Perú: se acabó lo que se daba

Bus Arequipa – Lima, Martes 27 de agosto 2013

Las niñas ya se han ido. La despedida del lunes 26 de agosto, fue más dura de lo que pensaba. Me había acostumbrado a estar sola pero pasar 3 semanas con dos de mis mejores amigas me ha hecho sentir lo doloroso que es perderlas de nuevo. Nos abrazamos, emocionamos y lloramos. Se montaron en el taxi llevándose un pedazo de corazón, así lo sentía mi pecho dolorido.

Regresé al hostel y allí Jesi, la dueña del hostel, me dio un abrazo en el que reposé todos mis pucheros. Los últimos días que pasamos juntas no podían haber sido de otra manera, especiales y fluyendo como el resto de nuestras vacaciones juntas. Llegamos a Arequipa el 20 de agosto. Eran cerca de las 14h de la tarde. Fuimos en busca de un hostel. Revisamos el Escandinavia hostel y como era un poco viejo, decidimos chequear el recomendado por nuestros amigos los del kokopelli. Yo temía que en aquella habitación, me diera alergia. Jesi, la dueña del hostel escandinavia, nos guardó las mochilas hasta que encontrásemos el lugar adecuado. El otro hostel estaba más alejado y sólo tenía dormitorios, la decisión estaba tomada, nos quedaríamos con Jesi que tenía muy buena onda. Mientras paseábamos, no dábamos crédito al buen tiempo de aquella ciudad. El sol era abrasador y por fin, nos encontrábamos con algo parecido al verano. Comimos el menú del día en un sitio local y regresamos al hostel a instalarnos.

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Teníamos una misión. Averiguar como ir por nuestra cuenta al cañón del colca. Salimos en busca de información pero la oficina de turismo estaba cerrada. Compramos comida para los desayunos en el hostel y la cena para dar uso a la cocina comunitaria. Cenamos pronto algo rápido y a las 21h, Jesi nos buscaba para hacer la ceremonia de la luna. Había luna llena e íbamos a hacer una sesión meditativa para agradecer. Nos subimos las colchonetas a la terraza. Con fuego, velas e incienso, guiadas por Jesi empezamos la sesión. De nuevo, me llegaba el mismo mensaje, “no tengas miedo”. Claramente no podía dejar de escuchar los mensajes que me estaban llegando por todos los lados. Nos fuimos a dormir y de nuevo, Eva y yo compartimos lecho. Nos despertamos pronto por la mañana y nos preparamos un desayuno de reinas que tomamos en la terraza al contacto con el sol. Las vistas eran espectaculares. Teníamos al frente el magnifico y solitario volcán Misti y a su lado, tres picos de más de 6.000 metros con las cumbres nevadas. Veíamos la cúpula del convento santa catalina, los tejados y las terrazas de edificios colindantes. Una palmera fea pero imponente por su altura cerraba el cuadro. Tras desayunar nos fuimos a buscar la información para el colca y a visitar la ciudad. Nos dirigimos a una agencia que reservaba habitaciones en un hotel que habíamos visto en la guía. Allí mismo, nos hicieron una oferta que incluía hotel y bus. Todo por 100 soles. Se subía de presupuesto pero eran nuestros últimos días y bien nos merecíamos disfrutarlos. Contratamos los servicios para el día siguiente y 2 noches de hotel en un sitio con mucho encanto.

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Pasamos el resto del día visitando la ciudad. Muchos edificios históricos eran administraciones o bibliotecas. Entrábamos en todos los que eran gratuitos. Entre ellos, la biblioteca Vargas Llosa. Descartamos ir al convento de Santa Catalina por el coste, 35 soles. Tampoco fuimos a ver a la famosa momia Juanita. La plaza central coronada por la catedral era preciosa. Disfrutamos de nuestro tiempo libre paseando bajo el sol arequipeño y comprando recuerdos. Por la tarde, ya en el hostel, mientras las niñas disfrutaban de la puesta de sol en la terraza, yo chateaba con Oscar. Me pidió por favor que recibiera unas facturas para llevárselas a Lima la semana siguiente. Me sorprendió mucho recibir un paquete así con facturas tan creativas.

