Bolivia: la rudeza del altiplano boliviano

Copacabana 26 octubre – 2 de noviembre 2013

Llegué a Copacabana el viernes 26 de octubre después de apenas 3h de viaje. En Bolivia conducen como locos. La carretera estaba llena de curvas y la van, tomaba el carril contrario en las mismas sólo para poder mantener la velocidad y no frenar. En una de ellas, un bus que circulaba por el sentido contrario, basculó tanto que pensaba que volcaría. Nada pasó. Tenía que empezar a acostumbrarme a esta nueva manera de manejar que tanto me recordaba a los países asiáticos en los que había estado.

Copacabana está situada en el lago titicaca. El paisaje es muy similar al lado peruano pero la gente, mucho más ruda. Tal vez, por ser Copacabana un sitio muy turístico, tal vez, por ser así el carácter del altiplano boliviano. Todos parecen estar enfadados y más que responder o atenderte, ladran de muy malas maneras. Apenas acababa de llegar y ya empezaba a echar de menos mi adorada Perú. Una bonita iglesia, un mercado raquítico, una calle comercial llena de artesanía de macramé, varias oficinas turísticas ofreciendo la visita a la isla del sol, restaurantes, cafés y alojamientos, conformaban la pequeña ciudad de Copacabana.

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 Tip nº 120: Internet y cajero en Copacabana

Muchas guías, sobre todo si viajáis con una antigua, dicen que no hay cajeros en Copacabana con lo que habría que venir con dinero efectivo para los días que planeas quedarte en esta tierra. Pero no os preocupéis porque en la calle principal, se pueden encontrar un par de ellos en el que podréis disponer de dinero si lo necesitáis. Por otro lado, Bolivia tiene muy mala conexión internet, incluso en la capital. Peor todavía en lugares pequeños o aislados. Tenedlo en cuenta.

Encontré un hostel por recomendación de la lonely planet, de los pocos que tenía cocina. Preveía quedarme por un tiempo aquí para trabajar con el blog y mi página web para el proyecto de escritura. Buscaba un sitio acogedor, barato, con wifi y en el que pudiera preparar mi propia comida. Un imposible para Copacabana. Me quedé tan sólo un par de noches en un dormitorio con baño compartido por 25 bolivianos (menos de 3€). A pesar de que estaba sola en el cuarto, no me salía a cuenta porque me gasté mucho dinero en el ciber para tener internet. Al día siguiente, después de mucho preguntar, encontré otro lugar que me dejaba la habitación privada por 30 bolivianos y tenía wifi. No había más que hablar. Había encontrado mi casa para los próximos días. De inmediato me puse a trabajar en el restaurante donde estaba la señal wifi. Descubrí al poco, que me tendría que cargar de paciencia. Aquello era muy lento.

En este pequeño hostel, llamado arco iris, conocí a la pequeña Celeste de tan sólo 3 años. Era una preciosidad con ganas de cariño y atención. Su mamá era del altiplano profundo. Tan sólo se dirigía a ella para decir “Celeste, no molestes”, “Celeste, ven a comer”. “Celeste, ¿has despachado (ir al baño)?”. Los abrazos y los besos no hacían presencia en el oscuro habitáculo en el que me pasaba horas en solitario. Nunca vi a nadie comer allí.

Celeste portaba la manta para acarrear a su muñeco bebé, de la misma manera que las adultas lo hacen para llevar la compra o portar a sus hijos. Desde bien pequeñas se acostumbran a usar este común y colorido elemento en la vida boliviana.

Celeste me acompañaba mañana y tarde. Aprendió muy rápido a poner música con mi celular. Ponía una canción y me preguntaba si me gustaba. La dejaba o la cambiaba en función de mi respuesta. Me ayudó a ordenar los hilos de artesanía y cuando me veía muy concentrada trabajando, tan sólo se sentaba a mi lado para pintar. La única vez que hablé con mi madre, debido a la mala conexión para utilizar skype, tuvo la oportunidad de conocerla. Ella hizo mi estancia en Copacabana más liviana….

