Guatemala: curvas y baches

Bus Ciudad Guatemala – Coban, 17:00 domingo 19 de mayo 2013

10 días más tarde de la llegada de Raúl, hemos vuelto a nuestro punto de encuentro, la ciudad de Guatemala. Hemos dejado atrás una buena domingada, amigos, conocidos, anécdotas, trajes típicos coloridos, cabellos trenzados con telas de colores, paisajes, sabores, encuentros en la preciosa etapa de los mercados.

En mi mano, sujeto con firmeza mi corazón de lana para darle fuerza a mi gran amiga Bea. Estoy contigo preciosa a pesar de la distancia que nos separa.

Raúl salió por la terminal de salida a las 14:00 del sábado 11 de mayo. En la oficina de Iberia me confirmaron que llegaría desde Panamá a las 13:15. Esperé sentada en mi gran mochila a que decenas de pasajeros salieran. Abrazos, carteles, sonrisas, lágrimas y maletas de ruedas. La ausencia de mochilas me desesperaba y la alegría de encuentros ajenos, me desesperanzaba en mi soledad. Cansada de esperar, me volví a colocar los cascos para abrigarme en la música. Cuando la tripulación del vuelo de Panamá salió, me dispuse a sacar mi libreta para ahogar las lágrimas que remaban a favor de la corriente de mi estado de ánimo. Y de repente, corriendo con una camiseta amarilla salió Raúl de la puerta corredera de las emociones. Mi pilló por sorpresa. A penas pude quitarme los auriculares, arrojar mi libreta y tirar el boli. Su abrazo eterno me congeló. No podía creer que fuera él. Que estuviera aquí. Mi frialdad lo desconcertó. Mi rabia y tensión contenida, durante casi 1 día de espera, me tenía sacada de onda. Nuestro encuentro tenía espectadores locales que sonreían ante tan emotivo abrazo. Poco a poco entré en calor y pude dejarme sentir. El chico de la combi de Antigua, que veló por mí la tarde anterior, se acercó para celebrar la alegría. Al poco, apareció Diego, un guatemalteco que había corrido la misma suerte que Raúl. El tiempo fue el culpable que no pudieran aterrizar en Costa Rica y con una maniobra de altura de último momento, dejaron el aeropuerto de San José para dirigirse a Panamá. Venían sin maletas pero con risas y anécdotas de la experiencia.

Nos montamos los 3 en la combi de Antigua. Nos alojamos en Dionisio hostel por 175Q, 17.5€. Las vistas desde el piso de arriba, donde se encontraba nuestra habitación, daban a un volcán, a las montañas y a los tejados de las casas.

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Me duché mientras Raúl hacía un baño polaco y nos fuimos a cenar. La mejor pizza de Antigua, según Diego. Pagamos precio europeo por la cena, 180Q. La masa de la pizza era demasiado gorda para nuestro gusto pero la terraza, las velas y la compañía, no tenían precio. Al día siguienten, Raúl todavía no había recibido su maleta. Le presté unos pantalones cortor para que no muriera. Es genial poder compartir ropa así! Visitamos Antigua,  un pueblo precioso con una bonita arquitectura ausente de vida guatemalteca y plagada de restaurantes y cafés de gringos. Encontramos un poco de respiro local en el maravilloso mercado. Paseamos viendo fruta y verduras vírgenes para nuestras retinas. Muchas mujeres visten de forma típica con faldas largas, un delantal y blusas bordadas de alegres colores.

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En un pequeño comedor, con un gran marketing, compartimos un caldo de papas y un pimiento relleno acompañado con agua de mora. 20Q cada uno. Tortillas negras, tiznaron nuestros platos. Era la primera vez que las veía. Se amasan con maíz negro que les confiere este particular color. Al pedir si tenían agua de sabor, como acostumbraba hacer en México, me leían el menú completo de refrescos. La segunda vez que me lo hicieron, comprendí que mi mexicano no me funcionaría aquí. En Guatemala, a los refrescos lo llaman agua. Al agua de sabor, fresco. Y al agua normal, agua pura. Entre los billetes (todos iguales y desde 1 quetzal hasta 100 quetzales) y los cambios idiomáticos, me voy a volver loca.

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Al salir del mercado, dimos al parking desde donde salían muchos autobuses. Los chicken bus como se conoce entre los turistas. Son los autobuses escolares de EEUU que cuando los licencian, se traen a Guatemala para seguir explotándolos. Es una maravilla lo que han hecho con ellos tras unos cuantos botes de pintura y mucha creatividad. Son los autobuses que la gente local toma. No sólo son un método de transporte sino un sistema para mover mercancías sobre todo a recónditos lugares donde hay que llevar alimento, hielo, etc.

