Guatemala: Aguas Revueltas

Miércoles 5 de junio 2013

El jueves 30 de mayo llegábamos a Río Dulce, un sitio bullicioso y lleno de actividad económica. A las 13:30, salía la lancha colectiva que nos dejaría en el hotel escondido, a mitad de camino a Livingston. Uno de los chicos, que trabajaban en el hostel el portal de Semuc Champey, nos había recomendado el alojamiento. Antes de que saliera la lancha, nos dio tiempo a comprar pan, existencias varias como chocolatinas, fruta y a comernos un bocadillo en la calle.

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Montamos en la embarcación repleta de gente, apenas habíamos 4 ó 5 turistas. Uno de ellos, un argentino estrafalario con su guitarra. Un hombre mayor, que llevaba 40 años en la profesión, lideraba el bote. Pasamos por el castillo de San Fernando, que como aquel hombre decía, llevaba más tiempo ahí que él mismo. Me separaron de Raúl, al igual que a otra patoja (chica), para equilibrar el bote. Mientras aquel hombre mayor las llamaba patojas, Raúl y yo no podíamos parar de sonreír. Qué diferente y enriquecedor es el español!

El trayecto era muy bonito, lleno de islas de manglares pobladas por pájaros y nenúfares por todos sitios. Inevitablemente, Chacahua y todas las emociones que concentra esta isla para mí, me inundaron. Hicimos una parada técnica para que los capitanes desayunaran. Allí, nos encontramos con un chico de Livingston pescando. Nos aconsejó sitios de su ciudad natal y compartimos un curioso cigarro liado en una hoja de banana.

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En 1h, llegamos a destino bajando en un embarcadero de madera con dos sillas vacías mirando al río. El hotel estaba cerrado por reformas y nos ofrecieron la cabaña a menos precio. Tan sólo poblaban el lugar, 2 voluntarios, polaca y ruso, y un perro juguetón. El sitio era precioso, en medio de la nada. Mucha vegetación, cabañas de madera, caminos de piedra que llevaban a los distintos lugares e incomunicación con otras propiedades. Estaban reformando el área común y haciendo el dormitorio más grande. Era increíble ver como los trabajadores rehacían el techo con hojas de palma. Trabajaban sentados en el techo. Colocaban una hoja y todos ellos, tenían que amarrarla con hilo a los palos cosiendo con manos y pies. En el embarcadero, había una zona con unas hamacas en las que descansar los ojos y los sentidos.

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Nos instalamos, nos pusimos el bañador y nos metimos en el río a refrescarnos. “Tenéis suerte” nos decía la polaca porque los días anteriores había estado lloviendo. Con un poco de ánimo, fuimos nadando por el río para localizar sitios donde comer. En uno de ellos, reposamos en el embarcadero donde una preciosa niña negra de rizos prietos, jugaba a nuestro alrededor. Habíamos llegado a una zona del país donde gran parte es pueblo negro, tal y como ocurría en Chacahua. Atardeciendo, volvimos con la ayuda de la corriente a favor y descansamos en las hamacas. Se acercaba el momento del gran último homenaje, jamón con vino del bueno. Los chicos nos prepararon un pan tostado casero con ajo que nos hizo chuparnos los dedos. Cenamos a la luz de las velas sintiendo los pocos días que nos quedaban juntos. Conversamos de emociones, sentimientos y planes futuros. Risas, lágrimas, compresión y más confesiones. Los relámpagos iluminaban el cielo y revolucionaban nuestro interior. Nos fuimos a dormir un tanto melancólicos. El cobijo de la cabaña de madera y palma, nos ayudó a entrar en calor y cautivar el sueño.

El día siguiente pasó tranquilo sin salir del rincón perdido. Descanso, reflexión, charlas y buena comida. Aquel lugar estaba aflorando nuestros miedos e inquietudes pero también, nuestras esperanzas y deseos. Por la tarde, alquilamos un kayak para dar un paseo. Nuestro objetivo era cenar en un lugar que los voluntarios nos habían recomendado. Empezamos a remar. Después de un buen rato, decidimos descansar en un embarcadero. Aquel sitio escondía un alojamiento de reciente apertura. Entramos en el bar y nos tomamos dos chelas. Conocimos al dueño londinense, que lleno de resentimiento, nos contaba como su exmujer, le había quitado todo lo que tenía, el hotel escondido. Sentí empatía por aquel tipo. Me transmitía pena, como si no se sintiese bien en su piel. Pintaba, pero sólo cuando sentía malestar. Lo hacía el Londres. Dejó de sentir la necesidad y la inspiración cuando se mudó a un sitio tranquilo al sur de Inglaterra. En todos los años que llevaba en Guatemala, apenas lo había hecho pero los acontecimientos recientes, habían desempolvado de nuevo los pinceles. Al mismo tiempo, un americano borracho y fumado, le daba la murga a Raúl. Estaba atardeciendo y decidimos despedirnos de aquel lugar para buscar nuestro rincón para cenar. Nuestro kayak se había inundado por el paso de un yate. Con ayuda de botellas vacías, lo pusimos a punto para la marcha.

