Guatemala: Guatemala sí, pero en mayo no

Bus Santa Elena, Flores – Río Dulce, 8:40 jueves 30 mayo 2013

Llegamos a Coban el domingo 15 de mayo a las 21:30. Con la Imposibilidad de llegar a Semuc Champey, a 4h de allí, hicimos parada técnica en esta ciudad para dormir. Nos alojamos en el Hotel Villa Imelda, un hotel junto a la parada de bus por 150Q, caro para el presupuesto pero sin muchas ganas de buscar una mejor opción para tan sólo una noche. Todo estaba oscuro y cerrado. Creíamos que no estábamos en el centro, pero andando  tan sólo 5 minutos, llegamos a la plaza central. El chico de la recepción nos indicó que era el único lugar donde podríamos encontrar algo para comer. Allí, había puestos callejeros rodeando la plaza, un puñado de locales cenando en los bancos y un montón de perros educados a la espera de la suya. Pedimos barbacoa. Las costillas estaban muy ricas y nos moríamos de risa con las contestaciones del hombre del puesto que consistían en palabras cortas repetidas 2 veces. “Vaya, vaya”. “Bueno, bueno”. “Vale, vale” y el ya tan escuchado, “no tenga pena” como respuesta cuando pides o solicitas algo.

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Descartamos por tiempo visitar las cuevas del Rey Marcos, un sitio que nos había recomendado Quique y otros guatemaltecos. Parece ser que merecen mucho la pena. Nos fuimos directamente a Semuc Champey para disfrutar de un día y medio en este bello paraje natural. Las 3h hasta Lanquin, en minivan, fueron tranquilas. Desde allí la hora y pico hasta el hostal El Portal, a la entrada del parque natural, fueron por una carretera muy mala llena de baches, de subidas y de bajadas. El paisaje había cambiado totalmente volviéndose más tropical y verde. Los olores se colaban por las ventanas de la apretujada  furgoneta. Nunca había visto de donde salían las piñas y el camino, estaba plagado de plantas que las ofrecían con gracia.

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El hostal no lo había recomendado mucha gente, entre los que se encontraban Yann y Kira. Referencias no nos faltaban! Llegamos a un puente estrecho de hierro que atravesaba el río. Pensamos que era el final del trayecto pero, ante el asombro de nuestros ojos, la furgoneta lo cruzó crujiendo toda su estructura. 2 minutos más tarde, nos paraban en la puerta del hostel. Un sitio muy bonito en el que conseguimos una cabaña con baño compartido por 100Q (10€). Se situaba en la primera planta de una casita. Teníamos que subir por unas escaleras de madera, abríamos una compuerta del mismo material por encima de nuestras cabezas y entrábamos a nuestro nidito de amor. Dentro, una cama doble estaba cubierta por una mosquitera en forma de dosel. La ventana era una apertura en el techo de palma. El olor a madera y a palma seca, impregnaba todo el habitáculo. Apenas 1 minuto bajando el jardín encuestado, llegabas a la orilla del río.

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Sabíamos que íbamos a estar rodeados de naturaleza, sin mucha opción para comer, pero en Lanquin apenas tuvimos tiempo de hacernos con unos bollos en una panadería. Fuimos al restaurante del hostel ubicado en la misma recepción. Allí estaban todos los empleados comiendo y parloteando, con mucho chiste, en la mesa de al lado. La mayoría eran mujeres que trabajan en la cocina y se sentía que había muy buena onda. Miramos la carta y gracias a otra domingada de Raúl, nos sirvieron cosas distintas a las que realmente queríamos. Como los niños, a regañadientes, me comí los espaguetis con tomate y con la barriga llena y la gula no satisfecha, nos fuimos al río a nadar.

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Estuvimos jugando con la fuerte corriente que te arrastraba. Nos arrojamos higos marinos con un niño. Escalamos piedras. Observamos una mariposa gigante y azul atrapada en la superficie de una roca y finalmente dimos un salto de 3m desde lo alto de una roca sumergida en las preciosas aguas del río. Con la fresquita, me puse con la artesanía y una de las cocineras me compró una pulsera gracias a la labor comercial de Raúl y su 30% de comisión. Me encargaron más pulseras para el día siguiente. Cenamos super bien un filete de pollo empanado con puré de papas y ensalada. A las 10 de la noche, cortaban la electricidad y al abrigo de la luz de emergencia, tejí la pulsera que me habían pedido. En la oscuridad, divisamos un sapo bien feo. Si alguno de los dos le hubiese besado, se habría convertido en un príncipe bien guapo. Me fui  a la cama con la boca asqueada por el tabaco. Con otra domingada, Raúl había echado en mi lata de coca cola su ceniza. Tercera domingada en menos de 24h, la cosa prometía.

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Tip nº 85: Dormir en Lanquin

Hay muchas cosas por hacer en la región del altiplano pero Semuc Champey es la atracción. También se pueden visitar las cuevas de Lanquin. Lanquin es un pueblo que ofrece alojamiento pero recomiendo buscar uno metido dentro del entorno natural de de esta zona. Si duermes en Lanquin, los olores, los sonidos, los colores dependiendo de la hora del día, se contaminan por el ruido y los coches. Si se quiere visitar las cuevas, se puede hacer antes de ir a Semuc Champey y buscar por allí un sitio donde dormir que se ajuste a vuestro presupuesto. Esto ofrece una ventaja añadida, ver el atardecer desde el mirador del parque. Puedes visitar el parque por el día, descansar en el hostel y con la misma entrada, aunque la hora de cierre es a las 17h de la tarde, puedes entrar a las 16:30 y disfrutar del atardecer desde el mirador, casi seguro en soledad.

Tip nº 86: Visitar el parque natural de Semuc Champey

Para entrar en el parque hay que pagar 50Q pero con una misma entrada, se puede ingresar las veces que se quiera en el día. Hay muchas excursiones guiadas a este paraje. Sueles ir en grupo, llegan a las 10 de la mañana y lo abandonan 2h más tarde. Lo bueno de este lugar es tomarse el tiempo de observar la naturaleza, los animales, los sonidos y perderse por su belleza. Yo recomiendo hacerlo por vuestra cuenta porque no se necesita un guía y os permitirá disfrutar de un día completo. En la entrada del parque hay un sitio donde comer pero también, se puede llevar un picnic. Si queréis recorrer las pozas, desde la más alta hasta la última, tendréis que dejar vuestras pertenencias en una caseta con guardas. Aunque está vigilada, no hay taquillas con candado, tan sólo huecos para depositar tus cosas. Si quieres disfrutar de la bajada de pozas, no traigas demasiadas cosas de valor. Hay furgonetas que hacen el servicio de Lanquin – Semuc. Los hostales también ofrecen el servicio de desplazamiento, algo más caro pero más rápido. 