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Visitamos el mercado de artesanías y de vuelta al hostel, nos encontramos con un hondureño y un argentino. Estaban vendiendo sus cositas en la esquina de una de las calles que da a la plaza central. Hice estudio de mercado del precio de las pulseras. Tenía que reconvertir todos los precios de pesos a quetzales. Juntos, nos echamos unas risas y el hondureño nos dio buenos tips. Regresamos al hotel para ver si la maleta de Raúl había llegado. Hicimos tiempo de espera, yo tejiendo y Raúl probando con mis bolas de malabares. Un bocadillo de chorizo ibérico con pan casero, acompañado de un vino español, nos dio buen punto para irnos a dormir y disfrutar de una buena noche.

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Desayunamos en el hostel yogur, fruta y avena que habíamos comprado en el super el día anterior. Hablé con mi hermana Estefanía, que pese a los miles de kilómetros que nos separaban, me sentí a su lado. A las 11 habíamos quedado con Willie, un guatemalteco guía, contacto de un amigo de Raúl. Pasamos 2h juntos y empezamos a gozar de la hospitalidad guatemalteca, una invitación por su parte. En la terraza de la cafetería, con unas bonitas vistas a la plaza, nos ayudó a organizar nuestro viaje trazándonos una ruta con fechas. Compartimos anécdotas, buena vibra y proyectos futuros.

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Comimos, en el bar de la esquina, unos nachos con queso, guacamole y carne que llenaban el estómago y las papilas. A las 14h, pasó el shuttle a recogernos. Poníamos rumbo a San Pedro La Laguna, en el lago Attitlan. El final del trayecto transcurría por una carretera que iba bordeando el lago. Muchos árboles, pinos, vistas preciosas del lago desde lo alto de las montañas, curvas y bajadas imposibles. Llegamos a las 18h y serpenteando entre las estrechas callejas laberínticas, llegamos al Zoola. Era un sitio precioso por tan sólo 120Q. Un lugar regentado por Israelíes, muy bonito y con una piscina al borde de la laguna. Un marco incomparable. La ducha nos volvió a ratificar este sistema tan curioso que tienen en Guatemala para calentar agua. El agua se caliente en el mismo momento que sale por la alcachofa. Dentro de la misma llega la electricidad con unos cables que están dentro de la cabina. Es común de vez en cuando recibir una pequeña descarga. No existe regulador de temperatura. Para hacerlo, tienes que jugar con la presión del agua. Cuanta más agua, más fría sale. Cuanto menos agua, más caliente. En algunos lugares,  existe hasta un automático dentro de la ducha. Es una opción muy buena si no se tiene tubería de agua caliente pero dudo mucho, que esto no lo aprobaran en España….

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Salimos a dar un largo paseo. Fue una caminata agradable y sorpresiva. Nos dimos cuenta de la cantidad de escuelas y alojamientos que ofrecen cursos en español. Me encontré en una acera a Vanesa, la artesana catalana que conocí en Chacahua. Estaba sentada junto a un artesano portugués del que estaba aprendiendo nuevos puntos. Nos abrazamos, charlamos, despedimos y cada uno siguió su camino. Ya de noche, mis ojos miopes vieron a un científico loco, de pelo rubio rizado, en vaqueros, camiseta y con pintas de vagabundo. Era Francesco! Se alojaba donde Moro y coincidí con él un mes en Chacahua. Le había perdido la pista hacía casi 2 meses. Nos fundimos en un abrazo, nos pusimos al día de los chismes de la isla y nos despedimos hasta la próxima. Raúl no daba crédito a lo que veía. Decía que parecía que estaba en mi pueblo pero yo misma estaba tan impresionada por el destino que estaba en otro nivel de energía, casi levitando. En la calle, en la puerta de una casa, encontramos un cartel que sembró un hilo de esperanza en nuestros corazones. De vuelta al hostel, nos encontramos a un andaluz que estaba grabando un video clip flamenco en La Antigua. Un hombre peculiar que tal vez tendríamos la oportunidad de ver tocar en alguno de los garitos de San Pedro. Nos instalamos en la zona chillout junto a la piscina y el lago, y nos dejamos llevar por el 2×1 de los mojitos. El alcohol por nuestras venas nos hizo pasar una gran noche, donde Raúl y yo, también nos reencontramos.

