Nicaragua: León, ciudad de iglesias y mecedoras

Hostel Bigfoot, domingo 9 de junio 2013

El miércoles 5 de junio, por la mañana bien temprano y ante la ausencia de shuttles a esa hora, Raúl y yo, intentamos agarrar el chicken bus para Guatemala. En el hostel nos habían indicado la parada en la ciudad que quedaba cerca del aeropuerto. Nos dirigimos al cruce de la séptima avenida con la séptima calle. Allí había un montón de militares y una zona protegida con conos, se estaba celebrando un congreso. Pasaron 3 autobuses y ninguno quiso parar. Supusimos que era por la presencia policial. Caminamos hasta donde se acababa la zona protegida y a pesar de que un autobús pasó de largo, el siguiente nos subió a empujones. El bus estaba repleto y el malhumorado ayudante nos indicó que pasásemos hasta el final. Íbamos muy cargados y pasar por el estrecho pasillo, parecía imposible. Nos quedamos ahí aturdidos y zarandeados como un llavero en el bolsillo de un cojo. El ayudante nos gritó de mala manera para que nos moviésemos hasta el final. Con mucha dificultad y agrediendo a otros pasajeros, llegamos a los últimos asientos donde un señor nos dejó el espacio libre. Acomodamos las mochilas y pusimos la de Raúl, en el pasillo. Vino el cobrador y nos gritó que eso no podía estar ahí. En el banquito, donde estábamos sentados, teníamos que acoplar una mochila más. Aquello parecía el camerino de los hermanos Max. A pesar de sus malos modos, al poco entendimos por qué. La mochila bloqueaba la puerta de atrás por donde subían y bajaban pasajeros. Al menos, podríamos salir por ahí sin mucha dificultad cuando nos tocara bajar. Pedimos al cobrador que nos avisara cuando llegásemos a nuestra parada, pero con el mal genio que tenía, dudábamos que fuera a hacerlo. El autobús iba a toda velocidad. Yo pensaba que en alguna de esas curvas, íbamos a salirnos de la carretera. Raúl y yo comentábamos que por fin, habíamos encontrado un guatemalteco desagradable. Pasamos el trayecto escuchando canciones típicas mexicanas en el móvil cuando me dí cuenta, que no tenía el monedero con el bote. Apenas quedaba dinero dentro, unos 80 quetzales pero tenía una fotocopia en color de mi pasaporte y un papel donde había apuntado, durante días, un montón de referencias de Guatemala para una entrada en el blog. Lo estuvimos buscando durante más de 15 minutos pero no aparecía. Había pagado los billetes y cuando el cobrador nos obligó a mover la última mochila, creo que con los nervios, tiré el monedero al suelo. En este caso, me tocó hacer a mi la domingada! Menos mal que no me pasó cuando en el bote tenía 200€! Mirábamos a los compañeros de al lado. Buscábamos sospechosos. Decididamente dimos por perdido el bote. También un monedero, procedente de asia, que me regaló un buen amigo italiano y que me había acompañado durante toda la aventura desde que la empecé hacía ya, 10 meses.

Llegamos a nuestra parada y el pinche cobrador, nos obligó a salir por la puerta delantera. Así que tuvimos que volver a dar candela a los pobres viajeros. Agarramos un taxi y llegamos al aeropuerto con más de 2h de tiempo para la salida del vuelo de Raúl. Empaquetó su maleta y facturó. Mientras lo hacía, pesé mi equipaje y me quede perpleja. La mochila grande pesaba 14Kg, lo mismo que al inicio del viaje pero ahora, llevaba 10 bobinas de hilo encerado que deben de pesar como 2kg. La mochila pequeña, pesaba 7.5Kg! En ella llevaba el ordenador, la libreta, el ebook y cosas de artesanía. Viajaba nada más y nada menos que con casi 22kg a cuestas. Desayunamos en subway, gracias a la cortesía de la tarjeta de Raúl. Estábamos apurando tanto los quetzales, que apenas nos quedaba dinero. Salimos del aeropuerto a por el último cigarro de Raúl en este país. La despedida se produjo allí, con abrazos prolongados y besos de nostalgia. Después de 3 semanas juntos, llegaba de nuevo el temido momento de separarnos. A pesar de que tenía cierto anhelo de recuperar horas de soledad y calma, no podía evitar que las lágrimas me brotaran. Como no podía haber sido de otra manera, el viaje con Raúl por Guatemala había cumplido con todas las intuiciones que sentíamos antes de iniciarlo. Ahora ya puedo decir, que cuando Raúl llego a Guatemala, hubiese alargado en el aeropuerto la desesperación 24 horas más con tal de que llegara. La espera mereció la pena.

