México: otra manera de vivir

Chacahua

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En esta isla he descubierto una manera de vivir más simple, natural y básica. Ese es parte del encanto de este lugar para personas accidentalizadas como yo. Las casas están hechas con palos de madera y techos de palma. Alguna de ellas, están reforzadas con ladrillos que ellos mismos fabrican. Para ello, utilizan cemento que mezclan con la arena de la playa. Hacen el mejunje y lo meten en un molde. Sacan los ladrillos recién hechos y los dejan secarse a la sombra. De vez en cuando, los riegan como si plantas fueran para que se hagan más resistentes. Los palos y las palmas, son recursos naturales de la isla. Cuando alguien tiene que construir algo, se ayuda de unos cuantos locales y se van a cortar el material y a transportarlo hasta el lugar solicitado. El coco también es un recurso natural muy explotado. Te puedes beber el agua, comerte la carnita de dentro (lo blanco) y después, dejar secar la cáscara al sol boca abajo, para que sirva de leña.  En España sólo conocemos la carne del coco maduro, la que está dura pero cuando el coco todavía no ha madurado, su carne es gelatinosa y deliciosa.

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Las casas están habitadas por humanos, perros, gallinas, pollitos y gallos por igual. Yayi, el hijo pequeño de la familia de 10 años, tiene 3 gallinas. Tienen su palo favorito para dormir y era encantador ver como los pollitos de una, la seguían a todos los sitios como Linda, la pollita humana de la palapa de al lado de apenas 2 años. Los vi crecer desde que eran unos bebés. Un día Jorge, el vecino de al lado, nos llevó una gallina muerta a la palapa pensando que se trataba de la mamá. Afortunadamente se trataba de otra gallina que una turista argentina, medio loca para mi gusto, se había encontrado y había decidido dejarla en la palapa de alguien para que la cocinara. Como norma, no se comen animales que no hayan matado ellos. En el caso de la gallina, un alacrán podía haber sido el responsable del homicidio. Nunca tuve la mala suerte de toparme con ninguno de ellos.  Todo el mundo en Chacahua tiene un pero pulgoso e incluso, alguno tiene la mano de convertirlo en sarnoso. Andan sueltos de aquí para allá y cualquiera come del plato de comida de otro. La gran mayoría no simpatiza ni con niños ni con camionetas. Cuando alguno de ellos se cruza en su camino, los agrade. Los pequeños tienen reacciones diversas. Los hay que se asustan y lloran o los que se defienden con una patada que ahuyenta al animal. Menos mal que son pocas las camionetas que andan por el pueblo pero puedo asegurar que las llantas están hechas a prueba de mordidas. Se agradece que el aire y el oído, no quede contaminado porque en la isla habrá, a lo sumo, 7 camionetas. La manera de traerlas es adecuando una plataforma a dos lanchas a la que amarran el carro.

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Las calles de Chacahua son de arena de playa. Alguna que otra zona, tiene piedrecitas con lo que te puedes pinchar la planta. Si no fuera por eso y por el maldito sol, todo el tiempo irías descalzo. De hecho, las chanclas se convierten en un estorbo. Yo las he perdido 2 veces. Sólo las usaba cuando iba a Río Grande, a conectarme a internet, o cuando subía al faro a ver la puesta de sol. Una de las veces, las recuperé en la tienda. Luisa insistía en que las diera por perdidas, prestándome unas hawaianas amarillas que algún turista dejó. Pero está claro que, estas chanclas de decatlon, no me quieren abandonar porque 3 veces las dejé ir, y tres veces han vuelto a mí. La isla tiene 3 partes claramente diferenciadas, la playa, la laguna y el pueblo.