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Se nos empezaba a hacer tarde y las nubes grises oscurecían más el cielo. Buscamos el lugar pero la falta de luz nos impedía orientarnos. Con nuestros frontales en la cabeza y la amenaza de tormenta, navegábamos a oscuras el río con cierto temor a que una lancha nos arrollara. Buscamos otras opciones para comer porque no habíamos avisado  a nuestro hotel que cenaríamos. Así que, descartado que tuviesen comida para nosotros. Nos acercamos a varios embarcaderos con luz, pero en ninguno nos podían servir comida. A lo largo del cauce del río hay alojamientos y restaurancitos. Pero como están muy aislados, tienen que prever la compra de alimentos y la cocina, con antelación. La reverberación de los relámpagos lejanos, seguían iluminando el cielo. Era una sensación extraña. Me sentía pequeña engullida en la negrura de la noche y los sonidos de la naturaleza. Remamos dirigiéndonos al hotel y evaluando las reservas de comida que teníamos. Cualquier cosa nos valía para saciar el hambre. Los chicos nos pudieron preparar pan tostado y con el jamón que nos quedaba, dimos tregua a nuestros estómagos. Conforme pasaban las horas, todo se hacía más oscuro. Me acerqué al agua y sumergiendo el pie, comprobé que había plancton. Llamé emocionada a Raúl. Él nunca lo había visto antes. La mezcla de miedo por entrar en el agua desnuda y las partículas verdes rodeándonos, nos depuró y revitalizó. Nos adentrábamos en el río donde las sombras de los árboles, intensificaban la oscuridad. Parecía que pequeñas luces se pegaban a la piel iluminando el contorno del cuerpo con cada movimiento. Momento mágico para nadar y revolucionar las partículas a nuestro alrededor.

Al día siguiente, ya vacíos, frescos y livianos, decidimos rentar un kayak durante todo el día para explorar la zona. El objetivo era remar hasta llegar a unas cascadas. El tiempo nos acompañaba nublando el sol abrasador. Sincronizados, remábamos en el solitario cauce lleno de nenúfares, garzas y bordeado por árboles y vegetación. Las raíces de los árboles capturaban mi atención. Lo hicimos durante 2h antes de parar a desayunar. Una pequeña plataforma de piedra había sido la elegida. En la maniobra de bajada, Raúl se resbaló y cayó al agua. Aunque reaccionó muy rápido, su cámara se sumergió. Astutamente, sin encenderla, la abandonamos en el sol, camuflada, para recogerla a la vuelta. Con un poco de suerte y posterior ayuda del arroz, tal vez no estaba perdida del todo. Un baño refrescó nuestros cuerpos sudorosos por el esfuerzo y nos preparó para seguir la ruta. Al rato, divisé una solitaria vaca paciendo a orillas del río. Como una niña, le gritaba a Raúl para que mirara pero él, no alcanzaba a verla. Metros después, la vaca se transformó ante mis ojos, en un caballo y Raúl no podía parar de morirse de risa, “patitos, patitos” me decía para recordarme mi torpeza visual.

