Nicaragua: Coctelera

Bus Granada – Rivas, 8:15 domingo 25 de junio 2013

Me dirijo a la isla de ometepe tras pasar una semana en Granada. Mi estancia aquí acabó con un sábado de meditación, reflexión, música, descanso y mucho mimo. Por primera vez en esta etapa, necesité mi corazón de lana. Le hablé, le acaricié y lo cuidé. Tumbada en la cama, sin querer, mi corazón, latiendo en mi palma, y mi frente, descansaban apoyándose el uno en el otro. Entendí que, por primera vez en 2 años, ambos me demandaban lo mismo. Espero haber encontrado la clave para salir del único escollo que todavía me tiene amarrada a mi vida pasada.

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Pensaba visitar esta ciudad colonial en un día, dormir un par de noches y poner rumbo a la isla ometepe. Pero, esto es la magia de viajar. Los planes cambian cada día. Los responsables en este caso, han sido Chad, mis host de couchsurfing de Texas, Henri y Emerson, dos artesanos locales.

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Mandé la solicitud a Chad estando en las peñitas y aceptó que me convirtiera en su huésped. Llegué al parque central de Granada y lo llamé. No le entendía ni papa con su acento americano. Con un español tremendamente marcado y guiri, me dio la dirección donde se encontraba. Final de la calle corrales con calle el venado. Intentó explicarme como llegar pero como no le entendía, me pidió que agarrara un taxi. Pregunté a la gente local y amablemente, me indicaron como encontrar la calle corrales. De la calle venado, no había señales. Al fin, un buen señor me dijo sino me estaría refiriendo a la calle el ganado. Seguro que sí, contesté pensando en el acento del americano. Bajé cuatro cuadras más y justo, en la esquina, había una casa en obras.

Debía ser Chad. Estaba trabajando reformando una casa de bambú que había comprado una semana atrás. Me dio la posibilidad de quedarme allí o ir a una casa construida en árboles en la selva. Aunque me tiraba más la segunda opción, pensé que era más práctico quedarme allí para visitar Granada e intentar vender algo de artesanía. Subí mis cosas al cuarto de arriba y agradecí que aquello no estuviera en obras. Era un sitio muy bonito. Todo ecológico hecho con bambú y piedra. La estructura general de la casa, era de bambú. Como también lo era el armazón de la cama y las vigas de los techos. Estaba reconstruyendo la parte de abajo de la casa y haciendo una piscina en el jardín. Chad, estaba muy ocupado y decidí visitar la ciudad.

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Es una preciosa ciudad colonial, para mi gusto, mucho más que León. Me di cuenta que las tiendas de abarrotes mexicanas habían dado paso a las pulperías en Nicaragua. Las dos tenían la misma filosofía, tienda de barrio que vende de todos, los ultramarinos españoles de toda la vida. En la calzada, la calle de tiendas para turistas, me encontré a una artesana argentina. La felicité por su trabajo y estuvimos hablando más de una hora de artesanía. Me dio consejos y me contó que llevaba 3 años viajando así. Ha sido la primera persona que me ha aconsejado ir a Venezuela. Argumentaba que, la mala prensa que se le estaba  dando, era una estrategia política. Nos intercambiamos los contactos y me fui a la plaza central a comer, coronada por la colorida catedral. La plaza estaba llena de limpiabotas y vendedores ambulantes. Creo que otro síntoma de pobreza de un país, puede medirse por la cantidad de limpia botas que existen. Tal vez debería construir un modelo matemático para medir la pobreza de un país en función del número de carros que tiene, las personas que viven en la calle y el número de limpia botas que hay. Los sueldos en Nicaragua, como el del vigilante nocturno del hostel de las peñitas, podía oscilar los 140$ al mes, una miseria.

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Probé el vigorón, plato típico nicaragüense. Corteza de cerdo, con ensalada de col y puré de yuca. Todo servido en una hoja de plátano. Muy rico. Intenté vender algo de artesanía pero no hubo suerte. Paseé y visité la ciudad. Muchos locales son bares y restaurantes de guiris pero todavía hay partes muy autenticas como el mercado. Un artesano local me dio un truco para engarzar las piedras. Al día siguiente iría a la tienda de artesanía a comprar unas limas de joyería.

