silla sin hablar, con la mirada gacha y los ojos tristes. La familia hablaba opinando cual sería la mejor forma de solucionar las cosas. Sentía que estaban haciendo el esfuerzo por buscar la mejor opción para Viri y el niño. Llegó la familia de Julio. Estuvieron platicando durante horas intentando resolver una situación que no era fácil para nadie. Para mi fue un gran aprendizaje. Me dieron una gran lección. Primero, no me trataron como una extraña y me pidieron opinión como persona externa confiando en mi buen juicio. Segundo, me di cuenta del rol tan importante que tienen los padrinos en las familias mexicanas. Eso hizo que pensara en mi ahijada Estefanía y que de alguna manera, mi compromiso moral con ella, cambiara. Tercero, cada familia tenía un punto de vista diferente pero no hubo faltas de respeto y si una fuerte voluntad para entenderse. Acordaron verse en 15 días. Al acabar, Luisa me pidió que me quedara para Semana Santa. Podía meserear (servir mesas) en el restaurante y tendría comida y alojamiento gratis. A mis 35 años, nunca había trabajado de camarera y todo se estaba alineando para que me quedara una temporada en la isla.

Me invitaron a comer y me fui a las 2 de la tarde a conectarme a internet. Me quedaban tan sólo 3h por delante para mis menesteres sociales. No fue demasiado, pero si lo suficiente para dar noticias en casa, poder hablar con la familia y conversar largo y tendido con un buen amigo. Salí del ciber algo triste. Se me hizo más tarde de la cuenta. Cuando llegué a Zapotalito, en el embarcadero, estaban jugando un montón de chicos a volleyball. Me informaron que no había llegado a tiempo para agarrar la lancha colectiva. Uno de los jugadores era de Chacahua y en unos 20 minutos, regresaría en lancha. Pensé que la broma me iba a costar un ojo de la cara. Mientras esperaba, viendo el ímpetu y lo bien que jugaban, llegó la enfermera que también se unió a la lancha. El lanchero se llamaba Ulises y era la hora perfecta para atravesar la laguna, la puesta de sol. Me preguntó si alguna vez había llegado a Chacahua atravesando las lagunas. Respondí que no. Fue increíblemente amable y me paró en los sitios más importantes. Fue todo un espectáculo y un regalo de la naturaleza. Pasamos por una isla, que en aquellos momentos, estaba siendo sobrevolada en círculos por cientos de aves. Era hora de irse a dormir y buscaban una rama donde velar la noche. Más adelante, llegábamos a una isla plagada de cigüeñas anidando. Vimos cantidad de especies de pájaros de las 160 que hay en este maravilloso parque natural. Me encantó aquella que corría por encima del agua de la laguna como si de un milagro se tratara. En un momento dado, la lancha viró y amainó la marcha. Nos metíamos en un canal. Estaba sentada en la parte delantera de la lancha. A ambos lados estaban los manglares repletos de aves. Con el ruido de nuestro caminar, las aves volaban acompañando a la lancha en su trayectoria. Estaban tan cerca que si extendía las manos, las podía tocar. El sol coloreaba el agua de rojo y cuando avistamos el faro, eché la vista atrás para deleitarme con la silueta de las barcas y los pescadores bajo el cielo colorado. Fueron 40 minutos inolvidables que infiltraron, más si cabe, Chacahua en mi piel, en mi corazón y en mi alma. Una cura para la tristeza que me embargaba al salir de Río. Nos cobró 40 pesos por el viaje, lo mismo que yendo con la camioneta. Fue un regalo. Ulises además, me invitó a salir a pescar al día siguiente a las 7 de la mañana. Me podía unir a 3 extranjeros que habían contratado un tour. Había sido un día redondo en las que viví muchas sensaciones. Conexión con la personas, con la familia y con la naturaleza.

