Panamá: quien da más por menos

Turbo, Colombia, 18.00 Jueves 11 de julio 2013

Estoy esperando en Turbo, un pueblo peligroso pero lleno de gente amable, para agarrar mi bus a Medellín, Colombia. Tiempo ideal para rememorar lo que me parece que pasó, hace ya tanto tiempo.  Mi llegada a Panamá.

Salí de San José, Costa Rica, el jueves 4 de julio a las 12 de la mañana con la compañía Ticabus. Junto a mi lado, un panameño me dio la buena noticia de que hacía 2 meses operaba un barco desde Colón, Panamá, hasta Cartagena, Colombia. Estaba de suerte. Él intentó averiguar, con sus hijas, los horarios de salida y precio pero no recibimos pronta respuesta.

Aunque Panamá y Colombia están conectadas por tierra, no es posible encontrar un medio seguro de atravesarla. Ninguna compañía de bus ofrece el servicio porque habría que cruzar una selva escondite de numerosos narcotraficantes. Quedan por tanto dos posibilidades, pasar a Colombia por mar o por aire. La información en internet en bastante confusa y ninguna de las opciones que se maneja cuesta menos de 200$. Éste, es el gran escollo de los viajeros que queremos pasar de centro américa a sudamérica o a la inversa. Este amable señor, también me indicó que en Panamá perdíamos una hora. De nuevo, pasaba a tener 7h de diferencia con España en vez de 8. Me ayudó además, a cruzar la frontera que separa Costa Rica de Panamá por el puesto fronterizo de Peñas Blancas.

Tip nº 98: Frontera Costa Rica con Panamá

Cuando llegué al puesto fronterizo de Panamá, tuve que pagar 1$ en concepto de sello turístico. Parece ser, que este sello cuesta diferente dependiendo del puesto fronterizo por el que se pasa y hay turistas que no lo pagan. Cuando llegué a ventanilla, miraron mi pasaporte y me pidieron un billete de salida de Panamá. Les dije que no tenía uno porque quería ir a Colombia y la información de cómo pasar, era confusa. Tenía que llegar a la ciudad de Panamá para poder comprar un boleto. Me pasaron con el funcionario de al lado. Le volví a explicar la situación y me pidió que le mostrara el dinero efectivo que llevaba. Comprobó que era suficiente y me sellaron el pasaporte con una sonrisa. Hasta lo que he podido vivir y por experiencia de otros viajeros, para entrar en Panamá se necesita, o bien billete de salida o bien, 500$ en efectivo. Si no dispones de dinero en efectivo, realiza una prerreserva de vuelo el día antes de llegar a la frontera. Hay páginas web que no tienes que pagar nada por la misma, tan sólo confirmar el vuelo y pagar, 24h después. Afortunadamente, en Panamá se utilizan los dólares americanos. No hay que cambiar moneda aunque también existe una local, llamada balboa, que se maneja de forma interna.

Tip nº 99: saco de dormir para los buses del polo

Prácticamente en todos los autobuses del mundo, te pelas de frío. Ponen el aire acondicionado tan fuerte que es imposible dormir. De regalo a veces te llevas un constipado o un buen dolor de cabeza. Antes, me cubría con un montón de capas de ropa para subir al bus pero desde hace algún tiempo, me resulta más práctico y cómodo, llevar mi saco de dormir que me da el calor suficiente para descansar.

Llegamos a la gigante estación de bus Albrook. Todavía era de noche y aunque tenía donde hospedarme, me esperé hasta las 7 de la mañana en las zonas de cafeterías para moverme con claridad. Estando en la isla ometepe, Nicaragua, conseguí un couch en la ciudad de Panamá. El día antes de salir de San José, Costa Rica, los chicos que me iban a alojar me dijeron que no podían hospedarme porque tenían otros chicos que no habían tenido en cuenta. Tuve que buscarme un hostel y reservé en el hospedaje casco viejo, un lugar que me había recomendado Patri en ometepe por 11$ la noche. Pablo, mi host de San José, estaba preocupado por mí y mi presupuesto Yo le decía, “no te preocupes Pablo. Si se ha caído el sofá en Panamá es porque tengo que ir al hostel. Algo me espera allí”. Pablo sonreía al verme tan tranquila.

