Nicaragua: Huyendo de los desastres naturales

Domingo 16 de junio 2013

Cuando salí de León, el volcán conocido como el cerro negro, estaba emitiendo fumarolas y gases. Es el volcán objeto y deseo de los amantes a la adrenalina. Con ayuda de una tabla, surfeas la volcánica arena de su ladera. A causa de su reciente despertar, la actividad se había suspendido. La gente andaba un tanto asustada. No sería la primera vez que un volcán destruía la aguerrida ciudad de León. Aunque no explosionase, el hecho de que emitiera gas y ceniza, podría ser muy perjudicial para el pueblo que tendría que usar mascarillas para proteger su sistema respiratorio y si le fuera posible, alojarse en casa de familiares fuera de la ciudad. A tan sólo 20 minutos de la ciudad, en las peñitas, estábamos a salvo. Cuando me contaron esto en el autobús camino del pacífico, me alegré sumamente de alejarme de un posible eructo volcánico.

Pero ni modo, ayer un temblor de tierra y una alerta de un posible tsunami, revolucionó mi corazón y la temblajera de mi mano. Apenas se percibió en las peñitas pero, acumulado a mi desastrosa sesión de surf, en la que casi me rompo algo un par de veces y me ahogo otras tantas, se me quitaron las ganas de aventuras. Para colmo, la chica que me había encargado una pulsera a 125 pesos la noche anterior, salió huyendo de allí aterrorizada de la gigante ola, dejándome con la pulsera a cuestas y el bolsillo roto. Evidentemente, no era mi día y me alegré de abandonar este sitio ante la alerta de una posible réplica. Las decenas de picaduras en mis piernas y la comezón que me producían, no distaban mucho de desastre natural.

En total he gastado 7 días en la playa. Cuando llegué el domingo 9 de junio, después del partido de baseball en León, en el hostel oasís ya no le quedaban camas en el dormitorio. Sin ganas de buscar, asfixiada por el calor y buscando privacidad para mis quehaceres, pagué una habitación propia de 12$ que ni siquiera, tenía baño dentro. Era un sitio tranquilo, con apenas huéspedes, a la orilla de la playa y con una zona común de mesas y sombrillas frente al mar muy agradable.

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Estuve toda la tarde con el blog sentada en una hamaca de la playa de las de antes, oyendo el estruendo del mar a tan sólo unos pasos del hostel. Aunque los precios de la carta estaban fuera de órbita para mi humilde presupuesto de 10€ diarios, no pude sucumbir al plato de espaguetis con curri y pollo. Me los comí en la terraza de arriba. Cuando subí, me sorprendió el ruido ensordecedor de las olas en la oscuridad. Tan sólo a un par de metros de donde me encontraba, el mar rugía con todo su poder. Mucho tenía que vender para compensar los excesos del día. Me fui a la cama decidida a explorar el mercado culinario a las afueras del hostel.

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Por la mañana, desayuné lo más barato de la carta. Un vaso de leche con avena y hielo, por 20 pesos. Me encantó y lo instauré como un hábito matutino acompañado del tradicional pan dulce de a peso. Esperando para saber si se desocupaba una cama en el dorm, fui a bañarme al mar. Al salir, empecé a escarbar entre las miles de conchas que había. Volví con las manos llenas de piedras y esqueletos de conchas de formas imposibles. Eran perfectas para usarlas en la artesanía porque milagrosamente, las piezas estaban naturalmente agujereadas.

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Haciendo tiempo hasta la hora del check out estuve con el blog y cuando internet fallaba, cosa que ocurría bastante a menudo, hacía artesanía. Mientras trabajaba con los hilos, entraron en el hostel 3 niños vendiendo artesanía de conchas. Se trataba de dos hermanos, Zaida y Toño y el amigo de éstos. Un trío calavera muy chistoso, sumamente preguntón y muy mal hablado. Cuando me presenté, pronto me apodaron. Para ellos, a partir de ese momento, era Monster. Para el resto de la población de las peñitas, “amiga”. No les entendía ni papa cuando hablaban. Definitivamente a los nicas, como así se hacen llamar ellos, les entiendo mucho peor que a los mexicanos y los guatemaltecos. Por ejemplo, la c y la z la pronuncian con s y no entienden porque yo las pronuncio mal. Los niños siempre me decían que pronunciaba mal cuando me oían decir cinco o zapato. Cuando yo les explicaba que escribiesen esas palabras, obviamente lo hacían con s. Cuando arrojé por mi boca “levanta el culo” para que pisaran con él, el hilo, se escandalizaron ante la palabra. Ellos lo llaman nalga. Un día estaba a solas con Zaida y entraron unos gays con mucha pluma al hostel a tomar algo. Ella en voz baja de decía, “son cochones Monster”. Tuvo que explicarme que quería decir. En general, aquí se habla mucho más rápido y articulan mucho menos. También aprendí que en Nicaragua no se estropean las cosas, se descomponen. Como en la mancha, también utilizan largo para decir lejos. A las córdobas, las llaman pesos. Aquí es común oir decir “la fregaste” en lugar de nuestro “la cagaste”. Si alguien te indica camina 5 varas, te está diciendo que andes unos 5 metros.

