Colombia: salsa, color y calentura

Capurganá 11 de julio 2013

Después del trayecto en lancha, el argentino y yo, conseguimos una habitación privada en el hotel luz de oriente para 4 personas, con baño propio por 10.000 pesos cada uno (poco más de 4€). El propietario nos vio en qué condiciones llegábamos y tuvo el buen gesto de rebajarnos mucho la habitación en este bonito lugar junto a la bahía. Su mujer, con mucho más carácter, aceptó para que la parejita descansara en paz No nos vino nada mal la confusión de la colombiana. Quisimos compartir con los ciclistas pero éstos negociaban alojamientos gratis por publicidad del hostel en sus blog y la dueña no pasó por el aro cansada de tanto farsante.

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Con una cerveza en la mano y la ropa aún mojada, disfruté desde el reposo, del pueblo negro y la tranquilidad que se respiraba en ese lugar. Inmigración estaba cerrada y eso obligó a los chicos a quedarse dos noches allí. Me duché, tendí la ropa mojada y apestosa de la lancha y muertos de cansancio para buscar ningún restaurante, mi compañero de cuarto y yo, cenamos en el hostel por 10.000 pesos.

Nos dieron sopa y después, elegimos pescado a la plancha. Cenamos en la terraza a la luz de la bonita lámpara colorida que emitía una luz muy tenue. Tuvimos tiempo para recordarnos lo irresponsables que habíamos sido haciendo el viaje en lancha rápida sin asegurarnos de en qué condiciones íbamos a viajar. No tuvimos que inscribirnos en ningún registro, ni teníamos factura por el pago realizado y de seguro, ni hablamos. El argentino me decía que si hubiésemos naufragado y con suerte llegado a tierra, sin que ningún tiburón nos atacase, hubiésemos perecido por frío, hambre y sed. Efectivamente, en la costa no se veía nada habitado. Como ya era habitual en mi, disparé a mi nuevo amigo un montón de preguntas. La conversación transcurrió con los viajes interiores que se realizan con la ingesta de hongos. El argentino, de 32 años, era todo un experto en el tema. Cuando terminamos de cenar, fuimos a buscar a los ciclistas a su hostel. Allí nos encontramos con un grupo de chicos de Medellín, paisas y un manchego, como yo. Junto con el dueño italiano reímos y charlamos con una cerveza en la mano.

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De repente, en un segundo, se puso a llover. Eran las 22:30 y yo estaba muerta. Quería volverme al hostel pero estaba diluviando. Me negaba a mojar de nuevo mi cuerpo. Nos fuimos aprisa apenas en un momento de tregua. En 10 minutos estaba plácidamente en mi cama dormida.

Me levanté sin despertador. El sueño fue revitalizador. La habitación olía a húmedo con toda nuestra ropa sucia tendida. Quisimos dejarla la noche fuera pero la dueña del hostel nos indicó que podrían robarla. Salí con pc en mano para buscar internet y decidir la ruta que seguiría hasta llegar a Perú. En la isla ometepe, Nicaragua, un chico me habló de la opción de llegar hasta Perú navegando por el amazonas partiendo de Leticia, Colombia. Me apetecía mucho la idea rememorando mi viaje en barco por el Mekong.

Pasé por inmigración a sellar el pasaporte pero como no tenían luz, se quedaron con él para sellarlo más tarde. Tampoco había wifi gratuito en todo el pueblo y había que pagar 1000 pesos por 30 minutos, mal íbamos. Mandé solicitudes de sofá a Cartagena donde suponía que iba a ser mi siguiente destino. Después, gracias a los chicos del punto de información, fui a chequear 3 alojamientos baratos para cuando mi compañero de cuarto se fuera al día siguiente.

Capurganá es un pueblo chiquito de 2.000 habitantes muy relajado y a las faldas de una montaña. Tiene una playa con agua cristalina llena de corales cortantes y una fuerte corriente. El embarcadero está lleno de muchos botes que van de acá para allá y un barco, que provee de alimentos al lugar. Una cancha conforma la plaza del pueblo. Allí se hace de todo, se juega al fútbol, se baila, se come en los puestos callejeros…Desde la misma plaza, sale la única pista que forma el escalofriante aeropuerto de Capurganá. El italiano dueño del hostel  bromeaba diciendo que, para visitar Capurganá, uno tiene que poner en riesgo su vida. Por la noche, la música empieza a sonar y los locales bailan cumbia tomando la calle como pista de baile. La población es en su mayoría negra. Las niñas llevan preciosos peinados de trenzas adornados con lazos y cintas de colores chispeantes.