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Nos levantamos. Tomamos el sol al borde de la piscina y nos dimos un baño matutino en la solitaria alberca. Estábamos hambrientos ante la falta de cena del día anterior. Nos zampamos un desayuno israelí con huevos, pan, queso, mermelada y pancakes. Exquisito. Volví a hablar con mi hermana Estefanía durante más de 1h. El tiempo se nos pasó volando y un paciente Raúl, esperaba para iniciar la visita turística del lago. Hicimos compras en el pueblo y a las 13h, estábamos en el embarcadero para ir a San Marcos. Visitamos este pueblo, pequeño, menos turístico pero encantador y solitario. La vista de los tres volcanes, a la otra orilla del lago, era desbordante. El tiempo allí parecía detenerse inundándote de paz. Desde allí, nos llevaron en tuck-tuck a Santa Clara, habíamos perdido la oportunidad de hacerlo en transporte público.

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Compramos agua en Santa Clara. La primera vez que la veía embasada en bolsas chicas de plástico. El único inconveniente que le veíamos al tema, era la ruptura del plástico. Se abre por una esquina y para beber agua, chupas y espachurras la bolsa al mismo tiempo. En el garage de al lado, un hombre con estrellas de plata en los dientes, nos indicó el camino de entrada a la caminata. En Guatemala muchas personas llevan fundas de plata en los dientes pero jamás antes, en una boca habíamos visto algo parecido. Eran las 15:30 cuando emprendíamos una caminata a la nariz del indio con vistas a la laguna. Gracias al GPS de Raúl y a su astucia montañera, escondimos mi mochila con objetos preciados para evitar el robo de bandidos. El día anterior unos turistas habían sido víctimas de maleantes locales. Subimos en 30 minutos. Era un buen entrenamiento para mí si queríamos subir al volcán al día siguiente. Raúl estaba hecho un toro después de aprobar, con nota, su curso de monitor de montaña. Con el aire ensordeciendo nuestros oídos y erizándonos la piel, disfrutamos de la vista 360º. Montañas, nubes, laguna, pueblos y explanadas. En una caseta, que parecía ahí puesta para nosotros, rematamos el chorizo que teníamos con pan desabrido (palabra que utilizan aquí para distinguirlo del dulce) y comenzamos el descenso. Recuperamos la mochila y a pesar de que eran las 17:30, nos atrevimos con una ruta no prevista para llegar a San Juan la Laguna, el pueblo al lado del nuestro. Es un gusto viajar con un montañero experto con gran sentido de la orientación y buena vibra como Raúl. El paseo era muy agradable con el atardecer a nuestras espaldas y el lago frente a nuestros ojos. Por el camino, descartamos subir al día siguiente al volcán y poner rumbo a nuestro siguiente destino. Y como no, se nos hizo de noche en los últimos 10 minutos de descenso. Un clásico en nuestros trekkings.

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Un tuck-tuck, compartido con una señora, nos llevó de vuelta a San Pedro. Al bajarse se despidió de nosotros con un “se cuiden”. Algo que dicen mucho por aquí los lugareños cuando no te dicen “se apuren”. Al principio pensábamos que nos advertían de un peligro pero nada más lejos de la realidad. El lago está rodeado de pueblos y aldeas que hablan maya y un mal español. Con sus ropas típicas venden panes y comida en la calle. Aprendimos a decir utsagüeich (hola, cómo estás?) y makiosh (gracias). El lago es un sitio mágico lleno de energía y buena onda. Un sitio para quedarse semanas.

Contratamos el servicio de combi para ir a Chichicastenango al día siguiente a las 13h. Cenamos en la calle a las diez de la noche, longaniza y pollo para Raúl, pollo y carne para mí. Tortillas, una coca-cola, mujeres mayas y unos perros pidones, acompañaban la penumbra de nuestros platos. Al acabar, completamente a oscuras, fuimos al embarcadero. Un sitio perfecto para disfrutar de las estrellas y la luna. En soledad y hablando como siempre, un meteoro fugaz nos dejó sin habla. Una estela roja amarillenta surcó el cielo lentamente por más de cinco segundos. La primera vez en mi vida que veía algo así. Nuestra estancia en aquel lugar, no podía acabar mejor.

Nos levantamos el miércoles tarde. Sol y bañito en la piscina antes de recoger las cosas. Compramos a una señora maya, un pan de plátano y chocolate y otro, de canela. Desayunamos tranquilos e hicimos tiempo en el hostel hasta las 13:30, cada uno con sus quehaceres.