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El jueves 22 de agosto a las 8:30, poníamos rumbo a Cabanaconde, el pueblo ideal para explorar el colca. Salimos con retraso y al poco, el bus se paró. Intentaba arrancar pero no se movía. Tras unos pocos puf,puf del motor….se apagaba. El viaje prometía. Como era habitual, el bus fue abordado por numerosos vendedores de productos milagrosos pero en este trayecto, un chico con parálisis cerebral subió al bus. Apenas entendíamos lo que decía y a pesar de eso, él seguía valiente con su discurso mostrando fuerza y valor. Su discapacidad, no era un freno para vivir con plenitud. Me conecté con mi sobrino Oscar y las lágrimas brotaron mojando mis mejillas. Llegábamos a Chivay 1 hora y media más tarde de lo que pensábamos. Descartamos hacer el último trayecto de la ruta andando tal y como habíamos planeado. Mientras las niñas se fumaban su cigarrito y hacían sus menesteres urinarios, yo compré unos bocatas en la estación de bus. Apenas nos gastamos 20 soles entre las tres. Los bocadillos nos supieron a gloria y saciaron el hambre que teníamos. A partir de Chivay, empezaba el espectáculo para aquellos que estaban sentados en el lado opuesto al conductor. Paisajes increíbles y según Eva y María, momentos de apuros para que pasara el bus. Afortunadamente, yo no estaba al lado del precipicio y hasta me di el lujo de dormirme.

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Llegamos a Cabanaconde consiguiendo no comprar la entrada de 70 soles para el colca en ninguno de los dos puntos de control establecidos antes del pueblo. En la plaza, se nos presentó un peruano de nazca que nos explicó, mientras intentaba ligar con nosotras, por qué el turismo en nazca había decaído en los últimos años. Hace algunos años, dos avionetas muy seguidas, de las que hacen el avistamiento de las líneas, se estrellaron causando la muerte de turistas. El gobierno peruano obligó a la empresa responsable a quitar gran parte de la flota y le dio manga ancha para cobrar lo que quisiese. En tan sólo 2 ò 3 años, el precio había subido de 35$ a 100$. A partir de ahí, los gobiernos afectados por la muerte de sus compatriotas, empezaron a hacer una mala publicidad de Nazca con el siguiente eslogan, “evita las líneas de la muerte”. También nos explicó que la momia Juanita había sido encontrada en las montañas de alrededor del pueblo y desde que se la llevaron a Arequipa, una especie de maldición había caído en el lugar, haciendo que la nieve se fuera de las cumbres. Tras su charla, nos fuimos a instalarnos al hotel.

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Tip nº 113: visitar el cañón del colca 

Muchas agencias en Arequipa venden excursiones al cañón del Colca de uno o varios días. La visita de un día es una paliza porque el cañón se sitúa a más de 7h de Arequipa. Si no vais a hacer un trekking de varios días, la mejor opción es iros por vuestra cuenta. La única recomendación para el viaje de ida, es coger los asientos en el bus que están al lado contrario del conductor para poder disfrutar de las vistas. En el camino de vuelta, reservar en el mismo lado del conductor. Los billetes de autobús para Cabanaconde hay que comprarlos un día antes. Si llegas a Arequipa por bus, aprovecha y cómpralos en ese momento. Sino tendrás que pagar un taxi a la estación o bien pagar el servicio a una agencia para que los compre. Para poder visitar el cañón, hay que pagar una entrada de 70 soles, una barbaridad. Hay varios controles para que pagues tu boleto pero si vas en transporte público, es posible que no te paren. Si bajas al oasis (al fondo del cañón), hay un control donde te piden el ticket pero he conocido gente que hablando, ha conseguido no pagar. También en el mirador de la Cruz del Cóndor, existen personas que piden los tickets a los turistas. Echándole un poco de morro, consigues no pagar. Si no quieres pagar, puedes ir a visitar otro cañón en el que no hay que pagar nada y según expertos, es mucho mejor que el del Colca. Su nombre es Cotahuasi. Otra opción es reutilizar el boleto del cañón del colca de otra persona. El boleto es válido para varios días y salvo que hagas un trekking largo, la gran mayoría de los tickets se pueden volver a utilizar. A tu llegada a Arequipa, pregunta en el hostel quien fue e intenta hacerte con uno de segunda mano.

El señor Aquilino, dueño del lujoso hotel, nos proporcionó un mapa de la zona y sin apenas descansar, nos fuimos a un mirador que quedaba a 20 minutos caminando. Ninguna nos habíamos esperado que Cabanaconde sería así. Era un pueblo, pueblo. Con animales, multitud de perros en las calles, eucaliptos por todos lados y casas de campo. Apenas sin turistas en la calle y con pocos locales turísticos. No podíamos creerlo sobre todo porque hay cientos de agencias en Arequipa que vende a bombo y platillo excursiones al colca.