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Llegué a León, Nicagarua, el jueves 6 de junio sobre las 12 de la mañana. El trayecto desde Guatemala city hasta aquí fue un poco pesado por el control de pasaportes y el cruce de las fronteras de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Viajé en la compañía ticabus. Unas horas más tarde de que se fuera Raúl. El miércoles a las 14:00, estábamos en ruta.

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Llegábamos a la ciudad de San Salvador a las 19:30, ya era de noche. Elegí la opción más barata para dormir, 13$ con televisión, baño propio y servicio de despertador personalizado en un sitio cutre. Fue el único gasto que realicé en este país. Me comí el bocata que me había comprado en Guate y después de pasar un rato con el blog, me acosté a las 22:15. Me quedaban por delante 3h y cuarto de sueño, antes de que la voz del gerente, me despertara para continuar con el viaje. Los 65Q que me sobraron de Guatemala los cambié en la frontera por 6$, la moneda usada en el Salvador.

Tip nº 88: Recorrer Centro América en bus

Hay varias compañías que ofrecen el servicio de viajar por tierra por centro américa. Yo elegí Tica Bus porque, por horarios, me permitía ir a despedir a Raúl en el aeropuerto y viajar el mismo día. Para pasar de Guatemala a Nicaragua hay que cruzar El Salvador y Honduras. Tica bus hace una parada obligatoria en el Salvador para dormir mientras que la compañía King Quality, lo hace de un tirón tardando unas 12h en total. La otra compañía, Transnica sólo va desde Nicaragua a Costa Rica. Hay que tener en cuenta que los billetes no se pueden comprar por internet ni por teléfono. Tienes que comprarlos en las propias oficinas de las compañías. Hay un bus diario. Si vas el mismo día, es posible que encuentres plaza. Lo bueno de estas compañías es que están especializadas y organizan todo a la perfección. Formularios de entrada y salida a los países, recogida de pasaportes, pago de tasas….Por otro lado, es importante saber que puedes parar en otros sitios, no forzosamente en la capital. En mi caso, paré en León (que queda antes de la capital). Aunque eso, me obligó a contratar el servicio de lux (74$) porque, el normal, no pasaba por León. El servicio de lux en Tica recorre un trayecto más corto que el normal e incluye el desayuno del segundo día. El precio del alojamiento, va a parte.

Tip nº 89: Lleva siempre contigo dólares para pasos fronterizos 

En las fronteras de estos países seguro que puedes cambiar a la moneda local si llevas dólares. Además, tanto el Salvador, como Honduras y Nicaragua suelen tomar los dólares como moneda de pago aunque como siempre, los cambios que se suelen hacer son poco favorables. Para pasar de Guatemala a Nicaragua hay que pagar, en total, 18$ de tasas en las fronteras. Siempre llevad con vosotros una hucha de dólares que vayáis reponiendo, en caso de gastarlos, si pensáis realizar un viaje de larga duración.