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Los días transcurrían iguales. Hasta que no pasaron 3 días, no me di cuenta que vivía con una hora de atraso. Bolivia sumaba una hora a la vida Peruana. Cada vez, me acercaba más a España, tan sólo me separaba de la patria 5h. Pasaba muchas horas en el restaurante trabajando. Por las tardes, las chicas que trabajaban allí se ponían en frente de la televisión. Telenovelas y el chavo del ocho. Había vuelto la programación televisiva, los dientes de oro y los chicken bus. Era como remontarse a México o Guatemala. Solía comer y cenar en el mercado. Uno de los primeros días, por 15 bolivianos, me comí una trucha. El único problema es que no sabía a pescado. Estaba frita en el mismo aceite que todo lo demás. Que se podía esperar por un euro y medio? Las sopas de verdura por la noche eran un clásico. La de maní (cacahuete) con pasta, las tomaba a medio día.

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El mercado y sus calles aledañas eran visita obligada para mí. La vida boliviana se daba cita diaria. Todas las mujeres visten ropa tradicional. Como en Cusco, con el sol todo era agradable pero cuando desaparecía….me moría de frío. Muchas de las mujeres extienden sus mantas con los pocos productos que tienen a la venta. Uno de los puestos, que llamó mi atención, era el que vendía una especie de ganchitos dulces de diferentes colores. En Perú ya lo había visto pero en Bolivia, deben de comer cantidades ingentes a juzgar por la cantidad de puestos que los venden. Otras, tienen un pequeño carrito en el que fríen chicharrón, papas o salchichas. Por la noche, ya a oscuras, las calles se llenan de farolillos y olor a comida.

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Una noche, en la que ya no quedaba sopa, opté por dirigirme a la zona de cafetería. Un montón de puestos venden café, mazamorra caliente (bebida a base de maíz morado) y tortas fritas. Me senté en un puesto donde había dos señoras, Felicidad y Leonor. Casualidades de la vida. Habían pasado 7 años en España, en mi querida tierra manchega. Hacía 3 años que habían vuelto a Bolivia. Vivían en Cochabamba y añoraban mucho España y a las personas que encontraron allí. Todas las ayudaron mucho y las hicieron sentir como en casa. Qué agradecida estoy de las personas españolas que arroparon a estas grandes mujeres. Tienen 65 años y son un ejemplo de que no hay edad para hacer lo que uno se propone. Tenían brillo en los ojos cuando hablaban y tantas esperanzas de volver a España que, espero que algún día, puedan cumplir su sueño. Hablamos un rato mientras merendábamos. Me preguntaban si era metafísica por cómo me expresaba. Me hizo mucha gracia escuchar aquello. Nos despedimos con un abrazo de esos que se dan entre familia o verdaderos amigos. Fue un lujo poder compartir ese espacio y tiempo con Felicidad y Leonor.

Volviendo al hostel me enterneció encontrar a una señora, muy mayor, sentada en el suelo sobre sus capas de faldas. Estaba dormida al pie de sus patatillas secas. Empezaba a darme cuenta de lo dura que era la vida allí. Otra señora, heló mi corazón cuando le dio una cachetada a su niño de apenas dos años. Ella estaba sentada en el suelo en una esquina tras su manta comercial. El niño, sobre ella. De repente, una cachetada cayó sobre su carita. Pero seguido del mismo, un golpe de nudillos en su débil cabecita lo dejó llorando a moco tendido. ¿qué cosa tan mala podía haber hecho aquel chiquillo para merecer tal castigo? No me lo podía creer. Días más tarde se lo conté a Peter y me preguntó si había hecho algo. “La verdad, no sabía que podría haber hecho”, le respondí. Le pregunté que habría hecho él y me dijo que tal vez acercarse a la mujer y, muy educadamente, decirle que en su país a los niños no se les trata así. Me pregunto si seré capaz de reaccionar la próxima vez que presencie algo así.

Durante toda la semana estuve planificando cuando iría a la isla del sol. Cuando ya lo tenía previsto, lo cancelé por la llegada de Peter a Copacabana. Pero la información que averigüé sirvió para Iraia y Mireia. Las reencontré en Copacabana apenas unas semanas más tarde, desde la última vez que las había visto en Cusco en la aldea Yanapay. Comimos juntas, nos pusimos al día con nuestros planes y nos despedimos con abrazos. Les esperaba unas semanas maratonianas para llegar hasta Argentina.

