Perú: Turismo vivencial

Miércoles 19 de agosto 2013

Llegamos a Puno el jueves 15 de agosto más tarde de lo que pensábamos. Eran las 20:00 cuando desembarcábamos del bus. Lo más destacable del trayecto fue el canto desafinado y agudo de una mujer peruana que vendía barras energéticas. Entonó al más estilo peruano una canción típica. Al principio, me entró la risa y realmente me contenía para no soltar una carcajada. Al mismo tiempo me sentía mal porque aquella pobre mujer estaba intentando ganar plata para su familia. Al poco, la tentación risesca cesó. Poco a poco he ido descubriendo que no cantaba mal, sino que es una manera particular de cantar de aquí del Perú.El paisaje era árido y frío ya que Puno se encontraba a 3.800 metros de altitud. Era increíble pensar que a esa altura, se puede encontrar un lago gigante como el titi caca.

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No habíamos reservado hostel. Cogimos un taxi que nos llevó a la primera opción de la lista. Quedaba lejos de la plaza, en cuesta y no había ningún bar cerca. Nuestros cuerpos doloridos preferían algo mejor ubicado y pedimos al taxista que nos llevara a uno del centro. El elegido por el chofer, tenía las habitaciones sucias, viejas y frías. Pagamos al taxista abusivo por el paseo y andando, nos dirigimos al siguiente hostel del listado. Qué pena que kokopeli no tuviera hostales por todo el Perú! Estuvimos más de 15 minutos andando cuesta arriba con las mochilas encima. Desistimos llegar y entramos en el primer hostel que encontramos. Estaba lleno pero el señor Lucho, muy amablemente, nos consiguió y reservó una habitación triple con baño y desayuno por 60 soles la noche en el hotel maison, junto a la calle más turística de Puno.

Estábamos locas de contentas de poder, por fin, descargar y descansar. Como en el cuento de los tres ositos, cada una tenía su cama y casualmente, nos colocamos en la misma disposición que en aguas calientes. La habitación era una réplica disposicional. Celebramos nuestra llegada cenando en nuestro primer restaurante chifa, como aquí llaman a los chinos. A 3.800m de altitud, Eva notaba los síntomas del mal de altura. Cenamos mucho pero muy rico y nos fuimos pronto a dormir.

El día siguiente nos lo tomamos de relajo. Me pasé toda la mañana encerrada en la habitación conectada por skype. Hacía más de 2 meses que no hablaba con mi mami y agradecí mucho hablar con ella y con mi hermana Estefanía. Me reuní con las chicas a comer en una terraza al sol en la que habían pasado la mañana con la ropa remangada al más estilo veraniego. En todos los sitios que habíamos visitado en Perú, por el día, bajo el sol, hacía un ambiente agradable pero en cuanto te cobijaba la sombra o atardecía, hacía un frío que pelaba, al más estilo invierno madrileño. Teníamos que usar gorros y guantes. Las chicas no se quitaban su chompa peruana y yo, iba con todas las capas de abrigo que tenía. Mary empezaba a mostrar los primeros síntomas feos de un constipado debido a la diferencia de temperatura y compró unas pastillitas en una de las miles boticas que existen en Perú. Sólo teníamos una misión ese día, encontrar la manera de llegar, por nuestra cuenta, a Amantaní. Se trata de una de las islas situadas en medio del lago titicaca. No fue difícil. iPerú nos dio amablemente toda la información que necesitábamos. Por la tarde sentadas en la cafetería de al lado del hotel, nos echamos unas risas viendo canciones peruanas rozando el éxtasis con el video Israel de Wendy Sulca. Muy recomendable, sí señor!

http://www.youtube.com/watch?v=TuSSlFZ8cfA

Mary y yo nos tomamos un té inca a base de pisco, lima y hojas de coca que nos costó terminar. Arreglamos nuestras mochilas pequeñas para la escapada de 2 días y tras desayunar el detestable pan con mantequilla y mermelada, pusimos rumbo al embarcadero. Mientras desayunábamos, nos reímos mucho de los sueños locos que habíamos tenido la noche anterior. Entre ellos, el mío donde me encontraba con Gandhi, un hombre joven, fuerte, guapo y muy espiritual. Una coña que nos ha acompañado un tiempo con el objetivo de buscar a mi Gandhi versión 3.0. En apenas 15 días, he comido todo el pan que no había comido en 7 meses. Los desayunos, que incluyen los hostel, consisten en pan blanco sin tostar, mantequilla y mermelada de fresa. Con un poco de suerte, huevos revueltos alegraban la mañana. Las 3 estábamos hartas de lo mismo. El café soluble para las chicas, remataba la primera comida del día.