A las 2:30 de la mañana monté de nuevo en el bus. A pesar del frío del aire acondicionado, conseguí dormir. Me desperté varias veces incapaz de mantener los ojos abiertos. Un policía de inmigración me despertó con un pequeño empujón. El control de pasaportes de Honduras lo hacían desde el bus. A las 6:30 nos dieron de desayunar un bollo con jamón y queso del burguer king. A las 8:30, tuvimos que presentarnos en la frontera de Nicaragua con nuestro equipaje completo, a cuestas. En una sala, uno por uno, registraban nuestras pertenencias abriendo las maletas. Cuando casi era mi turno, observaba como revolvían el contenido temiendo que, cuando lo hicieran con mi mochila, después tuviera que pasar 10 minutos para arreglar el estropicio y poderla cerrar. Miraron mi pasaporte. Me preguntaron “¿España?”. Respondí que “si” con una sonrisa y me dejaron pasar sin tan siquiera, abrirme el bolso. Cuando iban llamándonos para devolvernos los pasaportes, me di cuenta que era la única pasajera con un documento rojo y creo, que la única que no era de centro américa. Cuando salí del control, la mujer que cambiaba dinero había desaparecido. Necesitaba córdobas, la moneda local de Nicaragua, para llegar desde el cruce, donde me dejaba el bus, hasta la ciudad. Una niña, mandada por una vendedora, con mis 20$ en mano, se fue a conseguirme córdobas. Volvió a los 3 minutos con mi cambio compuesto por un montón de billetes, se llevó 1$ de propina! Empezaba de nuevo, el lío del dinero. 1€ son 30 córdobas y me daba dolor de cabeza de pensar que tenía que convertir todos los precios de la artesanía de quetzales, al cambio nicaragüense. 

El recorrido por Nicaragua hasta llegar a León, transcurrió completamente plano. Qué contraste con la entrada que tuve a Guatemala. Nicaragua es en general un país plano sin muchos desniveles en su superficie. Llegué a mi destino sin guía con la dirección de un hostel, con cocina, que había encontrado por internet. Necesitaba realizar una dieta depurativa del maíz en mi cuerpo. Agarré un taxi por 20 córdobas y me llevaron al lugar. El taxista me dio buenos consejos sobre qué taxis agarrar y me enseñó como se identifican los oficiales. Desafortunadamente, el dormitorio estaba lleno. Me mandaron a otro hostal pero por el camino, preguntaba por todo el que me encontraba. Acabé en el bigfoot, el único con cocina. Muy buena pinta, 150 córdobas una cama en el dormitorio común (5€) con una cocina decente. El staff era casi todo extranjero y se hablaba en inglés. Se trataba de un programa de voluntariado, trabajo por cama y comida. Me pasé el día encerrada en el hostel. En concreto, en el tranquilo y solitario espacio de la cocina. Salí sólo para proveerme de comida en el super. El hostel era grande y ruidoso por igual. Estaba repleto de gente joven. Hablé con mi mami y estuve todo el día con el blog.

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Cuando ya no podía más con la computadora, me puse con el macramé en la algarabía de la zona común. Un chico se acercó para ver las pulseras. Le gustó una, pero la quería para el pie. En 1h, la tejí y cobré mis 75 córdobas, 2.5€. Raúl decía que vendía muy barato pero hay que tener en cuenta el país en el que nos encontramos. Mi presupuesto, financiado con dinero propio, lo he rebajado de 30€ diarios a 10€, 300 córdobas. Esto no da para mucho, una cama en habitación compartida, cocinar, comida en el mercado o comedores y por supuesto, transporte público. De lujos, nada de nada. 75 córdobas es un cuarto de mi presupuesto, lo que no está nada mal. Me ha permitido, por ejemplo, pagarme la lavandería. Pero podría haberme tomado 3 chelas en un bar o pagado la mitad de la habitación con ello.

En el hostel, a las 11 de la noche, mueven a la masa de gente que se encuentra en el billar y la diana gratuita, hacia el bar. La zona común se tranquiliza si no fuera por los irrespetuosos que entran y salen del cuarto como si estuvieran en su propia casa a solas. Me acosté pronto y no puse el despertador. Me dejé dormir y descansar. Los 3 gatitos y la gata, que rondan el hostel jugando con cualquier cosa que encuentran, acompasaban nuestras respiraciones.