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Tip nº 121: Visitar la isla del sol y la luna

Todos los viajeros con los que me he encontrado, afirman que esta excursión es mucho más bonita que visitar Amantaní en el lado Peruano del titicaca. Existen botes en el embarcadero de Copacabana con salidas diarias que te llevan por 30 bolivianos el trayecto. Hay compañías que te llevan al norte de la isla y otras al sur. Estos barcos no paran en la isla de la luna. Si te interesa un circuito completo, mejor contrátalo en una agencia. Aunque en temporada baja, la gran mayoría no ofrece el servicio. En la isla del sol, también hay servicios de barcos que te llevan por 10 bolivianos de norte a sur. Existe una excursión de un día por 60 bolivianos. Personalmente no lo recomiendo porque, parte del atractivo de visitar la isla del sol, es quedarte a dormir para ver la puesta y la salida del sol. Ojo, el alojamiento, comida y bebida en la isla es extremadamente caro. Por eso, como recomendación, llevaros provisiones varias desde Copacabana. Varias personas me comentaron que es posible alojarse en casas particulares en las que incluso, puedes cocinar. Seguro que esta opción es más barata y por supuesto, mucho más auténtica. Por último, en la isla del sol, hay una caminata muy bonita por hacer de unas 4-5h que atraviesa parte de la isla. La mayoría de los turistas, toman un barco a las 8 de la mañana y regresan al día siguiente por la tarde.

A pesar de no visitar la isla del sol, hice alguna salida turística. Una tarde nublada, me fui hasta el calvario. Se trata de un cerro con unas bonitas vistas a la ciudad, el lago y la isla del sol. Los 40 minutos de escaleras, bien merecieron la pena. El lugar era precioso y apenas unos pocos turistas y locales, deambulábamos por la zona. Me senté en una piedra a admirar la inmensidad del lago y el sol oculto entre las nubes grises. Me relajé y disfruté de la brisa que me envolvía. Decidí bajar por el lado de la montaña animada y seguidora de un grupo de bolivianos. Qué divertido fue bajar por las rocas de la falda de la montaña y disfrutar de las diferentes perspectivas de las montañas.

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Un par de veces, me fui a la playa. Se trataba de un paseo que podía hacerse al borde del titicaca. Nada tenía que ver con una playa convencional con arena. Se trata de un paseo mal arreglado lleno de piedras y con mala hierba recibiendo el agua del lago. A todos los pesares, el lugar no está falto de encanto. La primera vez, apenas avancé. Me senté en uno de los endebles muelles construido con piezas de madera. Con las piernas colgando y la tabla de artesanía en la mano, tejí. Al poco, un perro solitario y vagabundo soportaba mi espalda tumbado al abrigo de una desconocida. Un poco más tarde, unas niñas se unieron al muelle. Era un momento perfecto. Al frente observaba como el lago se agitaba creando olas marinas. A mi espalda tenía un protector y por mis oídos, podía escuchar el continuo reír de niñas felices divirtiéndose con el agua.

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La segunda vez que visité esta zona, caminé y caminé. Encontré un lugar en el que tumbarme al abrigo del sol. Me descalcé, me deshice de parte de mi ropa y me tumbé. De nuevo, un perro vino a mi vera. Serían las 5 de la tarde cuando el viento arreciaba y pasé de ir en manga corta a ponerme todas las capas de abrigo que tenía. En breve, el día terminaría. Mi primer día de ayuno voluntario, en mi vida, estaría finalizado. En Cusco, días antes de partir, llegó una voluntaria argentina que practicaba el Ekadasis. Durante la ceremonia de la luna llena, nos explicó los beneficios del ayuno. Animada por otras personas que conocía, que también ayunaban, me animé a probar. No fue tan duro como pensaba pero, a veces, era inevitable pensar en comida. Había superado la prueba y estaba decidida a seguir con la práctica del ayuno dos días al mes, 11 días después de la luna llena y 11 días después de la luna nueva.