DSC06087

DSC06091 DSC06094 DSC06102 DSC06106 DSC06114 DSC06115 DSC06122 DSC06132

Al día siguiente estaba como un clavo en el embarcadero. 10 minutos más tarde aparecieron 3 chicos jóvenes. Casualmente a uno de ellos lo conocía. Me lo había cruzado un mes atrás en el hostal el Rincón de los camellos de San Cristóbal. Me acerqué a ellos y en seguida hicimos buenas migas. Ulises apareció 20 minutos más tarde. Algo bastante en común en Chacahua. La relatividad del tiempo. Allí estábamos los 4, yo hacía de traductora y los chicos, que eran los que habían pagado, pescaban. En una lancha en marcha, tan sólo se puede pescar con dos sedales porque sino las cuerdas se enredarían. Era el cumpleaños del chico que conocía y tuvo la suerte de pescar un barrilete. De los hermanos holandeses, sólo el pequeño se estrenó. Aunque no pesqué, siempre es una maravilla observar la bahía desde el mar adentro, las tortugas y en esta ocasión, unos delfines nos regalaron unos segundos de su presencia. Al acabar, llevamos los pescados a Reina. Los chicos me invitaron a la comida y a las 2, estábamos como un clavo reclamando la recompensa. El pescado estaba muy rico y la charla amena.

DSC06134

DSC06135 DSC06142 DSC06143

Por la noche, habría una fiesta en honor del cumpleañero a la que también me invitaron. Apenas estuvimos 5 ó 6 personas pero fue un desfase de todo. Buena musiquita, mucha mota y alcohol para aburrir. Allí coincidí con Aaron, un surfista californiano guapísimo de ojos marinos que había venido a comer varias veces a la palapa Darío. Nos echamos unos bailes y campeé con gracia, una proposición medio indecente. Al día siguiente se disculpó y lo que aún fue mejor, pudimos compartir una experiencia similar con ruptura de relaciones. Hacía tan sólo 6 meses que lo había dejado con su chica. Me contó como se sentía y por lo que estaba pasando. Vi reflejada en él la Montse del pasado y lo entendía tan bien, que los dos nos dimos muy buenos consejos. Como a mí, Chacahua también se ha metido en su corazón. Me aseguraba con una sonrisa en su cara y unos ojos chispeantes, que la próxima vez, llegaría aquí en su velero. Así fue como abandonó la isla sin preverlo, en un rai en velero. No compartimos contactos y quien sabe si nos volveremos a encontrar. Así es la vida, encuentros y desencuentros.

No fue éste, el único contacto que tuve que me está marcando. Maxi y Marga o la flaca como la llama cariñosamente este argentino, son una pareja conformada por un argentino y una española de mi edad. Son artesanos y llegaron a Chacahua como punto medio hacia Guatemala. Tenían que salir de México para conseguir 6 meses más de estancia. Pasé mucho tiempo con ellos en los 5 días que estuvieron aquí. Compartieron conmigo su aventura y su nueva forma de vivir. Desde hacía un año y medio, viajaban financiándose haciendo artesanía de macramé. Hablé mucho con ellos y Maxi me propuso que, a pesar de que tuviera dinero para viajar, estaría bien si empezaba a viajar como si no. “Todo cambia”, me decía sonriendo. “Montse anímate”. Un día estando en la laguna una idea, que avivó la sangre que corría por mis venas, vino a mi cabeza. Hacer artesanía con elementos del mar e hilo de pescar. En los países que había visitado, no había encontrado collares y pulseras que me gustaran. Se lo comenté a Maxi y de nuevo, con una sonrisa maliciosa y unos ojos pícarones, me dijo que ya estaba en el camino. Así que cuando fui a Puerto Escondido con Moro, el mismo día que mis queridos artesanos dejaban Chacahua, me traje a la isla hilos encerados y de algodón de distintos colores. Laura, de nuevo el morado ganó la partida y mis primeras obras de arte, serán de este maravilloso color que me está acompañando durante todo este viaje. Estos chicos me dieron mucho cariño, consejos de libros, programas de radio y la colección entera de músicas del mundo de Putumayo a la que estoy completamente enganchada. Cuando regresé, sin tener ni idea de cómo tejer, recolecté conchas y me animé a probar. Este es el resultado de la primera pieza que creé y que me animó a seguir con la aventura. Lo tenía claro, la próxima vez que fuera a Río Grande, descargaría por internet muchos videos de la técnica tomando como referencia el precioso trabajo que Marga y Maxi hacían. Maxi cumplió los 35 años en Chacahua y con ayuda de Luisa, le preparamos un pastel frío de galleta, plátano y lechera. También le escribí un pequeño relato como regalo, era lo mínimo que podía hacer por él. Le gustó mucho la sorpresa, hacía años que no celebraba un cumpleaños con tarta. Al cumpleaños, también asistió Leo y Anita. Son los dueños de la palapa en la que se alojaban Maxi y Marga. Buena gente, serios, trabajadores y excelente cocina. Cata también nos deleitó con su presencia extravagante.