Tip nº 90: Adaptador de corriente en centro américa

El cable pelado con el que salí de España como adaptador, me empezó a dar problemas en Chacahua. Allí, una de las veces que fui a Río, en una pequeña tienda, me compré un adaptador pequeño por muy poco dinero. Este adaptador es válido en México, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Intuyo que también me va a valer para el resto de centro américa. De hecho, si vas a viajar a estos países, puedes comprar en la ferretería un par de ellos para poder cargar al mismo tiempo dos aparatos.

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Desde que llegué a León, el calor y la humedad son insoportables, peor que en la selva del mirador. La habitación mixta, era un infierno. El ventilador, que sólo funcionaba a potencia mínima, apenas movía el aire caliente de un lado a otro. Me desperté a las 9:30. Me fui a comprar pan. A mi pesar, aquí pasa como en Guate. Sólo hay pan blando, tipo, el de los perritos calientes. Aún así, me deleité con unas tostadas de aceite de oliva y sal. Fue un lujo que compré el día anterior. Carísimo casi 2€ un bote bien chico. Le tocó el turno, esta vez, a mi hermana Estefanía, Sentada en una mecedora junto a la cocina, compartimos inquietudes, situaciones y casi 2h de conexión. Me sorprendió verla en tirantes y caí, que en España, ya empezó el buen tiempo. Seguí conectada hasta las 17h de la tarde. El blog me estaba costando sudor y sudor. Mi dieta depurativa a base de ensaladas y puré de verduras estaba funcionando a las mil maravillas. El atún y el queso, como en México y Guatemala, son productos prohibitivos. Puse algo de sustancia en la ensalada con un poco de jamón de york.

A las 17.30 salí a dar un paseo con el frescor de la lluvia de horas anteriores. Los trajes tradicionales desaparecen y las mujeres se visten mostrando sus encantos. Allí descubrí, con la bonita luz del atardecer, la cantidad de iglesias que pueblan esta ciudad. Iglesias que datan desde el siglo XVII. León es una ciudad colonial que me recuerda en cierto modo a Campeche y San Cristóbal. Cuanto más viajas, menos te sorprenden las cosas que vas encontrando. Tus sentidos han percibido tantas cosas que, salvo que seas un amante, acabas desvalorizando lo que encuentras.

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Dejándome perder, llegué sin querer al parque central. Una plaza muy animada con algunos puestos de comida y artesanía. La catedral, coronaba el emplazamiento. Entré y acababa de celebrarse alguna ceremonia religiosa. Estaba repleta de fieles rezando a los numerosos santos. Al salir, me compré un helado para refrescarme y volví al hostel paseando y pensando. Me inundó la misma sensación que tuve al llegar a Campeche. Dudas sobre si quería seguir viajando, cansancio de turistear, inseguridad….Las dos veces me ha pasado justo después de compartir tiempo viajando con alguien. Primero mi mami y luego Raúl. Curiosamente, cuando viajo con alguien, también anhelo recuperar momentos de soledad. Pensé en todos los buenos momentos y experiencias que viví gracias a que en Campeche no renuncié. Yann, Chacahua, Sancris, Raúl y Guatemala. Sentí un montón de pensamientos y sensaciones que se movían en todas las direcciones. Lo que tenía claro, es que se acabó el turistear. Ahora sólo tenía que encontrar mi sitio en Nicaragua.