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A la vuelta del paseo por la playa y ya al abrigo del pueblo, me senté en un banco de madera. Me apoyé sobre la mesa del mismo material que acompañaba al banco casi al punto de quedarme dormida. Una voz aguda, me sacó de mi aletargo. Se trataba de un limpiabotas pero no necesitaba de sus servicios. Me preguntó cómo me llamaba y empezó una conversación amena. Se llamaba Vidal y era un peruano de Nazca. Siempre había trabajado en el campo hasta que un buen día, alguien le convenció que se fuera a Copacabana a trabajar. Allí, con los turistas, podría hacer buen dinero. “pero en Copacabana todo el mundo lleva zapatillas de montaña o sandalias” me decía con voz apenada. “Me engañaron y ahora no tengo dinero para volver a casa”. “Ni siquiera puedo pagar un lugar para dormir”. Su voz entrecortada me llegaba al alma. Era el mayor de 5 hermanos y responsable de ayudar a la familia. Ni siquiera tenía para comer. Me pidió dinero y le pregunté cuanto necesitaba para volver a casa. Me pedía demasiado pero le di 100 bolivianos. Suficiente dinero para viajar hasta Puno. Una ciudad turística del Perú en la que tendría más oportunidad como limpiabotas. Ese fue el consejo que le di. No sé qué fue de él ni tampoco, si me engañó. Pero eso, poco importa.

Muchas noches me acostaba temprano empujada por la mala conexión de la wifi. Para evitar dormirme a las 8 de la tarde, hacía artesanía. Me hice con un buen stock para la próxima vez que tuviera que vender y realicé el engarce para mí de la piedra que había encontrado en Amantaní.

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Alguna noche, leía. Acabé con el poder del ahora y seguí con un libro, si cabe, mucho mejor. “La maestría del amor de R.D Miguel”. Un libro maravilloso que me recomendó Peter que te muestra como amar, no a los demás, sino a uno mismo. El paso crucial para poder establecer relaciones sanas con otros seres humanos. Otra noche terminé de leer los diarios de arteterapia. Me quedaban 5 ó 6 pendientes. 15 meses más tarde de haber acabado la terapia, todavía me seguían ayudando. Me leía y era como si estuviera desdoblada. Podía sentir por lo que había pasado pero ya sólo era eso, pasado. La pena que se había reavivado en Cusco por la muerte de mi padre, se había ido. Había dejado ir a mi padre. En uno de los diarios leí que la escrituraterapia y la costuraterapia eran dos técnicas terapéuticas muy buenas. Me di cuenta que usaba ambas con el blog y la artesanía y descubrí porque me sentía tan bien. Podía decir que mi proceso de estar en paz conmigo misma y amarme, estaba concluyendo.

El mismo día que llegó Peter, por la mañana me encontré con una pareja de voluntarios de la aldea Yanapay, Laura y Brian. No sabía que estarían por allí y nuestro encuentro fue una casualidad. Nos tomamos un zumo en la terraza del hotel donde me alojaba mientras nos poníamos al día de lo que nos había pasado en el último mes. Se iban a la isla del sol y a través de un contacto, habían conseguido alojamiento en una casa particular en la que, hasta podían cocinar. Por la tarde, llegó Peter tras un largo viaje desde Arequipa. De nuevo estábamos juntos. ¿Hasta cuándo? Ninguno de los dos podía saberlo. Nos quedamos dos días más allí. Salimos huyendo de aquel lugar que nos quería cobrar por enchufar nuestras computadoras en el restaurante del hotel vacío, que tenía mala conexión internet y muy mala vibra.

Nuestro destino, Coroico, en la selva alta boliviana. Buscábamos un sitio tranquilo, cerca de la naturaleza y con internet para poder trabajar. El lugar se encontraba a 2-3h de la Paz. De nuevo, volvimos a vivir en nuestras carnes como se maneja por las carreteras bolivianas. El trayecto desde Copacabana a la Paz está lleno de curvas y las pastillas contra el mareo, son necesarias si sufres un poco de este mal. Llegamos a alcanzar los 5.235 metros de altitud. Fue muy gracioso cuando llegamos a un punto donde teníamos que bajar de la van para cruzar el Titicaca. No había carretera. Los vehículos pasaban por un barco de carga mientras que el resto de los mortales, lo hacíamos en una barca de pasajeros. En apenas 10 minutos ya estábamos listos para reemprender el viaje a la capital.

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La llegada a la Paz me recordó muchísimo a la de Cusco. Entras por la parte alta con los cerros colmados de tejados. En el valle, se divisan un montón de casas apiñadas con grandes edificios queriendo tocar el cielo. Todas las casas son de ladrillo sin cemento ni pintura. ¿Sería por falta de presupuesto? Me impresionaba ver el amasijo de casas juntas en empinadas cuestas. En la Paz, sin parar, agarramos otra van que en 3h nos llevó a Coroico. Aunque fue poco el contacto, nos vimos acogidos por amabilidad y sonrisa.La rudez del altiplano, había desaparecido. En la estación de autobuses nos llamó la atención cómo están tuneados estos trastos. Todos tienen enormes pinturas religiosas, de actores o superhéroes de vivos colores. Verdaderas obras de arte sobre ruedas.