En el hostel, casualmente me encontré con uno de los chicos que me habían comprado una pulsera en Bigfoot en León. Se llevó la segunda por otros 20 pesos. Los niños se interesaron por el trabajo que hacía, tan diferente al que su mamá elaboraba con conchas. Les prometí enseñarles el punto de la pulsera que eligieran. Les encantaba todas las herramientas y pequeñas cosas que tenía para trabajar, sobre todo las pequeñas pinzas que utilizo para sujetar y amarrar los hilos. No paraban de toquetear todo y preguntar y preguntar. No tenían fin a su curiosidad o vicio interrogativo. A la propuesta, también se unió Lupe, una chica de 18 años, vendedora como ellos de artesanía. A cambio, me dijeron donde podía comer barato por la zona. El trío me acompañó a una pensión cercana que tenía cocina. Lamentablemente, aunque el sitio parecía vacío, no tenían lugar para mí. Eran las 15:30 cuando salí, por el lado de la playa, a buscarme el pan de la boca.

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El paseo por la playa me ofreció vistas muy bonitas. Pregunté en Antolín, el sitio barato que me indicaron los niños. Me enseñaron la carta turística. Me salí decidida a buscar otro lugar. Me tropecé con una casa, en cuyo porche, muchos chicos andaban festejando. Me invitaron a unirme y al preguntar el motivo de la celebración, me dijeron que habían ganado al León en baseball. No me lo podía creer! Eran los Masaya! Les prometí que me integraría a la vuelta de la comida siempre y cuando, hubiese otras mujeres! Se rieron y entendieron mi desconfianza ante tanto músculo y juventud. Con risas, me recomendaron ir al “bar calamar”, situado en el pueblo, para comer pescado a buen precio. Me salí de la playa y ya en la carretera,  me dispuse a recorrer el trayecto. Dada el hambre que tenía, se me hizo largísimo. Por el camino, encontré una tienda con apenas comida y me surtí de 1 aguacate, 3 tomates, una lata de atún y pan de perrito caliente para una posible cena en el hostal. La sal y el aceite de oliva, que me sobraron en León, harían el resto. Encontré “el calamar” pero no tenían pescado. Tan sólo pollo a 100 córdobas. Me fui al bar de al lado. Una ramada de madera desabitaba. Me dijeron que me daban el pescado a 80 pesos y pedí mi ración. El plato que me trajeron era enorme y me alegré mucho del festín. Me cambió la cara cuando vi un pequeño saltamontes, bien churruscadito, junto a mi pescado frito. Con más pena que ánimos, lo tiré al suelo y me puse a comer evitando dar importancia al despertar de escrúpulos. Es pescado no estaba en malas condiciones pero debía llevar meses en el congelador. Medio me lo comí por hambre. A su lado, el arroz blanco con ketchup me parecía delicioso. Estuve tejiendo ahí mismo. A la nuera de la dueña le gustaban las pulseras, en especial una que había hecho con retales en León. Le dije el precio y me dijo que no podía pagarlo. Cuando le pregunté cuanto podía pagar, con una tímida sonrisa, me dijo que nada. Se fue cuando llegó un chico de Israel a hablar conmigo. Se me dispararon las alarmas. Estaba haciendo tiempo hasta que pasase el bus. En apenas 15 minutos este chico pudo borrar la mala reputación que los israelíes se habían ganado. Me fui de aquel triste bar regalándole la pulsera a la chica. A pesar de la condición de los restaurantitos, la vista de la playa era muy bonita. Un río desembocaba en el mar y había generado una especie de laguna donde todo el mundo se bañaba y disfrutaba de la calma de las inexistentes olas.