Después de desayunar los bollos que compramos en Lanquin con un chocolate caliente, visitamos Semuc Champey por 50Q. Un parque natural de aguas verde turquesas, vegetación tropical, unos árboles gigantes de formas impresionantes y musgo por todos los sitios que te transportaban a épocas pasadas. Una especie de algodoncillo, procedente de las ramas de algún árbol, flotaba por el aire y se enganchaba en la vegetación. Caminaba faltándome sentidos para poder asimilar todo. Andábamos en solitario y en mi ensoñación, lo hacía con lentitud. En la entrada compramos a un hombrecillo, chocolate con cardamomo que Raúl adoró y yo detesté por igual. Nos cruzamos en el trayecto del parque con distintos grupos y guías que nos ofrecieron acompañarlos a la exploración de unas cuevas. Dejábamos ir a la multitud para seguir disfrutando de la naturaleza en estado puro.

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Llegamos al mirador y desde lo alto, veíamos las pozas turquesas y la arena marfil, en la profundidad del valle. Descendimos avituallándonos con coco y fruta. Llegamos a la mejor parte, el baño! Teníamos por delante un montón de pozas escalonadas para nuestro disfrute. Dejamos las cosas al abrigo de los guardas y nos divertimos como niños explorando y dejándonos deslizar por los distintos niveles de agua. Raúl no paraba de decirme que se tenía que haber traído la go pro, una cámara con la que hacer fotos en el agua. A ambos, aquello, nos recordaba a hacer cañones. Jugamos como niño y nos abrazamos como mayores.

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Terminamos el recorrido a las 13:30. A las 14:00 era el último pase para visitar unas cuevas aledañas. Nos regresamos al hotel y nos prepararon rápidamente unos sándwich de pollo. Nos uniríamos a una decena de turistas del hostel para hacer el recorrido. Nunca había visitado unas cuevas así en las que sigues y acompañas al agua fluyente por todos los sitios. Nos guiábamos con una vela en la mano que, inevitablemente se apagaba, cuando en algunos tramos el agua te llegaba casi al cuello. Fue un trayecto de 1h y media con saltos, pasadizos, cuerdas, toboganes, oscuridad a tus espaldas, piel de gallina en los pasos desandados y numerosos golpes con las piedras acuáticas tímidamente escondidas. Un golpe en mi dedo gordo, dejó un moratón interior de mi uña que me acompañaría por mucho tiempo. A las 17h nos retiramos a descansar al hostel de tanta agua y seguí tejiendo para responder a las demandas de los empleados. Raúl hizo más ventas a pesar de que el modelo a fabricar, no era mucho de mi agrado. Se gastó su comisión acumulada, regalando una de las pulseras a una niña, vendedora ambulante. El buen rollo con el personal del hostel iba en aumento y mientras tejía a marchas forzadas, una familia enorme de turistas medio estadounidenses medio guatemaltecos, animaban la pista de baile.

Tras varias cervezas y una tortilla española malograda de la cocina, nos lanzamos a bailar. Lo hicimos juntos y separados, sudorosos inmersos en el ritmo latino. Heidi, una de las cocineras, amaestró a Raúl con nuevos pasos de baile y vueltas imposibles. Nos enseñaron a bailar un baile típico de allá y acabando destrozados de tanto saltito. Pasó la hora del corte oficial de electricidad y la pista seguía a tope con todos los huéspedes dándolo todo. La fiesta duró hasta las 12 de la noche. Lo pasamos fenomenal. Recomendaremos ente hermoso lugar y en particular, el hostel el Portal, a todos los viajeros que encontremos. La noche se hizo demasiado corta.

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A las 7 de la mañana estábamos listos para dirigirnos a Flores, nuestro próximo destino maya. Nos llevaron a Lanquin en 4×4 y allí nos repartimos en van según los destinos. Tuvimos la mala suerte de cruzarnos con 8 chicas israelíes. No tendrías más de 20 ó 22 años. Nos hicieron el viaje una pesadilla y enfadarnos, como hacía tiempo que no lo hacíamos. Muy mala onda. Las chicas parecían las spice girls. Ante el ofrecimiento de Raúl de ayudarles a cargar en el techo de la furgo, sus maletas armario, desaparecían dejando a Raúl sólo ante el peso de aquellos muertos. Una vez que el conductor compuso el tetris de bultos, una de ellas se empeñó en que movieran su maleta a otro sitio. El conductor le explicaba que no se preocupara porque su maleta no se iba a caer, todavía le quedaba realizar el amarre final con una lona. Como el buen señor no hacía lo que la señorita le ordenaba, de muy malos modos, se puso a chillarle y a insultarle en su idioma. Estaba histérica. Al tiempo que el numerito se daba, sus amigas me pedieron con la misma educación que su amiga, que les cambiásemos el sitio para poner otra mochila que no querían subir en el techo. Les dije que no y me fusilaron con la mirada. Raúl hablaba con Gregorio, un americano, buena onda de 29 años y a mí, me dio la risa ante aquella pintoresca situación. La chica, vino directamente sobre mí para pedirme explicaciones de por qué me reía de ella. Le dije que no era el caso y empezó a ponerse como una energúmena potenciada por su amiga la gordita. Raúl, ya me había hablado de la fama de los viajeros de Israel, pero hasta la fecha, yo no me había encontrado con ninguno. Las mujeres y hombres hacen el servicio militar, 2 y 3 años respectivamente y después, se dedican a viajar. Salen al mundo exterior asalvajados. Afortunadamente, como dice Raúl, no son todos así. Casualmente, mayo es su mes estrella y Guatemala se llena de ellos. Como si de una niña se tratara, la loca intentó ocupar nuestros asientos en la furgoneta hasta que al final, consiguieron quitarle de ahí los chicos que trabajaban en su hospedaje. Sabíamos que su cabreo iba en aumento cuando sentíamos en nuestras espaldas sus rodillas. En una parada técnica, volvió a repetir la jugada. Raúl y yo, calmados decidimos no enfrentarnos a las poligoneras y hablar con el conductor. Le dijimos que sentíamos la situación que se estaba dando pero, hasta que ella no dejara nuestros asientos libres, nosotros no subiríamos a la furgoneta. El conductor se portó muy bien y no perdió tampoco la calma. Se quejaba de todos los problemas que causaban los israelíes y argumentaba, con desidia en los ojos, que nadie quiere llevarlos ni alojarlos. El conductor estaba de acuerdo con nosotros y Gregorio también. Él hizo de mediador y traductor. 20 minutos le costó a la niña dar por pérdida la batalla, pero no la guerra. En este caso, no se colocó en el asiento de detrás sino a mi lado. Me clavaba el codo en las costillas y me presionaba con sus piernas abiertas. Yo no estaba dispuesta a viajar 7h comprimida y dolorida. Le pedí 3 veces educadamente que por favor, ocupara su espacio. Hubo revuelo de ella y las energúmenas de sus amigas. Nos insultaron y llamaban racistas. Raúl no pudo más y en plena marcha, con un poco de teatrillo y algún que otro grito, la puso en su lugar. El conductor decidió bajarlas a todas en la siguiente parada pero el cabreo de Raúl, las apaciguó y no fue necesario. Al final, la chica se fue de mi lado. La guerra estaba ganada. En mi vida me había pasado algo así. Aún así, cuando llegamos al control de frutas, les traduje lo que había que hacer. A la entrada de la región de Petén, no se pueden meter frutas porque Guatemala fue azotada por plagas que podían arruinar las cosechas de esta región. Cuando llegamos a Flores, después de 5h compartiendo aire viciado, todos huíamos de ellas como de la peste para no coincidir en el mismo hostel.