DSC06795

DSC06154 DSC06158 DSC06159 DSC06160

Para entonces, Cata ya me había leído las cartas. Mientras lo hacía, como una alumna aplicada, tomaba fotos de la tirada, de todo lo que me decía y del significado de cada carta del tarot. Toda la tirada, tenía que ver conmigo, mi personalidad y mi pasado. Curiosamente las cartas me aconsejaron que no tirara las cartas y también me contestaron a una pregunta que siempre ronda en mi cabeza. Ella utiliza una reproducción del tarot del siglo XVIII. Por supuesto que no encontré una baraja así ni en Río ni en Puerto, así que tuve que hacérmela. Por un lado, me compré una baraja española. En la papelería, compré unas fichas de papel con las que pensaba completar la baraja. Me parecieron muy finas y tenía que pegar varias para hacerlas consistentes. Así que otra vez que viajé a Río, compre una especie de cartón fino para diseñar las 79 cartas del tarot. Con mucha paciencia y un cuter, corté las cartas. Cuando las tenía todas en mi mano, me di cuenta que no podía utilizarlas. No me cabían en las manos y era imposible barajarlas. Tuve que volver a la opción inicial, completar la baraja española que me había comprado. Dediqué un par de mañanas a pegar las fichas y a pintar las cartas faltantes hasta que diseñé mi propia baraja. Además, me creé unas fichas de ayuda con el significado de todas las cartas y las tiradas posibles. Era imposible aprenderse toda la información a pesar de que intentaba memorizar en algún momento de playa bajo el sol. Ya estaba preparada para echar las cartas. Cata me dijo que siempre tenía que pedir dinero o un regalo para que las cartas no se enfadaran. Podrían ser 3 monedas simbólicas. Empecé a practicar con la familia. Primero, se las leí a Viri, la hija de Luisa y Darío que estaba embarazada. Después se las leí a Estela, la hermana de Darío. Una de las veces, pasó un vendedor ambulante que me pidió como una loca, que se las leyera. Le pedí 3 monedas, le hice la tirada y me pagó con 15 pesos. Lo más increíble de todo, es ver como las cartas hablan. Lo más difícil es poder interpretar la información conjunta de las mismas. Es como si fuera un modelo estadístico con un montón de variables que están correlacionadas y que una sin la otra, no tienen el mismo significado. Estaba empezando a agarrar confianza. Gracias a las cartas, pasé más tiempo con Cata y conocí más en profundidad a esta viejita exotérica adorable y de gran carácter. Compartió parte de su vida conmigo, sus experiencias con las cartas, su pasado y su presente. Una mujer que ha conocido un montón de hombres, que ha sido marcada con el amor por uno de ellos, que bailó en la boda de un emperador turco, dueña de un hostal en San José del Pacífico que regentó durante muchos años. Un lugar para viajeros en los que puedes dormir y desayunar por tan sólo 50 pesos. Una gran familia unida por los viajes de hongos mágicos que Cata provee. Una mujer fuerte que puede con todo. Una mujer que tuvo una mamá que no la quería y la despreciaba. Una mujer con una hija con la que no se comprende. También celebramos su cumpleaños. Como no podía ser de otra manera, rodeadas de mucho alcohol, hombres, guitarra en directo y canciones de Chacahua. Bien entrada la madrugada, la acompañé a su cuarto. Cada vez que la veo, siento una gran ternura por ella y la beso como si mi abuelita fuera.