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Regresando a la playa, los chicos habían acabado su fiesta. Pasé al lado del hostel “rocas blancas”, el hermano del ruidoso bigfoot de León. Reconocí a algunos empleados, pero este lugar, parecía más tranquilo. Decidí volver al día siguiente a ver si vendía algo. Me encontré con Richard, el americano que vi en León y nos reímos por la coincidencia. La playa estaba llena de actividad, surf, volleyball y gente jugando en la arena. Me volví a cruzar con los chicos y Lupe. Les expliqué lo de la comida y Lupe me acompañó a otros sitios locales a pedir precio de comida para mi, de no turista. Agradecida, despedí a Lupe hasta el día siguiente.

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Seguí trabajando en el blog y en la artesanía el resto de la tarde. Las nubes no me dejaron ver el atardecer. Rondaban las 21:30 cuando todos hubieron desaparecido y la cocina, cerrado. Me subí a la terraza con la navaja, el vaso de plástico plegable y la comida que había comprado en la tienda. Me comí un aguacate y 2 tomates. Me sorprendió la diferencia de sabor del aguacate en Nicaragua. Para mi gusto, los mexicanos ganan por goleada. Los tomates también eran diferentes, más verdes y menos dulces. La sal y el aceite de oliva, puso un poco de gracia a la triste cena. Digerí la ligera comida en 20 minutos y me fui a dormir con mis 3 compañeros de cuarto.

Tip nº 92: vaso plegable de silicona 

Raúl me regaló un vaso plegable que yo no fui capaz de encontrar en las tiendas. En la primera etapa del viaje, apenas me fue de utilidad pero, con el recorte de presupuesto, ahora se ha convertido en un elemento imprescindible de mi viaje. Puedes tomar jugos, cereales, yogurt con frutas, prepararte una mini ensalada,….No ocupa nada de espacio y pesa menos, así que si podéis, no olvidéis llevaros uno en vuestra mochila.

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El resto de los días, pasaron bastante parecidos. Me despertaba sobre las 6:30-7 de la mañana. Mi compañero, el de la cama de al lado, era un italiano que había comprado cerca un terreno para construir un hostel allí. Se pasaba el día trabajando hasta que llegaba por la tarde, se conectaba a internet y se volvía a acostar. Desayunaba un batido de avena con leche y pan dulce. Hacía artesanía, recolectaba y limpiaba conchas, escribía el blog, hablaba, les enseñaba cosas y bromeaba con el trío calavera, salía a comer donde Lázaro y por la tarde-noche me iba a tejer a Playa Roca, el hostel donde siempre vendía.

Los chicos a veces me volvían medio loca. No paraban de preguntar cosas y como se aburrían, ocupaban su tiempo conmigo. A parte de enseñarles a tejer pulseras, les enseñé fotos de España, nuestra cultura y nuestros lugares. En alguna ocasión les tuve que decir que estaba trabajando y no podía atenderles como ellos demandaban…era extenuantes! A cambio, ellas me avisaban cuando llegaba un autobús de turistas para ir a vender juntos al mejor hotel de la zona que quedaba a sólo unos pasos de mi hostel. Allí, el hermano mayor de uno de los chicos, intentó conquistarme. Apenas tenía 20 años y vestía como un malote. Rápidamente entendió que no tenía ninguna posibilidad!

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En las peñitas empecé con la técnica de engarzar piedras para collares. El primer intento no quedó del todo mal pero después de días viéndolo, no me convencía ni el engarce ni el diseño y acabé sacando la piedra y tirando el trabajo a la basura. Me gustó sin embargo, el diseño que hice utilizando una concha y una piedra fantástica que encontré en la playa. Una noche en Playa Roca, unos chicos me compraron unas pulseras. Uno de ellos me pidió que le tejiera una mientras cenaba. Eligió el diseño y la piedra y me puse manos a la obra. Fue curioso porque no se la pude tejer. Tuve varias dificultades como que la piedra no entraba por el hilo. Me sentía un poco ridícula pero me acerqué a su mesa y le dije que él no tenía que tener esa pulsera tejida por mis manos y mi energía. Le expliqué que yo creía mucho en esas cosas y si estaba teniendo tantos problemas, era porque su pulsera, la que él quería, no tenía que salir de mis manos. Se quedó algo perplejo y curioso sobre mi y mi viaje. Estuvo haciéndome un montón de preguntas. Me despedí de ellos dándole las gracias por su ayuda y disculpándome, por la dificultad energética. Mary, aquí se gastó el mechero que me regalaste cuando te fuiste de Tailandia y que me ha acompañado tantos meses. Muchas de las cosas que me salían, eran por encargo. Cuando la chica, que huyó por el tsunami, me encargó la pulsera, estuve a punto de cobrársela rememorando la experiencia del chico de León antes del partido de baseball. No quise hacerlo y me quedé colgada. A partir de ese momento, no aceptaría encargos salvo previo pago del mismo. Estaba aprendiendo a convertirme en una artesana real!