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El paisaje de la ruta la Paz – Coroico es realmente maravilloso. Curvas que se adentran en valles de montañas verdes. Hubiese sido mejor si más de la mitad del camino, no hubiese diluviado. Pasar por un túnel, era toda una recompensa. Los vehículos van por la nueva carretera evitando la conocida “carretera de la muerte”. La antigua carretera ha quedado relegada a excursiones turísticas en bicicleta. Varias compañías ofrecen el servicio desde la Paz y según muchos, se trata de una experiencia única. Adrenalina y paisajes en estado puro.

Llegamos a Coroico en plena lluvia. Era sábado 2 de noviembre e imposible encontrar un alojamiento vacío. Todo Coroico estaba lleno de paceños que, en el fin de semana, se escapan a este maravilloso rincón para emborracharse. Finalmente y gracias al remojón que se pegó Peter bajo la lluvia, encontramos una habitación en un hostal modesto en el centro de la ciudad. Necesitábamos un descanso. Ya buscaríamos un hostal al día siguiente para unos cuantos días más. Y así fue. Encontramos uno cerca de la estación de buses. Vistas al valle maravillosas y una habitación horrenda con baño compartido por 30 bolivianos (menos de 4€). En aquel lugar podíamos escribir y, subiendo las empinadas escaleras, podríamos llegar al centro para conectarnos a internet. Coroico es un pueblo muy pequeño, con cuestas, más bien feo. En el mercado apenas se pueden encontrar alimentos y pequeñas tiendas, intentan suplir la falta. Algunos comercios, tienen una televisión ubicada en la calle. Alrededor de ésta se aglomera un montón de gente que la mira embobado cruzado de brazos. Supongo que muchas personas en casa, no disponen de tal lujo lucrativo. Alrededor de la plaza, los vendedores ambulantes se rotan según el momento del día. A primera hora, puedes encontrar a las mujeres vendiendo salteñas y empanadas. Juguerías y cestos de pan llenan las calles. Por la noche, numerosos puestos ofrecen anticucho y papa asada y con un poco de suerte, puedes comerte un crepe con dulce de leche en el único puesto que existe de dulces. El atractivo del pueblo, es la zona en la que está ubicado. Desde allí se pueden hacer innumerables caminatas y disfrutar del maravilloso paisaje del parque nacional de Cotopata.

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Tip nº 122: Lleva efectivo a Coroico, Bolivia 

En Coroico no existen cajeros. De hecho, como es un pueblo pequeño, los distintos bancos que hay, se rotan. Es posible que en alguno de los bancos puedan darte dinero si tienes una visa. Aún así la recomendación es traer dinero en efectivo suficiente para todo el tiempo que quieras pasar aquí.

La tarde en la que llegamos, escuchamos la manera en la que la el pueblo pasa el día de todos los santos. Tanto el día 1 de noviembre como el 2, la gente va al cementerio a visitar a sus familiares. Se trata de una fiesta donde, en el interior del lugar sagrado, se bebe y se come hasta desfallecer. Se podía escuchar la música desde varios kilómetros de distancia.

Pasamos a penas dos días allí porque no encontrábamos el lugar adecuado donde permanecer durante unas semanas. Escribíamos durante el día en la terraza del hostal. Todas las mañanas, las montañas humeaban y una neblina cubría el valle. Por la tarde, enormes pájaros con sus alas extendidas planeaban ante nuestros ojos. Comíamos en los comedores del pueblo y allí, probamos el plátano con sabor a papa. Por la tarde, intentábamos conectarnos a internet. Porque eso es lo que hacíamos una y otra vez, intentarlo. La conexión era horrenda y si además llovía, como nos ocurrió a nosotros, la misión se convertía en imposible.  Como lo necesitábamos para trabajar, decidimos volver a la Paz.