DSC06183

La palapa de Darío me brindó conocer gente muy linda. Vinieron unos hermanos finlandeses que yo hacía pareja. Un día me aclararon el mal entendido y a partir de ahí, se convirtieron en parte de mi familia. Nos deseábamos buenas noches, nos dábamos los buenos días aún con las legañas en los ojos, les ayudé en todo lo que pude, hice de traductora, les servía la comida y nos echábamos unas risas juntos. Ella me compró mi primera pulsera por 15 pesos (apenas 1€). Se llevaron 2 más de recuerdo para un amigo y ahí me di cuenta que la energía que había puesto en hacer esas pulseras, se podía distribuir por todo el planeta. Los dos transmitían buen rollo y se notaba que eran buena gente. Él lleva haciendo windsurf desde los 6 años y con sus 22, lleva más de 5 probando con el surf. Al igual que yo, ella está aprendiendo a surfear y compartíamos sensaciones. Un australiano pelirrojo, frecuentaba la palapa para comer. Pero la buena vibra hizo que se mudara a una de las cabañas. Apenas lo conocí unos días pero también me transmitía muy buena vibra y tenía una sonrisa que sosegaba al que se atrevía mirar a esos ojos claros. Me dio su contacto y casi salto a sus brazos cuando me compró casi todo el repertorio de pulseras que tenía, un total de 140 pesos. La mejor propina que me podía haber dejado. Para esos entonces, gracias a youtube, ya sabía hacer 3 modelos distintos de pulseras que colocaba en una camiseta amarilla enrollada. Aún así, la inversión, ya estaba dando sus frutos y estaba tan contenta….todo invitaba a seguir investigando y creando con mis manos. Un hippie noruego se instaló en una casita junto a la mía. Al poco, una banda más hippie todavía, llegó. Pero como no consumían y sólo generaban basura, Luisa les pidió que buscaran otro lugar donde pudieran hacer lo que quisieran. Se mudaron a la otra orilla de Chacahua. Allí no tenían nada salvo su mota para fumar todo el día. Un día Tommy, el noruego, me invitó a unirme a ver el plancton con ellos. Cuando llega la noche y ante la ausencia de la luna, en la laguna y en el mar, se da un fenómeno que llaman plancton donde el agua con el contacto de objetos genera unas partículas luminosas verdes. Es precioso. Me subí a una barca pequeña en la que entramos 7 personas, parecía que nos íbamos a hundir en cualquier momento. Por 30 pesos, paseamos por los manglares, vimos el atardecer en la laguna, fuimos a ver al cocodrilario, nos devoraron los mosquitos por el mismo precio. Ver todo aquello era muy bonito pero me hacía mucha gracia verles a ellos. Estaban completamente fumados y sus caras, ante cualquier estímulo, era de idos totales. Cuando la noche se cerró, y sin luna aclarando el cielo, fuimos a ver el plancton.  Al principio, los chicos no se querían bañar pero yo me sumergí de lleno en aquel agua magia verde fosforescente. Al poco, todos estábamos nadando y corriendo por el agua. Ya de vuelta, una bandada enorme de pájaros nos sobrevoló a pesar de la gran oscuridad. Fue un momento mágico.

DSC06191 DSC06199 DSC06208

No sabía como, los días iban pasando sin hacer realmente nada especial y sin planificar. El aburrimiento no tenía cabida. Surfeaba, hacía macramé, escribía el blog, hablaba con la gente, ayudaba a Luisa a meserear (servir mesas), ponía precio a las cartas del restaurante, diseñaba las cartas del tarot y tenía conversaciones personales con Luisa. También empecé a aprender las primeras cosas de cocina mexicana ayudando a Luisa a hacer tortillas de maíz y sopes caseros. Las tortillas de maíz son la base de la alimentación mejicana. Las utilizan como pan pero también hay innumerables antojitos mejicanos que las utilizan, las quesadillas, los huevos a la ranchera, las enfrijoladas, las entomatadas, las enchiladas…Los sopes, también son a base de maíz. Son más pequeños y gruesos que las tortillas y una vez cocidos, se les pone frijoles triturados y quesillo. Primero, Luisa hirvió el maíz en agua con cal. Al día siguiente, llevo el maíz al molino para triturarlo y con un poco de agua, la masa estaba preparada para cocinarla. Yo sólo podía ayudarla en aplanar las  bolas de maíz hasta convertirlas en tortillas o sopes utilizando una placa de madera. Cuando intentaba colocarlas en el comal (plato enorme de barro para cocinar con leña), se me partían, doblaban o hacían burbujas cuando se cocían. Cuando veía a Luisa, parecía fácil pero el miedo a quemarme la mano, hacía que las lanzara de cualquier manera. Y aunque no cocinaba, empecé a degustar platillos típicos de aquí, caseros y muy ricos cocinados por Luisa. Ella lleva toda la vida haciéndolo y desde hace 20 años, tiene el restaurante. Un día probé los tamales de iguana. Los tamales también están hechos a base de harina de maíz, se le añade manteca, sal y mole. Después, sobre una hoja de plátano, previamente lavada, se extiende la masa y en el centro se coloca la carne de iguana. La iguana ha sido previamente asada, pelada y desmenuzada. Se cierra la hoja de plátano y se cuece al vapor. Una delicia. Luisa me cuidaba muy bien y no paraba de ofrecerme cosas para que probara. En uno de los terrenos que tienen, hay un árbol que da una fruta llamada chico zapote. Es una especie de higo fresco con canela. Esta maravilla ha desbancado al mangostán de Camboya al que fui adicta.