Si no te gustan las curvas y los baches, no vengas a Guatemala. El paisaje tan natural y bonito que atraviesan las carreteras, se enturbia enormemente por la cantidad de curvas de montaña que hay y la infinidad de baches reductores de velocidad. Cuando hay un gran tramo sin ellos, buses y vanes circulan a toda velocidad para ganar kilómetros a los lentos trayectos.

Llegábamos a Chichi a las 16h. Nos alojamos en el hotel el Girón, tras negociar por 100Q habitación con baño, agua caliente y desayuno. Fuimos a visitar el cementerio maya por recomendación de Willie. Es muy colorido y alegre. Cada color identifica la edad del enterrado y el género. Un ambiente tranquilo reina en este lugar tan especial. Nos permitieron presenciar una ceremonia maya que un señor había contratado a un chamán de tiempos modernos. Entre sonidos de celulares y conversaciones telefónicas, se celebró la ceremonia que mezclaba palabras mayas y españolas. Duró 1h. Primero, dispusieron en círculos una especie de piñas redondas. Sobre ellas, y siempre cerrando el círculo, velas negras, marrones, lilas y blancas. Una detrás de las otras. Hierbas que parecían romero. En el centro, caramelos y dos botes de conserva pequeños de chile. Una niña ayudaba con gracia al chamán. Allí estábamos Raúl y yo mostrando respeto mientras la niña se subía por todas las tumbas y los dos hombres atendían llamadas que no eran del más allá. Prendieron las velas y el fuego era hipnótico. La forma de disponer las distintas ofrendas daba vida espiritual a las llamas. Olía a velas perfumadas, hierbas y caramelo. La mano experta del chamán, a través de una barra de hierro, removía los elementos avivando de nuevo las llamas. Un aviso del chamán y un posterior estallido de una lata de chiles, nos sorprendió y asustó por igual. La segunda explosión nos arrojó fina lluvia chilena. La mezcla de olores envolvía el ambiente. Vimos la ceremonia completa hasta que el fuego se apagó por completo. Sin apenas movernos y por supuesto, sin sacar nuestra cámara de fotos. Unos líquidos derramados al final de la ceremonia y el continuo remover de la barra de hierro, apaciguaron a los espíritus. Al acabar, fuimos a despedir al sol apoyados en un panteón mientras la magia del lugar y el astro, embellecía nuestros rostros.

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Volvimos del cementerio y nos deleitamos con una bulliciosa plaza que preparaba los puestos con palos de madera y estrategia de atado, con cuerdas, muy ingeniosas. Aquello era un escenario ideal para nuestras cámaras si no hubiese sido porque era ya de noche y nuestras cámaras compactas no dan para tanto. Toda la plaza estaba rodeada de puestos de comida repletos de locales y pequeños carros friendo pollo empanado, un plato típico en Guate. La compañía, pollo campero, es el rey. Las mujeres tenían sobre sus cabezas pañuelos coloridos que las protegían de las cargas pesadas depositadas sobre ellas. Nos decantamos esta vez por un restaurante recomendado en la guía de Raúl. Un bueno, bonito y barato de los pocos que existen ya. Ambiente tenue, romántico y comida deliciosa. Nos regresamos pronto a dormir.

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El día siguiente madrugábamos para ver el mercado en acción y desplazarnos a Queltzaltenango, a 3h de allí. Desayunamos y al salir, no dábamos crédito a lo que se había montado. Era un orgasmo fotográfico. Pasábamos desapercibidos entre el caudal local, los puestos de chicharrones, la ropa artesanal, los collares y las coloridas máscaras. En un pequeño pasillo, encontramos el rincón carnicero. Todo tenía una pinta espectacular. Aquel mercado era un sitio ideal para los regalos pero tal vez era demasiado pronto para cargar con ellos. No compramos nada, salvo una funda para mi cámara. La que me había comprado en Palenque, México, ya daba pena. En la cancha de baloncesto encontramos nuestro lugar favorito. La venta de frutas y verduras. Absolutamente todas las mujeres, grandes o niñas, vestían trajes típicos. Los niños más grandes jugaban alegremente en los puestos y muchos bebés, eran portados en las mantas a la espalda de sus mamas. A veces Raúl y yo, no sabíamos si cargaban niños o productos recién comprados. Nos preguntábamos como respiraban los niños cuando afirmaban que llevaban una criaturita dentro. El sonido de las palmas golpeándose, como si de un aplauso se tratase, para amasar tortillas resonaba por todo el mercado. Un sonido que nos habría de acompañar en toda nuestra estancia guatemalteca.  Comimos pollo, en mi caso empanizado y asado para Raúl, en el comedor típico. Bueno y barato.