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Encontramos un buen lugar, el lobo, en el centro de la Paz, ceca de la plaza de San Francisco, con wifi decente. Estuvimos trabajando durante 3 días. Una tarde fuimos al cine y nos gastamos 35 bolivianos, lo mismo que dormir en un hostal. Claramente un lujo que sólo se puede permitir la clase media boliviana y los extranjeros. Comíamos en un restaurante vegetariano muy rico un menú de 10 bolivianos (algo más de un euro). Las salteñas, empanadas, son una delicia boliviana. Las hay de todo, chancho, res, pollo, queso, cordero y chicharrón (tocino). Cuando vivía en Alicante, era una fan de las empanadas y nunca pensé que las comería tan buenas como allí. Pero estas…son un manjar de otro planeta a tan sólo 3 ó 4 bolivianos (menos de 50 céntimos de euro). En todas las calles de la ciudad, a cada dos pasos, hay un puesto en la calle que las vende o un local que las anuncia con mucho orgullo. También en la Paz, comí por primera vez una cosa llamada humilta. Era una especie de pastel – tamal de queso y choclo (maíz). En tan sólo unos días, me volví adicta a las salteñas y a los pasteles de choclo.

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También caminábamos para conocer el centro. Descubrí muchas mujeres guapas, como en el Perú. Las chicas más jóvenes dejan atrás las ropas tradicionales y se sacan mucho partido con la ropa y el maquillaje. Cerca del hotel, se encontraba el mercado de las brujas. Se trata de un mercado callejero con decenas de puestos que venden todo tipo de remedios y elementos para realizar ceremonias sagradas. Lo más espeluznante, los fetos de llama. Sin lugar a dudas, aquello es para verlo.

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Se notaba que estábamos en la capital porque muchas mujeres habían sustituido su manta colorida porta bebés por los modernos porta bebés que se utilizan en Europa. La Paz confirmaba lo que ya había visto en Copacabana. Las calles están limpias y a todas horas puedes ver a alguien limpiando las calles. En Bolivia, como en el Perú, hay muchos vendedores ambulantes pero en La Paz, parecían hormigas. En una de las calles que llevan a la plaza de armas, puedes encontrar de todo. Me recordó bastante al mercado de Bangkok o algunos mercados de Malasia. La municipalidad de la ciudad hizo un intento de construir recintos en los que ubicar a los cientos de vendedores ambulantes. Tienen locales diminutos en los que venden de todo. La sección de locales donde desayunar y juguerías (donde venden jugos, nuestros zumos) es un hervidero de gente en hora punta. Y no me extraña porque hacen unos jugos y extractos que quitan el hipo por apenas 1€. Muchos de los vendedores no han querido dejar la calle porque dicen que las ventas bajarían. Por estar vendiendo en la calle, tienen que pagar un mínimo impuesto a la municipalidad, pero las ventas, no quedan sancionadas con horribles impuestos que estrangulan.

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En la calle, también se pueden encontrar artistas. Humoristas y payasos. En la plaza de San Francisco vimos apenas 5 minutos de un espectáculo de un clown mudo. Se me caía la baba viendo como expresaba con todo su cuerpo. Cuando nos íbamos, se me acercó para despedirse. Nos abrazamos y me puso sus labios para que le diera un pico. Todos nos miraban y rieron la broma de que el payaso, quisiera quitar la novia al chico extranjero.  El jueves, Peter tenía que regresar a Perú y de nuevo, me quedaba sola. Para entretenerme y no pensar, durante el día hice turismo y renové mi estancia en Bolivia en extranjería.

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El jueves por la noche me comía una salteña en mi triste cuarto. La televisión me hacía compañía con los Simpson. Homero y el acento sudaméricano de todos los personajes, conseguían arrancarme alguna sonrisa. El viernes después de un desayuno maravilloso, crepe de chocolate con Heidi, una voluntaria de Yanapay, decidí refugiarme en la senda verde. Volvía de nuevo a Coroico.

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La senda verde es un refugio de animales del que me habían hablado Noa y Javi, los dos gallegos del hostal mágico. Loli también había ido semanas antes y le había encantado la experiencia. Me puse en contacto con Vicky, la propietaria del mismo. Pensaba quedarme una semana por el miedo de que, mi alergia al pelo de los animales, no me permitiera hacer mi estancia más prolongada. Tras negociar una tarifa especial para voluntarios españoles, volví a dirigirme a Coroico. La senda verde se encontraba apenas a 10Km del pueblo escondida en un hermoso valle. Aquel lugar me daría cobijo, esperando que el destino, me volviera a reunir con Peter en algún lugar.

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