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Seguro que nosotros no nos las encontraríamos. Habíamos contactado días atrás con Gustavo, el guía de la agencia de viajes de Xela. Casualmente estaba en Santa Elena, junto a Flores. Nos alojamos en su casa para conocer a su padre, Don Santiago, uno de los primeros guías turísticos de Guatemala. Dormiríamos en la habitación de las niñas. Sus dos hermanas en una cama, Raúl y yo, en la de al lado. No había puerta en el cuarto, tan sólo una cortinilla y apenas había espacio para dejar nuestras mochilotas. Por azar, esa noche venía un grupo de turistas franceses a la casa y podríamos asistir a una cena típica. Fuimos a dar un paseo por el barrio y Gustavo nos enseñó donde  se encontraba la estación de autobuses por si lo necesitábamos. Él partía para Xela esa misma noche. Al regresar, yo sólo necesitaba una ducha para quitar toda la tensión y suciedad acumulada del día. La mala onda israelí, se iría por el desagüe. Al principio querían que  lo hiciera  en el patio de la casa, en el lugar donde lavaban los trastes. Me metí dentro y a pesar de que había algunas cortinillas, mi cuerpo daba de lleno a la ventana de la cocina donde varias personas estaban sentadas hablando distendidamente. La madre de familia, detectó mi vergüenza y me ofreció tomar una ducha de palanganas frías en el baño. Me supo a gloria. Ya nueva, pude disfrutar de las explicaciones en francés del peculiar Santiago. También mantuve interesantes conversaciones con este grupo de turistas compañeros de trabajo y como ellos, observaba curiosa todos los objetos típicos con los que la familia había rodeado la sala. Semillas, ron zacapa, objetos, maíz, piedras… Raúl y yo cenamos con los locales y en particular, con uno de los mejores ciclistas de Guatemala. Ya estaba retirado de la competición profesional y ahora ejercía de chofer en una empresa de turismo. Fueron muy interesantes las historias que nos contó de primera mano de doping, presión deportiva, …Raúl llevaba días escrutando el mercado guatemalteco para montar trekkings y circuitos en bici aquí. Ya tenía contactos muy interesantes gracias a su don de gentes y su olfato aguililla. La cena, a base de tacos, estaba muy buena. Al acabar, un orgulloso Santiago, nos enseñaba regalos especiales que le habían hecho grupos de turistas al abrigo de una pequeña botella de zacapa, que Raúl compró por 35Q. La otra, se la guardaba para otra ocasión especial. Intentamos también, contactar con un amigo suyo para hablar del tour al mirador y para visitar Tikal. No hubo suerte.

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Pese a la falta de intimidad y lo peculiar de la situación, dormimos plácidamente, confiados y agradecidos del trato que nos había dado la familia. Nos cobraron una cantidad insignificante por los servicios prestados y pudimos ver desde dentro, una casa y familia guatemalteca de verdad. Nos fuimos de allí a las 8 de la mañana del día siguiente. En Flores intentaríamos buscar la manera de ir a Tikal y de organizar la marcha al mirador. El conjunto del Mirador son las ruinas más grandes de mesoamérica, conteniendo la pirámide más grande del mundo por encima de Keops en Egipto. La única manera de llegar hasta allí, es caminando 2 días por la jungla. Varias personas nos habían recomendado hacerlo a pesar del precio. Debido a eso y que era temporada baja, no era sencillo encontrar un grupo de gente para poder abaratar los costes del trekking. Una semana antes, habíamos contactado por internet con la cooperativa de turismo de la carmelita, el pueblo más cercano al mirador. El presupuesto era de 350€ cada uno por los 5 días de tour. No tenían un grupo formado y no podían abaratar el precio. Era muy caro y Raúl estaba poco convencido. Un montañero como él estaba algo asustado por las altas temperaturas y la humedad. Nos pasamos toda la mañana de acá para allá buscando una buena forma de ir al mirador. En el último momento, conseguimos el trekking de 5 días a la selva por 175€, la mitad del precio que nos daba la cooperativa de turismo. Después de la experiencia pasada, lo único que pedíamos, era que no hubiese israelíes. Raúl y yo éramos conscientes que en algo, tenía que estar la diferencia. Hasta dudábamos que hubiese un grupo de verdad y que el sábado saliera la expedición. Había que confiar en que todo saldría bien. Con ellos mismos, contratamos también la visita a Tikal al día siguiente a las 4 de la mañana. El trabajo estaba hecho.