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Agarramos nuestras cosas del hotel y salimos en busca del transporte hacia Xela. Llegado al punto indicado, un chicken bus pasó con un chico en la puerta chillando a grito pelado, “Xela, xela, xela!” Dimos unas zancadas y hábilmente, un chico situado en unas escaleras externas, subió nuestras mochilas al techo del bus. En los autobuses suben numerosos vendedores ambulantes, vendiendo absolutamente de todo a voz en grito. Caramelos, medicinas, pomadas, música, comida…Fue espectacular el día que nos encontramos a uno de ellos vendiendo una especie de gotas para los ojos. Allí, con el bus a toda marcha, se las echaba en los ojos para mostrar su inocuidad.  Fue un viaje tranquilo en el que, a pesar de las advertencias de los temidos robos en esta clase de buses, Raúl y yo, nos quedamos dormidos. Numerosos vendedores ambulantes suben y bajan continuamente al autobús para ofrecer sus productos. La única anécdota fue que algo del techo se cayó en medio de la carretera. Afortunadamente, no fue ninguna de nuestras mochilas. El bus paró, el ayudante salió disparado, recogió el bulto y lo colocó donde nunca debió caer.

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Bajamos lo más cercanos al centro que pudimos. Allí tiramos nuestras mochilas, nos sentamos encima y mientras Raúl se fumaba un cigarrito, leíamos las guías para saber donde dormir. Cuando lo decidimos, agarramos un taxi que nos llevó por 25Q al centro cultural los Chocoyos. Nos atendió una puertorriqueña con un niño de 3 meses, muy buena onda. Nos dio una habitación de 2 pisos con 4 camas por 150Q la noche. Un espacio central con mesas, un escenario, un espejo para clases de baile, varios sofás y un gato que era el rey del lugar, hacía de aquel lugar un sitio muy acogedor. La cocina, al fondo, equipaba este magnífico sitio con todo lo que necesitábamos. Apenas había gente y los propietarios, llegada la tarde, desaparecían. Era como estar en casa.

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Salimos a dar una vuelta. En frente del alojamiento, había una agencia a la que pasamos a preguntar por los trekking a los volcanes y la manera de llegar a Flores, nuestro siguiente punto. Raúl hizo contactos y conseguimos información muy útil. Para nuestro descontento, teníamos que regresarnos a Guatemala ciudad para ir al norte. Ya de noche, descubrimos la plaza central iluminada, llena de vida y edificios históricos muy bonitos. Compramos en el super lo necesario para una cena ligera, ensalada, sopa y desayuno clásico Raulillo, avena, yogurt y fruta. Aderezamos todo con dos brahvas, cerveza de la tierra.

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Todos los planes estaban saliendo a la perfección gracias a los consejos de Willie. Habíamos llegado el jueves al mercado de Chichi y llegaríamos también al mercado de los viernes de San Francisco el Alto, el más pintoresco de toda Guatemala. Por la mañana, en una salida fumadora, Raúl reclutó a Kira, una canadiense de 22 años que nos acompañó durante toda la velada. Tomamos el chicken bus y con ayuda de la multitud que nos aplastaba, llegamos a destino. El autobús estaba llenísimo y no paraba de subir gente. La ventaja de los buses aquí, es que te agarran en cualquier punto y te dejan en cualquier sitio. Para tomar estos buses, sólo hay que estar atento a los gritos del ayudante para conocer la dirección que lleva el bus. Yo prefiero infinitamente viajar en ellos que no en los shuttles donde sólo hay turistas. En los chicken bus, te encuentras con situaciones y gente de verdad. En una de las múltiples paradas, subió una mamá con 3 ó 4 niños. Uno de ellos enrollado en su manta porta bebés. Le dejé un hueco a uno de ellos en el asiento, junto a mí y al otro, con permiso de la mamá, me lo subí en mis rodillas. Era lindísimo, con sus manitas chiquitas apoyadas sobre la barra, la mochila a sus espaldas y el moquillo en la nariz. Le agarraba por la cintura atrapando su barriga entre mis palmas envolviéndole el respirar. La mamá se bajó agradeciéndome con una sonrisa el servicio. La mía, le devolvió la gratitud de confiarme a su hijo un tantito que me supo a gloria.