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Compramos fruta y galletas por el camino al embarcadero. Llegando, encontramos a un señor que nos quería acompañar hasta la ventanilla donde vendían los tickets. Pensamos que nos pediría dinero por el servicio pero aquel señor era el capitán del colectivo que nos tenía que llevar a Amantaní. Estábamos de suerte porque los dos días siguientes había fiesta en el pueblo y nos esperaban bailes en la plaza. El lago es inmenso y a lo lejos, se divisaba la parte boliviana. En él, no hay mucha actividad pesquera porque apenas quedan peces en el lago. Es increíble que aquella extensión enorme de agua exista entre montañas a casi 4.000 metros de altura. A lo lejos, se divisaban las cumbres nevadas de los altos picos. Sentadas fuera de la cabina, teníamos que abrigarnos bien si queríamos disfrutar de las vistas. A pesar de que el cielo estaba azul hacía mucho frío. El barco no iba rápido, cuestión de ahorro de combustible. Durante las 3h de trayecto tuvimos tiempo de charlar con el capitán oriundo de la isla y con otros turistas.

El capitán nos contaba que existen 2 meses fuertes para el turismo, julio y agosto. Antes, las familias vivían de criar chanchos (cerdos), gallinas, cuys y de la agricultura. Pero el turismo es un negocio más rentable y menos trabajoso. En la isla tan sólo quedan ovejas, burros y algún perro. El barco estaba lleno de turistas y advertimos que los locales tendrían otra manera de entrar y salir de la isla. Conocimos a unos cuantos chicos extranjeros y disfrutamos de las vistas. Sentada en solitario en la parte de arriba del barco, el brillo del sol sobre la superficie del agua creaba un espejismo de chispas con vida propia que me tenía hipnotizada. De nuevo, sentía la energía entrar en mi cuerpo a través de escalofríos que me subían por la espalda.

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Tip nº 112: fomenta el turismo independiente y responsable

El turismo en las islas del titicaca está copado por las agencias que cobran precios abusivos al turista y mal pagan a los locales que reciben en sus casas a foráneos. En Amantaní hay 10 comunidades y en cada una, 45 familias acogedoras. Cada mes, rota la comunidad que aloja y cada familia puede hospedar un máximo de 8 huéspedes al mes. Hay muchos casos en los que viajar por tu cuenta es complicado pero en el caso de las islas del titicaca es muy sencillo y haciéndolo de esta manera, fomentas el crecimiento de las personas que lo necesitan.

A las 2h de viaje, paramos sobre una isla flotante. Una de las muchas conocidas como islas uros. Allí, amablemente, el jefe de las 2 ó 3 familias que viven allí nos explicó, muy graciosamente, como construyen las islas y como se vive sobre ellas. Usaba una pequeña reproducción de la isla a la que no le faltaba detalle.

Con barcos, tienen que transportar una especie de fajos de hierba seca. Unen los distintos bloques con cuerdas formando una plataforma  que sumergen en el agua. Un palo con una cuerda sirve de ancla y margen para que la isla se mueva. Sobre la superficie artificialmente, mes a mes van añadiendo capas de paja seca. No hay agua corriente ni electricidad. No hay tiendas, ni se puede cultivar nada. Lo único de lo que pueden abastecerse por sí solos es de pescado y algún ave que matan a escopetazo limpio. Hacía 7 años que vivían así y les preguntamos porque construir y vivir en esas condiciones. Sus antepasados, vivían en el lago pero sobre embarcaciones hechas a mano provistas de todo lo necesario. Nos contaban que las islas flotantes, era una evolución de esa manera de vivir. Si no tienes tierras, es barato establecerse en una isla flotante y además, podían obtener dinero de los turistas. La venta de productos artesanales y los paseos en las antiguas barcazas, ayudan a estas pobres familias. Las casas están hechas de caña y las condiciones higiénicas, son lamentables. Los niños juegan tirados en el suelo y enormes pompones de lana, cuelgan del pelo de niñas y mayores. Allí, las mujeres también dan a luz. Los niños asisten a la escuela en barca. Antes, cada uno iba en su canoa pero era más lento y peligroso. Ahora, al ir todos juntos, si un niño se cae al lago, otros pueden ayudarle. Las olas a menudo inundan la isla. Es difícil imaginar que alguien pueda vivir así.