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Llegamos al hostel decididos a darnos un baño en el lago pero empezó a llover. Se nos ocurrió ver el espectáculo desde la terraza del hotel. Fue increíble ver como se aproximaba la lluvia por el lago. Como avanzaba la cortina de agua hasta que nos tapó completamente la visión. El enorme lago, había desaparecido. Estábamos tan exhaustos viendo el fenómeno meteorológico, que cuando nos alcanzó, nos descargó litros y litros de lluvia y viento. Poco a poco, para evitar mojarnos, nos fue arrinconando al centro de la terraza cubierta de chapa. Aunque Raúl intentaba protegerme de la lluvia, acabamos salpicados y con el agua hasta los tobillos. Por allá suelto, había un cable. Temía que si el agua seguía acumulándose, pudiésemos recibir una descarga eléctrica y quedarnos muertitos ahí mismo. Esperamos un poco a que se calmara y cuando tuvimos la oportunidad, bajamos por la escurridiza escalera de caracol de hierro. La sorpresa fue mayúscula cuando vimos la cascadas que se había formado al final de la misma, bajo la cual teníamos que pasar. Nos empapó a ambos. No nos importó estar calados, era ya tarde y estábamos hambrientos. Aprovechamos la tregua que nos dio la lluvia para salir a comer. Pedimos consejo en el hostel y un hombre de unos 50 años, enganchado con la vida, nos acompañó hasta un comedor. Nos dio una vuelta enorme que terminó de empaparnos. Intentábamos por todos los medios pasar por delante de una de las agencias, con las que finalmente no contratamos el tour, a pesar del tiempo que habían perdido con nosotros. El comedor estaba cerrado y ya en solitario, nos dirigimos al plan B. Al abrigo del agua y con una carta extensa, nos decantamos por dos platos de pasta. Nos sirvieron raciones gigantes. Yo no pude acabar mis espaguetis a la carbonara. La gula de Raúl y dos cervezas, remataron su plato hasta el final.

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El viernes  visitamos Tikal con los sonidos de los animales despertándose y un guía que nos explicaba las maravillas del lugar. Pagamos cada uno 90 quetzales por la visita y 150 más por la entrada a las ruinas. Están rodeadas de naturaleza y animales por todos los sitios. Vimos monos araña, tucanes, una tarántula, numerosos pájaros y templos mayas. Tuvimos suerte. Era un día nublado que hacía soportable el sol apagado. El guía nos contaba la historia maya pero también respondía a nuestras preguntas. Un recorrido de 5h que acabó encima de una estructura desde la que se visualizaba toda la selva. Allí nos encontramos con 3 trabajadores del DPI, nuestro DNI. Muchas de las conversaciones con locales empiezan de la misma manera. ¿de dónde son? Y cuando Madrid es mencionado, los siguientes minutos son dedicados al fútbol. Son grandes seguidores del fútbol español, en particular, de los dos grandes. Estos no podían ser menos y afortunadamente, eran de los nuestros. Tenían muy buena onda y nos dieron muy buenas recomendaciones de qué sitios visitar en su país.

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A las 2 estábamos de regreso en Flores. Pasamos por el hostel para cambiarnos y nos fuimos al lago a bañarnos. Al principio estábamos un poco temerosos del agua y yo sentía cierta aprensión por las algas recordando mi inmersión en Inlé lake, en Myanmar. Nos tiramos los dos al tiempo sumergiéndonos en el agua tibia de la laguna. Nadamos separándonos del embarcadero. Disfrutamos del baño hasta que decidimos irnos a comer y a llevar nuestra ropa a la lavandería. Necesitábamos nuestras cosas a punto para el trekking al mirador del día siguiente. Comimos en un restaurante junto a la lavandería e hice sufrir un poco a Raúl haciéndole creer que no teníamos suficiente dinero para pagar la comida. Desafortunadamente para mi, se lo tomó con total normalidad y no perdió los nervios. Así que, dio al traste con mi bromita…Al acabar, fuimos a buscar un cajero que nos diera dinero para saldar nuestra deuda con el mirador y a pedir información en la estación de buses para Río Dulce, próximo destino cuando acabásemos la aventura selvática. Nos acercamos a la agencia a pagar y a resolver unas cuantas dudas que nos habían surgido. Hora de salida, confirmar que queríamos dormir en tienda de campaña y no en hamaca, seguro médico, tipo de ropa a llevar…Los dos jóvenes que estaban en la agencia nos dijeron que no nos preocupásemos por nada.

A las 6 de la mañana, estábamos como un clavo en la puerta de la agencia. Nuestras grandes mochilas y las pertenencias de valores, se habían quedado bajo la custodia de nuestro hostel. Volveríamos a dormir allí a la vuelta. La puerta del hostal los amigos estaba abarrotada de mochileros esperando su combi. Ninguno, con mochila pequeña para un trekking, mala señal. 10 minutos más tarde todavía no habíamos perdido la calma pero obviamente algo había pasado. No teníamos el teléfono del hombre de la agencia y ésta, estaba cerrada. De repente, apareció en su coche destartalado, ojos saltones, el hombre de la agencia que nos vendió el trekking. Nos montamos en el carro y no dábamos crédito de cómo podía rular. Ni tan siquiera le había cambiado la faja de vida, “nunca se me rompió” decía. Raúl y yo entendimos perfectamente a lo que se refería y nos pareció mucho más indicado y divertido este nuevo nombre para la correa de la distribución. También nos explicó que significaba el cartel que tanto habíamos visto en las tiendas de ropa “se abre Paca”. La primera vez que lo vi casi me caigo de culo de la risa imaginándome a la señora Paca recién abierta. Pero nada más lejos de la realidad. Las pacas son los grandes paquetes de ropa que traen de los EEUU, nueva o de segunda mano. Es muy frecuente ver a los guatemaltecos vistiendo grandes marcas a precios regalados. Llegamos a una gasolinera donde un viejo bus repostaba con otros 4 turistas dentro, una pareja y dos chicos jóvenes. Nos montamos. Ojos saltones nos indicó que en ese bus llegaríamos a la Carmelita y nos dejó al amparo de ojo bizco. Pronto entendimos la diferencia en el precio que habíamos conseguido por la aventura. La palanca de cambios de ese cacharro, el volante, los agujeros en el suelo, la suciedad por todos lados, el polvo entrando por las ventanillas y numerosa gente subiendo y bajando con sus cargas de abastecimiento de comida, animales y hielo. Una mujer llevaba una gallina y un pollo y cada dos por tres, el pequeño se escapaba. Nos fuimos alejando camino del norte de Guatemala. Cada vez, las señales de civilización estaban más espaciadas entre sí y el camino se iba estropeando por momentos. Tardamos casi 3h en llegar que pasamos a medias dormir.

Cuando llegamos, dispusimos las cosas que había que cargar en los caballos y nos encontramos con un grupo que acababa su circuito de 6 días. Parecían exhaustos pero muy contentos. Nos dieron un único consejo, “cuidado con las garrapatas. Están por todos los lados y tienes que quitártelas para que no estén chupándote la sangre”. Se me revolvió los huevos con frijoles que nos acabábamos de zampar recordando las sanguijuelas de los trekking de Asia. Antes de comenzar, le preguntamos a ojo bizco si tenían una tienda de campaña para nosotros y nos respondió que todos dormiríamos en hamacas. Raúl nunca había dormido en una y el guía turístico de Tikal, nos aconsejó que después de horas de andar, era mejor garantizar el descanso en una tienda. Insistimos en que queríamos una tienda y de malos modos, nos la consiguió. Afortunadamente, ojo bizco no era nuestro guía en el trekking. Un amable y cordial Edy, junto con su escudero, nos acompañarían durante 5 días de marcha.