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En bigfoot, lo que vi no me gustó un pelo. Un montón de jóvenes alborotados y medio bebidos. Tan sólo eran las 19h. La noche prometía. Preparé mi cena y conocí a Richard, un chico de Nueva York de padres filipinos. Estuve haciendo pruebas con el macramé y sin un lugar tranquilo donde instalarme para leer, me fui a la habitación. Tumbada en la cama tricoteaba y observaba jugar a los gatitos. Entró un surfista borracho con una chica. Subieron a la parte de arriba a enrollarse. No tuvo que estar muy bien porque bajaron a los 5 minutos. El rubio melenudo se tumbó en su cama y agarró a uno de los gatitos para jugar. Se levantó y agarró el otro. Se dirigió a mi cama y los tiró de golpe sobre mi cama. No entendía nada de lo que pronunciaba su lengua de trapo. Al momento, desapareció y puse de nuevo los gatos en el suelo para que siguieran con sus travesuras. Al poco, entró la gata y con aullidos, llamó a los pequeños. Se tumbó en el suelo y los gatitos acudieron al cobijo de la leche. Al poco, los tres estaban mamando mientras la mamá tenía reposada la cabeza en el suelo. Terminé la pulsera que estaba haciendo con retales y mucha creatividad y con la sabiduría de la naturaleza gatuna, me fui a dormir. Lo hubiese hecho bien, si toda la pandilla de surfistas borrachos no hubiesen entrado y salido numerosas veces tropezándose con todo lo que encontraban.

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Me levante sobre las 9 empapada en sudor. Ducha y desayuno para quitar los restos de resaca ajena. Busqué en internet un sitio donde escaparme de León. Ese día lo dedicaría a visitar la ciudad y al día siguiente, me iría. Estaba decidido. Soy demasiado vieja para vivir una noche más en un hostal de jovenzuelos! Volví a coincidir con Richard. Al igual que yo, viajaba sin límite pero él había empezado en el 2010 y sobrevive gracias al couchsurfing. Estaba muy mal humorado porque el personal del hostel le había agarrado unas cervezas que tenía en el frigorífico. Esa misma mañana, yo había visto que todo el frigorífico estaba revuelto. Mi media piña, había desaparecido. Falta de respeto, más motivos para salir de allí por patas.

A las 13:30 ya había establecido mi ruta por Nicaragua, León, playa pacífica, isla ometepe y san Juan del Sur, en la frontera con Costa Rica. Me dejaba muchas cosas por el camino. No quería correr y necesitaba tiempo para el blog y mi proyecto profesional que había dejado aparcado, mientras Raúl estaba por estas tierras. Con mochila al hombro, me dirigí al mercado central caminando. Alrededor, un montón de puestos vendían comida casera y carne asada. En el interior, puestos raquíticos vendían todo tipo de productos. Los puestos de queso, llamaron mucho mi atención. Lo que hubiese dado yo por comerme un trozo de un buen queso manchego…

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A pesar del aspecto de los comedores, decidí sentarme en uno de ellos. La comida para llevar, preparada en bolsa de plástico transparente, tampoco era un elemento atrayente de comensales turistas poco habituados a esta forma de presentación. No había cocina. Las mujeres tenían en palanganas lo que habían preparado en casa de menú. Unos films transparentes, protegían el contenido de las moscas. Un fregadero compartido de piedra, bancos y mesas, remataban el lugar. Elegí puré de papas, pollo y 2 trozos de queso. Me lo sirvieron en un plato de plástico con una tortilla de maíz que casi ya, no puedo comer. 50 córdobas. Por 15 más, me sirvieron agua de sabor. 2€ en total. Me senté en el banco junto al puesto. Era la única turista. El resto de los de mi especie eligen comidas de las cartas de los hostales. Entre 100 y 160 córdobas cada plato, más que el dormir. La verdad es que pese a la apariencia, toda la comida estaba muy rica. El pollo se deshacía de tierno y la salsa que lo acompañaba, mejoraba mucho la tortilla de maíz. El queso me supo a gloria y el puré, llenó la tripa.