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Las palapas y cabañas, sitiadas en la playa, están enfocadas al turismo extranjero y nacional. Todas ellas están repletas de hamacas donde todo el mundo se sienta a descansar. Las familias, que se dedican al turismo, suelen vivir en las palapas. Entrar en una de ellas es entrar en otro mundo. El suelo es de arena de playa. Si quieren levantar el piso, agarran cubetas de arena de la playa, las echan y la chafan usando un palo de madera con una base plana. Para poder barrer las cosas que se caen al suelo, utilizan una especie de rastrillo. La cocina tiene que estar preparada para evitar que moscas, ratones, perros y pájaros, se apropien de la comida. Todos los alimentos tienen que taparse y cualquier cosa es válida para hacerlo. Reutilizan grandes tarros de salsa o conserva para guardar. Era muy gracioso porque Luisa, después de haber probado de todo, había encontrado la manera de que los ratones no se comieran el pan de las hamburguesas. Tenía la bolsa colgada en ganchos en medio de la cocina. En el interior de las cabañas se apodera el desorden y cierto caos. El lugar donde se lavan trastes (fregar platos) es una pila enorme de agua. Está ubicada en una especie de apertura que da, al que yo llamo, el “camino de atrás”. Siguiendo 3 minutos el camino, llegas hasta la tienda de abarrotes. En el trayecto te encuentras con numerosas jaulas de gallos, que encierran animales condenados a luchar a muerte en alguna de las numerosas peleas de gallos que se organizan en la zona. Me encantaba ir por el camino de atrás cuando me levantaba bien temprano. A primera hora, estaban ya las mujeres lavando trastes y preparándose para la jornada laboral. Si querías ir rápido, tenías que tomar el camino de atrás. En cambio, si querías cotorrear (hablar y distraerte), era suficiente con atravesar todas las palapas por la parte de la playa. A mi me solía dar flojera (pereza) pasar por este lado.

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No hay agua corriente. Los trastes se lavan usando cubetas. Todas las cabañas están provistas de un pozo de agua. En Chacahua con tan sólo que hagas un hoyo de metro y medio, tienes agua. Si se agota, en 20 minutos se ha regenerado. Algunas casas tienen bomba para sacar el agua del pozo pero lo más común, es que lo tengan que hacer con una cubeta que esta amarrada con una cuerda. Lo que hacen es llenar un gran cubo de agua (como los de basura grande) y de ahí, se abastecen para cocinar y fregar. Cuando se vacía el cubo, se vuelve a llenar. Y así sucesivamente. Para fregar, Luisa utilizaba 3 cubetas. Una pequeña, donde ponía el detergente biodegradable y los estropajos. Una, para un primer enjuague y la última, para eliminar los restos de jabón que pudieran quedar. Una cuarta, con agujeritos, hacía de escurridor. El agua que soltaba el friegue, caía directamente a la arena del suelo. Toda una ventaja!. La palapa de Darío, bien equipada, disponía de una manguera que sacaba directamente el agua del pozo cuando ponían el enchufe en la corriente. La instalación eléctrica consiste en un montón de cables que pasan de aquí para allá para dar servicio a toda la palapa (incluida las cabañas para los turistas). Los cascos de las bombillas son geniales porque también tienen una toma de corriente a la que podías enchufar tus cosas. Con esa misma manguera, se llenaba una cisterna gigante que abastecía el agua del lavabo, duchas y cisternas. También se usaba para llenar la lavadora de agua. Ponías la ropa, el detergente y se lavaba utilizando un programa automático. Después, tenías que utilizar dos cubetas, también repletas de agua, para enjuagar la ropa. La tendíamos en una cuerda. No teníamos pinzas así que la ropa interior la enganchábamos desenredando un tantito (un poco) la cuerda que estaba doblemente trenzada. Para que lo tendido no molestase, la cuerda se elevaba gracias a un palo de madera que tenía una estría donde insertabas la cuerda. Un día encontré una camiseta de tirantes en el techo de los baños que se me había caído en la maniobra de elevado de ropa, qué alegría me dio encontrarla. No se donde se evacuaban los deshechos del baño, nunca pregunté.