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Eran las 10:30 cuando emprendíamos el camino. Nos esperaban unas 6-7 horas de trayecto hasta el Tintal, nuestra primera parada donde se montaría el campamento. Raúl se había traído el GPS para grabar la ruta y a los pocos minutos de empezar, ya nos estábamos adentrando en la selva. El primer tramo era completamente tropical con palmas y bananeros. A pesar de que el sol empezaba con toda su fuerza, había un poco de nubes grises que mitigaba su efecto. De momento, estábamos teniendo suerte con el tiempo aunque la humedad era alta y sudabas más cuando parabas que cuando estabas caminando. Parte del camino, estaba formado por montículos de tierra seca. Si llovía, aquello se convertiría en un lodazal difícil de atravesar. Tampoco nos encontramos con tantos mosquitos como pensamos, la falta de agua, también los mantenía alejados. Compartí parte del camino con Andrea. Andrea y Etiene eran una pareja suiza, que al igual que yo, estaban en una aventura abierta sin límite de tiempo. Compartimos rutas, experiencias y situaciones en nuestros países. Veremos si estos suizos están hechos de oro o chocolate, decía Raúl ante lo poco suizos que parecían la pareja. En seguida nos entendimos. Raúl empezaba a intimar con Sindre, un noruego de 21 años enorme, forzote y de ojos azules. Clases particulares del inglés para Raúl, yahooo! Su buena relación empezó cuando Raúl observaba y bromeaba sobre el doping que hacía el noruego a base de batidos, barras energéticas y pinchazos en las piernas. Era diabético pero eso no le había impedido viajar y ser un aventurero a pesar de su corta edad. De vez en cuando, hacíamos paradas en el camino para avistar animales que Edy había localizado en su sabiduría de guía comunitario. Numerosos monos se desplazaban por los árboles. Aullidos de monos y cantos de pájaros no nos abandonaban en ningún momento. Vi los árboles llamados chicos zapotes y que daban esa fruta tan rica que había probado en Chacahua. Recogí alguno de ellos del suelo con la intención de comerlos pero estaban demasiado verdes. A la vuelta probaría suerte. Apenas podías pararte y hacer fotos. Edy había impuesto un ritmo fuerte y Raúl y yo teníamos que pelear un poco más que el resto. La cortez de nuestros pasos nos obligaba a caminar más rápido.

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Edy no trabajaba para la cooperativa de turismo porque según nos contaba, está corrupta y sólo trabajan los mismos guías. Él y su familia habían decidido trabajar por su cuenta y en este caso, nos enteramos que además de ser guía, también ejercería la función de cocinero. De nuevo nos dimos cuenta que los de la agencia no iban a ganar menos por el precio que nos habían ofrecido. Como siempre, a perder los mismos, los trabajadores. Toda el área que atravesábamos estaba poblada por unos árboles que se llaman chicleros. Cuando no hay trabajo de guía, la gente de la Carmelita se dedica a trabajos duros en la selva. Recolectan hojas de plantas para usos medicinales y culinarios. Les pagan unos cuantos quetzales por cada 80 hojas en perfectas condiciones que recolectan. Una miseria. También escalan árboles altísimos con machete en mano y sostenidos con una simple cuerda. Tienen que hacer cortes en la corteza del árbol y poner unas bolsas para recolectar la resina. Una vez que se llena la bolsa, la cuecen y la dejan secar. Los bloques resultantes son comprados directamente por los japoneses sin saber el uso que se les daría. Igualmente, pagan muy poco por ese difícil y arriesgado trabajo. Muchos chicleros, hombres que hacen esta tremenda labor, pierden la vida cada año. Cuando los arqueólogos trabajan en el mirador, también hay trabajo. Se contratan decenas de caballos y mulas. Cocineras, servicio de lavandería y hombres para excavar bajo la supervisión de los arqueólogos. Edy probó una vez de cocinero. Le pagaban 100 quetzales (10€) al día empezando su jornada laboral a las 4 de la mañana. Su función era moler el maíz a mano para preparar tortillas. Cuando acababa con las del desayuno, empezaba a moler para las de la comida y así hasta la cena. Acababa a las 5 de la tarde y a las 7, ya estaba en la cama. Los  excavadores no cobraban más a pesar de lo que podría parecer. ¿Dónde va a parar el dinero con el que se financian las excavaciones? ¿Dónde va a parar el dinero del señor Mel Gibson patrocinador del Mirador? Desde luego, a los trabajadores no.

Después de casi 3h andando sin parar, hicimos una parada en el camino para comer. Sándwich de jamón y queso y sandia. Todos nos quitamos las zapatillas para que nos descansaran los pies y Andrea, ya tenía uno de ellos lleno de ampollas. Repusimos algo de energía y continuamos con el camino. El camino estaba registrándose en el GPS de Raúl y periódicamente, nos iba avisando de nuestro avance y velocidad. Según Edy, nos separaban al tintal 23 km.

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Tip nº 87: Ampollas y zapatillas en los trekkings

 

En cuanto sientas que tienes una parte del pie que empieza a molestarte, colócale una compik para evitar que una ampolla salga y te haga una rozadura que te impida andar. Se pueden comprar en las farmacias y son realmente eficaces para los trekkings. Yo noté que la zapatilla derecha me estaba rozando y me coloqué uno de los parches. Nunca los había visto hasta en el trekking que hice en Myanmar donde una pareja belga, los llevaba. En la segunda parte del camino, salí con ellas en el botiquín. Raúl también me dijo que es útil ponerse esparadrapo en aquellas zonas, que sin ser ampollas, nos molestan al andar. El guía de Tikal también nos aconsejó aplicar vaselina en la cara interna del muslo para evitar las rozaduras que ahí pueden salir por el sudor y la humedad. Los polvos de talco pueden aliviar el escozor si la rozadura ya se ha producido. Yo nunca había prestado atención, pero es muy importante como lleva uno puestas las zapatillas. Si no las aprietas lo suficiente con los cordones, el pie baila dentro y es más fácil que se produzcan rozaduras. También es muy importante llevar un buen calcetín que nos proteja sin que sea demasiado gordo para que el pie pueda respirar en climas tan calurosos como aquel.