El mercado de este lugar es más que espectacular. Venden absolutamente de todo. Frutas, verduras, pescado seco, carne, juguetes, flores, ropa usada, nueva, pañuelos, cinturones, telas y animales. Nunca vi uno parecido. Calles estrechas abarrotadas de gente, cientos de puestos, transacciones comerciales, motas de turistas, cacareos de pavos, ladridos de perro, puercos tumbados a los pies de sus vendedoras, vacas, cabras, gallinas, pollitos de colores, gatos…El mercado ocupaba distintos niveles y se organizaba por secciones. Lo primero que remarcó Raúl, es que aquí la gente tenía la piel más curtida y las mejillas coloridas y resecas por el frío. Las caras eran las propias de los reportajes de la 2. Nosotros lo estábamos viviendo en vivo y en directo.

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Hicimos un alto en el camino para visitar la iglesia. En la puerta sentados, intercambiamos vidas con unas mujeres de la zona asombradas de cómo Raúl se liaba tabaco. En esta parte del mundo no siento tanto contraste ni diferencias como en Asia pero me encanta poder compartir con cualquiera, sea de la clase social que sea. Conocer su forma de vivir, su opinión, su creencia. Al mismo tiempo, puedes darle a conocer lo tuyo y normalmente, te quedas sumamente sorprendido del tipo de cosas que les interesan y te preguntan. Raúl solía aprovechar las fotos en la cámara de su escapada a la sierra para mostrarles la nieve, algo que nunca han visto. La idiosincrasia del español y la diferencia entre nuestro castellano y el suyo, no me quita este sabor de hermandad que siento en todos los lados. Los guatemaltecos son gente afable, educada y reservada con los turistas. Pero siempre te atienden y acogen de una manera encantadora. Siempre es igual, antes de visitar un país, muchos te avisan y te alertan de lo peligroso que es. Tal vez es por eso, que cuanto te encuentras con el pueblo guatemalteco, quedas gratamente sorprendido y agradecido por su hospitalidad sin fin.

Paseando por las callejas, una niña voz me gritó “china,china,china!”. Al igual que en México, se refería a mi pelo. Le llamaba la atención en comparación a lo lacio del suyo. Quiso hacerse una foto conmigo y le tomé la dirección para mandársela. Kira compraba artículos baratos de artesanía para venderlos posteriormente más caro en Nueva Zelanda, su próximo destino. De esa manera, financiaría parte de su viaje. Mientras ella andaba buscando de puesto en puesto Raúl y yo, sentados en la acera, nos comimos un pimiento relleno servido con arroz y frijoles en una hoja de plátano. Lo habíamos comprado en un puesto en el mercado y por supuesto, no servilletas y mucho menos, cubiertos. No lo comimos al más estilo India, con las manos! No había lugar para la decepción, la comida estaba muy rica.

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Decidimos ir a comer a San Andrés Xecul a 30 minutos de donde estábamos en bus. La intención era visitar una iglesia única en centro américa muy colorida y del prebarroco. Después, buscaríamos un bar para ver la final de la copa Real Madrid – Atlético Madrid al abrigo de una buena comida y chelas. Kira se apuntó al plan. De nuevo en el bus me asombraba que las mamás con manta portabebés a las espaldas se sentaran tal cual. Mi mente occidental pensaba en su posible frenazo intuyendo las consecuencias para ese bebé, espachurrado entre el asiento y su mamá. Pero allí lo viven de forma natural así que supongo, que hasta la fecha, no ha debido ser un problema.

Llegamos a San Andrés, a la misma plaza donde estaba la iglesia. Estábamos los tres solos observando la colorida fachada. Se dice que en esta iglesia se venera a una deidad neutral, en forma de conquistador español, que ha generado una nueva religión que cuenta cada vez con más adeptos.

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Preguntamos en la calle por un lugar donde transmitieran el fútbol pero no había ninguno. De repente, oímos las conocidas voces de comentaristas deportivos. Raúl y yo nos miramos pensando que era demasiada casualidad. Sólo teníamos que seguir aquellas voces para encontrar el televisor que estaba transmitiendo. El sonido salía de una tele ubicada en una carnicería. Nos acercamos y allí estaba el partido. Pedimos permiso a Felix, el propietario del lugar, para verlo con él y empezamos con las rondas de chelas y cacahuetes. No habíamos comido y las sucesivas cervezas, hacían estragos en nuestras cabezas y en el Real Madrid. Empezamos invitando nosotros a la primera para agradecer la cortesía de Felix. No parábamos de mirar nuestro alrededor con todos los pedazos de carne colgados y no dábamos crédito a la pintoresca situación.  Varios clientes entraban y salían para comprar o compartir minutos de juego. El carnicero era un chico joven de 30 y pocos años y muy buena onda. Nos ofreció una casa en Xela que no habitaba, totalmente gratis. Rehusamos la oferta por falta de tiempo. Salieron planes de baile para la noche que finalmente no salieron adelante.

