México: después de la tempestad, viene la calma

Casa de Rebeca y Pablo en Ciudad de México, 20:00 miércoles 24 de abril 2013 

Mi llegada a la capital no podría haber sido más caótica. Pensando en que tenía que ahorrar dinero, tomé un camión el domingo 21 de abril que me llevaba de Río Grande al DF por 500 pesos. La mitad de precio del bus turístico normal. En la platería de Río, donde compro los hilos para el macramé, me hablaron de Randi. Se trata de una compañía que opera desde Puerto Escondido y que utilizan muchos comerciantes. La tendera me dijo que era totalmente seguro viajar ahí y el sábado anterior, llamé para reservar mi plaza. El destino quiso que Hugo también decidiera irse para México a recoger toda su biblioteca de libros para llevarla a Chacahua para su proyecto de biblioteca municipal. El mismo lunes por la mañana, pregunté a Hugo si podía quedarme en su casa la primera noche para no tener que andar buscando el primer día la casa de Pablo y Rebeca. Cuando estuvieron en Chacahua, esta pareja me ofreció su casa y su ayuda para lo que necesitara y decidí dejarme ayudar. Más aún, sabiendo que el motivo que me llevaba a la capital, era de salud. Hugo y yo quedamos en vernos a las 3 de la tarde en la tienda para agarrar la camioneta. Pero allí no apareció. Como pasábamos por el lugar donde él se alojaba, bajé para pegar 4 gritos a ver si se encontraba allí. Me encontré con el jardín vacío. Estaba en un lío porque no había avisado a Rebeca y Pablo que llegaba, ni siquiera tenía su dirección. Además, mi celular andaba sin mucha batería y estaba segura que no iba a resistir las 13 horas de viaje.

Hablé con Rebeca y con muy buena onda me dio las indicaciones para llegar hasta donde ella trabajaba, en una cafetería propia. Como el autobús no era comercial, no llegábamos a una estación propiamente dicha sino cerca del metro Tepito. Mi compi de asiento me confirmó que en taxi, el metro san Lázaro donde yo tenía que ir, quedaba a tan sólo 15 minutos y me costaría 30 pesos. Mandé un mensaje a Rebeca con la información y apagué el celular. Ya no le quedaba batería. Conseguí dormir bien en el autobús pese a que pasé bastante frío bajo mi saco de dormir. Llegamos a las 7 de la mañana y mi plan era sentarme en una cafetería, cargar mi celular con la computadora e ir al baño antes de contactar con Rebeca. Cuando le pregunté a mi compañero si era seguro quedarme allí, me dijo que no. Me ayudó a tomar un taxi. Le indiqué que me llevara al metro de san Lázaro y me preguntó exactamente donde me tenía que parar. San Lázaro era una estación inmensa. “No lo se”, le contesté. Me miró preocupado diciendo que estábamos en una zona bastante peligrosa y que muchas personas eran atracadas nada más bajar del camión, “has tenido suerte” me decía. Mi celular no prendía y el taxista no daba crédito a lo que veía. Una turista, sin celular, sin dirección exacta donde ir y andando por uno de los barrios más conflictivos. Fue muy amable. Me llevó a unas cabinas telefónicas pero allí, Rebeca no estaba disponible y el celular de Pablo era contestado por una persona que no era él. Sin perder la calma, le dije al taxista que me dejara en la estación de san Lázaro para poder entrar dentro y sentarme en una cafetería a cargar mi celular. Me dijo que no me podía dejar sola. Así que aparcó su taxi y me acompañó hasta el interior. Cuando ya vimos establecimientos donde poderme quedar, me abandonó cobrándome 200 pesos por sus servicios.

Pregunté en un par de sitios si me podían cargar el celular y me dijeron que sus responsables no se lo permitían. Necesitaba ir al baño y me dirigí a unos públicos pagando los 4 pesos por la entrada. Tras pasar con dificultad por el torniquete con mis dos mochilas y ocuparme de mis menesteres, me quedé sentada en la taza del váter. Saqué mi computadora, la encendí y puse a cargar el celular. Llamé a Rebeca, me dio las indicaciones de donde vernos y la cité en 20 minutos para poder tener algo de batería de reserva por si necesitaba llamarla. Ahora sólo me tocaba esperar sentada en el inodoro.