DSC06449

DSC06146 DSC06147 DSC06148 DSC06151 DSC06153 DSC06214 DSC06215

DSC06456

Algunas tardes, al caer el sol, me iba con Abraham a pescar a la laguna. Mi vecino Pedro me prestó un molote, el cacharro que usan aquí los pescadores en lugar de la caña de pescar. Intentar aprender a lanzar la cuerda, a cierta distancia, ha sido toda una proeza. 1 de cada 3 veces que lanzo, la cuerda se va hacia atrás. A pesar de que apenas he pescado, que he perdido plomos, anzuelos y distorsionadores, me divierto mucho y más aún,  yendo con Abraham. Hemos pescado ramas, trapos y algún que otro pez pequeño despistado. Y todos esos momentos, han sido regados por maravillosas puestas de sol sobre la laguna. En cambio, Darío se fue varias veces a pescar para preparar la temporada en el restaurante. Una de las noches, estaba a punto de irme a dormir cuando yayi, el hijo menos de 10 años, me llamó. Habían pescado una manta. Me acerqué al embarcadero. Con un cuchillo y una gran fuerza, Darío cortó las aletas del animal y el resto del cuerpo, se quedó sumergido en la laguna. Habría por lo menos, 10 kilos de pescado. Suponía un gran trabajo preparar todo aquello en filetes pero al menos, ya no tendrían que comprarlo. Darío estuvo como unas 4h para poder filetearlo todo. Un trabajo fino, si señor.

DSC06211 DSC06232 DSC06234 DSC06430 DSC06437 DSC06440

DSC06411 DSC06414

También recuerdo las primeras noches que dormí en la tienda de campaña. Las dos primeras fueron bastante malas. Dormía directamente en el suelo de la tienda, sobre la arena. Dicen que es bueno, pero es harto incómodo. Francesco me dijo, que si antes de poner la tienda, cavas un hueco para el cuerpo a modo que tu cabeza queda reposada en la arena, duermes bien. Además había innumerables ruidos, los cantos de los gallos a partir de las 5 de la mañana y las picaduras de mosquito. A veces, los borrachos hacen demasiado ruido. Otras los gatos se pelean. En ocasiones, los perros se enfadan y la peor, aquella que me fui a dormir y descubrí que en el techo de mi casita, habría como unas 15 pulgas gigantes. Las estuve matando y cuando pensé que había acabado con todas, apagué el frontal. Allí tumbada, escuchaba como saltaban. Repetí la operación varias veces hasta que las aniquilé. El día siguiente rocié la tienda con insecticida que Luisa me prestó. Empecé a descansar mejor cuando Luisa me prestó la alfombrilla que Tommy dejó. Finalmente, dormí bien gracias a un colchón de espuma, que de nuevo, Luisa me dejó. Para entonces ya empezaba a sentirme a gusto dentro.