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Llegamos a la catarata ausente. Como no había llovido, apenas pasaba agua por aquellas piedras, que formaban un mini salto. Además, el agua se estancaba en un ensanche y nada apetecía bañarse en aquel lugar. El esfuerzo, no había merecido la pena. Amarramos el kayak, escondimos las cosas y nos fuimos a explorar el estrecho cauce del río. Se habían formado numerosos agujeros en las rocas por el paso del agua y todos ellos, estaban inundados de caracolas. Tenían colores bonitos y guardamos un par de ellas en el bolsillo. El verdín de las piedras nos hacía resbalarnos continuamente en la lisa superficie rocosa. Corríamos el riesgo de caernos y dejar nuestros dientes, marcados en la naturaleza de aquel lugar. Aún así, conseguimos llegar a una poza donde nos bañamos. Estábamos completamente solos. A la derecha, un camino se perdía en la vegetación. En bañador y chanclas nos adentramos. Qué preciosidad de sitio. Nada que envidiarle al mirador! Caminamos apenas 15 minutos y volvimos al agua cristalina y fría del río. Un placer disfrutar de un baño refrescante para ahuyentar a los tediosos mosquitos. Regresábamos al kayak cuando algo sobrevoló nuestras cabezas con un ruido ensordecedor parecido al ruido de un motor. No podíamos creer que un solo pájaro hubiese producido dicho estruendo. Nos sentamos y nos comimos un mango enorme mientras hacíamos balance de las cosas que nos habían gustado y de las que no en el viaje. Es fantástico estar acompañada por alguien con el que se puede hablar de todo, abierto, risueño y muy optimista.

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Pusimos rumbo de vuelta para deshacer lo remado. El camino de retorno se hizo más corto aunque no parecía que la corriente nos ayudara. Descubríamos otro punto de vista. Por ejemplo, palmeras que por falta de espacio tenían las ramas verticales.  Apenas se movía el agua. Exploramos unos pequeños manglares antes de llegar al hotel.

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Al llegar al alojamiento, sumergimos la cámara de Raúl el arroz y nos fuimos a comer en Kayak. Buscábamos el restaurante, que la noche anterior, fuimos incapaces de encontrar. Fue mucho más fácil a la luz del día y en media hora, llegábamos al lugar que poseía una fuente natural de agua caliente. Comandamos y mientras se preparaba nuestra comida, disfrutamos del contraste del agua y las cervezas. Mi comida “el tapado”, típica del lugar, era un regalo de los dioses. Sopa de pescado y mariscos con coco y plátano. Una jaiba, camarones y un pescado, completaban este plato exquisito. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una comida tan rica. No podía parar de chuparme los dedos. Tras un buen descanso, volvimos al hotel a preparar las cosas para el día siguiente.

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A las 7 de la mañana vendría a recogernos una lancha para llevarnos a Livingston. El trayecto de una hora, discurría por un cañón de paredes rocosas y mucha vegetación.

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Llegamos a la desembocadura del río con el mar y a los pocos minutos, la lancha nos dejó en el muelle de la casa rosada, nuestra nueva casa por un par de días. Ocupamos nuestra cabaña con baño compartido y nos conectamos a internet mientras desayunábamos. Allí, Raúl y yo, decidimos que regresaríamos a Antigua en vez de a la ciudad de Guatemala. Aunque solo fuera por una tarde, Antigua era más agradable, nos permitiría hacer compras y sentirnos todavía de vacaciones a pesar del inminente final. Un mensaje de María me avisaba que a principios de agosto, junto con Eva, llegaban a Lima. Yo estaba en Guatemala y tenía que organizar un poco cómo llegar hasta allá. Quería visitar Nicaragua y Colombia pero pensaba que por tierra no podría llegar a tiempo. Tras consultar los vuelos desde centro américa a Perú, decidí irme a Managua, el mismo día que Raúl se fuera para España. Desde Panamá salían vuelos más o menos baratos a Lima o bien, si tenía tiempo, podría cruzar a sudamérica en barco. Aunque centroamérica y sudamérica están conectados por tierra, una enorme selva poblada por narcotraficantes, impide el paso terrestre. Este es el gran escollo para los viajeros. No existe una manera barata de hacerlo que esté por debajo de los 250$.

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A las 13h nos fuimos a pasear. Al salir, un hombre mayor, acompañado con un niño, nos invitó a pasar a su restaurante. Quería que comiésemos allí. Por cortesía, le seguimos por un pasillo. Entramos en un local sucio, vacío y destartalado al fondo del edificio. Nos enseñó la terraza con vistas al río. Sillas y mesas mugrientas componían el peculiar mobiliario. Abrió el congelador para mostrarnos el producto. El hombre tenía la ropa sucia y las uñas largas. Raúl divisó un ratón saliendo de detrás de la nevera. Había que estar loco para comer en aquel lugar. Nos despedimos de ellos diciéndoles, que tal vez, regresaríamos.  Atravesamos Livingston con mucha mezcla de color y razas. Nos dirigimos a la playa, queríamos intentar ver la puesta de sol.