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Llegamos al mirador acompañadas de sultán, el perro del hostel. Disfrutamos de las hermosas vistas. Era increíble como en las montañas se abrían paso estrechos, largos y zigzagueantes caminos que surcaban sus faldas. Apenas nos quedamos tiempo porque el frío arreciaba y el sol se disipaba.

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Volvimos y nos fuimos a cenar a un restaurante cerca del hostel. Allí, hablamos de las posibilidades para visitar el cañón. Descartamos bajar hasta el oasis, para seguir con la fuerza del equipo unido y optar por una opción más cómoda que no nos obligase a bajar 1.000 metros para después subirlos con las fuerzas menguadas. Nos levantamos tranquilamente por la mañana, desayunamos y compramos un picnic para el camino. Empezamos a caminar pasando por varios miradores. A un punto, empezamos a descender por el cañón. Las montañas cambiaban completamente de perspectiva. En la profundidad, divisamos géisers chorreando vapor. Nos cruzamos con varios viajeros, que por su cuenta, llevaban días andando por aquellos caminos imposibles. Estaban agotados. Me encontré con una planta que al romper su tallo, salía una especie de pegamento blanco bien pegajoso que llamó mucho mi atención. Paramos a comer a las 2 horas de andar. La vuelta, la realicé bien despacio disfrutando de todas las vistas y aquel maravilloso lugar. La próxima vez que vuelva, intentaré bajar hasta el fondo de la tierra. 

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Al llegar, descansamos un poco en el hotel. Eva muerta de frío, leía con los guantes puestos dentro de la cama. María, se afanaba para acabar su primera pulsera como artesana. Terminamos cenando en el mismo lugar que la noche anterior pero esta vez, la lectura de cartas a Eva, la hizo mágica y especial. De nuevo, un canal de energía se abrió al interpretar las cartas de la tirada de Eva, como Doña Cata, me enseñó. El día siguiente, bien tempranito y tras negociar con el agarrado señor Aquilino, que nos sirviera algo de desayunar, pusimos destino a las 7 de la mañana al mirador de la cruz del cóndor. No pudimos agarrar el bus porque estaba atorado en la carretera. Había habido un derrumbe y sólo los vehículos pequeños, como las combis, podían pasar. Tomamos una combi sabiendo que tal vez, los boletos de bus que habíamos comprado el día anterior, no nos valdrían para regresar a Arequipa. La combi estaba llena de artesanos y vendedoras que tenían su negocio en el mirador. Cuando llegamos, el sitio estaba desierto. Cada una tomó su lugar. Paseando, me situé en el mirador que se situaba abajo. Me senté en el muro y sin esperarlo, me quedé maravillada al ver a un montón de cóndores que estaban iniciando su vuelo ascendente. Aquello era un espectáculo. Podíamos diferenciar a los machos de las hembras por la cresta y a los ancianos de los jóvenes, por el color del plumaje. Algunos, pasaban realmente cerca. Casi podías tocar la inmensidad de sus alas. Compartí tal maravilloso placer con 2 argentinas que tampoco habían pagado su ticket. A las chicas y a mí, nos controlaron pero les dijimos que habíamos tirado nuestro boleto en el hotel. “nadie nos dijo que lo necesitaríamos para el mirador” dijimos con cara de sorpresa y pena. La treta funcionó!

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Al poco empezó a llegar más y más gente pero los cóndores, ya habían volado. Apenas se podía observar algún rezagado. Preguntamos por la compañía de bus que teníamos y la respuesta fue la misma, la carretera seguía bloqueada. Necesitábamos un plan B. Un conductor de una combi nos ofreció espacio en su vehículo. Con eso, el asunto estaba resuelto. Gastamos el tiempo que teníamos visitando los puestos de artesanía. Los gorros que llevaban las señoras eran bordados de colores muy bonitos. Allí, conocimos a un chico artesano muy particular y buena onda llamado Wari. Hizo muy buen precio a Eva y María por dos piezas suyas y nos intercambiamos el facebook. Tal vez, lo vería en Arequipa.