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Cuando acabé, observaba la corriente de gente. Llegó un señor mayor que se sentó a mi izquierda. Tenía las manos muy hinchadas, las uñas largas y apenas podía doblar los dedos. Una gorra tapaba parte de su cara. Una camisa abierta dejaba al descubierto una manchada camiseta de tirantes, que en tiempo mejores, lucía blancura. Me fijé en sus pies. Iba en chanclas. Los dedos estaban negros y zompudos por igual. Las uñas muy poco cuidadas. No quería mirarle fijamente pero me ira inevitable hacerlo. Al poco, tenía un plato de sopa de arroz entre las manos temblorosas. Comió en silencio. Cuando terminó, registró todos sus bolsillos en busca de billetes. Se pasó por lo menos 10 minutos agrupándolos torpemente con sus manos para metérselos en el bolsillo derecho del pantalón. Unas señoras le avisaron que dejó caer un billete de 10 córdobas. Lo agarró y lo metió en el bolsillo de la camisa. Se levantó y el lugar que quedó vacío, se manchó de humedad. Caminaba lentamente apoyándose en su bastón. Me daba la espalda como el mundo se la había dado a él en algún momento. Sus pantalones grises estaban calados en la entrepierna, allí donde un rodal amarillento había dejado huella de una antigua mala pasada de su cuerpo viejo, estropeado y moribundo. Esa era la realidad que me había encontrado en Nicaragua. Mucha gente sola, sin condiciones, tiradas en el suelo, sucios, viviendo en la calle. La mayoría, gente grande. Salí de un país, Guatemala, con un 60% de pobreza extrema (viven con menos de 1$ al día) y un 80% de pobres. Pero jamás me encontré con tanta gente vagabunda en uno de los sitios más turísticos y reconocidos como lo era León en Nicaragua. Pude también ver muchos carros tirados por mulas y caballos. Con mi experiencia podría decir que, cuanto más carros hay en un país, más pobre es el mismo.

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Salí del mercado y con el mapa en la mano, me dirigí al barrio de Sutiaba, allá donde en el pasado, vivían los indios. Caminé durante 1h por la recta calle. Me asombró ver la cantidad de mecedoras que hay en todas las casas. En el interior, en los portales, en los patios…Recordaba las mecedoras de casa de mi abuelo. Chicos y grandes, modernos y clásicos, estaban sentados en estos asientos descansando “de la calo”. A veces, cuando la puerta de entrada estaba abierta, conseguía ver el interior de las casas. La gran mayoría eran muy modestas y casi todas, tenían un recibidor escaso de mobiliario con una tele, mecedoras en frente del aparato eléctrico y en muy pocos casos, un sofá.

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Caminar por la acera era un deporte de riesgo. Era irregular, con baches, rampas y agujeros. En uno de ellos, casi me rompo un tobillo. Las ventanas y las puertas de las casas están protegidas con verjas y muchas de ellas, decoran su parte de acera con el mismo suelo que su casa disfruta.

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DSC08072En una tiendita pequeña, compré platos típicos para la cena. Un nacatamal y un sopeleche. Lo primero era un tamal cocinado en hoja de plátano con puerco. Lo segundo, un postre a base de leche. En Nicaragua, cuando pides algo a alguien o, en un establecimiento, la respuesta educada que te ofrecen es “a la orden”. La misma que repiten cuando agradeces algo o un servicio.

Llegué a la plaza central del barrio. Al abrigo de los soportales y con vista a la iglesia, me senté en el suelo y empecé a escribir en mi cuaderno para el blog. Un anuncio, me sacó de mi ensimismamiento. Un coche con un altavoz en el techo, anunciaba a bombo y platillo la muerte y funeral de una persona. Me costó reaccionar ante tal curioso proceder.

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Al poco, vino un nicaragüense a hacerme compañía. Se llamaba Raúl y sufría de mal de amores. Llevaba separado de su chica casi 2 años pero no podía parar de hablar de ella. Me contó cosas del barrio y de su vida. En la plaza delante de la iglesia, antes había un campo de baseball que daba mucha vida al lugar. Ahora, un área verde mal cuidada que no era jardín, ni área para niños, ni tenía ningún sentido de la estética, ensombrecía el lugar. Me acompañó al interior de la iglesia y al árbol donde colgaron al último indio. Allá, dos señoras mayores de ascendencia india, no podían explicarnos la placa conmemorativa puesta. Unos niños jugaban en la valla que protegía el curioso monumento. Unas niñas muy simpáticas me pidieron que las inmortalizara en la cámara quedando muy contentas con el resultado.