 

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Regresamos a Xela guiados por Kira, atravesando otro mercado y tomando el colectivo repleto de guatemaltecos. Nos echamos unas risas con Raúl y su vicio de coger. Llegamos a la plaza central. Hambrientos, compramos comida en los puestos callejeros. Probé por primera vez una especie de tortilla gruesa de maíz con chicharrones dentro y cubierto de ensalada. Comimos sentados en la fuente central y nos regresamos a descansar al hostel. Al día siguiente queríamos subir a uno de los volcanes que rodean Xela.

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Gracias al GPS e internet, Raúl consiguió una ruta para subir el volcán de Santa María. Era el único track que había disponible pero según la agencia de viajes, no era muy seguro porque asaltaban a los turistas. Llegamos hasta la base en chicken bus. Conforme íbamos subiendo, nos encontrábamos con grupos, más madrugadores, que ya iban de bajada. Con la altura y el paso del tiempo, las nubes se volvían más espesas. Nos cruzamos con un grupo de señoras y jovenzuelas que bajaban super rápido ataviadas con la ropa típica y en chanclas. Venían de celebrar una ceremonia maya en la cumbre. En un cruce con un grupo, los dos perros que los acompañaban, iniciaron el ascenso con nosotros. Canela y manchitas. Canela nos abandonó y manchitas, como una campeona, coronó la cumbre con nosotros. No nos asaltaron pero las 4h de subida, los 1.200m de desnivel y las nubes en la cumbre por todos los lados, imposibilitando ver el cráter con fumarolas, me dejaron más que exhausta. El bocata de lomo me reconfortó el esfuerzo y la falta de vista. Manchitas también se llevó su premio. Al terminar de comer, otros 4 chicos coronaban también. Se trataba de Quique, Diana y Santiago de la capital, acompañados por el siempre sonriente y atento Edgar, guía local. Empezamos a hablar y sus planes cuadraban con los nuestros. Un lanzado Raúl, les propuso llevarnos hasta la capital para poder ir después a Semuc Champey, a mitad de camino de Flores.

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Tip nº 82: Si hay peligro de robos en una excursión, lleva lo justo pero lo suficiente

 

En la subida al volcán, mi cámara se quedó en tierra. Raúl se llevo su teléfono cutre con la sim local por si teníamos que hacer alguna llamada de emergencia. Llevó su cámara a riesgo propio y el GPS para guiarnos. Inventó una excusa por si nos robaban y querían llevárselo. Dado el caso, les diría que si se llevaban el GPS, vía satélite podían ser localizados y agarrados por la policía. Teníamos que llevarnos dinero para los desplazamientos pero también, por si surgía algún imprevisto. Escondí en el sujetador, 500 quetzales y en el monedero común, puse 200. Si nos asaltaban y sólo teníamos 20 quetzales, el mal humor del asaltante ante el ruin botín, podía incitarle a algún tipo de violencia.

Hicimos la bajada juntos y nos contaron un montón de cosas interesantes de Guatemala. Edgar nos recomendó un libro llamado Popol Vuh en el que se cuenta la bonita historia de por qué los hombres, están hechos de maíz. Aprendimos que chingar en Guatemala, es salir a pasear o divertirse y que un boli, es un borrachito. Nos recomendaron sitios bonitos y diferentes para visitar. Decían que Guatemala no era tan inseguro pero al mismo tiempo, ellos en la capital, nunca agarran un taxi. Sólo se desplazan en vehículo propio. Raúl y yo bromeábamos con ellos diciendo que estaban usando una táctica muy inteligente para robarnos los 200 quetzales y los 500 que teníamos escondidos! Quique y Santiago eran unos fieras y bajaban muy rápido. Raúl y Edgar, tenían tiempo de hablar y hablar, mientras yo cerraba las filas pendiente de no meterme una piña. Bajamos en poco más de 2h y mis piernas estaban literalmente rotas. Definitivamente subir y bajar no es lo mío. Al acabar, bebimos y descansamos un poco en casa de Edgar mientras hacía algunos estiramientos si al día siguiente quería levantar de la cama mi dolorido cuerpo.