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A la hora que nos había indicado el conductor, y tras desayunar pan con palta, estábamos listas. Pero no supimos reconocer al hombre. Afortunadamente y de la nada, una mujer nos ofreció llevarnos a Arequipa, por tan sólo 20 soles cada una. Estábamos de suerte, era la guía de un tour contratado por turistas y sin apenas pagar nada, disfrutamos de todas las paradas y paisajes como los demás. Como la carretera estaba cortada, pudimos ver la otra parte del cañón al seguir una ruta alternativa. Para combatir el mal de altura, la guía proporcionó a quien quiso, hojas de coca con la ceniza de una planta que lo hacía más dulce. Nos atrevimos con el mejunje. Lo teníamos que masticar y tragarnos el jugo que íbamos obteniendo. Eva lo tiró al minuto. María y yo, resistimos al mar sabor hasta que empezó a hacer efecto. Como en el dentista, aquello tenía efecto anestésico en la boca. Después de unos 15-20 minutos, tiré la mezcla. María, como una campeona, la trituró y la incorporó como parte de su cuerpo. En una de las paradas, nos hizo mucha gracia ver a una virgen vestida con ropa local. Comimos por el camino y descubrí unas maravillosas croquetas de quinua, dulces, que me sirvieron en lugar del cansino arroz blanco. La última parte del trayecto fue complicada. Nevaba y apenas se veía unos metros más allá de donde estaba nuestro coche. Paramos en el mirador de los volcanes. Estábamos a 4.900 metros de altitud, 100m más altos que el Mont Blanc, uno de los picos más alto de europa. La temperatura….la friolera de 10 bajo cero. No se veía nada pero todo estaba nevado. Hacía un frío horrible y disfrutamos del paisaje invernal durante algunos minutos. Todo estaba lleno de apachetas. Montañitas de piedras apiladas que simbolizan protección y suerte. Los antiguos arrieros las hacían para pedir por un buen trueque en el valle entre la gente de las altas montañas y la costa. Hacían un gran viaje para poder realizar la transacción comercial. Regresamos a Arequipa y nos dejaron en el centro de la ciudad, cerca de nuestro hostel. Había sido una escapada redonda! 

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Las últimas horas de la tarde las gastamos haciendo compritas de recuerdos para la familia. Al día siguiente, las niñas pondrían rumbo a Lima vía aérea. Era tiempo de organizar las maletas. María regaló a Eva su primera pieza como artesana. Para nuestra última cena, nos dimos un homenaje comiéndonos una parrillada en un restaurante. Literalmente, nos chupamos los dedos. Una verdadera delicia.

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El día siguiente, tras un buen desayuno en la terraza con huevos incluidos, queso y café, las chicas se fueron. Juntas quedó la última foto, la pulsera kokopelli que nos había acompañado durante nuestra aventura juntas.

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Era domingo y mi plan era calmar mi tristeza perdiéndome en el monasterio de Santa Catalina. Ese día, me habían dicho que era gratuito. Y por casualidad, Wari, me contactó por facebook. Estaba en la ciudad y se apuntaba a la visita. Desgraciadamente, yo tenía que pagar y decidimos dar un paseo por Arequipa. Fuimos a visitar a un artesano pulidor de piedras para comprar material, pero no estaba en casa. Regresamos al centro, compramos verduras y Wari preparó una sopa deliciosa con menta. 

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Nos fuimos a dormir y por la mañana, pudimos comprar nuestras piedras. Me pareció increíble el trabajo que hacen estos artesanos. Como de rocas, pueden sacar piezas pulidas tan bonitas. En ello, les va la salud por el polvo que inhalan a cambio de un puñado de soles. Y después de ese enorme trabajo, está el del los artesanos tejedores. Y al final, el collar o la pulsera son regateados hasta el mínimo por los clientes. Desde que soy artesana, valoro mucho más el trabajo que hace la gente y soy consciente, que hay que pagar un precio justo por un trabajo así. La niña de la familia, aunque a penas hablaba, ya ayudada a su papá y su mamá en el oficio. Allí mismo, otro artesano, engarzaba collares para un pedido alemán. Casi me caigo de culo al averiguar el precio al que vendía cada pieza. La única cosa buena, era la cantidad de collares que producía. Aún así la hora, le salía por una miseria.

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A medio día, Wari me enseñó una manera de engarzar piedras al estilo peruano. Nos despedimos con un abrazo y yo hice tiempo hasta que mi bus a Lima, saliese. No me podía creer que hubiesen pasado ya tantas cosas desde que las chicas se habían ido. Empezaba, de nuevo, la aventura el solitario. 

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2 comentarios en “Perú: se acabó lo que se daba

  1. Hola pequeña como siempre un gran relato y unas fotos preciosas. Estáis las chicas y tú muy guapas y se os ve muy felices de estar juntas. Los colgantes y pulseras con esas piedras son muy muy bonitas. Cuando regreses te haré un gran pedido. Un besazo enorme

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