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Siguiendo un camino de tierra, acompañada por el mar a mi izquierda, me tropecé con un chico joven local. Se presentó cortésmente y se ofreció a ayudarme a buscar un alojamiento mejor. Me enseñó donde comprar pescado fresco y dimos un paseo por todos los hoteles deshabitados por temporada baja esperando que abrieran el hostel por el que yo preguntaba.

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Nos dimos un refrescante baño y él se ofreció a llevarme la mochila. Así es el hombre colombiano. Halagador, regalador de oídos, caballero y parlanchín romántico. Le dejé claro que no quería nada con él. Me dijo que sólo lo hacía por hospitalidad y que confiará en él. Así lo hice y con su ayuda, conseguí un cuarto con baño para mí sola en los almendros por 10.000 pesos (4.3€). Era de las pocas veces que me había ido a recorrer e inspeccionar hostales en busca del más barato. Tenía además, una cocina de leña raquítica que me permitía cocinar y una zona ajardinada muy agradable. Me comprometí con la sonriente dueña a volver al día siguiente agradeciendo su amabilidad.

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Tip nº 103: Agua y presupuesto 

Cuando uno va mirando el ahorro de gastos, es importante encontrar alojamientos en los que puedas disponer de agua gratis o al menos, el llenado de botella, por menos precio. Parece una tontería, pero una botella de agua puede costar 1$ y si bebes mucha, te sale por un pico.

Me despedí de mi joven galán para ir a buscar a mi trío argentino. Me compré pan en la panadería y una lata de sardinas con tomate en la tienda de al lado por 3.000 pesos, la comida del día. Como decían los ciclistas, un clásico mochilero. Se podría decir que en Capurganá se promulgaba el comercio solidario porque cuando querías comprar algo, si la tiendita no tenía el producto, te informaba donde podías encontrarlo. Decían, que todos se mandaban clientes para poder ofrecer un mejor servicio. Vacié mis cosas en la habitación y me reuní con los chicos en la playa. En el camino, vi unos puestos de artesanía. Volvería más tarde a preguntar si podía parchear con ellos. Nos instalamos en un tronco e iniciamos una charla divertida sobre los prototipos argentinos. Estos chicos ciclistas se conocieron por el camino y en los dos últimos meses, habían envejecido un montón por el sol y el esfuerzo. Tenían 30 y 25 años y nosotros, el argentino y yo con 32 y 35, parecíamos mucho más jóvenes que ellos. Saltando una roca, tuve un pequeño incidente chocando mi dedo meñique del pie contra una piedra. Me hice muchísimo daño y me fui al agua fresca para aliviar el dolor.

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Uno de los argentinos también se animó e iniciamos una charla muy interesante. La necesidad de soledad cuando se viaja solicitando la ayuda de los demás, ya sea con couchsurfing o como hacen ellos, buscando alojamiento gratuito. Cuando recibes ayuda de alguien, no puedes ser desagradecido ni desagradable. De alguna manera, tienes que estar en la conversación y contestar a la multitud de preguntas que la gente de hace sobre tu viaje. Pero nosotros también somos humanos y a veces tenemos días malos. Además, casi siempre son los mismos interrogantes y después de un tiempo, uno se cansa de tanto hablar. Es casi vital poder encontrar momentos de soledad en los que el silencio te da tregua y consuelo. Afortunadamente, me contaba, nosotros somos dos y ahora es más fácil repartirnos el papel de embajador. En un momento, me puse a flotar en el agua y menos mal que el argentino me avisó porque la corriente me estaba chupando hacia adentro. Cuando abrí los ojos no daba crédito que estuviese tan lejos de la costa. Casi nos morimos para salir del agua y alcanzar la orilla.

Después del baño, se nos unió el manchego. Empezamos a conversar y adivinó que llevaba mucho tiempo por sudamérica porque lo trataba de usted. Me costaba volver al tu después de tanto tiempo….Hablamos de los viajes que los dos habíamos emprendido en solitario. Ambos teníamos las mismas sensaciones e impresiones sobre todo, siendo mancheguicos por el mundo. A las 19h, nos retiramos.