Ya estando en la estación de bus de ciudad de Panamá, investigué la manera de llegar al centro. Un taxi me costaba 8$ pero encontré la opción barata, un bus que me dejaba a 20 minutos a pie de mi hostel. Compré una tarjeta de transporte por 2$, la cargué de 4 viajes a 0.25$ cada uno y salí a la puerta a agarrar el bus. Había muchísimos, igual que gente formando cola. Me costó encontrar el que me llevaba a mi destino. Es horrible viajar en transporte público cuando va tan cargado y es hora punta. Una, molesta y golpea a otros pasajeros con la mochila y casi de nada vale, tener cuidado para evitar efectos secundarios. Descendí donde me indicaron y caminé los 20 minutos que me separaban de la cama por la avenida central. Parte era peatonal y estaba llena de establecimientos, tiendas y carros con paneles llamativos anunciando ofertas. Tenía la boca abierta mirando y absorbiendo nueva información. Lo que más llamó mi atención fue el goteo de unas señoras que iban vestidas típicamente de una manera muy tribal y colorida.

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Llegué al hostel, elegí dormitorio y me puse a charlar en la recepción. Había muy buena onda y en un ratito, habría pan, mantequilla y plátano para desayunar. Pregunté por la manera de cruzar a Colombia. Estaba de suerte. Al día siguiente, sábado 6 de julio, a las 5 de la mañana salía de allí el chico que, junto con su anciano padre, organizaba el paso por lancha rápida. No quería irme con el primer loco que apareciera prometiendo el oro y el moro. Pedí la información y el precio. Mientras me preparaba el desayuno, coincidí con el administrador del lugar. Un chico joven muy tranquilo. Me dijo que el viaje era seguro y que llevaban trabajando con esa gente años. Estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado gracias a que mi “sofá” falló. ¿Casualidad? No lo creo…Hay turistas que se tienen que quedar días en Panamá hasta que sale un viaje a Colombia en lancha rápida.

Poco a poco, la cocina y el patio del hostel, se fue llenando de los habitantes de aquel hogareño lugar. Conocí a un colombiano que estaba allí para visitar a su hija. Una preadolescente con la que tenía muchos problemas. Era tatuador usando una tinta natural parecida a la henna. Curiosamente, él apenas tenía ninguno. Seguía sin guía turística. Me dibujó un mapa de Colombia con buenas recomendaciones y una ruta posible para llegar a tiempo a mi cita peruana. Desgraciadamente, nunca encontré el papel en las que me las escribió. Era mi compañero de dormitorio. Dormía a mi lado y cuando me fui a dormir, le regalé la tarjeta de bus con algunos viajes. Cuando me levanté, una pulsera de cuero estaba en mi mochila. Estaba convencida de que era su regalo de viaje.

También conocí a Elena, una española muy dulce rubia con ojos azules. Estaba de intercambio en Costa Rica y desde hacía un mes, viajaba. Por la noche, me invitó a unirme a ella a bailar salsa en un local muy reputado de Panamá. Un argentino también estaba pensando agarrar la lancha a Colombia. Tenía que conseguir el dinero necesario para hacerlo. Los argentinos tienen muchísimos problemas para acceder a su dinero a través de la tarjeta, medidas de su mediocre y abusivo gobierno. Él tenía una estrategia, pagar las compras de otros con el plástico mágico en supermercados y hoteles a cambio de cash. Este chico me aconsejó que si iba a Argentina, llevara todos los dólares que pudiera para tener poder adquisitivo. Por otra maravillosa medida del gobierno, los argentinos no pueden conseguir dólares fácilmente lo que les dificulta mucho salir del país. Por este motivo, se ha creado un mercado negro de compra de dólares en el que el cambio que te dan, es un 40% más que el oficial.

Por allá, también había una pareja formada por un argentino y una alemana que me dio muy buenas recomendaciones para mi ruta al sur, mientras yo les daba las oportunas hacia el norte. Esas que ninguna guía te dice y las encuentras por casualidad o recomendación de otro viajero.

