Ecuador: Ni fu ni fa

Autobús Talara – Lima,  7:00 Miércoles 7 de agosto 2013 

Estoy a 3h de encontrarme con María y Eva en Lima. Ellas llegaron anoche después de 1000 horas de vuelos y 2 escalas. Tengo pendientes dos entradas del blog que dudo mucho que sea capaz de acabar antes de llegar. 

Estando en Otavalo tenía 2 opciones. La ruta cultural pasando por Cuenca y Loja o, la ruta de temporada para vender artesanía. Ésta última me la había recomendado una ecuatoriana en Salento y me llevaba por la costa. Me decanté por la segunda opción. Había elegido un sitio, Canoe, que según las guías era un sitio tranquilo, con surf y menos turístico que el conocido montañita. Pero Marco me dijo que allí, había demasiada droga y alcohol. Me recomendó ir a Puerto López. Este sitio tenía el plus del avistamiento de ballenas. Confié en el nuevo camino que se abría. 

Después del trayecto en bus de noche a Guayaquil y 4 horas más de bus, llegué a un sitio realmente feo. Pregunté en el primer hostel de la lista con cocina. 8$ el dormitorio común, pero estaba lleno. De ahí, me mandaron al itapoa, gestionado por una señora brasileña dulce y muy agradable. 10$ el dormitorio. Era demasiado caro. La dueña me apuntó en un papel los lugares más baratos del pueblo y me guardó la mochila grande para que saliera a inspeccionar. Sólo el mobie dick tenía cuartos a 5$ pero el lugar estaba desierto con lo que descartaba la venta de artesanía a los huéspedes. La cocina estaba en muy malas condiciones y si quería ahorrar, tenía que usarla. Tampoco había internet. Mientras andaba y andaba, veía un pueblo sucio y muy feo. Me preguntaba si tanta dificultad en encontrar alojamiento y tan mal feeling del lugar, me estaba mostrando que tenía que irme de alli. Pero la brasileña había sido realmente amable conmigo, me dejaba vender artesanía en su hostel y decidí hospedarme allí. Me quedé 4 noches. 40$ de coste y tan sólo vendí, 7.5$ en artesanía. 

DSC09641 DSC09642 DSC09643 DSC09649 DSC09644 DSC09689

Cocinaba todos los días a pesar de estar en un puerto pesquero, pero la comida estaba carísima. Gente del pueblo me decía que Puerto López estaba abusando de su suerte ballenesca para exprimir al turista. El tour para verlas, costaba 25$ e intenté convencer a pescadores para pescar con ellos y que me costara menos. También querían cobrarme 20$. Saldríamos a las 4 de la mañana y volveríamos al día siguiente a las 5 de la tarde. Ellos evitaban las ballenas por las redes de pesca y al final, me decanté por el tour turístico para ver a las jorobazas en su camino a Alaska. 

Eran las 2 de la tarde cuando iniciaba el tour en el único día de sol que hubo durante la semana. Habíamos unas 16 personas en el barco. Ahí, si que se habría hecho bien el trayecto Panamá – Colombia. Nos ubicaron a todos para reequilibrar el peso mientras la tripulación subía arriba para localizar alguna ballena. Era la época y el avistamiento, estaba asegurado. En el periodo que pasaban por allí, las ballenas tenían a sus crías y por eso decían, que las ballenas jorobadas eran ecuatorianas. Si teníamos suerte, encontraríamos una no muy lejos de la costa, activa, que nadara y saltara, para un público ávido de espectáculo. Conforme nos alejábamos de la bahía, Puerto López embellecía. Íbamos rápido y la lancha golpeaba el mar calmado. Una chica empezó a mostrar los primeros síntomas de mareo y apenas pudo disfrutar de la excursión. La lancha amainó y se situó cerca de otra. De repente, un lomo negro asomó por el agua. Se trataba de una cría de unos 3-4 metros de longitud. Nos explicaban que la mamá, de unos 10-15 metros, estaba nadando por debajo. Unos cuantos se subieron arriba de la embarcación y a mí, me situaron en la proa. Solo veíamos a la cría cuando subía y soltaba un bufido por su orificio. A cada poco, la embarcación se movía intuyendo el recorrido que seguían las ballenas. De repente, ambos lomos asomaron al mismo tiempo unísonos en su respirar. Fue realmente bello. Por un momento, allí sentada maldecía haber encontrado ballenas poco activas y valoraba si los 25$ eran una buena inversión, visto lo visto. Luego recordé a Peter contándome que los árboles que plantamos en Pucará, Ecuador, morirían por hacerlo en verano. Así es el ser humano, ingrato con la naturaleza. Me alineé con la pachamama y me invadió un sentimiento de comunión y gratitud por ver a 2 criaturas moviéndose en su entorno natural. Estuvimos observando su navegar 30 minutos y por momentos, estaban realmente cerca.