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Lázaro era un hombre de unos 60 años, gordo y alto por igual, muy culto y conocedor de religiones, historia, folklore y música. Todo, lo había aprendido leyendo. Era tremendamente religioso y afirmaba, “confórmate con ganarte el pan de cada día, no quieras conseguir también el de mañana”. Era muy curioso porque las cosas de las que me hablaba de España eran del siglo  XIX. Por primera vez en Nicaragua, probé el plato típico del país, el gallo pinto. Arroz blanco revuelto con frijoles y servido con huevos revueltos o queso. A pesar de que no soy fan de ninguno de los componentes principales de este platillo, la mezcla de 35 pesos estaba muy rica. Otro día, su mujer me cocinó un pescado de la zona que estaba para chuparse los dedos. El sitio era una cabaña de palos de madera sucia, desordenada, llena de gallinas, perros y un loro muy simpático. No sabía si se trataba de su casa o simplemente del restaurante. Era frecuentado únicamente, por locales.

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En mi hostel, se alojaron dos amigas noruegas. Una de ellas se interesó por la artesanía. Le enseñé a tejer uno de los modelos sencillos que le gustaba, le vendí hilo para hacerse 2 pulseras y a cambio, me dejó la guía de centro américa para fotografiarme la parte de Nicaragua y el cruce fronterizo con Costa Rica. Hasta la fecha, no había conseguido cambiar mi guía de Guatemala por la de Nicaragua y empezaba a asumir que este país, lo visitaría sin los consejos de la lonely planet. Con Zaida, establecí unos lazos especiales. Era muy linda, cariñosa y protectora conmigo. No era interesada como su amigo o, enfadica como su hermano. Siempre estaba acariciándome y hasta un día, me peino con las pinzas que utilizo para la artesanía. Por supuesto, yo me dejé hacer y querer.

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El día antes de irme, a pesar de la flojera por haberme bajado la regla, decidí alquilar una tabla de surf con las ventas que había hecho. La gente local empezaba a conocerme y me dejaron utilizar la tabla un día completo, por el precio de medio, 125 pesos. Con una hora, tuve bastante. Entré donde minutos antes lo había hecho Lupe. La entrada al agua era muy peligrosa porque la ola rompía con mucha fuerza en la orilla del mar. Un revolcón golpeó mi codo contra la arena en el intento de pasar esa zona. Afortunadamente, la cosa no fue a mayores. Cuando conseguí pasar la orilla, me subí a la tabla pero apenas tenía fuerza para remar. Había una enorme corriente que me empujaba hacia unas rocas en medio del mar. Las olas se desbarataban y por más empeño que ponía, me era imposible llegar hasta el punto donde reventaban las olas. Resolví salirme y caminar por la playa antes de volver a intentarlo. En el proceso, una ola rompió y me arrastró con muchísima fuerza hacia la próxima orilla. Me asusté mucho porque apenas había agua. Tendría que tirarme si no quería acabar estampada en la arena. En apenas unos segundos, me tiré y casi me ahogo con las olas que rompían violentamente en la orilla. Salí y dejé descansar mi temblajera. Al rato, decidí meterme al otro lado del espigón de rocas, supuestamente, mejor zona para principiantes. Me acompañó Lupe y apenas a 10 metros de la orilla, nos cayó un set entero de enormes olas. Una de ellas, levantó por los aires la tabla y me la aventó a la cabeza. La vi sobrevolándome pensando en lo que me iba a pasar. No se como, no chocó contra mi y como pude, salí de aquel infierno. Dejé la tabla y me aconsejaron que volviera cuando la marea estuviera alta. Antes de entrar por la mañana, pregunté a los chicos si era peligroso y me afirmaron que no. Días antes, había dudado si contrataba una hora de clase por tratarse de una playa desconocida y yo una principiante. La falta de presupuesto me hizo desistir. Mi cabeza me quería forzar a entrar por la tarde para demostrar lo valiente que soy, pero como ya no le hago caso, decidí no volver a tocar la tabla en todo el día. Me había salido cara la broma, 125 pesos por apenas 1h y casi una muerte asegura y contusiones varias. Al menos, no me picó una manta como a un chico del hostel. Lección aprendida, la próxima vez que lo intente, será con profesor. No quiero vender mi vida por tan sólo 15$.

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La última tarde antes de partir, un coro enorme vino a cantar a la playa. Me senté en la playa a escucharlos. Estaba cayendo el sol y las voces en directo me hicieron sentir afortunada, una vez más, por todo lo que estaba viviendo.

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