No había descansado mucho en el bus pero sólo tenía ese día para visitar la ciudad. Me fui a duchar y salí a la calle con un mapa. Después de hablar con otros viajeros, había elegido 3 cosas a hacer. Ir a la esclusa de miraflores para ver el funcionamiento del canal de panamá, subir el cerro ancón para ver las vistas de la ciudad y visitar el casco viejo. Descendí la avenida central y me volví literalmente loca. Los precios de las cosas eran muy baratos.

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Me proveí de elementos básicos que necesitaba y que no quise comprar en Costa Rica por el coste de vida. Una libreta para el blog, un boli que creía perdido, champú, un cortaúñas y unos nuddles chinos instantáneos para la cena. En los cajeros de ese supermercado, siguiendo los consejos del argentino, saqué 1.000$ con la mala fortuna que me dieron sólo billetes de 20$. Tenía un fajo de billetes difícil de ocultarlos como paquetorro. Tenía que encontrar un lugar donde me los cambiaran a 100$. Entré en una gran tienda de ropa interior y bañadores. Uno de los bikinis que tenía, estaba en las últimas y entré decidida a reemplazarlo. Elegí tres modelos para seleccionar uno al probármelos. Probé el que más me gustaba. Me moría de risa al mirarme en el espejo con el bañador puesto encima de la camiseta y el pantalón. Las empleadas, muy amables, me explicaban que así era en Panamá. Me resultaba difícil saber si me quedaría bien o no, pero los colores me encantaban y sólo costaba 12$ (9€).

Un poco más adelante, una zapatería vendía converse a 15$ (11€). La voz de Raíl resonaba en mi cabeza, “Montse tus converse están echas polvo. Ya es hora de que las retires”. Sólo tenían números sueltos y no había de mi talla. Había más colores y tallas disponibles a 30$ (23€). Elegí unas de color burdeos preciosas! Ya tenía reemplazo para mis viejas converse negras, que me habían acompañado durante 12 años de mi vida y que estaban rotas por 5 sitios distintos, literalmente, desintegrándose.

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Mientras las probaba, empezó a llover intensamente. Miré mi reloj. Eran las 12 del medio día y difícilmente tendría tiempo para hacer todo lo que quería. Salté a la tienda de enfrente llena de bolsos. Allí, encontré una sustituta para mi mochila remendada de nepal, 10$.

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Fui a un banco a cambiar y después de poner cara de pena, tan sólo pudieron hacerlo con 400$. La lluvia había amainado y decidir ir a comer algo antes de irme al canal, mi  único objetivo con horario de clausura. Por un dólar y medio, en un puesto en la calle, me dieron una hamburguesa y un refresco. Eran las 13h, tenía el estómago lleno y era momento de agarrar el bus que me llevara a la estación de albrook desde donde tomar otro, hasta la esclusa.

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En la estación probé cambiar los dólares con distintos bancos pero tenía que tener cuenta con ellos. Al final, una empleada me mandó al casino. Recorrí todo el pasillo y tras un control, entré. Aquello estaba lleno de máquinas y más aún si cabe, de gente. Hombres y mujeres de entre 30 y 50 años estaban abducidos por el soniquete y el vaivén continuo de imágenes. Me acerqué a la caja. Me cambió una chica experta en contar billetes. Era increíble como los enumeraba y colocaba en filas encima del mostrador para contabilizarlos. Le dí las gracias y me fui huyendo del vicio impresionada por lo que había visto.

Después de mucha confusión averigüé que, para agarrar el bus que me llevaba a la esclusa, tenía que comprar otra tarjeta de transporte. Un amable señor, la pasó por mí ahorrándome el coste. Casualmente, Jesús, era trabajador del canal y me estuvo contando muchas cosas ante la brasada de mis preguntas. Si hubiese podido, me dijo, entrarías conmigo a la sala de máquinas. Me tuve que conformar con admirar el funcionamiento del canal en el edificio turístico con otros de mi especie por 6$.