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Abandonamos la isla flotante y en 1 hora más, llegábamos a Amantaní. En el muelle, nos repartieron entre las familias y las chicas y yo, estábamos emocionadas por saber quien sería nuestra mamá y nuestro papá. Allí esperaban un montón de señoras vestidas con ropa típica de la isla. Nos asignaron a Serafina y de regalo, nos dieron 5 hermanos nuevos. Se trataba de una familia polaca con un adolescente y una niña de 9 años. Los acompañaba Peter, su guía durante su aventura peruana. Llegamos a la casa hecha en gran parte de adobe. Nos instalamos en la humilde habitación de 4 camas. Hacía mucho frío. Eva y yo decidimos dormir juntas en una cama doble.

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Mami nos llamó avisándonos que la comida estaba preparada. La comida era una sopa de quinua de primero y un segundo a base de tubérculos varios que costaba masticar y digerir. Allí nos sentamos con nuestra nueva familia. Entró nuestro papá y al preguntarle el nombre, me di cuenta que era el mismo que el del capitán. No había reconocido a Gilberto sin su gorro de lana! Después de la comida nos tomamos una infusión de muña y hojas de coca natural. Un remedio buenísimo para el mal de altura. Peter llevaba viviendo 7 años en Perú y hablaba español. Era periodista, escritor y a veces, guía de deportes de aventura. Ama este país y ayuda, con su blog y su página web, a darlo a conocer entre sus compatriotas. Era el nexo de unión entre nosotras y la familia polaca. La familia estaba interesada de por qué había iniciado un viaje tan largo. Sólo pude contestar con la verdad. “Hacía 2 años, todo en mi vida estaba mal, la relación con mi pareja, mi trabajo y tenía conflictos familiares. Hice una terapia de un año y ahora viajaba como parte de mi proceso personal”.

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Después de comer, nos fuimos a la plaza del pueblo a ver el ambiente. Por el camino, iba con los ojos bien abiertos al ver un pueblo tan distinto y una forma de vivir tan diferente. Todas las mujeres en la isla visten trajes típicos con numerosas capas de faltas coloridas. Tienen el pelo largo negro, peinado en dos trenzas que suelen anudar con adornos más o menos grandes. Sólo las muy mayores presentan canas. Cada comunidad en Perú, usa un tipo de gorros distintos. Me encantaban algunos que llevaban los niños muy largos y coloridos. Llevan zapatos fabricados con neumáticos. Me senté junto a una artesana que tejía en un banco sin mirar. Para evitar que se enredara, pasaba la lana por detrás de su cabeza. Junto con otras mujeres, tenían una asociación que vendía sus productos a Londres. Su marido era profesor de escuela en la isla pero apenas ganaba 900 soles al mes (menos de 250€). Nuestra familia, con el hospedaje que haría en 2 días, ganaría 450 soles. A pesar de que el reparto de turistas se hacía de manera equitativa para ayudar a toda la gente del pueblo, aquella mujer me aseguraba que ella casi nunca recibía. “No tengo un barco ni conozco a nadie. Tal vez me haga una página web y trípticos para anunciar mi casa”. Le animé con la idea dándole algún consejo. Tenía 4 hijos y decía que eran demasiados. Tenía que trabajar muy duro para poder garantizarles la educación. Dejé aquella mujer serena y templada para unirme al grupo.

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Peter nos llevaría hasta la pachatata. Un lugar en lo alto de la montaña donde se divisaba todo el lago. Amantaní es un laberinto de muros bajos que delimitan las propiedades repletas de animales lanudos. Todas esperábamos encontrarnos con un sitio verde pero el terreno estaba cubierto tan sólo por una hierba amarillenta y eucaliptos. No habíamos pensado lo difícil que es que haya vegetación estando a 4.000 m de altura. No era para nada un sitio acogedor pero si curioso. La gente del pueblo tiene que trabajar muy duro para vivir. Tienen la piel muy dura y lastimada. La cara deteriorada y las mejillas quemadas. Las manos, los pies y las uñas, parecen pertenecer a reptiles. Utilizamos la técnica de María para subir a lo alto. Era increíble como la gente del pueblo podía subir con tanta agilidad y cargados con sus mantas cuando nosotros íbamos con la lengua de fuera.