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Raúl quería llevarme a las peñitas, una playa a tan sólo 20 minutos de allí. Estaba en su día libre, trabajaba de celador en un hospital privado. Como en otros países de centro américa, el salario se recibe quincenalmente y Raúl tenía que hacer malabares para poder vivir. Rehusé educadamente su oferta diciéndole que iría al día siguiente. Me aconsejó sitios a visitar en su país, me ayudó con la logística del viaje del día siguiente, me invitó a una botella de agua y esperó pacientemente a que pasara la camioneta que me llevaría de vuelta al centro. Fue muy respetuoso y me trató muy bien. Me contó que vivía con su mamá. Allí era muy difícil poder independizarse. A las córdobas les llaman pesos y a los nicaragüenses, nicas. Raúl me contó que, a parte del fútbol, en Nicaragua era muy seguido el baseball. Casualmente, el día siguiente por la mañana, jugaba el León contra el Masaya. La entrada, apenas 2€. Ya tenía un nuevo plan de domingo. Ir a ver mi primer partido de baseball y después, dirigirme a las peñitas a tan sólo una hora de allí en bus.

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Agotada, agarré la camioneta para volver al centro. La camioneta era como la que se utilizaba en Chacahua. Está adaptada con bancos de madera agarrados a las barras donde los pasajeros se sientan. Si no tienes suerte, te toca ir de pie zarandeado sin parar. Estaba llena pero amablemente, me hicieron un hueco. En las mujeres, la mayoría absoluta del pelo lacio, en los países más al norte, riñe en Nicaragua mano a mano con el pelo rizado. Observaba a la gente. Intentaba entender a las chicas que estaban a mi lado pero no agarraba la mitad de las palabras que usaban. Sesean muchi y sentí que el lenguaje acá, era más vulgar, más de la calle que en sus países vecinos.

Llegué al hostel y me fui directamente a la cocina donde también, como no, hay mecedora. Iba a degustar mi cena típica Nicaragüense. El nacatamal era muy grande y lo compartí con unos chicos. Estaba muy bueno. Picante como en México pero con un sabor diferente. El postre no me gustó nada y tras pegarle unos bocaditos, decidí racionarlo para el desayuno y así, disminuir su ingesta de un tiempo.

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Cuando terminé, me fui a la zona común a tejer. Allí un chico me pidió 3 pulseras de 35 córdobas cada una, un total de 105! Las acabé casi a la 1 de la mañana pero el chico salió a cenar y todavía no había aparecido. Sabía que al día siguiente se iba, al igual que yo y esperé poder encontrarlo para poder darle su pedido y yo, recibir mi dinero. Me fui a la cama y allí me quedé de nuevo extasiada viendo como los gatitos jugaban con mi mochila. El partido de baseball era a las 10 de la mañana y me levanté pronto para hacer la mochila y dejar mis cosas a punto para ir a la playa. Eran las 9:30 y el chico no había aparecido. Supuestamente, tenía un shuttle a las 10, pero no lo veía por ningún sitio.

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Sentada en la barra del hostel me debatía entre el dinero de las pulseras o ir al partido. En el último momento, apareció. Le di las pulseras, me dio el dinero y salí corriendo. Agarré un taxi colectivo llegando 10 minutos antes de que empezara el partido. Había cola y el ambiente estaba muy animado. Vendedores de comida estaban en las inmediaciones. Por fuera el estadio era cachumbroso. Me tocó el turno de pagar mi entrada, sólo me costó 60 córdobas, apenas 2€! Una pena que fuera sola porque a las mujeres, les hacían un 2×1. Entré y me ubiqué en las gradas. Estaba muy cerca y podía ver todo a la perfección. Al igual que en el fútbol, había más hombres que mujeres.