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Cuando subí al piso más alto, no me impresionó mucho lo que ví. Me lo esperaba más grande, más colosal, más….otra cosa. Por la mañana, el canal trabaja pasando barcos del pacífico al caribe. Por la tarde, lo hace en sentido contrario. 12h necesita un barco para culminar el recorrido. Hay barcos que son muy grandes que, por el momento, no pueden pasar hasta que no se acabe la ampliación del canal en agosto 2014. Para ellos, existe la posibilidad de transportar la mercancía desde el atlántico al pacífico o inversa, utilizando un tren del canal. El canal mueve al día unos 40 barcos procedentes de EEUU, Japón, Chile o Corea del Sur. Los dos océanos están a 20 metros de desnivel. Utilizando un sistema de esclusas y vaciado de agua, los barcos ascienden o descienden la diferencia para navegar hacia el otro lado siguiendo el curso de un río.

Jesús tenía la función de mantener el nivel de agua adecuado en la antesala de la esclusa de miraflores. La entrada de agua procede, naturalmente, de 7 ríos diferentes y la salida se realiza, artificialmente, con un conjunto de presas que desperdician todo el agua dulce sobrante. En diciembre 2012, hubo 10 días de continuas lluvias. El canal se llenó de demasiada agua con la crecida de los ríos con el riesgo de que la maquinaria subterránea se inundara y el canal quedara inservible. Jesús tuvo una mención especial por la gestión de la situación en la que, gracias a sus 30 años de experiencia y su habilidad, consiguió vaciar y mantener el nivel adecuado de agua abriendo todas las presas a 5 pies. Jesús me dijo que tuviera cuidado de confiar en personas que no conocía. Con una sonrisa le contestaba que entonces, no lo habría conocido a él. No era la primera vez que me decían esto. Hasta el momento, me he encontrado con personas que me enseñen cosas y me protegen. Tal vez, mi ángel de la guarda me protege.

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Eran las 15h de la tarde y hasta las 16h, los barcos no empezaban a salir de la esclusa anterior. Me conecté a la wifi abierta del canal y me senté en el suelo a la espera. A las 16:15, ya se veían los barcos acercándose por la antesala. Conforme se acercaba el primero, iba haciendo la maniobra para entrar por el estrecho canal de agua. El barco era grande pero la falta de carga lo hacía menos impresionante. Una vez dentro, dos cabezas que se desplazaban por raíles, amarraron sus hierros extensibles a la proa del barco. Un marino experto del canal tomó el timón y, junto con los mini trenes, empezaron la maniobra de mantener el buen curso del barco. En un momento, todos se detuvieron. Cerraron la compuerta y el agua empezó a vaciarse y drenarse hacia el lado contrario nivelando el agua a ambos lados del canal. En apenas 10 minutos, el barco había descendido frente a nuestros ojos 8 metros. Abrieron la compuerta delantera y el barco, orientado por las máquinas, atravesó el canal. Cuando estuvo al otro lado, se produjo la maniobra inversa. El llenado para flotar  y elevar el barco. La multitud estaba maravillada ante tal obra de ingeniería y movimientos perfectos.

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Al tiempo un barco enorme, repleto de cientos de contenedores, ocupó el otro canal, el pegado a donde nos encontrábamos los observadores. Tenía casi la anchura del canal y parecía increíble que pudiera pasar. Las personas a bordo eran diminutas ante tal magnitud. Terminamos de ver la maniobra con exclamaciones de asombro y flashes cuando llegó el momento de abandonar el lugar. El cierre se aproximaba.

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Me dirigí a agarrar el bus y a las 17:45, estaba de nuevo en el barrio. Compré provisiones de comida para el viaje en lancha y a pesar de que era un poco tarde, me animé a subir al cerro de ancón. Subí los 200 metros de desnivel en apenas 30 minutos, con la lengua fuera y recorriendo las curvas de 180º de la carretera que estaba  ensamblada en plena naturaleza. Cuando la vegetación se hacía densa, parecía casi de noche. Elena no me había engañado. Las vistas eran muy bonitas. El contraste del panamá antiguo gris y arremolinado en la costa convivía con los modernos rascacielos de la ciudad moderna, también al borde del mar. Los mismos rascacielos, que por la mañana, se enredan con las nubes. Los últimos pisos, se despiertan con la neblina densa propia de las grandes alturas. Al otro lado, se veía en la distancia el canal de Panamá. Apenas me tomé el tiempo de relajo y por la hora, puse camino de descenso parándome sólo cuando el espesor de la vegetación me dejaba de nuevo disfrutar parcialmente de las vistas.