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Por el camino, tuve la oportunidad de hablar un ratito con Peter. En seguida conectamos. Con sus muy bien llevados 45 años, había pasado por una experiencia similar a la mía. Vivió en distintos países de Europa y luego viajó como un loco durante 15 meses para encontrar el sitio donde establecerse. En México y Perú había encontrado su hogar y sus amigos. Ha estado a punto de morir varias veces pero era como si fuese un gato con 7 vidas. Con pocas palabras, entendíamos lo que sentíamos. Me dijo que él ya había conseguido lo que quería: “No tener miedo a que nada ni nadie te hago daño”. “todavía no he llegado ahí” le respondía yo agradecida por que compartiera conmigo su experiencia. “ya he vivido lo suficiente y me podría morir mañana” me decía con su español tartamudo y sus ojos azules dilatados. Le preguntaba si por eso hacía deporte de aventura, para morir y con una sonrisa me decía que él sabía que viviría otros 50 años más!

Llegamos hasta el punto más alto a 4.300 metros. Que maravilla de lugar. Vistas a 360º. Divisábamos todo el lago, la isla de taquile, las montañas nevadas en el horizonte y las puntas de las montañas emergiendo del medio del lago. Nos quedamos allí disfrutando de las vistas, conectándonos con la naturaleza. La calma se vio un poco turbada por la cantidad de turistas que subieron pero nos quedamos de las últimas para disfrutar de un hermoso atardecer y sus rojizas consecuencias tintando el cielo.

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Bajamos casi en penumbra iluminadas por una luna creciente. A este lado de la tierra (al pasar el ecuador) los astros se ven de forma diferente. Por ejemplo, ya no nos valía el truco de la C y la D para saber si la luna estaba menguante o creciente. Curiosamente, la luna está invertida. La estrella polar ya no es la que indica el norte y había que buscar la estrella del norte para ubicarlo. Llegamos a la plaza y nos volvimos a reencontrar con la familia polaca. Todos estábamos sentados en unas gradas donde disfrutábamos de música peruana y bailes típicos. Peter nos invitó a una cerveza y cuando papi nos avisó, regresamos a casa andando para cenar.

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Serafina ya tenía todo dispuesto. Sopa de primero y de segundo, papas fritas con arroz. Tomamos nuestra infusión y la niña polaca nos propuso jugar a un juego de cartas llamado macarroni. Fueron 3 horas divertidísimas donde ni el idioma, ni la edad ni las circunstancias personales de cada uno, nos separaban. El ron acompañaba la velada y Peter era un excelente anfitrión de aquella velada tan particular. Nos fuimos a dormir a las 10:30 de la noche intercambiando contactos con Peter.

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Nos levantamos de forma natural sobre las 7. La familia polaca nos había abandonado pronto para seguir su camino. Me levanté con el presentimiento de que debajo de la puerta habría una nota de Peter. No fue así y sin más, bajamos a desayunar. Los sosos pancakes alegraron nuestro paladar y despertar. Las niñas se lavaron con un cubo de agua caliente que preparó Serafina y allí recibí un regalo. Peter había dejado una nota para mí. La leí en la habitación y me brotaron las lágrimas. Un pequeño llanto se instaló en mí. Demasiadas coincidencias y señales como las que hablaba el libro de la novena revelación. Últimamente estaba soñando más, estaba más inquieta y tal vez asustada por mi futuro. El miedo….la obsesión de mi eneagrama. Contarles a Peter y a la familia el motivo de mi viaje, había motivado que Peter y yo pudiésemos compartir el camino hasta la pachatata. El mensaje de su nota me llegó muy adentro, al corazón, al alma. “No tengas miedo”. Compartí con las chicas lo que me había pasado bajo el sol calentando nuestros cuerpos. Tenía la sensibilidad a flor de piel y sentía que cualquier cosa me podía pasar.

No teníamos plan para ese día. Serafina tenía que bailar en las fiestas y nos preparó un taper con la comida. Con las mochilas al hombro, empezamos a andar por el borde del lago rodeando la isla. El sol sobre nuestros cuerpos, la caminata, las conversaciones y encontrar lo más parecido a una playa para nuetro picinc, nos llevó parte del día. Nos sentíamos afortunadas sentadas en unas rocas, mirando el titicaca y rodeadas por ovejas como únicas bañistas. De nuevo, nuestra comida a base de tubérculos no nos dejó muy satisfechas. El huevo cocido, el tomate y los trocitos de pepino la hacían más digerible. Volvimos hacia la plaza del pueblo. Disfrutaba del camino y me tomé el tiempo de releer la nota de Peter sentada en un muro de piedra. Cuando miré al cielo, el sol y la luna estaban encarados mostrando su belleza. Tan sólo eran las 16:30.