DSC09651 DSC09656 DSC09659 DSC09684 DSC09660 DSC09668 DSC09663 DSC09669 DSC09678 DSC09672

Cuando desaparecieron, pusimos rumbo a la 2ª etapa del tour, snorkelling. El cielo se había cubierto y hacía fresco. Pocos se animaron a disfrutar del mar y yo me deleité con el primer baño después de dos días de estar allí. También sería el último. El agua estaba algo revuelta y con la falta de sol, apenas vi unos cuantos peces en un coral semimuerto. Tiritando de frío envuelta en mi toalla, me dieron un sándwich y una banana. Volviendo a puerto, pasamos por unos acantilados poblados por pájaros de patas azules. Parecía que las tenían pintadas por el color tan intenso.

DSC09680

Empecé a conversar con James, un newyorkino barbudo que estaba recorriendo Ecuador en motocicleta. Eran las 17h cuando regresábamos y nos citamos a las 19h para cenar. Yo había pensado salir a la calle a vender artesanía pero después de llevar 2 días sin parar de trabajar, decidí darme un descanso y por qué no, probar ese arroz que había visto tan sugestivo similar a una paella de marisco. Fuimos a uno de los numerosos restaurantes que había, el que nos pareció menos turístico. Comandamos el arroz marinero con marisco a 10$ y pescado con coco a 6$. Cerveza para mí y jugo para él! Los platos estaban muy buenos aunque el arroz, distaba mucho de la paella de mariscos de mi mami. James tiene 37 años, es alto, con ojos azules y una barba espesa de meses que le daba un look de roquero. Trabaja 3 días a la semana enseñando arte y filosofía en un instituto de un barrio desfavorecido de New York. Él es el único blanco en la escuela. Antes, instruyó a colombianos que se establecían en el continente americano. El resto de días, ejerce su otra faceta, la de músico. Ha vivido 2 años en Haití y otros 2 en Brasil tocando y grabando discos con distintos músicos. Me contó que en EEUU se hacía uso de los negros y su pasado de esclavos para tener un grupo grande que pudiera desbalancear el poder político. 

Hablamos también de temas trascendentales, como el estilo de vida, la ayahuasca, las señales…. James era muy divertido e interesante. Hablaba español con un acento brasilero muy gracioso. Pagó la cena y yo invité a los cócteles de después. Me encantaba su manera de negociar los precios. Muy hábil y resolutivo en sus propuestas. Tomamos ron con guanábana natural. Era muy gracioso ver como aquel hombrecillo ecuatoriano preparaba con ineficacia las bebidas. Nos sentamos en la playa y seguimos conversando. Al día siguiente se iría a Canoe a seguir con su aprendizaje de surf. Cada vez que me he encontrado con viajeros de mi generación, las veladas se alargan y fluyen. Los años y la experiencia, definitivamente unen. La noche se alargó. Entre ruidos, estrellas y barullo, disfruté mucho de su compañía.