Me duché y me fui con mi compañero de cuarto a comprar unas empanadas para cenar. Las conseguimos en la calle por 1.000 pesos probando las de masa de yuca. Nos volvimos a reunir todos en la puerta de nuestro hotel, me abandonaban al día siguiente dejándome sola ante tanto negrito colombiano. Con libreta en mano, me apuntaba todas sus recomendaciones de argentina. Mientras hablábamos, yo tejía. Se mofaban de mi manera de ganarme la vida cuando la de ellos, trueque de alojamiento por publicidad del hostel, era menos costosa y mucho más rentable. Argentinos pelotudos! Los argentinos son así, buscavidas y ocurrentes a la hora de ahorrar plata. Estando sentados en el suelo, pasó por allí mi galán y con gestos, me proponía que me fuera con él a bailar. Rehusé con una sonrisa y se despidió arrojándome un beso. Tenía que frenar a aquel morenazo cachas. Me despedí de los chicos intercambiando contactos, abrazos y los mejores deseos. Tal vez nos volveríamos a encontrar en algún momento de nuestra ruta, quien sabe!

El blog de los ciclistas, y su facebook, donde cuentan su aventura desde Alaska hasta tierra del fuego, Argentina son:

–         bicinator

–         ratatrip.com

El lunes por la mañana me desperté pronto cuando mi acompañante se fue. Me levanté, recogí todos mis bártulos y me trasladé a los almendros. Una vez sin guardaespaldas, era carne de cañón para los locales. En menos de 24 horas ya tenía 4 pretendientes, entre los que se encontraba, el oficial de inmigración. Por el camino me topé con el puesto de información. Me caí de culo cuando me hablaron de los precios de los buses en Colombia. Por ejemplo, el trayecto de 10h Turbo – Medellín salía por 62.000 pesos (27€), era casi el precio europeo en un país donde el salario medio es de 250$. En ese mismo momento, descarté ir a Cartagena a pesar de que todo el mundo me decía que era precioso. Demasiada desviación de la ruta sólo para visitar esa ciudad en la costa y demasiado coste para luego regresar. Opté por el plan b, dirigirme a Bogotá y desde allí, al eje cafetero, del que tenía también muy buenas referencias. La chica colombiana del information point, me informó muy bien de los horarios y me dio muy buenos consejos de conexiones y precios. Descarté el recorrido por el amazonas. La única manera de acceder a Leticia era por vuelo y no salía especialmente barato.

Tip nº 104: Ahorra en transporte en Colombia 

Entre los consejos que me dio la chica colombiana, éste, es de gran utilidad. El transporte en Colombia es una lucha de compañías que a grito de destino, ofrecen el servicio de desplazamiento. Si tienes tiempo, es mejor hacer trayectos cortos (5-6 horas) porque hay muchas compañías que dan el servicio. Preguntando en varias de ellas, el precio se regatea pudiendo conseguir descuentos de hasta el 40% sin mucho negociar. Para trayectos largos el truco está en negociar el precio directamente con el conductor del bus. ¿cómo se hace? Normalmente entrando hasta donde está el bus aparcado. Sino puedes porque a veces hay un control de billetes, tienes que averiguar por donde sale el bus y pararlo, una vez que está en la calle. No pagas el precio estándar puesto que ese dinero se lo lleva directamente el conductor. Es muy común hacerlo y nada peligroso. Lo peor que te puede pasar es que no haya plaza y por tanto el conductor no te suba. Por eso es mejor hacerlo en trayectos donde hay diversos horarios que lo cubren. Como es tan caro el transporte, si te acostumbras a hacerlo, ahorras desde un 25% a un 40% de dinero. En ambos casos, cuanto más cerca está el horario de salida la negociación es más efectiva. No tengas prisa!

Llegué al hostel, me instalé e intenté prepararme avena con leche para desayunar en la cocina de leña. Después de 3 intentos fallidos, papel periódico quemado y chorros de aceite, la dueña me instruyó en este nuevo arte.