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Cuando llegamos a la plaza nos encontramos con un maravilloso espectáculo. Todos los del pueblo, unos 4.000, estaban allí. Había distintos grupos vestidos de forma diferentes tocando instrumentos y bailando como cualquier fiesta de un pueblo de España. Cerveza compartida por todos los sitios, para ellas y para ellos. Todas las mujeres, participaran o no en los bailes, llevaban sus vestidos típicos mientras que los hombres espectadores, vestían casualmente con jeans. A María y a mí nos incluyeron en una charanga y bailamos durante un par de minutos que nos dejaron muertas.

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Sentadas en una loma vimos la puesta de sol y nos fuimos para casa esperando que nuestros papis hubiesen acabado la jarana, estábamos muertas de hambre. Encontramos a Serafina y nos preparó la cena. Tan sólo estábamos las 4 y el comedor parecía vacío. Cenamos sopa y papas fritas con arroz, lo mismo que la noche anterior pero nos lo comimos todo sin rechistar y con hambre. Josefina nos preguntaba si estábamos casadas y se preocupó mucho cuando supo la respuesta. Nos explicaba que ellos se casan muy jóvenes. Siembre entre pobladores isleños, unos 4.000. Por este motivo nacen muchos niños con deficiencias físicas y mentales. El divorcio no está permitido. Cuando le preguntaba a Serafina me decía, “si me divorcio de mi marido, ¿Quién va a cuidar los animales, la casa y hacer la comida cuando él se vaya a trabajar?” También nos comentó lo que podía ganar con la artesanía de lana que hacen. Utilizan la lana de un animal llamado alpaca que también se come. Es un animal adorable de mofletes hinchados y una cara muy simpática. La lana de las ovejas la utilizan para hacer mantas ásperas a la piel. Una bobina de lana les cuesta 20 soles y con eso, pueden coser una chelina en una semana que venden por 35 soles. 15 soles de beneficio en una semana, tan sólo 4€. Esa misma noche, enseñé a María a tejer una pulsera y después de un rato, nos fuimos a dormir. Tan sólo nos quedaban unas horas de turismo vivencial.

Desayunamos a las 7 y nos fuimos al embarcadero. Por el camino nos encontramos con el mercado del pueblo. Un montón de personas habían extendido mantas coloridas en el suelo sobre las que colocaban todo tipo de productos. Increíble los recursos con los que cuenta esta gente. Montamos en el barco que en, poco más de  una hora, nos llevo a Capachica. La intención era visitar este pueblo lagueño y volver a Puno a descansar. Pero María había empeorado de su constipado y al día siguiente nos esperaba el viaje en bus hasta Arequipa. Decidimos volver a Puno. Desde el embarcadero hasta el centro del pueblo, tuvimos que andar 30 minutos para llegar a una plaza donde no había nada, ni tan siquiera nos podíamos tomar un café. Eso sí, la arquitectura y decoración de aquel lugar y los pintorescos sombreros de las señoras, no tenían desperdicio.

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Agarramos una combi en el mercado hacia Puno con la intención de darnos un homenaje en la comida. En las calles de Puno, nos cruzamos con un carretilla tirada por dos chicas que con ayuda de un altavoz, anunciaba las pruebas de acceso a la universidad. Nos quedamos alucinadas con los escasos recursos con los que cuenta la educación peruana. Encontramos un lugar para comer, en la famosa calle turística y escogimos platos de la carta. Tuve que devolver mi trucha por salada. El segundo intento, sació con ganas los deleites faltantes de los días anteriores. María y yo nos fuimos al cuarto a descansar. Tuve un pequeño percance con los del hotel porque tardé 5h en recuperar mi pc y me hubiese gustado trabajar un poco. Tras ducharnos, bajamos a nuestra cafetería favorita, para comer algo y visitar a la señora que lo regentaba y que tan bien nos caía. Nos tomamos unas ensaladas y una sopita para María. Le encargamos unos bocadillos para el día siguiente y nos fuimos a dormir. Puno, el lago titicaca y el tremendo frío que hacía en aquel lugar, llegaban a su fin.

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