DSC06531 DSC06229

Con Moro seguía ocupando parte de mi tiempo libre. Gracias a él, conocí a Inés. Ella tiene un puesto de tacos en el centro del pueblo. Allí, apenas llegan turistas. Tan sólo locales. Una mujer con muy buena onda, sonriente y ya abuela con apenas 40 y pocos años. A parte de la comida, lo mejor era el paseo para llegar. Completamente a oscuras iluminados por las estrellas o la luna. Atravesábamos el camino, completamente descalzos cruzándonos con otras caras que apenas podía distinguir debido a su tez oscura. A pesar de no estar al lado del mar, podíamos escuchar la potencia del pacífico al otro lado de la isla. Una tarde, Moro vino a buscarme. Comenzamos a hablar y pasear por la orilla del mar. Empezamos una conversación interesante donde yo le preguntaba muchas cosas para saber como integraba la ciencia en su manera de interpretar la escritura. Pocas veces he tenido la oportunidad de preguntar a alguien, tan devoto, por este tipo de cosas. Tenía interés de qué pensaba él sobre otros planetas, galaxias y la vida extraterrestre. “Nunca lo he pensado”, me decía, pero conforme le avasallaba a inquietudes, él contestaba y daba una explicación plausible con la biblia. Me hablaba de la salvación y de los elegidos. Con la confianza que habíamos creado me atreví a decirle lo que pensaba. “Si existe un Dios, no puede dejar fuera de la salvación y de la vida eterna a personas de otras religiones como los budistas o los hindúes”. Le explicaba que yo me había encontrado con personas muy buenas en Asia y que sólo por nacer en un lugar, y por tanto adquirir casi seguro la religión mayoritaria del país, no podías ser o no elegido para la vida eterna. Me miraba con curiosidad y entendía perfectamente lo que quería decir. La conversación estaba tan interesante que nos pasamos un par de horas andando. Cuando nos dimos cuenta, estábamos a mitad del camino para llegar al cerro, a la otra punta de Chacahua. Nos miramos con complicidad sabiendo que ambos estábamos pensando en llegar hasta el final de los 20 kilómetros de playa. Seguimos andando y vimos a una bandada de patos enormes en el mar. Se movían con el vaivén de las olas, parecían surfistas. En la orilla, también había 4 pequeños pájaros que nos acompañaban. Eran muy graciosos porque cuando venía una ola, corrían rápidamente para no mojarse las patas y cuando la ola volvía al mar, adelantaban sus pasos en busca de comida. Era hipnótico mirarlos. Conseguimos llegar al final tardando 4 horas y media. La última hora se hizo dura porque teníamos las piernas doloridas y no sabíamos si tendríamos que volver por el mismo camino. Eran las 4 de la tarde y no teníamos ni condición física ni tiempo, para deshacer lo andado. Hicimos un primer intento de llegar a Zapotalito cruzando las piedras, pero era imposible y peligroso. Pasamos al plan B, cruzar por la maleza para ver si encontrábamos el camino que recorre la camioneta. Ninguno de los dos íbamos calzados. No se cómo Moro podía no quemarse o cruzar por allí a esa velocidad. Tuvimos suerte y en apenas 10 minutos, encontramos el lugar donde esperar a la camioneta que pasó 10 minutos más tarde. Estábamos muertos pero la verdad, es que la caminata, la conexión, sus consejos y su enseñanza merecieron la pena, “si te pertenece, déjalo volar. Si vuelve, es que realmente te pertenecía sino, es que nunca te perteneció”.

DSC06219 DSC06222

2 comentarios en “México: Naturaleza en estado puro

    • Hola Alicia. Perdona el retraso en la respuesta. He estado un mes y medio en un refugio de animales en Bolivia y allí, no tenía conexión internet. Yo he visto el plancton en dos sitio. Uno, en las lagunas de Chacahua, en el estado de Oaxaca México. La otra en Guatemala en un río camino a Livingston, en río dulce. Creo que durante todo el año se puede observar el fenómeno pero lo que si necesitas, es observarlo en un sitio donde no haya apenas luces eléctricas y siempre, cuando no haya luna. Si hay luz, el plancton está pero no se percibe. El Chacahua recuerdo que dependiendo del día, había excursiones a las 4 de la madrugada para poder observarlo. Espero haber aclarado tu duda. Un saludo y muchas gracias por seguir el blog. Montse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s