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Lo que si vi y sufrí, es como se gestiona la basura. En la isla, sólo pasa una vez a la semana. Cada cual la tiene que transportar hasta la lancha que se la lleva al otro lado. Sino está debidamente separada, no se la llevan. Los papeles, se queman individualmente. Para ello, se utiliza la cocina de leña o se hacen hogueras. Los plásticos y envases en general, son los que la lancha se lleva. Todos los restos orgánicos, tienen que ser enterrados en la propiedad de uno. Si había restos de pescado, en cuanto se generaban, se daban directamente a los pájaros en la orilla del mar. De esta forma, cada día o máximo dos, Darío tenía que cavar un hoyo en la playa para depositar toda la basura orgánica. Un cubo, al que las moscas y stil, el perro de la familia, no paraban de rondar, tenía que recoger este tipo de desperdicio. Es común, que el agua sucia de lavar los trastes, desemboque directamente en la arena de afuera de la cabaña. Durante mi estancia en la palapa construyeron un foso para que, el agua del fregadero, se quedara enterrada. De esa manera, Luisa decía que los restos de comida no olerían tanto.

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Muchas de las casas también están provistas de una cocina de leña. Suele consistir en unos ladrillos sobre los que colocan las ollas y un comal (plato grande de barro). Para limpiar el comal, mientras se están haciendo las tortillas o los sopes, Luisa utilizaba las hojas que envuelven la panocha, de nuevo, un recurso natural. También se utilizan para envolver y cocinar los tamales cuando no se dispone de hoja de plátano. Además, tienen lo que ellos llaman estufas (cocinas de gas). Están conectadas a unas bombonas de gas y cada vez que la encendía, una llamarada salía por la llave causando un fogonazo y un posterior apagón del fuego. Me costó acostumbrarme a esta manera de prender la estufa sin que me diera miedo. Mamá, y tu preocupada porque nuestra estufa de gas olía a veces un poco a butano….Lo que más me sorprende, es la explotación de los recursos que tienen. Toda una lección de reutilizar materiales y alimentos. Por ejemplo, si no tenías a mano un agarrador para la olla que quema, agarras una tortilla seca que ha sobrado de otro día. Para servir el café o un caldo, no utilizan un cazo. Usan una taza que sumergen en el líquido y lo sirven en otra taza. Si quieren machacar algo, un plátano macho cocido para hacer empanadas dulces, o patatas para hacer un puré, utilizan el culo de un vaso. Es muy práctico y os puedo asegurar que también eficaz y rápido. Otro ejemplo, Luisa tenía una mesa de madera en la cocina y como no quería que las patas se pudrieran, cortó botellas de agua y las puso como funda. Ese mismo recurso, se utilizaba cuando se iba la luz en Chacahua. Cortaban botellas, ponían arena de playa y clavaban la vela. Recuerdo la primera vez que se fue la luz en Chacahua y todo se quedó a oscuras. Con calma, al poco tiempo, empezaron a aparecer puntos luminosos en cada palapa. Apenas veías las caras a tu alrededor, pero cada uno sentado en nuestra hamaca, manteníamos una conversación hasta que el sueño se apoderaba de ti a pesar de que sólo fueran las 8 de la noche. No estaba la tele para entretenernos y cuando ya no había más nada que decir, la cama nos esperaba.

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En Chacahua se ve mucho la televisión. La hora de la novela es casi sagrada. Hasta medio me enteré del argumento de la de las 4 de la tarde basada en la historia de dos pobres hermanas, una mudita y sordita y otra, hija de un gran millonario que desconoce que tiene una hija. El chavo del ocho se emitía día sí y día también. Había otro programa dirigido por una presentadora peruana, Laura, que no tenía desperdicio. Laura mediaba entre miserias familiares de hijos abandonados, mujeres maltratadas y maridos pendejos. La imparcialidad de Laura, quedaba totalmente al margen de la dignidad y los actores, según muchos mexicanos, jugaban su papel a la perfección entre gritos y faltas de respeto. La música envuelve todo Chacahua. Toda familia dispone de unas buenas bocinas (altavoces) que ponen a tope con el canal de música bandamax de la televisión por cable. Ahora bien, nadie tenía unas bocinas tan potentes como las de la tienda que anunciaba continuamente cosas para los isleños. Se podía escuchar una convocatoria a una reunión del colegio o del centro de salud, pasando por el nombre de la persona que había preparado y vendía pozole (guiso típico a base de maíz y marrano) y hasta la lista, con nombre y apellidos, de las personas que tenían que pasar a pagar su recibo de luz. Incluso me decían, que a través de este discreto canal de comunicación, se cantaban las mañanitas por cumpleaños o gastaban bromas a los recién enterados padres. Cada vez que sonaba la voz de la chica de la tienda, todos en sus casas bajaban el volumen del televisor para agudizar la audición y entender lo que la voz de la señorita decía. Yo no lograba a entender nunca nada, demasiado lejos pensaba yo.   

