Bolivia: La senda verde II

La senda verde, Coroico, 10 de noviembre hasta 17 diciembre 2013 

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Pero el escape más impresionante que yo viví, fue el de Chocolate, el mono araña alfa. Como los monos araña y los aulladores están en la misma zona y son parte de la misma familia, chocolate fue desbancado por Canelo, un aullador que llegó pequeñito a la senda. La naturaleza es la naturaleza y para evitar que se mataran entre ambos, encerraron en una gran jaula a Chocolate. Pero estos animales viven en camada y chocolate estaba muy triste. Así que todos decidieron llevar a Chocolate a la isla.

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La isla es una zona aislada en medio del río en la que viven muchos monos ardillas. A través de una tirolinas, se les hace llegar la comida. Llevaron a Chocolate a la isla y durante unos días, se hicieron turnos para vigilar que todo estuviera bien. Quizá porque añoraba a los de su especie, Chocolate logró salirse de la isla, cruzar por el río y volver al otro lado. Canelo estaba como loco cuando lo vio. Los walkies empezaron a sonar con voces desesperadas dando la voz de alarma. Kyle con escopeta en mano, iba detrás de Canelo para lanzarle dardos que lo adormecieran. Ni eso lo calmo. Afortunadamente, Chocolate salió ileso y acompañado de Adriana, la veterinaria, él solo se dirigió a su jaula.

Todos los mamíferos tienen nombre y me llevó un poco de tiempo hacerme con el nombre de algunos de ellos.

Maruka era una mono araña barrigona, de mandíbula ladeada y bastante mayor. No era muy amigable y estuvo persiguiendo a una voluntaria haciéndole la estancia bastante complicada. Así es Maruka, o le gustas, o no. Yo tenía bastante cuidado de acercarme a ella pero un día, la descubrí sentada en el muro de las tortugas de agua. Había ido a recoger a la lavandería las sábanas de mi cama. En la mano, tenía una bolsa de detergente con restos de polvo. Con su lengua, lo chupaba y luego ponía cara de asco. Pero no paraba de hacerlo. Me acerqué a ella para disuadirla. Pero me miró, me dio la espalda y siguió con su quehacer. Me quedé a su lado hasta que acabase. Cuando lo hizo, se bajó, le hablé, me dio la mano y como si mamá fuese, me llevó corriendo tras ella. Cuando llegamos a la sala de voluntarios, hablé con Pablo para decirle lo que había ocurrido. Me contestó riéndose que a Maruka le encanta el jabón.

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Cuando me volteé para buscarla, esta señorita se había tumbado utilizando mis sábanas como almohada. Así que allí me quede esperando, a que alguien viniera, por miedo a quitárselas por si me mordía. Ese fue el principio de una bonita amistad. Me encariñé con ella, más aún cuando supe su historia. Sus dueños, la tenían atada a un árbol y fue maltratada durante muchos años. Como consecuencia, tenía la mandíbula rota. Ahora sufría de problemas de retención de líquidos y por eso, lucía aquella barrigocha. Le costó mucho adaptarse a la senda verde y que los demás, la aceptasen. Aunque era muy distante con todos y siempre estaba sola, era la matriarca de los monos. Dos veces que me fui de la senda a Coroico, se escapó conmigo. Los monos que quieran, pueden hacerlo porque tan sólo una puerta grande de madera, los separa de la carretera. Siempre tendré a Maruka como un ejemplo de lucha. Extraño sus caras, sus desplantes y sus muestras de cariño verdaderas.

Wara era otra mono araña muy juguetona, preciosa y con cara de traviesa. Me encariñé mucho con ella, más, después de haberla cuidado. Finalmente, el amor que le dimos todos, y sus ganas de seguir haciendo trastadas, hizo que se recuperara totalmente.

Nina era un mono araña que, por el día, rondaba la clínica. A esa no hacía falta mirarle a la cara para reconocerla. Caminaba siempre de pie. Era impresionante verla Un día, salí de la clínica y estaba en la puerta. Sentada en el suelo, se agarró a mis piernas con fuerza y me ponía morritos. Al principio me hizo gracia, pero no quería soltarme. No paraba de mirarme con su cara de mono y empecé a sospechar, que su comportamiento no era muy amigable. Al poco, levantó su mano y la metió por debajo de mi camiseta. Empezó a frotarme la barriga. Yo no sabía dónde mirar ni qué hacer. Pasaron unos minutos hasta que me animé a caminar. Para que no le resultara violento, le invité a que se subiera sobre mí. Me miró con morritos, accedió y pude dirigirme al restaurante para comer. En cuanto vio a más gente, se bajó de mí corriendo de pie con los brazos levantados para esconderse. Adriana se reía cuando le conté la anécdota. Ah, ya has conocido a Nina la tocona!