Me dejó un bonito recuerdo al invitarme a un abundante desayuno, un dolor agudo de estómago y una cagalera. Tuve que pasarme todo el día en el hostel cerca del baño. Estuve tejiendo hasta las 3 de la tarde pero ya no aguantaba el dolor. Recogí mis cosas y me fui al cuarto. Me tumbé en la cama y me acurruqué poniendo las palmas de mi mano sobre mi barriga y mi estómago. Después de varias visitas al baño, me costaba subir las escaleras para acceder a él. Me quedé dormida y me desperté a las 8 de la tarde. Parecía que el dolor se había calmado y me preguntaba, si saldría a vender artesanía. Fue un espejismo porque a los 10 minutos, volví a sentir el dolor. Quería vomitar pero apenas salía nada de mi estómago vacío salvo un ruido bronco. Desistí y me volví a acostar. Adiós también a la visita de la hermosa playa de los frailes, que formaba parte de un parque natural. 

Salvo este incidente de salud, fueron unos días tranquilos de trabajo artesanal y bloguero. El hostel era un lugar agradable. Pasé muchas horas en la apacible zona wifi con hamacas. Necesitaba un poco de soledad y empezaba a cansarme de los contactos con otros viajeros. Aún así, no pude, no contestar, a las preguntas de una alemana que recién comenzaba a viajar. En ella, me veía reflejada a mi en Camboya, cuando tan sólo llevaba un mes y me encontré a la brasileña que llevaba 17 meses recorriendo mundo. La alemana estaba acompañada por un ecuatoriano que entre risas, me hizo descubrir una canción a la que soy adicta. Me dan enormes ganas de bailar cuando la escucho, “spanish girl” de José Manuel.

DSC09686 DSC09687 DSC09636 

Cocinaba en el hostel los productos del super. Hice 2 comidas fuera de casa. La escapada con el americano y una comida muy rica en el mercado. 2.5$ por una sopa de pescado y pescado frito de segundo. Tuve también tiempo para hacerme un carnet internacional de estudiante, que espero que me ahorre mucho dinero a partir de ahora.

DSC09645 DSC09646 DSC09647 

Me fui de Puerto López el domingo 28 de julio cogiendo el último asiento del bus en la compañía Jipijapa a las 13:30. Fueron 4h divertidas viendo salir y entrar vendedores ambulantes vendiendo de todo. Hasta laxativos milagrosos que depuraban el cuerpo. El producto más comprado fue simples naranjas peladas. El vendedor corta la tapita de arriba y la gente las apretuja para sacarle el jugo con un arte aprendido de años. Llegué a Guayaquil a las 17:30 y después de hablar con Oscar, decidí agarrar un bus directo hasta Máncora, Perú, a las 23:00 con hora prevista de llegada a las 7 de la mañana. 

Llegamos a la frontera a las 4 y ha sido la única en la que, el país saliente y el país entrante, comparten oficina. No me pidieron nada ni en una cola ni en la otra. Era muy gracioso ver como un grupo de ecuatorianas estudiantes tenían que esperar de puntillas a ser atendidas ante el alto mostrador. Al salir, mientras esperaba que el resto de personas pasaran el control de inmigración, me encontré con una señora peruana con un pasado común al mío, un divorcio. Sin apenas conocernos ni tener nada en común, nos entendíamos y comprendíamos. Fueron unos minutos preciosos bajo la oscuridad de la noche y la templanza del alma. 

Llegué a Máncora a las 7 de la mañana. Saqué dinero en un cajero, los primeros soles que caían en mi bolsillo. Esperé hasta las 8:30 para agarrar el bus a Talara. Compré leche de soja caliente y un par de bocadillitos a un vendedor callejero para desayunar. No pude con la leche, a mi estómago no le estaba cayendo bien mi decisión. Tuve que ofrecerla a un árbol tras varios rechazos de personas que no la querían. En 2h, disfruté de un paisaje increíble. Montañas desérticas con numerosas quebradas y un montón de máquinas extractoras de petróleo. A veces, divisaba el pacífico por la ventanilla. Llegué y esperé en la EPPO, la estación de bus local, hasta que Oscar apareció sonriente por la puerta. Empezaba mi última semana en solitario antes de encontrarme con las niñas.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s