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Estábamos en el caribe pero aquello, distaba mucho de las playas verdes turquesa y azul añil, a las que estaba acostumbrada. Todas las casas, pobladas por el pueblo negro garífuna, estaban construidas apenas a unos metros del mar. Casi no había arena. La gente estaba sentada en sillas hablando o jugando al dominó y cartas. Las niñas tenían la cabeza llena de trenzas amarradas con gomas de colores. La porquería de papeles, botellas y latas, invadía aquel paseo. Hasta cerdos excavaban en la basura acumulada. Caminamos y caminamos hasta encontrar un tronco decente en el que descansar. Las nubes no nos dejaron ver la puesta de sol. Al igual que los días anteriores, parecía que la noche atraía a la tormenta.

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Volvimos de nuevo al hotel. Nos dimos un baño y nos quedamos a descansar en las hamacas del embarcadero. Los truenos y relámpagos iban en aumento hasta que la lluvia descargó furiosamente litros y litros de agua. El frescor, la soledad y la potencia del tiempo, nos tenía hipnotizados. Cuando amainó, salimos del corredor de madera iluminado con luces amarillas. Parecían candelas. El efecto visual era de un bonito pasillo al paraíso.

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En el hotel no nos podían dar de cenar porque no habíamos reservado comida. Con un paraguas prestado, nos fuimos en busca de nuestra cena. Seguía lloviendo y las calles estaban desiertas. El restaurante al que queríamos ir estaba cerrado. Nos metimos en el de enfrente y por 60 quetzales, nos comimos un pescado decente. Regresamos y llenamos la habitación de velas. La lluvia golpeando el techo, la penumbra, el olor a aceite de la india y la voz de adele, cerraba una velada romántica inolvidable.

El último día en Livingston fuimos a visitar 7 altares y playa blanca. La barca tardó 45 minutos en llevarnos a las cascadas. Allí, un negro muy pintoresco en una sala, con una hamaca, fotos de maestros futbolísticos y un altar multireligión y étnico, nos cobró la entrada y nos indicó el recorrido. Como el día anterior había  llovido, el río había crecido y 7 altares estaba ideal para el disfrute. Tras pasar por varias pozas, llegamos a la cascada. Era un semuc Champey en miniatura. Los mosquitos habían despertado atacándonos como si se llegara el fin del mundo. Nos bañamos en las frescas aguas y pensamos volver a la vuelta de la playa. No había nadie y allá, se respiraba paz y conexión natural.

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La playa, la más bonita de la zona, no era espectacular pero estaba desierta. Había 3 chiringuitos y apenas 8 turistas. Caminamos, dibujamos en la arena, comimos un bocata, incluido en el precio de la excursión y nos tomamos un ron con coco natural.

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Llegamos al hotel a las 3 de la tarde y nos fuimos  a hacer las compritas de regalos para Raúl. Nos recorrimos todo Livingston pero no encontramos nada. A las 19:30 no sorprendieron buscándonos a la habitación. La cena estaba servida. El tapado, en este caso, no estaba tan rico como el que nos comimos días atrás. Aún así, lo disfrutamos como si fuera la última cena.

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El martes 4 de junio, madrugón para agarrar la lancha de las 6 de la mañana. Después, un bus nos llevó a la ciudad de Guatemala. Allí, tras negociar con un taxi, nos llevó a Ticabus para comprar mi boleto de bus a Nicaragua al día siguiente a las 14:00. El mismo taxista, nos llevó a la estación desde donde salían los buses para Antigua. Una cochera llena de camiones lindos, los chicken bus.

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A las 14:00, estábamos instalados en el mismo hostel y en la misma habitación donde comentó nuestra aventura. Comimos e hicimos una buena sobremesa en el bar de la esquina. Pasadas las 16h, emprendíamos el último cometido, las compras para Raúl. En la tienda de artesanía, me volví a encontrar con Vanesa, la española de Chacahua que encontré en San Pedro la Laguna.  Nos abrazamos sabiendo que nuestros caminos no se volverían a encontrar. Ella se iba al norte y yo, al sur. No conseguí cambiar mi guía de Guatemala por una de Nicaragua y cuando ya no quedaban comercios abiertos, nos fuimos a cenar. Por circunstancias, ninguno de nuestros amigos guatemaltecos vinieron a Antigua y en la intimidad dual, nos despedimos de este país lindo recorrido con la mejor compañía, Raúl.

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Un comentario en “Guatemala: Aguas Revueltas

  1. Hola guapa me ha gustado mucho no muchiiiiisssiiimo que bien escribes, la verdad es que siento q estoy en todos esos sitios de los que hablas. Me alegro de que todo vaya bien.Un besazo

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