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Algunos de ellos llevaban los cascos puestos. Supongo que para oír la transmisión del partido por la radio o incluso saber los resultados de los otros equipos. Obviamente, yo iba con el León pero aparentemente, Masaya jugaba mejor. Como no podía ser menos, me mimeticé con el medio y me compré yuca frita. Las papas fritas, no se estilan en estos eventos. Allí se comía de todo. En bolsas de plástico ponían queso, ensalada y salsa. Numerosos vendedores pasaban ofreciendo cosas a grito pelao, maníes (cacahuetes), helados, paletas (piruletas), bebida, pizza….A pesar de que era muy pronto, todo el mundo degustaba la comida basura propia de estos partidos. Antes de iniciar el juego, todos nos pusimos en pie para escuchar los himnos de los equipos. Fue un momento emocionante. Nunca me interesé por el baseball y a parte de haberlo visto alguna vez, no entendía cómo se aplicaban las reglas para el marcador. Menos mal que al poco llego un señor que se sentó a mi lado, Donald y tuvo la amabilidad de explicarme como funcionaba. Donald me remarcó que algunos mirones, desde lo alto de los árboles, evitan pagar su entrada.

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Me costó 4 juegos entender los los strike y las bolas y como computaban en el score. Cuando León hizo su primera carrera, el público estalló de emoción, la banda tocaba, la gente aplaudía, gritaba y mi piel se engallinó. Donald, era un hombre jubilado que vivía con su hermano tras un fracaso matrimonial que le había aportado, lindos niños de los que se sentía muy orgulloso. Había trabajado en numerosos bancos y participó en la guerra. En las trincheras, se libró por pelos de morir como sus compañeros. “Los nicas no quieren más guerra”, me decía con pena en su voz. Me contaba que en Nicaragua se vivió bajo la dictadura de la familia Samosa desde el 36 al 79. Samosa era apoyado por el gobierno americano. En el 79 se inició una revolución apoyada por la unión soviética y cuba, entre otros. El ejército popular sandinista, entrenado por la URSS, se convirtió en el 81 en el más fuerte de todo centro américa. Con la experiencia de lo vivido me contaba que el sandinismo no era más, que otra dictadura. Me decía con orgullo en la voz, “los leoneses somos aguerridos, bravos y honestos”. “Managua siempre nos ha tenido miedo”. Para colmo, en el 98, el huracán Mitch destrozó el país. Todo lo que me contaba, explicaba gran parte de  lo que me había encontrado en la calle. Todavía no tenía respuesta para los niños tirados que esnifan pegamento.

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Tip nº 91:lee wikipedia del país que visitas 

Después que me contara todo aquello Donald, me sentí mal por no haberme interesado más en la historia del país que estaba visitando. Decidí que cada vez que llegara a un nuevo lugar, leería la información general del mismo ayudándome de wikipedia. Eso me daría una idea de donde ponía mis pies y podría ayudarme a entender mejor lo que me encontraría.

Llegamos al descanso del partido a las 12:30 y todavía quedaba por jugar otro tanto de lo que habíamos visto. Me quedé un rato más y resolví irme al hostel a agarrar mis cosas y poner rumbo a las peñitas. No tenía ninguna reserva y tenía que llegar de día para poder inspeccionar el lugar. Donald fue muy amable conmigo, me dio su tarjeta para que lo llamara en cualquier situación que lo necesitara y me indicó el camino de vuelta. Andando, me deleité con el León no turístico alejado de los hostales bulliciosos y ruidosos.

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Llegué al hostel, recogí mis cosas y me fui al mercado a agarrar el bus para llegar a las peñitas. Me compré unas bananas en un puesto callejero mugriento y me senté en el interior del trasto bus. A mi lado, una señora muy dulce no paraba de sonreírme. Compartí con ella un plátano y me deleité con el paisaje rural que me llevaba camino a la playa, el sol, el descanso y el estar conmigo misma de nuevo.

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