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Eran las 19:15 cuando llegué a la falda del cerro. Allí había unas puestos de artesanía en los que me compré algo típico de acá, un bolso llamado mola, ideal para mis salidas nocturnas de no mochilera. Tal vez, motivada por la salida salsera. A pesar de querer, mi cabeza ya había descartado asistir. Estaba muerta, tenía que ducharme, empaquetar mis cosas en compartimentos protegidos con bolsas de plástico y al día siguiente, tenía que estar preparada a las 4:30 de la mañana. Llegué al hostel con 2 cervezas en la mano, tenía que conseguir las chapas para Raúl. Invité al colombiano que estaba cenando y al poco, los argentinos me invitaron a mí a cenar arroz y verduras. Guardé mi sopa china par una futura ocasión de necesidad. Elena tampoco fue a bailar salsa, cambios de última hora hicieron que dejara la ciudad esa misma noche. Eran casi las 12 de la noche cuando me fui a dormir. 4 horas más tarde sonaba el despertador.

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El jeep se retrasó y estuvimos una hora y media esperándolo. Montamos el papá y el hijo, Marcelo y Marcelino, el argentino, otro chico que iba a San Blas y yo. Recogimos a 2 pasajeros más colombianos y pusimos ruta a Cartí. Nos separaban 2h de trayecto. A los 30 minutos paramos a desayunar. Un puesto pequeño servía pollo frito con hojaldre. El hojaldre tenía la misma pinta que las tortas fritas que hace mi madre. A pesar de que no pensaba comer antes de iniciar el trayecto en lancha, no pude resistirme. Comandé 2 acompañadas de un café negro. Estaban deliciosas como si mi mami fuera la que estuviera en la cocina.

Seguimos con el viaje y entramos en la comunidad indígena kuna, previo pago individual de 5$. Empezaba el tramo final hasta el embarcadero. Los indios hacen mucho dinero con este peaje particular que se han montado. Íbamos por las crestas de las montañas, el conductor corría como un loco, el paisaje era espectacular pero después de 30 minutos observando, todos los ocupantes teníamos el estómago del revés. Llegamos al embarcadero, previo pago de 2$, blancos y con sudores fríos. La situación ideal para empezar un viaje en lancha. Me tomé 2 biodraminas y el argentino, me pidió otras dos. Se nos unió a la aventura, 2 argentinos más que viajaban en bici desde Alaska y una ecuatoriana. Compramos bolsas gigantes de basura por 1$ y pusimos nuestras pertenencias dentro. Los marcelinos cargaban la lancha con todo el equipaje, las 2 bicis, la guitarra del argentino y un plasma de 50 pulgadas. La barca no tenía ningún tipo de protección para la lluvia y los asientos eran pura madera. En cada banqueta, nos colocamos 3 personas. Entre tripulación y pasajeros, íbamos 12 personas en un bote de un sólo motor pequeño. Estábamos en un río cercano al mar. Empezaba a tener más claro en qué consistía la aventura. Me senté atrás para evitar golpes con los botes de la lancha. A mi lado, dos de la tripulación, uno de ellos, grosero, maleducado y gritón. A mi espalda, Marcelino, mucho más atento, llevaba el timón. En la parte delantera, el señor Marcelo hacía de ojos de su hijo cuando no se quedaba dormido.

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Eran las 9 de la mañana cuando salimos por el río hasta la desembocadura del mar. Cargamos el bote con 3 bidones de gasolina e iniciamos el recorrido que transcurría siempre a 1 kilómetro de la costa común entre Panamá y Colombia.