Tenía el dedo del pie bastante dolorido y descarté hacer nada de turismo. Ese día me lo tomaría para trabajar. Primero, lavé un montón de ropa en el lavadero. Saqué la computadora y sentada al aire libre, alrededor del fogón de leña, me puse a escribir. Paré para prepararme la comida, unos tallarines chinos panameños. Un señor colombiano, que se alojaba allí por un viaje de negocios, me volvió a ayudar en la logística de mi ruta por Colombia. “Si quieres ir al eje cafetero, no hace falta que pases por Bogotá. Ve directamente a Medellín y desde allí, un bus te llevará a Pereira o Armenia, las capitales del café”. Descarté en ese preciso momento Bogotá por coste y flojera de visitar una ciudad grande. Casi sin darme cuenta, se me hicieron las 6 de la tarde.

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Volví a encontrarme con el señor. Me dijo si podía sentarse a mi lado y decirme algo. Le dije que sí, cediéndole un hueco junto a mí. Me contó que era comerciante de oro y astrólogo desde hacía 17 años. Había sentido mi energía y me dijo que intuyó un atasco emocional en mí. Lo mismo que me pasó en la sesión de reiki. Era el único chacra por el que la energía no circulaba bien. Me hizo 2 ó 3 preguntas personales y las lágrimas brotaron de mis ojos enfriando mis mejillas. “No llores” me decía con ternura el hombre corpulento de unos 50 años. “Confía en mí. En un rato te voy a hacer tu carta astral. No quiero dinero, sólo ayudarte”. Nos citamos en 1h pero, unas señoras vinieron a verle, y no fue posible. Esperé tumbada en mi porche en la hamaca algo temerosa. Cuando me dí cuenta, él estaba ya en su habitación. Sentía nervios balanceándome y no me atreví a tocar su puerta. No quería revolver más mi corazón, ni mi alma ni mis emociones. Ya sabía lo que había y necesitaba dejarlo reposar. Comí piña para cenar y me fui a dormir. Lo que me había pasado, me había desvelado y estuve tejiendo una nueva pieza hasta casi las 3 de la mañana. Costuraterapia, sin duda. 

Si mi pie estaba bien, haría una caminata al día siguiente a Sapsurro. El chico manchego me lo había aconsejado y sería mi último día antes de dejar aquel lugar. La ruta discurría por la montaña pero estaba señalizada y podía hacerlo sola.

Me levanté, desayuné cereales y me fui a internet a echar unas solicitudes de sofá para Armenia. También tenía que cambiar dólares y sacar mi billete de lancha para turbo. Se me hicieron las 13h y como la caminata era de 2h, decidí alargar mi estancia un día más en aquel lugar. Me animé a hacer otra caminata. Ir a la coquerita, 1h siguiendo la costa. Me encantó el camino selvático junto al mar y descubrir un nuevo perfil costero después de un repecho. Una pena que una zona tan bonita estuviera llena de tanta basura y residuos de todo tipo. Unas pequeñas ranas verdes con manchas negras inundaban el camino, las primera vez que veía un tipo de rana así.

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Pagué los 2.000 pesos de la entrada y me bañé tranquilamente en las 2 pozas que tiene este lugar, una dulce y otra salada. Estaba sola y disfruté mucho del frescor y contraste de agua después del paseo a pie.

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Volví a tiempo para colocar la artesanía en una de las mesas con otros artesanos. Aunque inmigración podría llamarme la atención, ellos me animaron a exponer lo que tenía. Observaron las piezas que hacía y me preguntaban sobre la técnica. Era la primera vez que tenía una mesa para mi.

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No vendí nada pero tejí y tuve una conversación muy interesante con una chica que, con una preciosa bebé en brazos, me contaba la triste historia de su hermano. Tenía 11 años cuando una vecina lo acusó de robo. Llegaron los paramilitares y lo arrestaron. Estuvieron torturándole para que confesara. Al final, lo obligaron, siendo un niño, a convertirse en uno de ellos. No fue el único, Le pasó lo mismo a su mejor amigo y vecino. Ambos prometieron a sus familias que si algo le pasaba al otro, el que quedara, informaría a la familia. Aquel niño abandonó el hogar y con arma en mano, aprendió a matar y torturar. Ese modo de vida se convirtió en una necesidad. No sabía hacer nada más. 7 años más tarde, un día, su mamá presintió que algo malo le había pasado. Fue a hablar con la familia del amigo de su hijo. El amigo confesó. Su hijo estaba muerto. Un buen día, mandado por los jefes, le tuvo que acompañar al monte bajo el pretexto de un trabajo conjunto. Por el camino, le contó que tenía que matarlo. Le ayudó a cavar su propia fosa, le quitó los objetos de valor, le disparó y lo tiró al hueco con su documentación cubriéndolo con la arena desenterrada. A pesar de la descripción del lugar, la mamá nunca encontró a su hijo. De eso, hacía ya 5 años. Se volvió loca y vagó por las calles hasta que en su caso, gracias a Dios, un grupo religioso le ayudó a salir de aquel pozo. Se me pusieron los pelos como escarpias al escuchar la historia.