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Durante el día, la playa se punteaba de bañistas y surfistas. En la isla, ganan los segundos y es usual ver salir alguna tabla partida bajo el brazo de alguno de ellos o alguno de ellos, con alguna brecha o herida debido a las quillas de la tabla (aletas). Vendedores ambulantes venían de Río Grande para vender o intercambiar productos. Estaban especializados y se vendía de todo. Especias, café, ropa, memorias usb, mesas de plástico, sombrillas, hamacas, pan dulce para el desayuno, etc. En Chacahua funciona muy bien el trueque. Por ejemplo, si Darío había pescado mucho, Luisa salaba el pescado, lo dejaba secar al sol y luego lo intercambiaba por café. Este trueque también lo intentamos realizar los turistas para obtener como intercambio, alojamiento, uso de cocina o comida. Hay personas que decoran las palapas con pinturas, otros ayudan a meserear, otros ofrecen artesanía, etc. Los extranjeros también aportamos nuestro granito de arena en la isla. Muchos surfistas y pescadores dejan tablas y parte del material a los locales. A veces la única condición que ponen, es volver a utilizarlas cuando regresen. Porque a este lugar, todo el mundo quiere regresar. También los locales dan uso a aquello que se encuentran porque algún despistado turista lo ha olvidado o porque ya no les he de utilidad. Tommy dejó su tienda de campaña porque una de las varillas estaba rota. Luisa y yo la arreglamos reutilizando varillas antiguas y oxidadas que había guardado. Darío se encontró una vez unas mancuernas de esas que van con fuego. Al día siguiente, ya estaba practicando con ellas. A diario alrededor de las 6 de la tarde, cuando el sol empezaba a descender, partidos de volleyball y fútbol ocurrían simultáneamente en la playa. Muchos locales jugaban. Niños y también, los que no lo eran tanto. De vez en cuando, algún extranjero güero daba contraste al color de este pueblo mexicano. Tumbada desde la hamaca, me encantaba observar estos momentos. Risas, algarabía y muy buena onda.

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El gran ambiente se turbiaba por la visita de los detestados zancudos (un tipo de mosquitos bien grandes). Me tenían frita a pesar de la loción repelente con la que me untaba las partes del cuerpo descubiertas. Por las mañanas, también teníamos mosquitos. Los tediosos moscos, eran pequeños, muy pesados y no dejaban de avasallarte. Te hacían una picadura imperceptible que generaba mucha comezón. Un intento de espantarlos era quemar los cartones de cartón de huevos para generar humo. Pero lo que es realmente eficaz, según los viejos dicen, es quemar caca de vaca. Un hombre grande (mayor) y solitario, vestido de camisa y pantalón largo, con un gran machete colgado en su cintura, atravesaba la playa en silencio con su tez morena y cansada. Siempre me pareció muy misterioso y era el único con el que me cruzaba, tumbada en la playa, cuando estaba haciendo topless en la lejanía de las palapas civilizadas. No es el único al que se puede ver con un gran machete. Algunos locales trabajan subiéndose a las palmeras y cortando cocos. Otros los llevan, junto con los tirachinas o pistolas, a cazar iguanas. Las hay de dos tipos, la prieta y la verde. A la orilla de la playa, a primera hora de la mañana o última de la tarde, acudían pescadores con su atarralla (red de pesca) que tiraban hábilmente. Podían sacar de una vez docenas de peces. La repetición de la operación era proporcional a la voracidad de la casa a abastecer. Darío lo hacía unas 5 veces y con eso llenaba una cubeta entera con la que comíamos. Reí, podía hacerlo una veintena de veces. Entre sus bocas a alimentar, se encontraba la de un pelícano salvaje, herido en un ala, que ya no podía pescar más por sí mismo.   