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El cielo estaba gris pero eso no nos impidió de disfrutar de las cientos de islas que componen San Blas. Algunas, con tan sólo una casa, otras con una única palmera pero todas ellas, auténticos paraísos. Vimos también villas flotantes. Paramos a dejar al pasajero en una de las islas de San Blas y lo reemplazamos por un supuesto italiano. La isla era pequeña y apenas un par de turistas, a las que la tripulación trataba con muy mal gusto, se movían en las hamacas de aquel espejismo. El argentino hasta se quedó dormido abrazado a su guitarra.

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Al par de horas de navegación, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Tuve tiempo apenas de proteger mi cámara. A los 10 minutos, diluviaba. Llevaba la chaqueta impermeable y me acurruqué para protegerme a mi y a mi paquetorro con mis pertenencias más importantes, pasaporte y tarjetas. La barca continuaba en marcha con lentitud. El agua entraba por los lados de la barca como consecuencia de su roce con las olas. Estaba empapada y muerta de frío. Levanté la cabeza por un momento y lo que vi, me aterrorizó. Estábamos en medio de dunas marinas y todo estaba gris. Volteé mi cabeza allá donde estaba la costa, había desaparecido. No creía que pudiésemos hacer el viaje en esas condiciones pero Marcelino, no tenía intención de llevarnos a tierra, allá donde estuviera. Me volví a acurrucar sin ganas de afrontar la realidad que nos envolvía y preguntándome, que hacía allí. No se cuanto tiempo pasó cuando sentí una mano tocando mi hombro. Era Marcelino, “ya pasó” me dijo con voz dulce. Apenas llovía, la costa estaba de nuevo en su sitio y el agua, se había calmado un poco. Estaba empapada. Todo. Chaqueta, camiseta, bragas y pantalón. Lo que más miedo me daba, mis documentos. Pedí, a todos los dioses que conozco, que por favor la lluvia nos diera tregua y nos permitiera llegar a destino sanos y salvos. El deseo de todos los pasajeros funcionó aunque la travesía no fue un camino de rosas.

Yo estaba sentada en el extremo del banco, el que daba al lado del mar. Con la velocidad, cada poco un golpe de agua entraba en la lancha calándome de nuevo. Al principio, intentaba protegerme pero era imposible que no me cayera agua. Al final, ni tan siquiera apartaba mi cara al frío contacto del mar salado. Cuando me di cuenta, observé que estaba bebiendo agua salada sin parar. Siempre tenía la cara mojada y las gotas me resbalaban por las mejillas hasta caer a mis labios. Involuntariamente, las sorbía. Tuve que hacer un esfuerzo en concentrarme para dejar de hacer algo, que seguro, me estaba perjudicando. Al menos, no hubo síntomas de mareo.

Cuando pasó todo el mal trago, hicimos una parada técnica ante la dificultad de un argentino de mear en una botella mientras navegábamos. Todos necesitábamos una tregua después de lo que habíamos vivido. Evacuamos líquidos y nos pusimos un poco al sol tímido. Marcelino intentaba hacer más agradable la travesía mostrándome algún delfín, tortuga o isla del gran archipiélago de San Blas. Aunque me aliviaba, yo sólo quería llegar. Faltaban por desgracia, más de 4h para alcanzar Puerto Obaldía, el último asentamiento panameño. Pero nada podías utilizar para que el tiempo pasara más rápido. Sólo podías estar sentado, convirtiendo tu culo cuadrado y pidiendo que saliera el sol para poder secarte un poco. Sentí que estábamos llegando por las señales de vida humana en la costa. Había lugares paradisíacos con playas salvajes muy lindas sin nadie. No estaría mal comprarse un terreno en este lugar salvo por el difícil acceso que tiene.