Después de esta primera parada, sentía mis pies doloridos, los gemelos cargados y bastante cansancio. Eso hacía que me tropezara con ramas y  arañara mis piernas. A pesar de que el terreno era bastante plano, la humedad, el calor y la falta de entrenamiento estaban haciendo más larga esta fase de lo que deseaba. En esta segunda etapa, iba cerrando filas. Me gusta ir la última y separarme un poco del que me sigue para poder perderme en las sensaciones que la naturaleza me produce. Volvieron a mi mente imágenes del trekking con María, Eva y Joan en Tailandia. Sentí el caminar del fin de semana de cierre de la terapia en Málaga, numerosos pensamientos se agolparon a mi cabeza. El viaje, lo aprendido, lo que falta por superar, lo nuevo que estoy experimentando…Llegamos al Tintal a las 17:00. Habíamos recorrido un total de 19 km en 5h de las cuales, 1h y cuarto estábamos parados descansando. Era un campamento pequeño con ruinas mayas cuidado por unos pocos guardias.

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Bajo techo, una mesa de madera con troncos era el sitio para descansar. La cocina la formaban unos cuantos ladrillos entre los que se apilaba madera para reposar las ollas y sartenes. Edy empezó a preparar la comida-cena. Un caldo con arroz, pollo y verduras. También tenía que preparar la masa de las tortillas, aplastarlas y cocinarlas. Edy también tenía que montar el campamento, hamacas y tiendas. No quería que le ayudásemos pero nos parecía excesivo que la misma persona tuviese que encargarse de todo después de andar tanto como nosotros. El escudero, un chico joven, era el encargado de descargar y cargar a los animales y cuidarlos. Antes de comer, nos lavamos un poco con toallitas, nos cambiamos la ropa húmeda por el esfuerzo y nos sentamos a compartir la comida. Todos agradecimos meter energía a nuestros cuerpos. Edy nos preparó un te de pimienta que se podía preparar con las hojas de una planta que estaba muy cerca. Nos lo beberíamos al volver de la puesta de sol desde el mirador, situado apenas 10 minutos de allí. Aunque estaba cerca, la última subida del día no nos sentó bien a ninguno. Llegamos hasta arriba pero las nubes no nos dejaban ver nada. Desde allí, se divisaba selva por todos los lados y muy lejos, la punta de la pirámide del mirador en pequeño. Numerosos monos y pájaros de muchas clases revolucionaban los árboles y nuestros oídos. Bajamos, bebimos el te, charlamos un rato y nos fuimos pronto a dormir. Allí los chicos me recomendaron algunos libros (Shantaram  y Megele Zoo) y películas que me resultaron interesantes (The ware). Andrea y Etiene habían oído, por otro viajero, las historias y malos rollos que un grupo de chicas israelíes generaban con sus maletas. Casualidad, no lo creo.

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El día siguiente era una larga jornada que empezaría a las 4:45 de la mañana. Descansamos hasta que la voz de Edy nos despertó. El desayuno estaba casi a punto. Plátano frito, huevos y frijoles. Un desayuno de campeones. Mientras nosotros nos metíamos la primera comida en el cuerpo, Edy deshacía el campamento rápidamente y el escudero, acomodaba nuestras cosas en los caballos. Raúl ayudó a Andrea a colocarse unos parches en los pies. Los tenía destrozados y llenos de ampollas. Yo la miraba pensando en lo que sufriría haciendo el trekking quedando todavía 4 días de marcha. A las 5:45 estábamos en marcha. Según Edy nos esperaban 32 km de marcha aunque viendo la etapa anterior, todos esperábamos que fuesen menos. El GPS nos sacaría de dudas. Fue una jornada en la que todos trabajamos muy bien, siguiendo un buen ritmo y haciendo las paradas necesarias para reponer fuerza comiendo fruta o sándwich de atún con queso. La vegetación cambiaba por momentos volviéndose más boscosa y desapareciendo la tropical. De vez en cuando, Edy tenía que despejar el camino a machetazo limpio. Todavía la lluvia no había llegado y se podía transitar bastante bien. No fue necesario cruzar un puente que construyeron para evitar el cauce del río pero aquello, en plena estación lluviosa, tenía que ser un circo. Edy nos explicaba cosas de la flora y fauna del lugar. Por ejemplo, existen unos árboles que se llaman enamorados que crecen a partir de la rama de otro desde una semilla.  Las raices aéreas van creciendo hasta que dan con el suelo y poco a poco se hacen con el otro árbol hasta que acaban matándolo, como el amor mismo. También nos indicaba el emplazamiento de numerosas tumbas mayas, que durante años, habían sido saqueadas por mexicanos. También nos cruzamos con una serpiente mortal a pesar de su pequeño e inofensivo tamaño.

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A una hora de llegar al mirador, visitamos unas ruinas llamadas grupo la muerta. Se trataba de unas tumbas. Para alcanzar el interior oscuro y estrecho de una de ellas, tenías que caminar un poco a gatas. Andrea no sentía muchas ganas de entrar sabiendo, que en el interior, se encontraría con decenas de pequeños murciélagos que se alborotarían con nuestra irrupción. Un poco más adelante Raúl y Sindre encontraron piedras de obsidiana en la tierra. Tal vez, procedente de los propios mayas. Hacía tiempo que había divisado árboles cuyos troncos parecían las piernas de extrañas criaturas. Veía tan claramente donde estaba la rodilla que mi imaginación volaba.

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Eran menos de las 2 de la tarde cuando llegábamos al mirador. Estábamos hechos unos caminantes profesionales. Casi 25km recorridos en 7h y media con 2h y media de paradas para descansar. Un mono aullador situado en el árbol al lado del techo donde estaba la mesa y la cocina, rugía. Parecía que hubiese 100 monos más. Era la bienvenida a ese lugar tan especial en el que vivían 2 guardias que pasaban 6 semanas ahí antes de volver a casa. Teníamos toda la tarde por delante para descansar, antes de salir a ver la puesta de sol a la pirámide del tigre. Raúl y yo nos regalamos una ducha que nos costó a cada uno 5 quetzales. Consistía en un cubo lleno de agua fría con un grifo. Después del esfuerzo, me supo a gloria.  Era muy pronto y sólo nos correspondía una comida más. Decidimos por unanimidad, cenar sobre las 4:30 de la tarde. Taylor, era un neozelandés, que cerraba el sexteto que componíamos. No hablaba nada de español y casi apenas entendíamos su inglés. Para él era difícil integrarse aunque todos hacíamos esfuerzos para hablar un inglés con un correcto acento. Los chicos se reían de cómo los españoles decíamos ciertas palabras pareciéndonos increíble que no entendieran cuando decíamos google. Pasamos una tarde amena, hablando y riendo. Varios pavos merodeaban la zona mostrándonos sus atributos y colores. Algunos, se fueron a descansar a sus hamacas. Estaba muy bien pensado porque estaban completamente cubiertas con una mosquitera que los protegía de los mosquitos.