Me dirigí a la salida del metro-bus. Allí había un montón de puestos de comida y accesorios instalados con lonas amarillas. Al poco, dibujé con mis ojos miopes, la silueta de Rebeca. Nos saludamos con un abrazo, compró galletas para sus empleados y nos dirigimos a la cafetería. Estaba en la misma calle donde el taxista había aparcado. Allí dejé a salvo todas mis cosas, conocí a Carmen, la mamá de Rebeca y también a Lorena, su hermana. Chucho, Brandon, Juan y Carla forman parte del equipo de jóvenes cocineros y meseros de esta maravillosa cafetería. No pude evitarlo y al poco ya estaba ayudándoles como pinche de cocina. También le pasé a Rebeca algunas recetas para poder cocinarlas en su pequeño pero fructífero negocio. Entre cebolla a juliana, cilantro y alitas de pollo, platicábamos de la vida y filosofábamos sobre nuestros grados de conciencia. Me encantaba escuchar a Rebeca cuando respondía con un meloso “buenoooo” a las llamadas telefónicas que entraban en la cafetería. Llegué a esta casa en un momento crítico. Carmen, clave en la cocina de este establecimiento, iba a ser operada en un par de días. Aún así, Rebeca no dudó ni un minuto en abrirme su hogar, su negocio y su familia. Me sentía como en casa, bien cuidada, atendida y comprendida. Me dieron consejos sobre mi inquietud médica y me aconsejaron qué médicos visitar.

El martes pasó rapidísimo en la cafetería y al llegar a casa, a 25 minutos en metro, me duché y empecé a preparar un risotto de setas. Si a Rebeca le gustaba, lo haríamos en la cafetería. Cuando ya estaba casi acabado, llegó Pablo a casa. Pablo es madrileño y un chico muy majo. Los dos hacen una pareja muy bonita y viven en un bonito y cómodo apartamento. Les estoy tan agradecida de que me hayan acogido y prestado su sofá…Estuvimos hablando un rato. Allí me contaron sus planes de irse a vivir a Madrid. Me parecía increíble pensar que la próxima vez que los viese, podría ser tomando unas cañas en algún bar castizo de la capital. Era un día entre semana y pronto nos fuimos a dormir. A las 6:30 me levantaría para acompañar a Rebeca a una nueva jornada laboral. Volví a ejercer de pinche y empecé a conocer más al equipo. Me hacían muchas preguntas de España, de mi viaje y de países que había visitado. Siempre es muy bonito compartir con otros tus experiencias y que ellos, te enriquezcan con las suyas. También tuve tiempo para conectarme por internet con mi pc y a las 4 de la tarde, me volví a casa para ducharme y acudir a mi cita médica a las 18:30.