Eran las 17h cuando pisábamos tierra firme. Teníamos que pasar el control de pasaportes. Al llegar, una oficial con malas pulgas, nos veía descender de la barca doloridos por fuera y por dentro. Impasible, nos exigió que llevásemos todo el equipaje con nosotros para inspeccionarlo. Agarré mi bulto como pude y anduve los 20 metros que me separaban del cuartel. Jamás en la salida de un país, me registraron nada. Sacamos nuestras mochilas de las bolsas de plástico y las acomodamos en el suelo. Al poco, un militar apareció con un perro que, más juguetón que trabajador, olfateaba nuestras pertenencias desinteresadamente. Al acabar, uno por uno teníamos que pasar por una mesa en la que, absolutamente todas nuestras cosas, eran expuestas para inspección. Abrían todas las bolsas y paquetes. Sacaban la ropa interior, miraban la bolsa de aseo, abrían todos los compartimentos de las mochilas…Todos nos habíamos preparado para un viaje en el que los foros decían, que como mínimo, te mojabas. Nuestras pertenencias sensibles estaban empaquetadas y protegidas con bolsas. Tuvimos que abrir todo pese a que todavía quedaba viaje. Me demoré 15 minutos en pasar el trámite y luego casi me fue imposible, cerrar la mochila. El trabajo todavía no estaba hecho. La oficina de inmigración ya estaba cerrada. Si queríamos abandonar el país, teníamos que pagar bajo manga, 5$ cada uno al oficial de turno. Empezó una revolución. El argentino estaba indignado por cómo nos estaban tratando y se negaba a pagar. Alegaba además que la responsabilidad no era nuestra porque el jeep llegó con 2h de retraso. Todo el mundo estaba cansado y salía lo mejor de cada uno. Yo sólo quería llegar a Colombia para descansar y poner fin a un horrendo día. Marcelino me decía, “este argentino no sabe lo que es quedarse en este pueblo de mala muerte una noche”. Los colombianos mediaron en la situación y presionado por la opción de pagar o quedarse él solo, aceptó.

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Volvimos a meter todo de nuevo en la lancha. La ecuatoriana me contaba que lo que habíamos vivido, no era nada. Ella hizo el mismo viaje en enero y las olas eran gigantes. Llegó a Colombia desesperada y llorando. La última media hora de aventura transcurrió con ánimo en el alma, Capurganá en el horizonte y la bandera de Panamá, en la cima del monte a nuestras espaldas. Desembarcamos casi besando el suelo.

Esta aventura ha sido una de las más intensas e irresponsables que he vivido hasta ahora. ¿qué o quien lo superará?

 

Tip nº 100: Cosas a tener en cuenta para ir a Capurganá 

No sólo llegan acá los turistas que hacemos el cruce desde Panamá sino muchos turistas locales y extranjeros de Colombia. Capurganá es una zona muy bonita rodeada de montañas y costa que merece la pena visitar. Eso sí, prepara dinero para hacerlo. La única manera de llegar o salir de Capurganá es a través de una lancha rápida que te lleva hasta Turbo por 55.000 pesos (30$). Este precio te da derecho a 10Kg de equipaje. Si llevas más, tienes que pagar 500 pesos más por cada kilo que te excedas. Sólo hay una lancha diaria a las 7:30 de la mañana. Si quieres asegurarte un lugar (de los 40 – 45 que tiene) es mejor que compres el billete el día anterior. Desde Turbo ya salen buses, directos o no, a muchas partes de Colombia.

Por otro lado, no existen cajeros automáticos ni aceptan tarjetas. Así que tienes que llegar con todo el efectivo que consideres necesario para tu estancia.

Tip nº 101: Cruzar de Panamá a Colombia

A pesar de que ambos países están conectados por tierra, es imposible sin correr peligro de muerte o secuestro, atravesar utilizando este medio.

Existen distintas opciones para llegar de Panamá a Colombia y a la inversa. Mi consejo general, es que empieces a informarte desde el mismo momento en que entras en Panamá o Colombia. Tampoco es necesario hacerlo desde otro país porque la información que llega es confusa. En numerosos hostels hay información y agencias que ofertan el servicio. En mi caso, no tuve tiempo de hacerlo puesto que tan sólo me quedé un día.

Existen 3 medios básicos de cruzar de un lado a otro, yo hablo del sentido Panamá – Colombia que es el que he realizado.

1.- Por avión. Trayecto Ciudad Panamá – Cartagena alrededor 350$

Compañías como Copa o Lan, ofrecen el servicio Ciudad de Panamá – Cartagena. Lo buena de esta opción, es la rapidez del trayecto y lo menos bueno, el precio. Habría que contar como mínimo, con 350$.