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Tip nº 83: usa vaselina para los pies si vas a andar mucho

Es un consejo que me dio Raúl cuando viajábamos por Asia. Así que esta etapa del viaje, la emprendí con un tubo de vaselina en mi botiquín. Cada vez que vayas a andar mucho, es bueno que masajees tus pies (importante entre los dedos y la zona del talón) para evitar que salgan ampollas. También es importante usar un calcetín lo suficientemente grueso que te proteja.

Después, los chicos nos llevaron hasta Xela en su coche. En el trayecto pudimos conocernos algo más. En qué trabajaban y que los había traído aquí. Buscaban alojamiento y los llevamos al nuestro. Nos tomamos la botana y las chelas en el acogedor centro cultural mientras unos chicos aprendían danza africana. Allí siguió la conversación mientras hacíamos turnos para la ducha. Nos enteramos que Santiago, de 15 años, era hijo de Quique de 33. Diana, novia de Quique, con 22 estaba entre el papá y el hijo. Quique tenía 2 niños más. Ese fin de semana, lo pasaban con su mamá. Platicamos y platicamos compartiendo nuestro viaje, mi aventura, sus vidas, sus pasiones y todas las cosas que tienen en común el papá y el hijo. Deportes, música, instrumentos…en fin, una pasada ver dos chicos tan jóvenes relacionándose así. Mientras pasábamos por la ducha, Kira hizo acto de presencia compartiendo unos pocos minutos con nosotros antes de irse a dormir. Juntos, nos fuimos a comer a un restaurante muy conocido en Xela. Pizza y micheladas para todos. Al poco se nos unió Felix, el carnicero de San Andrés con su novia. Después de cenar, me reencontré con mi querido Yann. Llevaba en Xela unas semanas y tenía previsto quedarse 10 meses más. Escuela de español y voluntariado, ocuparía la mayor parte del tiempo. En una placeta nos quedábamos Yann, Raúl y yo compartiendo mientras la familia se echaba unas chelas en un club de baile. Un pirado nicaragüense, por su forma de hablar y por las aventuras que contaba, nos dio mucha cuerda para risas durante días después Tenía que haber registrado a Raúl imitándolo, todo un espectáculo en vivo. Fue maravillo como en un momento, nos habíamos reunido todos. Yo estaba muy feliz de volver a ver a Yann, la tercera vez en este viaje y espero que no sea la última.

Tip nº 84: Sim local y teléfono duál

Todos estos encuentros fueron en parte gracias a que Raúl tenía una sim local con la que poder contactar con los chicos que íbamos conociendo. En estos países se pueden comprar por unos 10€ y las recargas son muy baratas. Merece la pena utilizarla si piensas relacionarte con locales y otros viajeros. Si además viajas con un móvil dual, la ventaja es doble puesto que puedes tener whatsapp con tu sim española y al mismo tiempo, llamadas locales por muy poco dinero con la sim del país en el que te encuentres. También es posible contratar servicios de internet con estas sim. No sale nada mal de precio.

El domingo poníamos rumbo a Guatemala city tras un buen descanso y un mejor desayuno. No tuvimos tiempo de visitar las fuentes termales, pero no nos importó en absoluto! El viaje de 3h lo pasamos compartiendo, como no podía ser de otra manera, con esta familia tan particular. Santiago, Diana y yo, nos llegamos a echar unos sueñecillos mientras Quique y Raúl, arreglaban el mundo. Nos llevaron al centro comercial desde donde salía el bus para Coban. Comimos en pollo campero. Llegó el momento de las despedidas y el deseo de volvernos a ver en Antigua o en su ciudad, cuando acabásemos el tour. Ya montados en el bus con el motor en marcha, agradecíamos la cortesía, amabilidad y buena onda de los chicos cuando Raúl advirtió que su móvil no estaba. “Una domingada, Mongi. Me lo he dejado en el coche” me dijo con angustia en los ojos. Bajamos como locos al igual que nuestro equipaje e hicimos volver a los chicos. Todo quedó en una pequeña anécdota que tan solo nos retrasaría, 30 minutos nuestra llegada y punto de arranque para una nueva aventura.

Un comentario en “Guatemala: curvas y baches

  1. Ya me lo he leido tres veces, es como teletransportarse y volver a vivir unos maravillosos e inolvidables momentos, joooooo quiero mas … jajajaja

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