Kalua (Spider)

Kalua era otro mono araña, pero esta vez, se trataba de una adolescente. Tenía un pelo muy gracioso, muy tieso hacia adelante a modo de flequillo. Tenía los brazos y piernas deformes, desproporcionados como producto de unos cuantos tiros que recibió en un intento de caza furtiva. No sé como sobrevivió pero se le notaba desconfiada y hasta que no cogía confianza, despídete de tenerla encima. Era adorable, con mucha personalidad.

Las personas que trabajan allí y los voluntarios de larga duración distinguen a casi todos los mamíferos. ¿Cómo es posible? En el mes y medio que pasé yo allí, apenas me hice con unos 5 ó 6.

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No sólo había monos entre mis animales favoritos. Había dos pájaros, amazonia aestiva, que estaban en la jaula H, que me tenían comiendo de la palma de su mano. Trabajar en el área de pájaros era una locura. Hay que ocuparse de alimentar a más de 100 pájaros. Es de locos trabajar en las áreas A3 y A4 donde están las jaulas. Cuando se ponen a  hablar, cacarear, silbar y hacer ruidos, apenas logras oír a tu compañero. Al principio no me llamaba la atención trabajar con pájaros pero aprendí a amarlos. Al final, hablaba y silbaba como ellos. Un día, unas voluntarias me contaron, que al bajar las cortinas al final de la tarde, todos empezaron a gritar, “fuego, fuego”. ¿Qué voluntario habría tenido la paciencia de enseñarles esto?

Sam (Toucan)

Y entre las aves, Sam era mi ojito derecho. Sam es un tucán muy listo y juguetón. Al principio impresiona su enorme pico pero cuando cogí confianza, juagaba con él dejando que me picara. No hace daño porque la curvatura de su pico no es pronunciada. Lo que no me esperaba, es que un tucán tuviera una lengua así. Es fina como un hilo grueso con pelos. Realmente es increíble verla. Su color negro, sus intensas patas azules y su habilidad para atrapar la comida que le lanzabas, no dejaban indiferente a nadie.

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Kantuta era fácil de identificar. Era una especie de oso hormiguero pequeño (kwait) que andaba por todos sitios. Era muy gracioso observar su hocico de goma. Era especialista en robar la comida a las tortugas. 3 patos y un especie de pavos, andaban por ahí con su sonido característico. Peki, linda, carbón y blanca eran 4 perros que completaban aquel abanico faunístico. Era una maravilla verlos jugar a todos juntos.

No todo era bueno en el refugio. Algo que no extrañaré, será el olor a humedad. La ropa nunca se secaba bien. Mi olfato detesta ese olor por leve que sea. Moría por lavar mi ropa y que oliera a suavizante!

DSC01866La primera semana, debido a picaduras de insectos, rozadura de plantas o quién sabe qué, se me deformaron brazos y piernas. Ninguno de los remedios caseros me funcionaba, así que asumí mis miembros deformes como míos, queriéndolos por igual que al resto del cuerpo. Empezaba la época de lluvias. Teníamos agua esporádicamente pero, a veces, nos caía una buena dosis de agua celestial. En la primera lluvia nocturna, descubrí goteras en el techo de nuestra habitación. Tuve que mover 4 veces la cama hasta que descubrí un trozo a salvo de humedad!

Las dos primeras semanas en la senda verde trabajé físicamente muy fuerte. Estaba agotada. El día que los voluntarios subimos a Coroico, me zampé un chuletón a la pimienta, carísimo, que me restableció por completo. Una delicia después de la dieta casi vegetariana que seguíamos en la senda. Después de estas dos semanas y sin noticias del retorno de Peter de Polonia, decidí quedarme por tiempo indefinido en aquel paraíso.