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Cenamos un revuelto de soja deshidratada con tomate que no estaba del todo mal. Fuimos a ver la puesta de sol. Escalamos la pirámide del tigre. Estaba totalmente cubierta salvo la parte de arriba donde había dos estructuras escavadas. Llevaban trabajando en las excavaciones desde 1960. Richard Hansen descubrió este sitio arqueológico desde lo alto de un avión que sobrevolaba la zona. Todos suponíamos que aquello se iba a convertir en el próximo Tikal pero viendo la cantidad de trabajo que quedaba por hacer, nuestros ojos y posiblemente la de nuestros hijos, no lo alcanzarían a ver. La vista era increíble. Selva por todos los sitios sin señales de civilización humana en ninguna parte. Tan sólo animales. Raúl, sacó su botellita de ron zacapa, que junto con otra de peor calidad que aportó Sindre, nos permitió brindar por aquel momento. Por un momento, mirando la enormidad de las copas verdes, mis ojos empezaron a ver en 3 dimensiones percibiendo el movimiento de un latido conjunto. Me recordaba a aquellas láminas que después de mirarlas fijamente durante un tiempo, empezaban a cobrar vida y se percibía una imagen claramente debajo de los confusos colores. Fue algo realmente especial. Empezó a llover y los chicos se bajaron. Raúl y yo aún nos quedamos un poco más, protegiéndonos con mi capa de agua, de la maravilla del lugar.

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Por la noche, nos visitaron muchos bichos especiales. En particular, un insecto que tenía la capacidad de iluminar sus ojos de verde fluorescente. Un enorme escarabajo espantaba a Andrea y las luciérnagas iluminaban la noche. Los ojos de las arañas en la oscuridad brillaban como gotas de rocío. Nunca me había imaginado lo impresionante que puede resultar. Por la noche, a la luz de las velas y un vaso de agua, le leí las cartas a Raúl. Fue realmente impresionante. Estábamos solos y escuchamos sonidos con mucha intensidad que no pudimos identificar. Un jaguar rugía en la lejanía y decenas de insectos gigantes venían a chocarse contra nuestras caras. Escalofríos de energía recorrían mi cuerpo. Todo era perfecto en esa noche mágica que acabó compartiendo calor al abrigo de nuestra tienda de campaña.

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Por la mañana, madrugaríamos para ver la salida del sol. Edy nos acompaño hasta la base de la pirámide y se fue a preparar el desayuno, pancakes con mermelada! Vimos un escorpión cerca y nunca eres realmente consciente del peligro que implican estos sitios andando tranquilamente como si estuvieras en el parque del retiro. Subimos todavía de noche y lamentablemente, el sol no se dejó ver. Aún así, en honor a Moro, yo me senté a recibir al sol con la ceremonia que me enseñó. A pesar de que no lo veía, sentía su energía entrar en mi cuerpo, erizándome la piel y mandándome escalofríos por mi espalda. Aún con nubes, fue increíble escuchar como la selva se despertaba. Estaba completamente en silencio cuando los primeros pájaros nos dieron los buenos días. Le siguieron más especies hasta que los monos aulladores terminaron de completar el concierto. Era emocionante. Pasamos el resto del día visitando el mirador. Lo primero con lo que nos topamos fue con un árbol increíble, enorme y con pilares de madera naturales que sostenía su enormidad. El incansable Sindre lo trepó a pesar de que Edy le dijo que era peligroso.

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Había muchas estructuras, todas ellas enterradas entre la maleza de la selva. Los arqueólogos habían respetado muchos de los árboles que crecían directamente de las rocas de las pirámides, un paisaje bello. Los caminos estaban poblados de árboles que me hipnotizaban. Algunos de ellos se me presentaban como criaturas mágicas con vida. En sus formas retorcidas se dibujaban caras y emociones. La rojiza arena de los caminos, los ruidos, la soledad nos hacían ser conscientes que tan sólo nosotros, estábamos allí. Durante todo el día compartimos la historia que cada uno conocía de los mayas y Edy, aderezaba los relatos con las historias locales sobre espíritus, saqueos y ancianos que hablaban de objetos encontrados. Sindre estaba obsesionado con encontrar objetos de los mayas como cerámica. Su objetivo, hacerse con el ansiado jade. 6km en los que subimos y bajamos por las magníficas estructuras semienterradas. Cuando lo hicimos sobre la pirámide más alta, la Danta, nos quedamos allí 1h admirando la magnitud del hombre. Sentados en el punto geodésico, admirábamos el paisaje a través de una pantalla gigante de televisión. En lo alto de la pirámide, nos sentíamos pequeños y grandes por pisar aquellas piedras mágicas y recónditas. Fue una pena que los arqueólogos no estuviesen trabajando porque podríamos haber visitado algunas estructuras por dentro y ver frescos en inmejorable estado de conservación. La lluvia nos acompañó todo el día avivando los olores y obligándonos a ocultarnos entre las cubiertas negras de plástico que protegían las excavaciones. Se podía sentir que aquel lugar respiraba historia, magia y mucho misticismo.

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Hicimos un alto en el camino para volver al campamento a comer. El escudero había preparado una sopa de verduras con arroz. Por la tarde, seguimos caminando y descubriendo hasta que la lluvia nos hizo regresar. Etiene y Andrea, cubiertos con sus impermeables, se fueron a escalar la última estructura. Raúl se quedó hablando con Taylor y Sindre. Yo, sentada en el suelo y apoyada en un árbol centenario, escribía en mi cuaderno. Varios pavos merodeaban el lugar y los sonidos de los monos, nunca cesaban.