Un buen día estando en Chacahua, vi que el lunar que tenía en la pierna, había cambiado de color y de textura. La verdad es que me asusté. Aunque no le di muchas vueltas a la cabeza, decidí acudir al médico para ver qué era. El acelerador para ir a la ciudad de México, fue un sms del INEM que recibí. Fue el miércoles 17 de abril a las 4 de la tarde, hora Chacahueña. Tenía que acudir con mi cv para una entrevista de trabajo ese mismo día a las 12, hora española, a mi oficina del INEM. Mi pobre hermana Estefanía tuvo que asistirme medio dormida. Decidí irme a Río al día siguiente para solventar la situación.  Me encontraba en la isla medio incomunicada y de nuevo, con la misma circunstancia que cuando estaba en Asia. Tras hablar con mi hermana, gracias a Dios, tuve mucho trabajo con Luisa. Conforme pasaban las horas, me sentía misteriosamente feliz. Apareció Rafa, el vendedor de mariscos. Mientras le contaba la situación, lo tuve claro, no iba a volver a España. Esta vez no. Quería ser libre y desatar la última amarra que me tenía encadenada. A pesar de la mala noticia, me sentía feliz y excitada. Esteban me abrió los ojos, “es lo único que te falta cortar para ser completamente libre”. Así era, decidí serlo a pesar de las implicaciones que acarrearía mi decisión. En seguida me sentí mucho mejor, más yo, más fuerte. Empezaba una nueva etapa del viaje, la de la autofinanciación del mismo. La isla me había dado 3 señales que no podía dejar de escuchar. Primero, la aparición de Marga y Maxi para aventarme al mundo de la artesanía. Luego Cata, con el susto de no poder sacar dinero en los cajeros y después, mi querido INEM. La suerte estaba echada. Lo siento por mi hermana que sintió la presión y el peligro de que perdiera la ayuda. Tenía una única duda. No quería renunciar al paro si por temas de salud, tuviera que volver a España.

Así que decidí alargar el asunto lo máximo que pude hasta la visita médica. Había contactado con el seguro y me habían concertado cita en una clínica reconocida de aquí con un médico general. Desde casa de los chicos, podía ir andando. Estaba como un clavo, en la sala de espera cuando llegó el doctor. Un reto más a pasar en solitario. Le expliqué el asunto, me puse la bata blanca y me examinó. Me hizo varias preguntas y con una sonrisa me dijo que podía continuar el viaje sin problemas, no había ningún peligro. Mi cuerpo está defectuoso y genera una proteína en exceso, el colágeno, que hace que mis cicatrices se queden abultadas e incluso se coloreen. Eso es lo que estaba pasando en mi mancha solar de la pierna. Tal vez por un rasguño o por la picadura de un insecto, se le había creado una cicatriz. Me mandó un ungüento y deseándome buen viaje, me dio su mail y teléfono para cualquier duda que tuviera al respecto.

Y entre toda esta aventura, he vuelto a la civilización de la manera más natural creíble. En el metro, como ocurre en Madrid, todo el mundo está a lo suyo. Poca gente lee pero puedes ver chicas maquillándose, muchos auriculares, manos pegadas a móviles y algo que me llamó mucho la atención, vendedores ambulantes de música. Para ello, llevan colgado a las espaldas una mochila que emite, a todo volumen, la música que se promociona. Entiendo que han adaptado las mochilas para que incorporen enormes bocinas que tienen que dejar, al final del día, la espalda del vendedor hecha un acordeón. Cada vendedor está especializado en un tipo de música, tradicional mexicana, moderna, disco…A grito pelado venden cd’s que cuestan 10 pesos. A pesar del calor que hace en la capital, la gente va muy abrigada y arreglada. Rebeca me comentaba que era por un tema de moda. El mexicano quiere consumir como un occidental y se compra las prendas que compramos en Europa a pesar de que el tiempo es completamente distinto. Yo desentonaba saliendo a la calle en chanclas y con mi vestido largo de Malasia, todo un espectáculo. Por otro lado, por las calles de la capital es casi imposible encontrar papeleras. Mi bolso acababa repleto de basura que no podía tirar hasta que no llegaba a casa. A pesar de estar en la capital, los puestos callejeros de comida, complementos y ropa siguen plagando las calles. Es más, se concentran como hormigas a la salida del suburbano. Cientos de puestos con toldos amarillos o azules. Cocinando con peligrosas estufas de gas que no pasan ningún tipo de control de seguridad. En el DF puedes encontrar la comida más barata en todo México. Un día tomé 2 tacos grandes y un refresco en un puesto y tan sólo pagué 22 pesos, menos de un euro y medio!

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Con la tranquilidad, en el cuerpo y el alma, de que la salud me sigue acompañando, seguiré disfrutando de esta nueva oportunidad que se me ha presentado. Conocer la capital de México y descubrir a Rebeca y Pablo, mis nuevos bienhechores.

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