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Pero el trabajo viró sin esperarlo. En una comida hablando con Kyle, me dijeron que en la clínica necesitaban ayuda con los datos. Hablé con Iván y Adriana, los veterinarios. Me puse a trabajar de inmediato con ellos. Fue un mes de mucho trabajo con todas las historias clínicas de los animales que habían pasado por la senda verde, casi 800.

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El gran problema en este tipo de sitios, es cómo identificar el animal con la historia clínica. Los animales no tienen chip que permitan identificarlos. Los mamíferos se identifican por la taxonomía, los reptiles por un código que se les graba o pinta en el caparazón y las aves, por los anillos que le colocan en las patas. A las tortugas de agua, se les borra el número pintado en el caparazón. Las aves, se sacan los anillos o se les quitan por motivos de salud. Algunos mamíferos, permanecen poco tiempo en contacto con humanos antes de llevarlos a la isla con lo que es imposible hacerse con sus rasgos fisonómicos.

Adriana y yo, nos pasábamos horas intentando cuadrar fichas con animales vivos. Matamos, resucitamos y reutilizamos numerosos códigos de animales gracias a mi habilidad de investigadora de datos y a la gran memoria de Adriana sobre la historia de los animales. Trabajo de oficina pero también, mucho trabajo de campo. Contamos a todas las tortugas de agua que teníamos. Parecía imposible que en aquella piscina y escondidas en cuevas, pudiese haber casi 70! Las agarramos a todas, las llevamos a la clínica. Las medimos, las pesamos y les pintamos un código correcto de identificación. Aprendí a cómo manipularlas e identificar el sexo. Ese mismo trabajo, pero con tortugas de tierra bebés, fue realmente lindo. Son tan pequeñas y adorables…

La tarea con los pájaros fue mucho más complicada porque parte de ellos, están en libertad. La observación nos ayudó mucho a identificarlos. A los que estaban encerrados, sin agarrarlos, los mirábamos hasta que conseguíamos ver el número que había grabado en sus mini anillos. En general los pájaros se estresan mucho cuando se les agarra, tanto, que algunos mueren en el proceso de anillado. Así que evitamos por todos los medios hacerlo.

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Pero el trabajo más divertido fue el de identificar a las 14 parabas azules que habitan la senda verde. Observábamos su comportamiento, si volaban o no, de quien eran pareja, si eran o no dóciles…Para ello, nos ayudábamos de nueces, cañas de bambú y una paciencia infinita. Oírnos hablar era de locos. Parecía que lo hiciéramos en clave. “La 441 es pareja de la 444 que viven en el A2. Bathman, el 229, parece que no tiene pareja. La paraba azul de Montecarlo parece que está de pareja con Hermann (al que todo el mundo conocía antes por Doris)….”. Fue impresionante hacer todo este trabajo de campo y como dice Adriana, aprender a amar a los animales con los ojos. Todo este trabajo de base de datos, hizo que aprendiera muchas especies y conseguí hasta identificarlos físicamente. Agradezco a Adriana la paciencia infinita que tenía. Hacíamos un equipo estupendo! La extraño tanto como a estos animalitos. De ella se me pego la coletilla “ya” que utilizan, tanto  bolivianos como peruanos, así como el “no ve?” que ponen a final de cada frase.

Bigote (Hotchi)

Como me pasaba horas y horas en la clínica, no me libré de hacer de asistente veterinaria. Bigotes fue atacado en una pata por una tayra y necesitaban a alguien para sujetarlo. Yo me encargaba de las patas delanteras, Adri de las traseras e Iván, suturaba. Pobrecito….durante los días de recuperación, no quería acercarse a mí. Estaba enfadado ante mi intervención!

Cargue jeringuillas, pesé, medí, inmovilicé y tuve la oportunidad de estar con animales que pasaban por la clínica. Ese fue el caso de una martucha. Visualmente una mezcla entre un mono capuchino, un osito y un tejón. Dócil, con la piel más suave que he tocado en mi vida y una lengua super larga.

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Y a parte de trabajar con los animales y la clínica, cuando acababa la jornada, alrededor de las 18 – 19h, me ponía a hacer artesanía. Me iba al arca, al sitio de recreo de voluntarios y hospedados. Había un billar, juegos de mesa varios, equipo de música, libros, televisión y un montón de pelis y documentales.