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En el mirador, empezaron los mosquitos a atacarnos y los repelentes parecían no funcionar. Etiene tenía la certeza de que comer picante evitaba que los mosquitos te picaran. Raúl y yo elaboramos una teoría al respecto. El sudor atrae a los mosquitos y el picante evita la sudoración. Yo no tomaba picante y me tenían el cuerpo y sobre todo los pies, machacados. Los pies de Raúl eran un drama. Por la noche, cenamos espaguetis con atún y pronto nos fuimos a dormir. La mañana siguiente iniciábamos el camino de retorno por el mismo sitio por el que habíamos venido. La cita era a las 4:45. Las condiciones climáticas no nos dejaron ver las estrellas, ni el sol ni la excelente luna llena pero nada podía cambiar, las sensaciones que aquel trekking estaban despertando en nuestros espíritus. No tan siquiera nos importaban las heridas de guerra. Amanecimos con lluvia y después de desayunar cereales, poníamos rumbo al Tintal. Nos esperaba el mismo camino que habíamos atravesado desde otra perspectiva. Raúl y yo, pusimos nuestras capas. El chirimiri con el que comenzamos la caminata, se convirtió al poco en gotas que calaban el cuerpo y embarraban los pies. La lluvia apaciguaba las almas y acallaba las voces. Era una delicia caminar sólo con el despertar de los olores. Algún corazón dolorido clamaba con timidez su dolor mientras los demás respetábamos en silencio su penar. Todos parecíamos sumidos en una meditación personal. Concentrados en nuestros pasos y  el peso de nuestros pies debido a la tierra que expropiábamos con el andar. Raúl y yo parecíamos hobbits con nuestras capas jorobadas por la mochila y nuestras zapatillas recubiertas de barro. En un par de horas, la lluvia cesó y el sol tímido luchaba por salir. Los sonidos y la vida volvió a acompañarnos y las charlas florecían entre nosotros. Nos sentíamos fuertes, con un buen ritmo y con esperanza en nuestros corazones. Si hubiésemos querido, podríamos haber llegado hasta la Carmelita pero yo tenía la sensación, que nadie quería acortar ni un minuto aquella experiencia.

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Llegamos al tintal a la 1 de la tarde. Teníamos mucho tiempo por delante para terminar de compartir, hablar, disfrutar, descansar y darnos cuenta de la proeza que habíamos acometido. Edy nos comentó que habían aprobado la construcción de un tren eléctrico desde Carmelita hasta el Mirador. Pronto empezarían las obras. Por supuesto, el proyecto incluía la construcción de varios hoteles. Todos nos mirábamos sintiéndonos agradecidos y afortunados por haber realizado el recorrido con esfuerzo, sudor y superación. La experiencia no hubiera sido la misma de otra manera. Edy nos repetía que éramos excelentes caminantes, los mejores! Andrea había demostrado que estaba hecha de oro porque, a pesar del estado de sus pies, apenas se quejaba y llevaba el mismo ritmo que el grupo. Taylor acabó integrándose y ocupando su lugar, como todo ser humano requiere y necesita.

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A las 12 de la mañana, salía el autobús desde la Carmelita hasta Flores. Decidimos darnos el último madrugón para llegar con tranquilidad al destino. Todos temíamos que si seguía lloviendo, la última parte del camino estaría completamente embarrada y no la podríamos hacer tan velozmente como hasta el momento. Aún hubo motivos de sorpresas y descubrimos como una hilera bien formada de cientos de hormigas, transportaban hojas. Parecía que los trocitos verdes habían cobrado vida con el rápido movimiento de patas ajenas. Todo nos acompañó y la lluvia cesó permitiéndonos llegar a la Carmelita a las 10:30. Teníamos por delante, cervezas, un desayuno tranquilo y un descanso  merecido. Edy cobraba por el trekking 1.500 quetzales (150 €) y el escudero, la mitad. Entre todos, habíamos pagado casi 1.000 euros. Decidimos darles una buena propina, yo le regalé mi capa de agua y los suizos, la navaja de su país. Comimos un plato de pollo con arroz y ensalada que nos dejó tumbados en los bancos medio dormidos.

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A las 12:30, montábamos en el bus de camino a casa. Por la noche, cenaríamos todos juntos en la mejor hamburguesería de Flores. El autobús era el mismo con el que vinimos y cada dos por tres, se paraba. Tanto el conductor como el ayudante, abrían la chapa que estaba debajo de la palanca de cambios y se ponían a escarbar entre los cables. Un vendedor ambulante subió ofreciendo helado de banano con chocolate al que no pudimos resistirnos. Muy aconsejable para hacerlo en casa! En varias ocasiones, bajamos del bus para tomar aire mientras intentaban arreglar el problema. Las ruedas del bus estaban completamente gastadas, apenas se veía el dibujo del neumático. Era cachondo ver, en el interior del bus, un cartel anunciando “vendo este bus en buen estado”. Quien querría comprar esa antigualla? Quedando 20 minutos para llegar, sólo quedábamos los turistas en aquel trasto. El bus se paró, hicieron el intento de arreglarlo pero aquel cacharro estaba a punto de licenciarse. Un camión paró para ayudar. Pero el bus no reaccionaba. El camionero nos ofreció llevarnos y junto al ayudante del busero, nos subimos en la parte de atrás llena de troncos de madera. No podíamos tener mejor final de aventura. Allí estábamos los 6 muertos de cansancio, sucios y sudorosos. Pero nos sentíamos tan felices disfrutando del viento en la cara, el vaivén de la carretera y el maravilloso paisaje, que nos pareció un regalo. El camión nos apeó en una casa y ojos saltones vino a recogernos. Nos dejó a cada uno en su hotel, nos despedimos de Sindre, que marchaba a Guatemala ciudad y nos fuimos a quitar la miseria acumulada, con la lluvia empezando a caer sobre nuestras cabezas.

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Raúl y yo fuimos al hotel a recoger nuestras cosas, llevamos la ropa a la lavandería y nos fuimos directos al lago. Un baño rodeado de agua procedente de todos los sitios, la laguna y las nubes. Compramos algunas provisiones de comida para los siguientes días, regresamos al hostel, nos duchamos, nos arreglamos y salimos al encuentro de nuestros amigos. Nos fuimos a la hamburguesería. Era un restaurante a orillas del lago, con luces de colores y muy bien decorado. Todos olíamos bien e íbamos bien vestidos. Parecíamos otras personas. Todos pedimos la hamburguesa completa de pan casero, bacon y queso. Nos la sirvieron con unas papas fritas exquisitas. No estaba hecha con carne picada sino con un trozo entero real de ternera. Nadie se dejó nada en el plato. Disfrutamos de la compañía, las risas, las cervezas y yo, especialmente de  mi copa de sangría. Nos despedimos con abrazos y los mejores deseos para las próximas etapas y regresamos al hotel. El día siguiente, poníamos rumbo a Río Dulce, sucumbiendo a las tentaciones de Belice. Sería la última etapa del viaje por Guatemala.

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