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Cuando llegué a casa, con varias cervezas bajo el brazo para convidar a Chad, él estaba relajándose en la hamaca con un vaso de ron, flor de caña, en la mano. No bebía cerveza y ambos nos acompañamos con nuestras bebidas en mano. Me contó parte de su increíble historia. Tiene 43 años, unos ojos azules preciosos, hoyuelos en las mejillas y me saca dos palmos. Hijo de americanos muy religiosos, hace 13 años dejó su casa, su trabajo, su familia e inició una aventura con tan sólo 7$ en el bolsillo. Parte de su infancia se la pasó construyendo y destruyendo casas sobre los árboles. Cada vez que hacía una, al poco de usarla, se le ocurrían mejoras. La destruía, para reutilizar el material, y construía una nueva. Cuando salió de Texas, EEUU, buscaba un lugar donde construir un hostel para mochileros formado por casas en los árboles. Se podría decir que Chad, es una máquina de hacer dinero. En Panamá ganó mucho lanzando una revista. Con el dinero que reunió, construyó el hostal poste rojo. Uno de los 10 mejores valorados de todo el mundo. Podría venderlo, si quisiera, fácilmente por medio millón de dólares. Ahora acababa de invertir en esta casa particular con el objetivo de rentarla. Le encanta los procesos creativos y siempre anda construyendo cosas. Es papi de un niño de 2 años. Una suiza buscaba los genes perfectos para su bebé. Encontró en Chad inteligencia y físico. Chad accedió a darle sus buenas cualidades al niño, pero al poco, decidió formar parte de su vida. Al año, pasa 6 meses en Suiza. Después de 13 años está cansado de tantas idas y venidas de turistas. “Siempre las mismas conversaciones e historias”, me decía dándole un trago a su ron. “No quiero viajar más solo. Quiero encontrar a una mujer con la que compartir. Que me acompañe y despierte en mí, las mismas emociones que mi hijo”. Muy hábil con la lengua, es un hombre sarcástico con gran capacidad de soltar un “fuck” a cada 3 palabras que suelta por su boca. No expresa mucho si no tiene alcohol corriendo por sus venas. 2 noches hemos compartido llenas de palabras y silencios. Me ha hecho llorar con su historia y disfrutar, con igual intensidad.

Me propuso trabajar como voluntaria en el hostel. Le pregunté si tenía internet y si se podía usar la cocina. Era un plan perfecto porque tendría tiempo para arrancar mi proyecto profesional. Al día siguiente, la casa se llenó de trabajadores y voluntarios. Yo tejí un poco y me reuní al equipo de trabajo ayudando a Chad a construir un mueble con estanterías alrededor del frigorífico. Los voluntarios del hostel, pintaban la casa. Era increíble la confianza que tenían con Chad metiéndose en cualquier rincón de la casa, tumbándose en su cama o comiéndose su comida. Los voluntarios gestionaban solos el hostel. No cobraban nada, pero a cambio, podían vivir allí gratis. Todos los días, Scott bajaba en la pick up a recoger y dejar turistas y a pagar a Chad, los beneficios diarios del hospedaje. Hablando con una voluntaria, me dijo que en el hostel no había wifi, tan sólo un PC destartalado. Me subió un leve cabreo porque me acababa de gastar 400 pesos en abastecerme de comida para ir al hostel a trabajar. Esta chica también conocía el sitio donde quería hospedarme en la isla Ometepe y me explicó que el acceso a internet, tampoco era obvio. Genial pensé, se me habían ido al traste todos mis planes. Los trabajadores hacían el agujero de la piscina más grande o podaban las ramas para que entrara más sol al jardín. Mientras los observábamos, se le cayó el machete al chico que estaba subido en el árbol cortando ramas. Cayó en el suelo, rozando la espalda de un hombre y clavándose fuertemente en la arena. Podría haberlo matado. Chad también tenía el cuerpo lleno de heridas. Sus manos parecían las de un hombre de 60 años y la quemadura que tenía en su dedo, daba mucha grima.

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A la mañana siguiente me fui a la tienda de artesanía y me encontré al artesano local que me había indicado como llegar hasta allí. Fue muy amable y se ofreció a poner mis cosas en su mesa para venderlas. También me propuso enseñarme lo que necesitara. “A mí también me tuvieron que enseñar un día” me decía sonriente. Me fui a comer de nuevo al parque y mientras esperaba mi comida, me puse a tejer. Unos niños vendiendo caramelos en palanganas, vinieron a curiosear. Me hicieron miles de preguntas y dos de ellos, nuevamente hermanos, se interesaron más. Al niño le di unos retales para que él también pudiera hacer una pulsera. Al contrario que Toño, éste no se desesperaba y era muy rápido tejiendo a pesar de que no tenía ni idea. A su hermana, le regalé una pulsera y a él, una canica enorme que el trío calavera se había encontrado en la playa.