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Tip nº 79: Gel de ducha o champú como anti repelente

Un día ayudando a Luisa en la cocina, los moscos hicieron aparición. No paraba de rascarme con los pies. Chistosamente (graciosamente) Luisa pensaba que estaba nerviosa por algo. Cuando descubrió el motivo de mis movimientos extraños, mandó ponerme champú por el cuerpo. Aunque haga alguna espuma cuando lo extiendes, los mosquitos no te pican porque tu piel está amarga. Comparando el precio del antimosquitos y el champú, pronto me pasé a la eficaz opción casera de Luisa. Además, estoy convencida que el champú es mucho menos agresivo para la piel que las lociones repelentes, que además, te mal aromatizan la piel fuertemente.

Están también las casas que están al lado de la laguna. Este lado de la isla es mágico. Respira tranquilidad, paz y sosiego. Las puestas de sol son muy bonitas y los ruidos de los animales al oscurecer son enigmáticos e hipnóticos. La última noche que pasé en Chacahua, dormí al abrigo de mi saco de dormir en una hamaca a la orilla de la laguna. La primera sorpresa me la llevé cuando fui a buscar el saco a mi tienda de campaña. Atravesando el espigón de piedra, escuché unos ruidos que me asustaron. Avanzando lentamente en la oscuridad, descubrí dos caballos pastando tranquilamente. Mis pisadas los hicieron retroceder un poco reaccionando igual, a mi vuelta. Ya instalada en la que sería mi cama por una noche, muchos ruidos venían a mis oídos. El agua de la laguna chocando contra las raíces de una palmera mutilada. Los pájaros pescando en ausencia de carne humana, el crujir del techo de palma. Por la mañana, con la claridad de un sol aún desaparecido, se divisan los primeros pescadores que tirar su atarralla (red) para probar suerte mañanera. Las primeras lanchas puenteando la laguna, el rascar de los rastrillos del barrer con legañas. Los ruidos de un nuevo despertar en Chacahua.

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Las casas del interior de la isla están desprovistas de encanto turístico pero llenas de vida simple y familiar. Una hamaca siempre corona estas encantadoras y caóticas viviendas. Entre ellas, se encuentra la tortillería (venta de tortillas de maíz), la agencia (institución municipal que ofrece los servicios mínimos policiales y de gestión), el ambulatorio (una pequeña caseta donde dan servicio a las urgencias médicas o a las revisiones periódicas), la cancha de baloncesto (donde se organizan bailes y los niños usan sus patinetas por ser el único lugar con suelo de cemento), la cancha de fútbol, la mezcalería (una cabaña mal cuidada donde un viejito vende pescado de día y mezcal de todos los tipos y sabores de noche) y como no, los deliciosos tacos de Inés.  

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No hacen falta más motivos para proclamar que Chacahua es especial. Pero más aún cuando sabes que en mayo empieza la temporada de cangrejos y la isla se plaga de ellos. Primero, empiezan a aparecer los agujeros y después los ves por todas partes. En la temporada de lluvia, todo el mundo se dedica a capturarlos para venderlos. En septiembre, es época de tortugas. Parece ser, que hay tantas, que hasta te las encuentras debajo de las mesas. En navidad, la isla se llena de turismo local y se cena a la luz de las estrellas, la luna y un montón de velas situadas encima de las mesas que se sacan a mitad de la playa para cenar. Y un sitio tan particular como este, siempre hizo lo que quiso cuando lo quiso y por eso, a pesar de que toda la república cambió al horario a verano, ellos siguieron viviendo una hora por detrás, como la tranquila y sosegada vida de esta isla merece.

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