Volví al hostel pensando como le puede cambiar a uno la vida por el simple hecho de haber nacido en un país o en otro. Por el camino, me asaltó Emerson, un guía turístico que me ofreció unirme al día siguiente a las 8 a un grupo que tenía para hacer la caminata que yo quería. Gratis, en principio, claro. Quería llevarme a bailar y rehusé con la excusa del cansancio. “Tal vez mañana” le dije dándole las buenas noches. Tenía un dilema. Si iba a la excursión, Emerson estaría esperando alguna recompensa y se pondría pesado hasta que aceptara su invitación. Si me iba sola, aunque la caminata era fácil, corría el riesgo de que me pasara algo, como una torcedura de pie y nadie para socorrerme. Acepté su invitación como mal menor. Al llegar al hostel, me encontré a Sebas cocinando. Era un australiano que había llegado el día anterior. Estudiaba en México y hablaba bien español. Lo bonito de viajar por latino América es que te encuentras con personas de todo el mundo enamorados del español y haciendo un gran esfuerzo por aprenderlo. Le propuse el plan de la caminata y le expliqué mi situación. Bromeando le preguntaba “tu no me vas a pedir nada a cambio porque vayamos juntos ¿verdad?” Cenamos cada uno lo suyo y nos despedimos hasta las 10 del día siguiente. Disfruté de la soledad de mi habitación privada y me dormí con el fondo de música de mi celular.

Por las mañana, ya no encendía el fuego para cocinar. Era muy lento para prepararme un simple desayuno. Optaba por la opción fácil, leche con cereales. A las 9 me fui de compras. Pan y sardinas en salsa de tomate para el bocata del día, mi billete para Turbo y fui en busca de pescado fresco para la cena de la noche. Sólo le quedaba un atún gigante pero por la tarde, con la entrada de los pescadores, tendría más. Consulté mi correo couchsurfing clandestinamente desde la puerta del hostel al que me había conectado días anteriores, pero nadie había aceptado mi solicitud. Me tocaría pagar un hostel pero en tal caso, iría a Salento, un bonito pueblo cerca del Valle de Cócora un lugar que todo el mundo aconsejaba.

A las 10:30 estábamos en ruta. Fueron 2h de subidas y bajadas por medio de la montaña selvática y el barro de una noche entera de lluvia. Sebas iba en chanclas pero conseguía ir más rápido que yo! Sebas tiene 22 años, es australiano, está estudiando derecho y relaciones internacionales. Quiere ser diplomático. Tiene una novia mexicana con la que hace planes de futuro para ir a vivir a Australia. Nos entendíamos muy bien, tal vez porque el parecía mayor y él a mi me echaba 28. Hablábamos de todo y las horas a su lado pasaban plácidas y armónicas.

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Llegamos a Sapsurro. Era como Capurganá pero en chiquito sin apenas casas, ni gente ni turistas. Casi sin detenernos, pusimos rumbo a la Miel, una de las playas más bonitas.

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Después de 40 minutos de subida, llegamos a Panamá. Es una de las fronteras más bonita y pintoresca que he visto. De un lado, Sapzurro con su agua azul y su tranquila bahía. Al otro lado, las costa panameña. Nos revisaron el pasaporte y en 20 minutos más de bajada, llegamos al paraíso mismo salvo por el chiringuito que emitía música a todo trapo. Nos encontramos con Emerson, el guía turístico que amablemente nos ofreció volver con él en lancha. Buena onda a pesar de que iba acompañada de un hombre, ese chico, ya me caía bien! Nos bañamos en el agua transparente rodeados de vírgenes montañas verdes. Una preciosidad. Nos comimos el bocadillo, disfrutamos de un par de horas en soledad y contacto con la naturaleza.