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Después de hablar con Chad, decidí alargar mi estancia en Granada dos días más. Henri me había propuesto que pusiera mi material en su mesa, muy buena onda. Era la primera vez que iba a tener una mesa con mi artesanía, me hacía mucha ilusión. Sentada en la calle, aprendí puntos interesantes con Henri pero apenas vendí nada. Una pulsera de 180 pesos a un grupo de evangelistas americanos. Henri les vendió 40$ que casi nos cuesta recibir a cristo en nuestro corazón e hincarnos de rodillas.

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A cambio de la ayuda que me dio Henri, le leí las cartas. Antes, ya me había contado su historia. Era papá de un niño de 7 años. Su mamá los abandonó para irse a EEUU y volvió apenas, hace un año, para quitarle a su hijo. Él le pidió que dejara al niño decidir. Ni tan siquiera la reconocía. La mamá no atendía a razones y quería llevarse a su hijo. Gracias a su dinero, pagó a la administración corrupta y Henri no tuvo más opción que huir con el niño. Estuvieron viviendo de lugar en lugar hasta que se celebrara un juicio justo por la custodia del niño. Lo ganó y ahora el niño vive con la abuela mientras Henri, trabaja como artesano fuera. En agosto, se acaba el plazo de la custodia y tiene miedo a que la mamá vuelva a arremeter contra él. Él, sin embargo, está planteándose que su hijo finalmente viva con él y su nueva chica en Granada. Henri apenas tiene 25 años.

Emerson, un nica de Managua, me propuso enseñarme cosas de alambre a cambio de que le leyera el tarot. Emerson es un tipo especial, raro, como dice él. Sabe mucho de su país. Se siente atrapado entre la educación y cultura antigua y, una visión más moderna y mística del mundo. Tuvimos conversaciones muy interesantes sobre psicología, interpretación de sueños, desdoblamiento, meditación…

Cuanto no estaba vendiendo o haciendo artesanía en la calle, estaba en casa de Chad ayudándole. Un día, se le inundó el suelo por un problema con el depósito subterráneo de agua. Tuvieron que abrir el cemento del baño recién puesto y recién pintado, con mis manos y sudor. Era muy agradable llegar a casa por las tardes. A pesar del polvo y el caos obrero, era un lugar hogareño. Durante la tarde – noche, los gallos no paraban de cantar a distintas horas. Una de las tardes, diluvió. El sonido del agua en el techo junto con la vista del jardín mojado, era hipnótico. Caminar descalza por el suelo de bambú, haciéndolo crujir con mis pasos, era una sensación pacificadora. El ruido del viento se colaba por la habitación y enfriaba mi cuerpo inerte.

Fue una semana dedicada casi plenamente a la artesanía pero de momento, no me puedo hacer artesana al 100%. Tengo que llegar a Lima, Perú, a principios de agosto. Eso me imposibilita estar en los sitios el tiempo necesario para vender. Tampoco se, si quiero serlo. Chad se reía de mí diciendo que teniendo el pelo corto, suave y brillante, llevar pantalón corto y las piernas y sobacos depilados, no podía vender artesanía. “Tendrías que llevar pantalones anchos, dejarte rastas y ponerte un montón de pulseras”. Razón no le faltaba pero yo no era igual que la gran mayoría de los artesanos. Mis impulsores, Max y Marga en Chacahua, eran artesanos sencillos pero con mucha clase. Eso es lo que yo quería conseguir. Pero veía la mesa de los artesanos repleta de tantas cosas que pensaba que nunca llegaría a conseguirlo. ¿Cómo iba a desplazarme con tanto bártulo? Lo mío era vender en los hostels. Intenté recorrer una tarde los de Granada, pero estaban medio vacíos. Lo único que conseguí, fue tropezarme de nuevo con Richard. Tenía muchos dilemas en mi cabeza. Si hacía couchsurfing, no tendría ingresos por artesanía, pero me ahorraba el precio de dormir. A veces, era difícil saber que era mejor para el bolsillo. Si podía conseguir un sofá, el ahorro estaba asegurado. Si me iba a un hostel, la venta de artesanía podía o no, salir. Así que decidí que siempre que pudiera, haría couchsurfing. Eso me permitiría relajarme con la artesanía y conocer a un montón de gente interesante. Sino, tendría que ser más activa vendiendo. También pensaba que leyendo el tarot, podría ganar más dinero sin trabajar tanto. Pero de momento, no quiero convertir la tirada de cartas en un negocio. Ya veremos qué pasa con esta coctelera de circunstancias y emociones que se han agitado en Granada.

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