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Allí descubrí un juego, llamado dobble de asmodee, super divertido. Pueden jugar muchas personas y para ello, necesitas, sólo, tener ganas de pasarlo bien. Era realmente divertido la mezcla de idiomas y como salía el carácter de cada uno. Muchas risas alrededor de una mesa y un juego que cuesta 10€. Muy recomendable para toda la familia!

 

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Gracias a Alba y Tania, dos españolas veterinarias de veinte pocos años con las que hice muy buenas migas, vendí un montón de artesanía a los voluntarios. Ellas fueron mis primeras clientas. Eligieron piedras que les gustaban y con total libertad, les creé piezas únicas para ellas. Fueron unas modelos perfectas! No me daba tiempo a hacer todos los pedidos que me hacían. Vendí casi 2.000 bolivianos, alrededor de 230€, durante mi estancia. Esto me permitió pagarme gran parte de los gastos que estaba teniendo por estar allí. Eso sí, no recuerdo la última vez que trabajé tanto….

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Pero no todo fue trabajar. Tras los desayunos, comidas y cenas, teníamos un pequeño periodo de sobremesa que nos permitía intimar. Conocí muchas personas de diferentes países y hasta celebramos el día de acción de gracias el 28 de noviembre con una cena deliciosa con pavo.

Recuerdo con cariño mis conversaciones filosóficas con Bjorn. Las risas, charlas y bailes con Alba y Tania. La sonrisa, buena onda, voz y guitarra de Kyle. Una pareja de recién casados que pasaban parte de su luna de miel en el refugio. Alex y Kol que me recordaron bonitos momentos que yo había pasado con mi papá. Gaston, un argentino loco, espontáneo y muy gracioso, que alegraba los días con sus ocurrencias. Mi querida Adri, tranquila, silenciosa, con una risa preciosa y un gran corazón. Ady, el inventor de fiestas raras…

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Memorables, la fiesta de piratas y la de sombreros y bigotes. Adi se inventaba el tema, y allí aparecíamos todos, en el arca, con los complementos necesarios para asistir al sarao. Risas, bailes, billar, música en directo con Ady al cajón, Kyle a la guitarra e Iván a la mandolina.

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No me podía ir de la senda verde sin una mordida monil. Ocurrió el día antes de irme. Estaba apoyando con la alimentación de pájaros. Salí de la cocina con todos los tupper llenos, unos 20. Pasé por el corredor que me llevaba a la primera área de pájaros y me encontré con Canola, una mono aulladora. No sé por qué se me ocurrió llamarla. Vino es seguida, pero no a mí, a la comida. Intentó abrir la bolsa. Lo hizo y su siguiente misión, era conseguir destapar los recipientes.

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A su ayuda vino Elvis, un mono ardilla. Es muy pequeño y de un color amarillo  que llama la atención. Sin pensarlo mucho, cerré la cremallera. Pero a Elvis no le gustó nada mi gesto. Del cesto, pasó a mi brazo, me escaló con una rapidez enorme, me mordió en la oreja y se alejó por los barrotes del pasadizo. Su rabieta me dejó dos pequeños dientecitos marcados en la oreja, dolor durante un par de días pero nada de sangre. Mi experiencia en la senda verde, ahora sí, estaba concluida.

Cuando llegué a la senda verde, pensaba quedarme una semana pero jamás esperé quedarme un mes y medio y aprender tanto. De las personas, los animales y de mí. Aprendí que lo que realmente me hace feliz es ayudar. En Cuzco, como profe voluntaria en Aldea Yanapay, pensé que había descubierto una vocación. Pero mi trabajo en la senda verde, me mostró que lo que me hace completa, es utilizar mis habilidades, mi fuerza y mi capacidad para ayudar.

El día que decidí abandonar el refugio, tuve la suerte de que Vicky tenía que ir a la Paz. Hicimos el viaje juntas en su coche. Me habló del proyecto, de los problemas que tienen con las comunidades que los chantajean para dejarles seguir haciendo su trabajo. De lo difícil que es ayudar en Bolivia sin meterte en problemas o sin que al final, la persona ayudada, te traicione. Me contó historias increíbles en este sentido. Hablamos de la muerte, de los seres queridos, del amor, de la vida, lloramos, reímos….Fue un viaje en toda regla de dos horas y media que me dejó un abrazo de despedida y la puerta abierta de una casa, que Vicky, ofreció como la mía.

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