2.- Por avioneta. Trayecto Ciudad Panamá – Turbo alrededor 150$ 

Los colombianos que montaron en la lancha conmigo me explicaron que se puede hacer el trayecto Ciudad de Panamá – Puerto Obaldía en avioneta con Air Panamá (http://www.flyairpanama.com ) en apenas una hora. El precio es muy bueno, alrededor de 100$ pero el problema reside en que, no se puede llevar mucho equipaje y que hay que sacar los billetes con un mes de anticipación. Algunos turistas se decantan por ir directamente a la compañía. Existe una lista de espera y tal vez, después de hacer una larga cola, puedes conseguir un pasaje.

Una vez que se llega a Puerto Obaldía se puede llegar a Capurganá, Colombia en lancha rápida en unos 30 minutos y más o menos 15$. Después hay que contar el gasto de salir de Capurganá, unos 35$ (ver tip nº100).

3.- Por velero Trayecto Ciudad Panamá – San Blas – Cartagena entre 350$ – 600$ 

Si tienes dinero y tiempo, es la que yo elegiría. Muchas compañías ofrecen el servicio y el precio puede variar desde 350$ hasta 600$. Todo depende del tipo de velero y los servicios que están incluidos. Básicamente el velero utiliza 3 días para visitar el archipiélago de San Blas o Kuna Yala, con más de 370 islas maravillosas. En dos días más, el velero llega a Cartagena. Los veleros se toman desde Portobelo, a 3h de ciudad de Panamá pasando por Colón. Colón es un sitio peligroso y el único atractivo que tiene son las compras, libres de impuesto. Algunas compañías que ofrecen el servicio:

http://www.mamallena.com/sailboats-to-cartagena.html http://www.boatstocolombia.com/index.php/en/
http://sailcolombiapanama.com/boats/

4.- Por lancha rápida. Trayecto Ciudad Panamá – Turbo alrededor 182$ 

Es la opción por la que yo me decanté. El único motivo por el cual lo hice, fue porque era la opción más barata (desconocía la de la avioneta) y la más rápida, 12h desde ciudad de panamá.

La ruta es ir desde ciudad de panamá hasta Cartí en jeep (2h) por 25$ más 7$ de peajes varios. Desde Cartí se toma una lancha rápida que tarda 7 – 8h en llegar a Capurganá depende del estado de la mar. Este servicio cuesta 115$. $. Después hay que contar el gasto de salir de Capurganá, unos 35$ (ver tip nº100).

Si optas por este viaje y es un día bonito y el mar está calmo, disfrutarás mucho de la experiencia pero desafortunadamente, nadie te puede asegurar que así será.

Hay turistas que van directamente al embarcadero de Carti para encontrar una lancha. Sino la encuentras y necesitas dormir, tienes que irte a la isla de enfrente Carti Sugdub. Por eso mi recomendación, si te gusta la aventura, es que al menos contrates el servicio antes desde ciudad de panamá. Dejo el contacto de Marcelino Mendoza (314 6083406) por si alguien se anima con la experiencia o mejor, contactad al hostal “casco viejo” de ciudad de panamá para que os indiquen cuando está programado el siguiente viaje.

Hay personas que utilizan este servicio de lancha rápida para visitar una isla de san blas (fuera del tour velero) y regresarse a ciudad de panamá o bien, ir para Colombia. Igualmente se puede hablar con Marcelino para arreglarlo. 

Tip nº 102: Entrada y salida Colombia por Capurganá 

La oficina de inmigración tiene un horario y a las 6 de la tarde, está cerrado. Si llegas desde Panamá a Colombia más tarde, no te preocupes porque tienes 24h para realizar el sellado del pasaporte. Eso sí, olvídate de irte de allí al día siguiente con la lancha a Turbo porque sale a las 7:30 de la mañana y a esa hora, está cerrada la oficina.

Igualmente, si vas a hacer el camino inverso, Colombia – Panamá en lancha rápida, sella tu pasaporte el día de antes de salir sino, no te dejarán entrar a Panamá.

 

 

 

 

 

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