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La lancha desde la Miel hasta Capurganá nos costaba 14.000 pesos y desde Sapzurro, negociamos 6.000, todo lo que Sebas llevaba consigo. A las 15:45, empezamos a  desandar el camino. A los dos se nos hizo más corto y dejamos nuestras huellas en las escaleras que estaban construyendo para hacer el camino más accesible. Al llegar, me encontré con Marcelino. Sebas iba a hacer el camino inverso al mío con él y ultimaron detalles en ese mismo momento. Invité a Sebas a un boli de fresa refrescante y nos dimos el último baño con el grupo del guía turístico en el muelle. Llegamos a Capurganá en un recorrido lento. Algunos turistas intentaban pescar.

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Al llegar, Sebas selló su pasaporte de salida de Colombia para partir al día siguiente a Panamá. Juntos, nos fuimos a buscar pescado. La pescadería estaba cerrada y fuimos al punto de información a ver si podíamos conseguirlo en otro lugar. Un gaditano muy saleroso y amable, cónyuge de la colombiana que ya me había ayudado, nos acompañó a un comercio cercano. Preguntó a una señora que cosía tranquilamente. Sólo nos podía ofrecer tiburón. ¿por qué no? El gaditano nos aconsejo un trozo para ceviche y otro, para asarlo en el fuego. Él mismo, con toda la confianza, abrió el congelador, agarró el trozo de pescado y a ojo, nos cortó una libra y media. Fuimos a comprar verduras y Sebas me invitó a 2 cervezas. Llegamos al hostal y charlando con otros huéspedes preparamos el ceviche. Mientras maceraba, me duché y medio organicé la mochila. Salí dispuesta a cenar y terminamos de disfrutar de la compañía y el ambiente del lugar. Uno de los huéspedes colombianos, que salía con una alemana, me dio buenos consejos de Perú y como evitar pagar los 120$ del tren que te lleva a Machu Pichu. Un gran debate sobre la educación salió a raíz del sistema alemán. No me podía creer que me estuviera enterando de cómo funciona europa estando en sudamérica. En alemania, hasta los 10 años, los niños van a colegios comunes. A esa edad, profesores e influencia de los padres, catalogan a los niños en 3 tipos de estudiantes según sus notas y aptitudes. Sólo los de una clase, pueden acceder a la universidad. Al resto, lo preparan para desempeñar otros trabajos. Significa que un niño a los 10 años, con lo que implica, es separado del resto de niños y solo se relacionará en el colegio con los catalogados como él. A los 10 años, una personita en Alemania ya es marcada. A todos nos parecía una barbaridad del sistema y al preguntarle a la alemana que pensaba, respondió que el pueblo alemán está de acuerdo con la formación de élites. Me quedé a cuadros que eso fuera así en pleno siglo XXI en el país cabeza de europa.

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A las 6:50, ya desayunada, estaba preparada. Junto con Sebas nos dirigimos al embarcadero. Tras un abrazo y los mejores deseos, él se iría a Panamá y yo, a Turbo, uno de las ciudades, según la lonely planet, más peligrosa de Colombia. En el muelle, una balanza me recordaba que viajaba con 16 kilos de sobrepeso. Tenía que liquidar 8.000 pesos (3.5€). Apliqué el truco de “sólo tengo 3.000 porque aquí no hay cajero y no pude sacar dinero”. El hombre me miró con muy malas pulgas y me dejó esperando a un lado. Al final, coló!! Ahí empezó mi plan de ahorro animada por el buen resultado obtenido.

En la barca a Turbo íbamos 30 personas apiñadas durante 2h de viaje. Al llegar, un montón de chavales buscan al turista para ofrecer el servicio de bus. Sabía que el que iba Medellín, costaba 62.000 pesos (27€). Siguiendo el consejo del punto de información, iba a viajar a Medellín en el bus de la tarde. Así llegaría pronto y podría agarrar otro bus para Salento. Eso me dejaba todo el día en la peligrosa ciudad. Le dije al chico que yo no me iba hasta por la tarde y le pregunté sino había un servicio más barato. Me dijo que no y le indiqué que sólo tenía 50.000. Aquel chico se comprometió a negociar con el conductor de las 7 de la tarde. Nos citamos a las 18h en el muelle. Me dijo que pidiera a los militares que guardaran mi mochila grande para ahorrarme también pagar el guarda equipaje. Así lo hice y de nuevo, todo salió a la perfección.

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La ciudad no era bonita y animada por las buenas críticas, descarté estar todo el día dando vueltas. Pregunté por un sitio internet y me mandaron a un hotel. Al subir las escaleras vi un cartel que indicaba que no admitían extranjeros. Le expliqué la situación a la chica que me atendió y me dejaron quedarme en el sofá de la recepción utilizando su wifi gratis. Como me vieron acalorada, también me pusieron el ventilador para mi solita. Todo un lujo de comodidades, cortesía y solidaridad femenina. Con total tranquilidad trabajé todo el día con la computadora, reservé una cama en “the house plantation” en Salento y escribí el blog

Salí a comer y a comprar reservas para la cena y el desayuno siguiente. Comí un menú de pollo frito muy barato. Probé mi primera arepa, una tortilla de maíz muy utilizada en la cocina colombiana más gruesa que la que se utiliza en centro américa y con un sabor diferente. Al acabar fui al super. Estuve en busca de los precios para comprar algo que no me costara caro. Al final, me decanté por algo de fruta y unas galletas típicas paisas. Cuando fui a pagar, las galletas costaban más de lo marcado pero la encargada indicó al cajero que me cobrara el precio más bajo dándole una moneda. El cajero se lió y me devolvió 500 pesos (0.2€) más de lo que correspondía. Salí todo loca de contenta por seguir ahorrando dinero. A los pocos minutos me sentí vil y deshonesta. Ahorrar no consistía en abusar de personas que me habían querido favorecer. Qué fácil es que el comportamiento de uno se pierda siguiendo una línea directriz sin estar atento a las cosas que hace. Aprendí la lección pronto esperando no dejarme ir a la primera de cambio.

A las 17:45 me despedí de la chica de la recepción agradeciéndole el gesto regalándole una pulsera. Llegué al embarcadero y allí estaba el chico con sus amigos. Teníamos que esperar 30 minutos más y me senté en un banco a esperar. Una mujer estaba hablando por teléfono llorando. Me dio pena. A los 10 minutos llegó una barca seguida de llanto y lamento. Bajaron a una señora mayor herida y un ataúd. Un niño, una adolescente y la mujer se abrazaban y lloraban. “Me lo han matao” clamaban. Numerosas personas y curiosos del pueblo formaron un círculo en la escena y algunos levantaban la tapa del ataúd con las temibles consecuencias de después. Me sentí muy mal estando allí, invadiendo su espacio. Se me saltaron las lágrimas y mi alma se entristeció. De camino al bus, el chico me explicó que el hermano del muerto, lo había degollado con un machete por la herencia del padre. “Ahora ya tendrás algo que contar en tu país” me decía.

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Me acompañó a una esquina en la calle mientras hablaba con el busero. Salió y me acompañó hasta que a las 19:05 salió el bus de la cochera, giró y pasó por delante de donde me encontraba. Le regalé al chico una pulsera por el servicio sabiendo que, parte de los 52.000 pesos que pagué finalmente, irían a su comisión. Me subí ya de noche y al poco de salir, enfundada en mi sleeping bag, me dormí.

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Llegué de madrugada a Medellín a una estación enorme. Pedí un chocolate caliente y comí mis galletas sentadas en un banco.

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Había wifi gratis y me conecté para verificar si, algún host de Armenia de última hora, me alojaba en su casa. No hubo suerte con lo que me dirigiría a Salento. Buscando un cajero, una chica con su hijo en brazos, se resbaló. Se quedó tendida en el suelo inconsciente mientras salí corriendo a información para pedir ayuda. Cuando llegaron a socorrerla, seguí mi camino. Agarré un bus que me llevaba a la terminal desde donde salía el servicio para el eje cafetero. La ciudad estaba dividida en 2 líneas de construcciones de ladrillo rojo a las faldas de una montaña. Calles con grandes pendientes parecían ríos desde la ventanilla del bus. Mientras observaba el paisaje, escuché en la radio la historia narrada, con muchos colores, del asesinato de una transexual. Parecía novelesco y no daba crédito que hubiese ocurrido de verdad. En ese momento se agolparon en mí el asesinato en Turbo, el accidente de la chica en la escalera y la noticia que estaba escuchando. La desgracia me rodeaba. Me estremecí y presentí que algo malo estaba ocurriendo en España. 

 

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